martes, 21 de febrero de 2017

ARTÍCULO (Magazine No. 563)

SHIBASHI 1
Shibashi es un sistema de Qigong dinámico creado por el Maestro Lin Hou Sheng en la Universidad de Medicina Tradicional China en Sanghai. El sistema engloba 6 formas que se distinguen por la fluidez y la armonía.


Lin Hou Sheng, diplomado en MTC, fue un reconocido Maestro de Qigong. Era profesor del Instituto de MTC de Shanghai, Director del Instituto de Investigación de China y Presidente Honorario de la Asociación Internacional de Terapias Naturales. También fue el autor de varios libros y artículos especializados sobre temática Qigong.

Lin Hou Sheng utilizaba técnicas de qigong para anestesiar en intervenciones quirúrgicas, utilizaba las puntas de los dedos índice y medio de su mano para proyectar energía (Wai Qi) hacia el punto Yin Tang situado en el entrecejo del paciente a operar, quedándose éste en un estado de semi-inconsciencia que le impedía percibir el dolor del bisturí del cirujano. Realizó mediante éste método decenas de anestesias en intervenciones quirúrgicas, algunas de las cuales alcanzaron los 140 minutos de duración. Desarrolló el método qizhen o aguja energética que consistía en emitir waiqi en agujas de acero estañadas pinchadas en determinados acupuntos. La inducción de qi en la aguja hacía que ésta empezara a rotar sobre sí misma al mismo tiempo que los músculos del paciente sufrían espasmos contractivos como si por ellos pasara corriente eléctrica. El Maestro Lin estaba especializado en curar enfermedades con el método de emisión de energía y se distinguió por tratar y sanar a varios altos funcionarios entre las cuales el presidente Jiang Zemin.
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La forma Shi Ba Shi Qigong 1, cuya traducción aproximada es “los 18 movimientos del qigong” es la primera forma del sistema y fue creada en el año 1979. Al igual que el resto de formas del sistema sigue los principios del yin y yang por lo que alterna la firmeza y la relajación, la apertura y el cierre, el arriba y abajo, adelante y atrás, lo externo y lo interno. Incluye 6 movimientos procedentes del Taijiquan Contemporáneo estilo Yang: apertura, mover los brazos hacia atrás, mover manos como nubes, girar el cuerpo y empujar la mano, empujar las olas y proyectar un puño al frente, sin embargo, éstos movimientos de taijiquan no mantienen su carácter marcial original porque se trabajan de forma terapéutica y meditativa; ésta es la razón por la cual también se reconoce éste sistema como Taiji Qigong Shi Ba Shi. Es habitual repetir cada movimiento 6 veces, alternado primero el lado izquierdo y luego el derecho y cuando el ejercicio se realiza con el pie adelantado entonces se duplica la serie, ejecutando 6 veces con el pie izquierdo adelante y 6 veces con el derecho. El trabajo simétrico del cuerpo mejora la lateralidad. Todos los movimientos se sincronizan con los ciclos de inspiración y espiración mientras que la mente se mantiene en un estado de propiocepción. El resultado es fluir en resonancia a los ritmos de la naturaleza.

La primera serie de ejercicios armoniza los órganos internos y la fluencia de qi en los 12 meridianos principales.

Al cabo de poco tiempo de seguir una práctica continuada se consigue un estado de relajación del cuerpo y la mente. Shi Ba Shi moviliza y equilibra el flujo de energía interna y por tanto mejora las funciones de los sistemas nervioso, respiratorio, digestivo y cardiocirculatorio, consecuentemente, estabiliza el control de las emociones y optimiza las facultades mentales. Aporta flexibilidad a todas las articulaciones del cuerpo que trabaja por completo y fortalece los músculos, por lo que es un sistema de Qigong que también es ideal como entrenamiento del aparato locomotor y está indicado para las afecciones de artritis y artrosis. Es muy sencillo de aprender y benéfico para el mantenimiento de la salud física, emocional y mental.

Secuencia de Movimientos



1.Despertar el Qi
Regula la respiración, la presión arterial y el latido cardiaco.


2. Abrir el pecho y el corazón
Actúa sobre el corazón y los pulmones
Equilibra las emociones y alivia la tristeza


3. Dibujar un arcoíris
Equilibra el bazo, páncreas y estomago
Atenúa los estados de preocupación








4. Separar las nubes
Estimula los riñones, activa el corazón y los pulmones
Fortalece la salud física y equilibra la emocional


 



5. Mover los brazos hacia atrás
Estimula el hígado. Actúa sobre el corazón y los pulmones.
Mitiga la ansiedad y ejerce un efecto benéfico sobre el sistema nervioso


6. Remar en un lago tranquilo
Estimula las funciones de los riñones.
Incrementa la autoestima







7. Alcanzar el sol con la mano
Calma el fuego del corazón
Aporta calma y sosiego


8. Girar el cuerpo para contemplar la luna
Fortalece los riñones y estimula el hígado
Acentúa la confianza, la bondad y la asertividad





9. Girar el cuerpo y empujar con la mano
Trabaja sobre el hígado
Alivia tensiones, mal humor y rabia


10. Mover las manos como nubes
Activa bazo, páncreas y estomago
Aporta firmeza aplomo e incrementa la empatía







11. Pescar en el mar y mirar el cielo
Fortalece los riñones y abre el corazón y los pulmones
Fortalece la salud y ancla la ecuanimidad y templanza


12. Empujar las olas del mar
Activa los riñones
Incrementa la seguridad y confianza







 13. Desplegar las alas como una paloma
Fortalece el corazón y los pulmones
Atenúa la depresión y los estados de tristeza





14. Proyectar el puño al frente
Actúa sobre el hígado
Alivia tensiones, mal humor y rabia


15. Volar como una oca salvaje
Abre el corazón y los pulmones
Atenúa la depresión y los estados de tristeza


16. Girar la rueda
Fortalece los riñones
Equilibra todos los sistemas


 



17. Botar en el suelo una pelota
Mejora la coordinación y el equilibrio
Desarrolla la capacidad de concentración y atención.


