EL ARTISTA MARCIAL DEL TAI CHI CHUAN
(Una Introducción al Artista del
hambre, de Kafka)
«Sí, pero nosotros tenemos a Mozart»
Comentario del gran violinista Isaac Stern
(1920-2001),
al observar la ejecución de dos artistas
marciales chinos.
“Gracias a la maestría en su arte, apreciamos y agradecemos el dolor
del artista.
Las heridas de su alma, los pesares y padecimientos exacerbados por su
sensibilidad.
Y, por sobre todas las cosas, el desgarramiento inmisericorde de la
individuación.
Todo ello configura la materia oscura que el artista en
éxtasis transfigura en ofrendas y dones para los demás.”
R. C.
Es fácil constatar los múltiples aspectos del
Tai Chi Chuan que habitualmente motivan la reflexión de cultores e
investigadores: temas como marcialidad y combate, salud, historia,
características internas, estilos y linajes, taoísmo, meditación, etc., etc.
Pero es muy raro encontrar escritos que versen sobre los aspectos propiamente artísticos (plásticos, armónicos,
formales, estilísticos, expresivos…, en fin, “estéticos” -en un sentido no
afectado del término) del Tai Chi en tanto Arte
Marcial.
En otros escritos (1) he afirmado que la
condición de posibilidad de lo artístico en el seno de lo marcial estriba en la
creación de formas o composiciones orgánicas (los géneros o estilos marciales),
de gran armonía y plasticidad, que puedan conjugar en una propuesta armónica y
generatriz, tanto el cultivo profundo de determinadas habilidades de combate
-basadas en ciertos principios axiomáticos correspondientes a cada estilo o
género-, como la formación integral del combatiente. En otras palabras, el
hacer Tao entre los aspectos prácticos del combate y modalidades propias del
trabajo interno.
Los géneros o estilos marciales que se
entienden de esta manera “artística”, ponen como fundamento o condición de
posibilidad de la adquisición de las habilidades marciales, el que el adepto
sea cultivado y forjado en una “escuela de vida”, a través de un proceso
alquímico de estilización y refinamiento tanto de las capacidades para la
lucha, como del talante moral, de la consonancia entre alma, vida y corazón.
Tomando palabras de Albert Camus, el arte marcial sólo puede ser escuela de
vida, si es, en un sentido elevado, “escuela de arte”.
El Tai Chi Chuan, como estilo, pone en
cuestión la noción de marcialidad que comúnmente se maneja sobre los estilos
externos y los “sistemas de defensa personal” (2) (hiperbolizada, además, en la
mayoría de las películas de artes marciales), con su énfasis en la fuerza, la
rapidez y la dureza, afirmando que el vacío, la relajación y la suavidad pueden
ser factores marciales mucho más decisivos a la hora de un enfrentamiento. El
Tai Chi no postula por ende, como logro, el formar un súper hombre, un guerrero
perfecto e invencible, sino poner en manos de cualquier mortal las habilidades
naturales más sencillas de cultivar, destrezas de lucha inherentes a nuestro
diseño corporal y gravitatorio, todas al alcance del ser humano común. Verdad
que palpamos en la abuelita que rechaza a un hombre joven que le dobla en peso
y estatura, con un simple giro de su cintura.
El Arte Marcial en tanto tal, no puede medirse
solamente por sus logros en el combate (real o deportivo). El combate, como la
guerra, es un albur (un azar), que es preferible evitar. Por eso los maestros
hablan que la mejor pelea es la que se evita. El artista marcial debe dominar y
perfeccionar todo lo que atañe a sus habilidades de combate y su integridad como
ser, pero también debe estar consciente que en el combate puede pasar cualquier
cosa, que no puede tener control de todas las variables que entran en juego en
una batalla (3). Al ser humano no le fue dado el don de la certidumbre perfecta
y la infalibilidad; fallar es parte de su condición mortal. Así se entiende
mejor el que muchos artistas marciales, sean vencidos frecuentemente por
peleadores callejeros, personas carentes de todo estilo marcial y, la mayoría
de las veces, de cultivo integral de su ser.