 


18. Regresar al origen
Calma y equilibra la mente
Aporta paz y tranquilidad

Tomado de http://www.institutoqigong.com/sistemas-de-qigong/dinamicos/shibashi1


DEL DIARIO DE NANI María Margarita López (Magazine No. 563)

SOBRE LA ELEGANCIA

A mi tío José Vicente


“Áurea Mediócritas”, así acentuadas cuando fueron pronunciadas, estas sonoras y misteriosas palabras flotaron en el aire en una de aquellas deliciosas conversaciones familiares de sobremesa que tuve el privilegio de disfrutar desde que mi estatura, ayudada por algún cojín adecuado, me permitió compartir la mesa de los adultos. Acaso influenciada por el interés que por las lenguas extranjeras prevalecía en mi familia, mi mente atesoró esas palabras y en la primera ocasión inquirí acerca de su significado.

Seguramente recurrí a mi abuelo, pues él, en los nueve años de su viudez, hasta su muerte, era una presencia constante en el hogar, dulce y entristecido, siempre fumando cigarrillos negros, estudiando la gramática inglesa y la italiana, leyendo a los clásicos latinos y al Quijote.

“Dorada Medianía”, esa era la traducción, que me pareció tan ininteligible como la expresión latina, pero una explicación llegó de seguidas: “desear poco y contentarse con ese poco que se tiene”.

Aquello lo entendí y me ha servido para definir una línea maestra que ha regido mi conducta ante la vida, la misma que dirigió la de mi familia, línea modulada, por supuesto, sobre el terreno de las diversas personalidades, de sus riquezas y de sus carencias.

En mi abuelo, la ausencia de ambición material fue notoria, especialmente si se tiene en cuenta que estuvo al lado del poder (!y qué poder!), pues fue médico de confianza de Juan Vicente Gómez, a quien en 1921 salvó la vida, conjuntamente con el doctor Adolfo Bueno, el cual, hay que anotar, sí supo aprovechar la cercanía en cuestión.

Mi tío Luis, dentista con selecta clientela, profesor universitario, fue también un hombre de modestas ambiciones y de vida tranquila, casi un abstemio, cualidad por la cual protagonizó una anécdota divertida: le hicieron el honor de que una promoción de odontólogos llevara su nombre y obligado como estaba a corresponderles con un agasajo, en la preparación del mismo pasó muchos días buscando, infructuosamente, en las licorerías la marca de whiskey que tomaba Sherlock Holmes, su única referencia en esa materia, hasta que consultó a mi padre, gran conocedor de la misma.

El tío Guillermo, ingeniero, muy trabajador, logró tener un patrimonio importante, pero todo lo perdió, víctima de un socio deshonesto y de las circunstancias económicas que después del derrocamiento de Pérez Jiménez vivió el país y que en especial sobre la construcción tuvieron un efecto devastador. La ruina lo acompañó hasta su muerte y en un momento dado llegó a ejercer la humilde actividad de vender quesos en una carretera. Supongo que todo su caudal de ambición material lo empleó en un primer intento y que nada le quedó para empujarlo a recomenzar.

De mi padre puedo decir que se gastó una fortuna en parrandas, dádivas y caridades, que tuvieron por escenario la región de Barlovento, caracterizando así al venezolano provinciano émulo de Juan Charrasqueado, pero como él era abogado, culto y hablaba francés, uno piensa que bien pudo haber tirado todo aquel dinero en París, por ejemplo. Llegó a tener millones en su cuenta corriente y luego se adaptó, como si nada hubiera pasado, a la escasez. Me consta que en una ocasión tenía por todo capital un fuerte (moneda de cinco bolívares) en su bolsillo y cuando un necesitado se allegó a él, con gran alegría sacó la moneda y se la entregó. Ya cincuentón tuvo que fajarse duro para sobrevivir con lo poco que producía su hacienda de cacao, la cual, descuidada por él mismo, carecía de luz eléctrica y de otras comodidades mínimas. En sus últimos años, como juez de Distrito tuvo un modesto pasar, pero nunca la sombra de la amargura se asomó a su rostro. Quizás pensaba: ¿quién me quita lo bailado?  En todo caso, sus ambiciones no fueron precisamente grandiosas.

El tío José tampoco fue ambicioso, pero tuvo la gracia de conocerse a sí mismo desde muy joven y la suerte de poder tomar decisiones acordes con su sentido estético de la vida. Nunca fue un hombre rico pero vivió en Europa, especialmente en París, en la época en que esa ciudad “era una fiesta” y luego en los Estados Unidos, en los felices años de la postguerra y, para redondear su faena, murió súbitamente, creyendo que tenía una indigestión causada por una sabrosísima cena que había tomado la noche anterior en uno de los varios hogares de amigos que lo querían muchísimo.

Al pensar en el tío José me invade la idea de la elegancia, que incluí en el título que puse a este escrito antes de saber por dónde caminarían mis evocaciones y ahora recuerdo que fue la lectura de “El Desierto de los Tártaros” y específicamente, el personaje del Teniente Angustina, esbozado por Dino Buzzati en su novela, lo que trajo a mí la reflexión sobre la elegancia.


¿Qué es eso que llamamos elegancia? ¿Por qué las palabras de una oda de Horacio, “Aurea Mediocritas”, vinieron como heraldos de una explicación que mi alma busca y además relaciona con mi familia?

Acudo a los diccionarios, objetos que amo con un amor que me ufano de haber transmitido a mis hijos, y los libros me dicen: Mediocritas, ätis: justo medio, moderación; Elegancia: gracia, sencillez, distinción, proporción adecuada, buen gusto. Los fieles amigos me han dicho que voy por camino recto, que ambos conceptos están interrelacionados y que son en realidad los únicos que, tomados como actitud vital, pueden engendrar conductas alejadas de la desmesura y del apego y por ello capaces de transformar nuestra precaria existencia en una obra de arte, aún cuando esto suene precisamente a desmesura, a hipérbole. 

Satisfecho mi interés semántico, me atrevo a afirmar que la familia en cuyo seno me crié vivió de acuerdo con la filosofía de la “dorada medianía”, que ubica al ser humano en un “justo medio” y le permite vivir los altibajos de la fortuna y las penas con ánimo imperturbado, a enfrentar la muerte con serenidad,  lo cual quizás configura una elegancia espiritual.

Elegancia espiritual que en mi tío José tuvo una expresión exterior mantenida hasta su muerte. El contenido de su closet eran las abstracciones “justo medio”, “moderación” y “distinción” convertidas en materia visible y palpable: todo de gran calidad, gris, negro, azul marino y blanco y como únicas joyas un reloj muy fino con pulsera de cuero negro, un pequeño sujetador de corbata y el botón de la Orden del Libertador, para ciertas ocasiones. 

Recorro ahora el camino inverso al que me trajo aquí: tío José - abuelo, padre, tíos - palabras de Horacio -Teniente Angustina, y es sobre este personaje que me propongo reflexionar para saber por qué me atrae, por qué lo siento cercano a mi alma. 

En la novela, el Teniente Angustina es uno entre varios militares destinados de oficio o por propia petición a una Fortaleza, para el momento de interés secundario, pero que en otro tiempo había conocido la gloria de haber rechazado heroicamente la invasión de un ejército tártaro.

El caso es que la Fortaleza posee un misterio, como si la habitaran fantasmas que contaran historias de posibles hazañas heroicas para seducir a los que llegan y lograr que se queden, indefinidamente, esperando que los tártaros, los enemigos, aparezcan de nuevo. A través del actuar de algunos personajes, el autor nos ofrece el retrato del alma prisionera de una obsesión, de ese dragón que se alimenta de sí mismo y  que por lo menos en algún tiempo de nuestras vidas podríamos albergar. La novela es alegoría de la vida humana, pues aquí estamos en este planeta secundario, sin saber por qué, siempre esperando algo que ha de llegarnos aquí o en el “más allá”, consoladora o manipuladora invención que siempre se me ha parecido al “tente allá” mentiroso conque el adulto aleja al niño que lo fastidia.

Todos, menos Angustina, exteriorizan en sus conductas miserables el pensamiento obsesivo que jamás los abandona, la heroica fantasía que los vuelve ciegos y sordos ante la irreparable fuga del tiempo: sólo me falta la oportunidad, pues tengo hechura de héroe y por mí esperan los laureles, el bronce y el mármol.

Angustina, en cambio “…sentado con su perenne aire de despego, como si no se interesara para nada por ellos, como si estuviera allí por puro azar […] su uniforme azul, desteñido por el sol, se destacaba entre los otros por una indefinible y negligente elegancia…”

El Teniente Drogo, personaje principal de la novela, tiene un sueño en el que vuelve a ser niño y ve a Angustina también niño, en medio de una coreografía fantasmal y poética en la que flotan frágiles apariencias parecidas a hadas que rodeaban solícitas a Angustina  pero que no hacían caso a su llamado, lo cual lo hizo pensar que hasta “las hadas huían de los niños corrientes para ocuparse sólo de la gente afortunada”. Pero al comprender lo que en realidad sucedía en el sueño, “se vació de envidia”: “Los fantasmas, primero amables, no habían venido, pues, a jugar con los rayos de la luna, no habían salido […] de jardines perfumados, sino que provenían del abismo. Otro niño hubiera llorado…pero Angustina no tenía miedo y confabulaba sosegadamente con los espíritus… no necesitaba la compasión de nadie… Así se alejó en la noche, con nobleza casi inhumana…’’

La envidia de Drogo es la misma que todos sienten por la elegante impasibilidad y la superioridad espiritual de Angustina, pero finalmente, ante la muerte de éste, todos admiten que la misma ha sido heroica: “Él, como nosotros, no se enfrentó al enemigo, tampoco para él hubo guerra y sin embargo, murió en una batalla…como si le hubiera dado una bala. Un héroe, no hay más que decir…”

Esa muerte acaece en las siguientes circunstancias: una expedición, al mando del capitán Monti, de Angustina  y de un sargento primero, sale de la Fortaleza  para delimitar, conjuntamente con una expedición que vendría del Norte, un trecho de frontera en litigio. Es una caminata de muchas horas, por donde el valle “parecía seguir subiendo hasta alturas inconcebibles”. El capitán lleva zapatos gruesos claveteados y Angustina calza botas, pues el capitán, envidioso como los otros, no le había advertido que serían inadecuadas para aquella jornada por sitios escarpados. “Con todos los aires que te das, maldito snob -pensaba Monti- ya te quiero ver dentro de poco” y forzaba la marcha, espiando el rostro de Angustina para ver si expresaba dolor, pero sólo una expresión de severo empeño se marcaba en su frente.