Esto también dilucida la cuestión de cuál
estilo marcial es superior, porque en un combate no es el estilo de lucha el
que es puesto a prueba, sino el hombre. El hombre y su circunstancia, entre las
que no deja de jugar la suerte o el destino (como quieran llamarlo). En el
combate, el artista marcial se pone a prueba frente a su contrincante, por un
lado para palpar qué grado de dominio y perfeccionamiento ha logrado en sus
destrezas de lucha; por otro, qué grado de unidad de intención y serenidad de
espíritu ha alcanzado en medio de un contexto de alta incertidumbre y tensión;
y sobre todo, qué calidad de armonía e integración ha logrado forjar entre
ambos orbes. En el arte del Tai Chi, hay que sumar la condición de que en la
lucha, hay que ser uno con el contrario, de hacer un Tao con el rival. Lo cual
da pie para el desarrollo dentro del estilo de una ética de protección del
contrincante (poco recordada, por cierto), que llevada a grados extremos, puede
hacer que un gran maestro se deje vencer o decida a huir ante atacantes menos
entrenados, simplemente para no hacerles daño.(4)
De modo que el arte marcial busca algo más
importante y profundo que la mera eficacia combativa. El artista marcial no
debería estar demasiado interesado en la victoria o la derrota (síntomas de
ansiedad y expectación compulsiva más que de alerta y serenidad), sino que el
combate se libre siempre bajo las condiciones de vida que él mismo se ha
impuesto, que venza o caiga derrotado bajo la ley de su arte, con la
integración elegante y armónica en el vivir y combatir que ha cultivado durante
gran parte de su existencia.
Ahora bien, en nuestro mundo moderno
obsesionado por la eficiencia, por los resultados, por la efectividad, ¿cuántas
personas podrán apreciar el arte de luchar de un artista marcial en medio de un
combate cualquiera, tal como lo hemos decantado en estas líneas? Como ocurre
con el ayunador del cuento de Kafka, la incomprensión general por aquello en lo
que consiste el arte del artista
marcial, es lo que amenaza por extinguir tal arte, en un grado mayor y más
letal que el advenimiento histórico de las armas de fuego.
Pero el arte marcial también se expresa en la
ejecución de estructuras (formas) o de motivos marciales aislados, así como en
otras facetas del largo y arduo entrenamiento, que es como decir la vida misma
del artista marcial. Ahí es donde la parte marcial
del arte entronca con el arte de vida. Kung Fu (Gong Fu), el nombre con el cual
se dieron a conocer las Artes Marciales Chinas, significa “dominar una
actividad con maestría”, con mucha práctica, trabajo y dedicación (según el
maestro Shi Ya Ming, la ideografía de “Kung Fu” significa: “afilar todos los días la navaja, desde que amanece hasta que
anochece, para sobrepasar el cielo”). Todo arte implica una
disciplina obsesiva que se ve transmutada en intenso placer, por parte del
artista, con el fin de hacerse uno con los imperativos de su arte. Esa forja
lenta y trabajosa del arte debería ser cónsona y acorde a la fragua y el temple
del vivir íntegro del cultor. La práctica diaria enfatiza el hecho de que en el
arte marcial, para tener una oportunidad de vencer a un oponente, hay que
vencerse primero uno mismo, vencer todo aquello que nos fragmenta y nos divide
internamente, especialmente al Ego, constructo mental donde reunimos todos los
encadenamientos sociales y proyectamos todas las escisiones (empezando por la
separación entre Yo y Mundo).