Habiendo llegado a una abrupta pared que finalizaba sobre la cresta en litigio, el capitán ordena una parada para comer y mirando la pared dice: “Bastante empinado […] ¿Qué le parece teniente? Angustina sólo dice: “Todo consiste en llegar antes que ellos”. Prosiguen la marcha y de pronto el sargento grita: “¡Ya están en la cresta los del Norte!”  

Los de la Fortaleza tenían que haber llegado primero, así que la situación era humillante y “los del Norte probablemente estaban mofándose de ellos” por lo que Angustina propone al capitán jugar una partida de naipes, sabiendo que desde la cresta oirían las exclamaciones propias del juego y así quedaría demostrado que no estaban perturbados sino más bien normales y tranquilos. La partida  se desarrolla, pero el capitán se cansa y dice: “¡Basta de esta comedia!”. Angustina opina que aún los ven desde la cresta y continúa él solo, simulando que juega y aún cuando había una espesa nieve y el hielo había penetrado en sus entrañas, él continúa con su actuación, hasta que las cartas se le escapan de la mano y la propia mano cae sin vida, inerte, a lo largo del capote y las fuerzas que le quedan las emplea “en alisarse los bigotes mojados y plegar minuciosamente el capote, no con el fin de arrebujarse en él y estar más caliente, sino con otro designio […] la cabeza de Angustina se dobló hacia adelante, abandonada a sí misma […] la boca consiguió cerrarse, de nuevo en sus labios fue formándose una sutil sonrisa.”

El capitán Monti, que desde su refugio abrigado del viento había estado observándolo, se llena de “un envidioso estupor” al percatarse de que Angustina en aquella situación, se parecía enormemente a un viejo cuadro que, colocado en una sala de la Fortaleza, representaba a un príncipe mortalmente herido, imagen de nobleza y de elegancia suma. Angustina, pensaba Monti, “…se le parecía muchísimo, idéntica la posición de los miembros, idéntico el plegado del capote, idéntica aquella expresión de cansancio definitivo”…

La relectura y transcripción de los pasajes anteriores, me han ayudado a darle forma a un pensamiento que condenso en esta afirmación: Angustina fue un héroe porque tenía la elegancia espiritual de los que viven en el punto medio,  distantes de toda desmesura, de todo apego y que por esta razón son estoicos, porque si no lo fueran no serían verdaderamente elegantes. El punto de equilibrio en el cual él estaba plantado le impidió cualquier exceso en su ambición heroica y le hizo capaz de aprehender la importancia de aquel instante, para llenar sus últimos minutos con la  modesta gloria que quizás él ya había negociado con su Destino.

Y así Angustina, indiferente al mármol y al bronce, tuvo la cima como pedestal y al viento como fantástico escultor que con sus helados dedos preservó las líneas cuidadas del bigote, la sonrisa sutil que desafiaba la muerte, los armoniosos pliegues del capote y la magnífica expresión de nobleza casi inhumana.

Al incluir el estoicismo en mi noción de la elegancia, la memoria me trae a mi abuelo, padeciendo en sus últimos años de una neuralgia del nervio trigémino, dolor lancinante tan atroz que lo llaman el dolor de los suicidas, sufriéndolo sin un quejido, encerrándose en su cuarto cuando el dolor lo acometía y muriendo luego súbitamente, cuando sentado contemplaba el paisaje de El Hatillo, en donde estaba pasándose unos días.

Puedo pensar también en mi padre, que a los sesenta años sufrió unos espantosos dolores proporcionados por un aneurisma disecante de la aorta, que soportó, como dijeron los médicos, como un caballo de hierro…y de nuevo recuerdo su actitud frente a la carencia material.

No podría olvidar a mi madre, paciente de artritis reumatoidea, enfermedad dolorosísima que padeció por casi veinte años y que ella, con una sonrisa que nunca se alejó de su rostro, describía como el tener un torturador constantemente a su lado.

Y mi tío Guillermo, viviendo con paciencia la quiebra económica y cuyo tiempo final de canceroso no presencié, pero que por testigos del mismo sé que fue de diaria comunión y de visiones de ángeles…y mi tío Luis, que, víctima de un accidente cerebro vascular que no lo privó del conocimiento, sobrevivió por dos días en los que valientemente soportó el sufrimiento, según me relató mi padre.

Al recordar todos estos ejemplos de reciedumbre ante las adversidades, de fortalezas que sólo pueden nacer de un ideal de mesura, del desapego de quien se sitúa en un punto de equilibrio y por lo tanto de una elegancia, profundamente anclada en el espíritu, entiendo por qué ese personaje de “El Desierto de los Tártaros” me atrajo tanto y lo sentí cercano …

…¿Acaso llamaste mi atención, lejano y pálido Angustina, para que yo te abriera las puertas de mi panteón familiar y te recibiera en él?…

Pues en él te recibo y te pido que junto con las otras sombras queridas me inspires para que el estoicismo modele mi final, así como aquellas sonoras y misteriosas palabras que un día me sedujeron han modelado desde entonces mi vivir.

María Margarita López

Diciembre 2003


ARTÍCULOS DEL ARCHIVO NEI DAN (Magazine No. 563)

EL ARTISTA MARCIAL DEL TAI CHI CHUAN
(Una Introducción al Artista del hambre, de Kafka)

«Sí, pero nosotros tenemos a Mozart»
Comentario del gran violinista Isaac Stern (1920-2001),
al observar la ejecución de dos artistas marciales chinos.

“Gracias a la maestría en su arte, apreciamos y agradecemos el dolor del artista.
Las heridas de su alma, los pesares y padecimientos exacerbados por su sensibilidad.
Y, por sobre todas las cosas, el desgarramiento inmisericorde de la individuación.
Todo ello configura la materia oscura que el artista en
éxtasis transfigura en ofrendas y dones para los demás.”
R. C.


Es fácil constatar los múltiples aspectos del Tai Chi Chuan que habitualmente motivan la reflexión de cultores e investigadores: temas como marcialidad y combate, salud, historia, características internas, estilos y linajes, taoísmo, meditación, etc., etc. Pero es muy raro encontrar escritos que versen sobre los aspectos propiamente artísticos (plásticos, armónicos, formales, estilísticos, expresivos…, en fin, “estéticos” -en un sentido no afectado del término) del Tai Chi en tanto Arte Marcial.

En otros escritos (1) he afirmado que la condición de posibilidad de lo artístico en el seno de lo marcial estriba en la creación de formas o composiciones orgánicas (los géneros o estilos marciales), de gran armonía y plasticidad, que puedan conjugar en una propuesta armónica y generatriz, tanto el cultivo profundo de determinadas habilidades de combate -basadas en ciertos principios axiomáticos correspondientes a cada estilo o género-, como la formación integral del combatiente. En otras palabras, el hacer Tao entre los aspectos prácticos del combate y modalidades propias del trabajo interno.

Los géneros o estilos marciales que se entienden de esta manera “artística”, ponen como fundamento o condición de posibilidad de la adquisición de las habilidades marciales, el que el adepto sea cultivado y forjado en una “escuela de vida”, a través de un proceso alquímico de estilización y refinamiento tanto de las capacidades para la lucha, como del talante moral, de la consonancia entre alma, vida y corazón. Tomando palabras de Albert Camus, el arte marcial sólo puede ser escuela de vida, si es, en un sentido elevado, “escuela de arte”.

El Tai Chi Chuan, como estilo, pone en cuestión la noción de marcialidad que comúnmente se maneja sobre los estilos externos y los “sistemas de defensa personal” (2) (hiperbolizada, además, en la mayoría de las películas de artes marciales), con su énfasis en la fuerza, la rapidez y la dureza, afirmando que el vacío, la relajación y la suavidad pueden ser factores marciales mucho más decisivos a la hora de un enfrentamiento. El Tai Chi no postula por ende, como logro, el formar un súper hombre, un guerrero perfecto e invencible, sino poner en manos de cualquier mortal las habilidades naturales más sencillas de cultivar, destrezas de lucha inherentes a nuestro diseño corporal y gravitatorio, todas al alcance del ser humano común. Verdad que palpamos en la abuelita que rechaza a un hombre joven que le dobla en peso y estatura, con un simple giro de su cintura.

El Arte Marcial en tanto tal, no puede medirse solamente por sus logros en el combate (real o deportivo). El combate, como la guerra, es un albur (un azar), que es preferible evitar. Por eso los maestros hablan que la mejor pelea es la que se evita. El artista marcial debe dominar y perfeccionar todo lo que atañe a sus habilidades de combate y su integridad como ser, pero también debe estar consciente que en el combate puede pasar cualquier cosa, que no puede tener control de todas las variables que entran en juego en una batalla (3). Al ser humano no le fue dado el don de la certidumbre perfecta y la infalibilidad; fallar es parte de su condición mortal. Así se entiende mejor el que muchos artistas marciales, sean vencidos frecuentemente por peleadores callejeros, personas carentes de todo estilo marcial y, la mayoría de las veces, de cultivo integral de su ser.

Esto también dilucida la cuestión de cuál estilo marcial es superior, porque en un combate no es el estilo de lucha el que es puesto a prueba, sino el hombre. El hombre y su circunstancia, entre las que no deja de jugar la suerte o el destino (como quieran llamarlo). En el combate, el artista marcial se pone a prueba frente a su contrincante, por un lado para palpar qué grado de dominio y perfeccionamiento ha logrado en sus destrezas de lucha; por otro, qué grado de unidad de intención y serenidad de espíritu ha alcanzado en medio de un contexto de alta incertidumbre y tensión; y sobre todo, qué calidad de armonía e integración ha logrado forjar entre ambos orbes. En el arte del Tai Chi, hay que sumar la condición de que en la lucha, hay que ser uno con el contrario, de hacer un Tao con el rival. Lo cual da pie para el desarrollo dentro del estilo de una ética de protección del contrincante (poco recordada, por cierto), que llevada a grados extremos, puede hacer que un gran maestro se deje vencer o decida a huir ante atacantes menos entrenados, simplemente para no hacerles daño.(4)

De modo que el arte marcial busca algo más importante y profundo que la mera eficacia combativa. El artista marcial no debería estar demasiado interesado en la victoria o la derrota (síntomas de ansiedad y expectación compulsiva más que de alerta y serenidad), sino que el combate se libre siempre bajo las condiciones de vida que él mismo se ha impuesto, que venza o caiga derrotado bajo la ley de su arte, con la integración elegante y armónica en el vivir y combatir que ha cultivado durante gran parte de su existencia.

Ahora bien, en nuestro mundo moderno obsesionado por la eficiencia, por los resultados, por la efectividad, ¿cuántas personas podrán apreciar el arte de luchar de un artista marcial en medio de un combate cualquiera, tal como lo hemos decantado en estas líneas? Como ocurre con el ayunador del cuento de Kafka, la incomprensión general por aquello en lo que consiste el arte del artista marcial, es lo que amenaza por extinguir tal arte, en un grado mayor y más letal que el advenimiento histórico de las armas de fuego.