El arte marcial, como la tauromaquia, muestra
el esfuerzo del hombre por llevar el arte (la alquimia generatriz y formativa
que refina virtudes y éxtasis a partir de materiales toscos o deleznables) a
los terrenos más problemáticos de nuestra condición humana, terrenos como la violencia, fronterizos con las raíces
homínidas y predatorias presentes en nuestra raza de mortales. Como la
civilización moderna trata de separarse de esas raíces, en lugar de cultivarlas
alquímicamente, en el sentido artístico que antes señalamos, tanto el arte
marcial como la tauromaquia están condenados a la extinción, en lo que compete
a su verdadero sentido artístico y a su necesidad profunda en el marco de la
problematicidad de la existencia humana sobre la tierra. Porque, ¿no es acaso
un milagro el que el hombre logre templar su espíritu y entregar formas,
belleza y sabiduría profunda a partir de un “material” como la violencia
física, de la amenaza misma de sufrimiento y muerte?
Al respecto, el maestro Tew Bunnag nos dice:
“Para mí luchar siempre ha sido un medio
para explorar la posibilidad de salir de la violencia, que es algo muy
difícil. […] Creo que en nuestra época las artes marciales son un lenguaje,
porque ya no estamos en un tiempo en el que sirvan para ir a la guerra y matar
o que te maten. Hoy día si quieres matar a alguien no aprendes Taichi, te
buscas una pistola o algo así. En este contexto social creo que el arte marcial
continúa siendo importante como un área donde explorar nuestra propia violencia
y buscar la forma de ir más allá, hacia la paz. Eso es lo que aparece casi
siempre cuando entro en este terreno con mis alumnos: la posibilidad de
investigar este tema en profundidad, mucho más allá de las creencias, y esto es
algo muy difícil. Porque alguien puede creer firmemente en la paz y pensar que
tiene superada su propia violencia interior, pero después, en el trato con la
familia o con los seres cercanos surgen la rabia, la impaciencia, las palabra
crueles... […]
A
mí me interesa este nivel de las artes marciales que no tiene nada que ver con
ganar o perder en la lucha, ni con la competición, porque aunque esas cosas
pueden dar muchas satisfacciones, en realidad lo que me importa es el lenguaje
de exploración y descubrimiento que no hace daño y con el que podemos reír,
jugar y aprender. El lado marcial nos ofrece una oportunidad que se presenta
muy raras veces, sobre todo de adultos, porque hemos perdido la posibilidad de
jugar a pelearnos con golpes, patadas, puñetazos, etc.” (“El desafío de la
transformación”. Entrevista a Tew Bunnag. Por Teresa Rodríguez. Revista Tai Chi
Chuan No. 9. Otoño 2006. Negritas nuestras).
En otro escrito (5) he hablado del Tai Chi
Chuan como “arte trágico”, es decir, como arte que profundiza y cultiva los
aspectos más oscuros y terribles de nuestra condición mortal, signados todos
por la presencia de la muerte. Tiene que ser trágico, si es que pretende ser
también un “Camino de sabiduría”, un arte de “cultivo del Ser”, pues sólo la
intensa consciencia de nuestra mortalidad funge como condición de posibilidad
para la experiencia cumbre del Samadhi.
La tragedia ática, el Cante Jondo, la tauromaquia, el blues y el tango de
arrabal, son otras tantas artes trágicas, dionisíacas, que intiman con la
muerte. Las artes marciales en general, pero en especial el Tai Chi por ser el
prototipo de las artes internas, tiene por nuez de sentido el hacer Tao con el
agresor externo, pero también con aquello que nos traiciona y nos escinde
internamente. Todos ellos son aliados de la muerte (“de la separación del Yin y
del Yang”); de modo que el Tai Chi es una posibilidad cierta de hacer Tao con
las fuerzas de la muerte presentes en nosotros mismos, danzando con éstas para
transmutarlas en dones para la vida, en fuerza de ánimo para vivir y dar vida.

He ahí otra faceta del arte presente en el arte marcial: la elevada misión del arte es
ética, moral. No en el sentido de códigos y preceptos para vivir en sociedad,
sino en el sentido de que el arte debe dar aliento, entregar ánimo, fuerza de
espíritu, subir la moral a los seres humanos, signados por el desamparo de la
condición mortal, y tentados por desaliento nihilista.