Pero el arte marcial también se expresa en la ejecución de estructuras (formas) o de motivos marciales aislados, así como en otras facetas del largo y arduo entrenamiento, que es como decir la vida misma del artista marcial. Ahí es donde la parte marcial del arte entronca con el arte de vida. Kung Fu (Gong Fu), el nombre con el cual se dieron a conocer las Artes Marciales Chinas, significa “dominar una actividad con maestría”, con mucha práctica, trabajo y dedicación (según el maestro Shi Ya Ming, la ideografía de “Kung Fu” significa: “afilar todos los días la navaja, desde que amanece hasta que anochece, para sobrepasar el cielo”). Todo arte implica una disciplina obsesiva que se ve transmutada en intenso placer, por parte del artista, con el fin de hacerse uno con los imperativos de su arte. Esa forja lenta y trabajosa del arte debería ser cónsona y acorde a la fragua y el temple del vivir íntegro del cultor. La práctica diaria enfatiza el hecho de que en el arte marcial, para tener una oportunidad de vencer a un oponente, hay que vencerse primero uno mismo, vencer todo aquello que nos fragmenta y nos divide internamente, especialmente al Ego, constructo mental donde reunimos todos los encadenamientos sociales y proyectamos todas las escisiones (empezando por la separación entre Yo y Mundo).

El arte marcial, como la tauromaquia, muestra el esfuerzo del hombre por llevar el arte (la alquimia generatriz y formativa que refina virtudes y éxtasis a partir de materiales toscos o deleznables) a los terrenos más problemáticos de nuestra condición humana, terrenos como la violencia, fronterizos con las raíces homínidas y predatorias presentes en nuestra raza de mortales. Como la civilización moderna trata de separarse de esas raíces, en lugar de cultivarlas alquímicamente, en el sentido artístico que antes señalamos, tanto el arte marcial como la tauromaquia están condenados a la extinción, en lo que compete a su verdadero sentido artístico y a su necesidad profunda en el marco de la problematicidad de la existencia humana sobre la tierra. Porque, ¿no es acaso un milagro el que el hombre logre templar su espíritu y entregar formas, belleza y sabiduría profunda a partir de un “material” como la violencia física, de la amenaza misma de sufrimiento y muerte?

Al respecto, el maestro Tew Bunnag nos dice:

“Para mí luchar siempre ha sido un medio para explorar la posibilidad de salir de la violencia, que es algo muy difícil. […] Creo que en nuestra época las artes marciales son un lenguaje, porque ya no estamos en un tiempo en el que sirvan para ir a la guerra y matar o que te maten. Hoy día si quieres matar a alguien no aprendes Taichi, te buscas una pistola o algo así. En este contexto social creo que el arte marcial continúa siendo importante como un área donde explorar nuestra propia violencia y buscar la forma de ir más allá, hacia la paz. Eso es lo que aparece casi siempre cuando entro en este terreno con mis alumnos: la posibilidad de investigar este tema en profundidad, mucho más allá de las creencias, y esto es algo muy difícil. Porque alguien puede creer firmemente en la paz y pensar que tiene superada su propia violencia interior, pero después, en el trato con la familia o con los seres cercanos surgen la rabia, la impaciencia, las palabra crueles... […]
A mí me interesa este nivel de las artes marciales que no tiene nada que ver con ganar o perder en la lucha, ni con la competición, porque aunque esas cosas pueden dar muchas satisfacciones, en realidad lo que me importa es el lenguaje de exploración y descubrimiento que no hace daño y con el que podemos reír, jugar y aprender. El lado marcial nos ofrece una oportunidad que se presenta muy raras veces, sobre todo de adultos, porque hemos perdido la posibilidad de jugar a pelearnos con golpes, patadas, puñetazos, etc.” (“El desafío de la transformación”. Entrevista a Tew Bunnag. Por Teresa Rodríguez. Revista Tai Chi Chuan No. 9. Otoño 2006. Negritas nuestras).

En otro escrito (5) he hablado del Tai Chi Chuan como “arte trágico”, es decir, como arte que profundiza y cultiva los aspectos más oscuros y terribles de nuestra condición mortal, signados todos por la presencia de la muerte. Tiene que ser trágico, si es que pretende ser también un “Camino de sabiduría”, un arte de “cultivo del Ser”, pues sólo la intensa consciencia de nuestra mortalidad funge como condición de posibilidad para la experiencia cumbre del Samadhi. La tragedia ática, el Cante Jondo, la tauromaquia, el blues y el tango de arrabal, son otras tantas artes trágicas, dionisíacas, que intiman con la muerte. Las artes marciales en general, pero en especial el Tai Chi por ser el prototipo de las artes internas, tiene por nuez de sentido el hacer Tao con el agresor externo, pero también con aquello que nos traiciona y nos escinde internamente. Todos ellos son aliados de la muerte (“de la separación del Yin y del Yang”); de modo que el Tai Chi es una posibilidad cierta de hacer Tao con las fuerzas de la muerte presentes en nosotros mismos, danzando con éstas para transmutarlas en dones para la vida, en fuerza de ánimo para vivir y dar vida.


He ahí otra faceta del arte presente en el arte marcial: la elevada misión del arte es ética, moral. No en el sentido de códigos y preceptos para vivir en sociedad, sino en el sentido de que el arte debe dar aliento, entregar ánimo, fuerza de espíritu, subir la moral a los seres humanos, signados por el desamparo de la condición mortal, y tentados por desaliento nihilista.

Considerando que el nihilismo se alimenta del sinsentido de la vida, de lo vano del vivir, de que la vida no vale la pena ser vivida tal como es; el arte marcial (como las otras artes trágicas y las artes en general), desde los umbrales mismos donde acechan la muerte y el aniquilamiento, crea y cultiva sentido: entrega sentido a la vida, porque es capaz de dar sentido al combate, a la violencia, y porque encuentra sentido (o lo genera) en lo más oscuro de nuestra alma, y en las fuerzas mismas de la muerte que nos rodean y habitan. De esa forma el arte da aliento al vivir humano, crea formas donde más bien debería haber caos, y transmuta lo más terrible de nuestra condición, en dones y regalos para la vida toda; aunque el sinsentido, el desaliento, el caos y la muerte sigan ahí, como la arena bajo los pies del caminante.

Ahora bien, un artista marcial –en nuestro caso uno de Tai Chi- pule y desarrolla su arte a través de años de dura disciplina, de paciente entrega y práctica consciente. ¿Y cuáles son los frutos de ese arduo trabajo de años, del entrenamiento de toda una vida? ¿Habrá espectadores suficientes que puedan apreciar, no tanto si ejecutando una forma cualquiera expresa intención, se mueve con armonía o muestra enraizamiento en sus posturas (entre otras cualidades que se buscan para degustar el nivel de realización en el arte); sino, mirando más lejos y profundo, si baila con la muerte y es uno con ella, si ha transmutado la propia violencia en bellas formas, si le ha dado sentido al combate consigo mismo, si el espectador recibe junto a todo eso, una pizca de ánimo y aliento gracias a su perfomance, si siente en su corazón que el artista ha logrado trasmutar su condición en algo más completo e íntegro y se ha transfigurado en algo mejor…? ¿Cuántas veces en su vida, el artista marcial logrará mostrar verdaderamente todo lo que exige su arte? ¿Cuántas veces le será dada la dicha de enseñar bellamente aquello “mejor”, refinado y decantado, con que su arduo entrenamiento ha enriquecido su cuerpo y su alma? ¿Alguien recordará conmovido alguna de sus presentaciones? Y, mirando aún más allá, ¿quién reconocerá y se deleitará con las evoluciones y transfiguraciones que se han dado en el vivir del artista marcial y de quienes lo rodean, de la incidencia del arte cultivado en la vida, incluso en la del mismo espectador?

Puede pensarse que con las “artes internas” –entre ellas el Tai chi- basta únicamente la satisfacción y plenitud lograda por el adepto en su cultivo. El arquetipo del artista interno, el alquimista, palpa los resultados de su “gran obra” sólo al final de sus días, porque la misma no puede ser diferente a la totalidad de su vivir. Pero también hay que decir, que “arte interno” no significa ni puede significar de ninguna manera arte egoísta o arte solipsista.(6)

Jean-Claude Sapin dice al final del Prefacio a su libro Tai Chi Chuan. Meditación en movimiento, lo siguiente:

“La concepción relativamente extendida de una cultura occidental desarmada por completo, «desnuda como un gusano», en su tentativa de enfrentarse a la búsqueda de las tradiciones orientales, no me parece fundada. El arte hacia el cual no dirigimos bastante nuestra mirada, participa de intenciones que no tienen nada que envidiar a las búsquedas hindúes y chinas. Sería recomendable que prestásemos atención a nuestros músicos, pintores y poetas. Bien es verdad que estamos lejos de considerarles como gurús dignos de escucha.”

El arte occidental también puede ser un puente válido y necesario para comprender y asimilar las artes orientales, sobre todo las “interiores”. Un camino más para forjar el Tao entre Oriente y Occidente. “Nosotros tenemos a Mozart”, y también a Kafka; y he ahí el por qué de que presentemos aquí su cuento El artista del hambre: ¿hasta qué punto el destino de todo artista -incluyendo los marciales- no presenta alguna correspondencia, alguna resonancia, con el del ayunador kafkiano?
R. C.

Notas: 
(1) Problemas genealógicos del Tai Chi Chuan en Venezuela” y, especialmente, “¿A qué cuerpo da forma el Tai Chi? Tai Chi Chuan y ‘Cuerpo Psíquico’” (R. C. / Nei Dan Magazine 2009)

(2) Los sistemas modernos de lucha que buscando la maximización de la eficacia combativa, dejan de lado la formación y transformación integral del practicante, y más aún, al arte como una expresión de armonía y elegancia profunda entre cuerpo y espíritu.

(3) Una situación de combate es aquella en la cual, por predominar la violencia, está signada justamente por el descontrol, por lo imprevisible, apareciendo entonces posibilidades de acción que escapan a la reflexión, y variables de interacción imposible de ser procesadas conscientemente. En esa situación de caos, los combatientes se ven abrumados por el estrés y la adrenalina, y por el miedo y rabia extremos, entre otras emociones desencadenadas, además de reacciones físicas instintivas sin control posible. De paso, las consecuencias del combate (lesiones graves, problemas legales, condena pública, etc.) pesan antes, durante y después del mismo. (El “combate deportivo” sólo es una simulación de esa situación de combate real).

(4) Existen dos cuentos -uno de ellos donde el protagonista es Yang Luchan- sobre agresores que aparentemente vencieron a maestros marciales, pero que luego del combate enfermaron gravemente, mientras los maestros salieron ilesos del mismo. (“La capa mágica” y “Una bomba de tiempo” en el Blanco Invisible, recopilación de Pascal Faultiot).

(5) “Cuatro Metáforas sobre el Tai Chi Chuan. ‘Hacer Tai Chi es hacer Mabu’” (R. C. / Nei Dan Magazine No. 31. Octubre 2004).


(6) “Ningún hombre es una isla, ni está completo en sí mismo; todo hombre es un trozo del continente, una parte de la totalidad; si un pedazo de tierra fuera barrido por el mar, daría igual que pasara en Europa, o en un promontorio, o en la mansión de tus amigos o en la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me empequeñece, porque estoy integrado en la humanidad; por eso no envíes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas, porque doblan por ti.” John Done (1572-1631).

Roberto Chacón
Nei Dan Magazine No. 314 (29-03-11)
Sección. "Artículos"


SECCIÓN QUINCENAL Videos (Magazine No. 563)

VIDEOS DE LA QUINCENA

TAI CHI:

Master Paul Tam – Chen’s Tai Chi Group Performance



COLABORACIONES:

Best Action Kung Fu 2016: Tai Chi Master at their Best (David Paredes)




SECCIONES SEMANALES (Magazine No. 563)

365 MEDITACIONES TAO (Ming Dao Deng)

VI


EMERGER

Truenos y lluvia por la noche.
El crecimiento viene con conmoción.
La expresión y la duración
Aparecen en el primer momento.

Las cosas no pueden permanecer en calma por siempre. Puede que las tormentas invernales destruyan algunas cosas, pero también preparan el camino para la vida. Si hay cosas que son arrasadas, es apropiado. Tiene que haber una oportunidad para las nuevas cosas vivas de emerger y comenzar su propio ciclo.

Todo crecimiento viene con una conmoción. Cuando un brote quiebra su envoltura y fuerza su camino hacia la superficie de la tierra, es el clímax de una larga y profunda acumulación de fuerza vital. Podemos pensar que pasó súbitamente, pero en realidad, emergió como producto de ciclos sutiles y ocultos.

Cuando aparece el brote, lleva en sí el patrón completo para su crecimiento, quizás incluso el potencial de un árbol enorme. Aunque sea necesario tiempo y las condiciones correctas, ninguno de estos factores agrega nada a la naturaleza inherente del brote. Él encarna completamente su destino. Por lo tanto, el crecimiento y el carácter de la planta –y su vida misma- están del todo presentes al momento del emerger.


MEDITACIÓN: EL ARTE DE RECORDAR QUIÉN ERES (Osho)


“Solo mediante la observación de los pensamientos, poco a poco, se desvanecen; te conviertes en un mero observador, no te identificas con tu pensamiento, te mantienes a un lado observando, como si estuvieras junto a la carretera viendo pasar el tráfico.”


CUENTO

EL PERSA VERÍDICO


Había en Persia un hombre tan honrado y tan bueno que todos los que le conocían le llamaban santo. Siendo muchacho todavía, quiso instruirse y aprender la ciencia del bien. Tenían a la sazón los árabes fama de poseer muchos y buenos sabios, y él se propuso llegar hasta ellos, deseoso de imitarlos.

Su madre aprobó el proyecto, le dio ochenta piezas de plata, y le dijo:

–Este es todo el dinero que tengo. La mitad te pertenece; pero la otra mitad, que es de tu hermano menor, debes devolvérsela con los intereses correspondientes.

Convino en ello el buen muchacho persa; la madre entonces le fue cosiendo las monedas en el interior de la ropa, para que pudiera llevarlas con más facilidad sin perderlas, y terminada esta operación, le dijo:

–Prométeme ahora no decir jamás una mentira.

–Te lo prometo, madre.

–Pues bien; que Dios vaya contigo, como va mi bendición–añadió la madre conmovida. Y se despidió de él para siempre.

El muchacho, que se llamaba Abdul Kadir, emprendió su viaje y anduvo días y días con dirección a la Arabia. Se asoció después a otros viajeros para pasar juntos por los sitios de mayor peligro, y caminando así dieron un día con un grupo de bandidos árabes. Los detuvieron y les robaron el dinero y joyas que llevaban en sus equipajes. El muchacho persa no llevaba más bultos que su botella de agua, y nadie sospechaba siquiera que llevase dinero.

Mientras los bandidos despojaban a los demás viajeros, el jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo, llamó al pequeño persa y se puso a bromear con él.

–¿Qué dinero llevas?–le preguntó.

–Ochenta monedas de plata–dijo con resolución el muchacho.

El árabe se rió creyendo que también se bromeaba el chico, y le pidió la bolsa.

–No la tengo–dijo el persa. –Las monedas están cosidas en mi ropa.

Le registró entonces el jefe de los bandidos, y se convenció de que el muchacho decía la verdad.

–¿Cómo has declarado que llevabas ese dinero, cuando iba tan bien escondido?

–Porque prometí decir siempre la verdad.

–¿A quién lo prometiste?

–A mi madre.

–¡Ah!–exclamó entonces conmovido el árabe. –¡Tú, niño aun, y en la más apurada situación, obedeces el mandato de tu madre ausente, y nosotros olvidamos el mandato de nuestro Dios!

Después, dirigiéndose al pequeño persa, le dijo:

–¡Dame esa mano honrada, muchacho, que quiero salvarte en pago de la lección que me acabas de dar!

Volvió con él hacia donde estaban los demás ladrones, les contó el caso, y les anunció su propósito de respetar el dinero del persa verídico.

Ellos aprobaron la resolución del capitán, diciéndole:

–Eres nuestro jefe en el robo, y debes serlo también en las acciones generosas y justas.


El jefe devolvió el dinero al muchacho persa, y le llevó de nuevo al camino que había de seguir.

(Tradición persa)