Considerando que el nihilismo se alimenta del
sinsentido de la vida, de lo vano del vivir, de que la vida no vale la pena ser
vivida tal como es; el arte marcial (como las otras artes trágicas y las artes
en general), desde los umbrales mismos donde acechan la muerte y el
aniquilamiento, crea y cultiva sentido:
entrega sentido a la vida, porque es capaz de dar sentido al combate, a la
violencia, y porque encuentra sentido (o lo genera) en lo más oscuro de nuestra
alma, y en las fuerzas mismas de la muerte que nos rodean y habitan. De esa
forma el arte da aliento al vivir humano, crea formas donde más bien debería
haber caos, y transmuta lo más terrible de nuestra condición, en dones y
regalos para la vida toda; aunque el sinsentido, el desaliento, el caos y la
muerte sigan ahí, como la arena bajo los pies del caminante.
Ahora bien, un artista marcial –en nuestro
caso uno de Tai Chi- pule y desarrolla su arte a través de años de dura
disciplina, de paciente entrega y práctica consciente. ¿Y cuáles son los frutos
de ese arduo trabajo de años, del entrenamiento de toda una vida? ¿Habrá
espectadores suficientes que puedan apreciar, no tanto si ejecutando una forma
cualquiera expresa intención, se mueve con armonía o muestra enraizamiento en
sus posturas (entre otras cualidades que se buscan para degustar el nivel de
realización en el arte); sino, mirando más lejos y profundo, si baila con la
muerte y es uno con ella, si ha transmutado la propia violencia en bellas
formas, si le ha dado sentido al combate consigo mismo, si el espectador recibe
junto a todo eso, una pizca de ánimo y aliento gracias a su perfomance, si siente en su corazón que
el artista ha logrado trasmutar su condición en algo más completo e íntegro y
se ha transfigurado en algo mejor…? ¿Cuántas veces en su vida, el artista
marcial logrará mostrar verdaderamente todo lo que exige su arte? ¿Cuántas
veces le será dada la dicha de enseñar bellamente aquello “mejor”, refinado y
decantado, con que su arduo entrenamiento ha enriquecido su cuerpo y su alma?
¿Alguien recordará conmovido alguna de sus presentaciones? Y, mirando aún más
allá, ¿quién reconocerá y se deleitará con las evoluciones y transfiguraciones
que se han dado en el vivir del artista marcial y de quienes lo rodean, de la
incidencia del arte cultivado en la vida, incluso en la del mismo espectador?
Puede pensarse que con las “artes internas”
–entre ellas el Tai chi- basta únicamente la satisfacción y plenitud lograda
por el adepto en su cultivo. El arquetipo del artista interno, el alquimista,
palpa los resultados de su “gran obra” sólo al final de sus días, porque la
misma no puede ser diferente a la totalidad de su vivir. Pero también hay que
decir, que “arte interno” no significa ni puede significar de ninguna manera
arte egoísta o arte solipsista.(6)
Jean-Claude Sapin dice al final del Prefacio a
su libro Tai Chi Chuan. Meditación en movimiento,
lo siguiente:
“La concepción relativamente extendida de una
cultura occidental desarmada por completo, «desnuda como un gusano», en su
tentativa de enfrentarse a la búsqueda de las tradiciones orientales, no me
parece fundada. El arte hacia el cual no dirigimos bastante nuestra mirada,
participa de intenciones que no tienen nada que envidiar a las búsquedas
hindúes y chinas. Sería recomendable que prestásemos atención a nuestros
músicos, pintores y poetas. Bien es verdad que estamos lejos de considerarles
como gurús dignos de escucha.”
El arte occidental también puede ser un puente
válido y necesario para comprender y asimilar las artes orientales, sobre todo
las “interiores”. Un camino más para forjar el Tao entre Oriente y Occidente.
“Nosotros tenemos a Mozart”, y también a Kafka; y he ahí el por qué de que
presentemos aquí su cuento El artista del
hambre: ¿hasta qué punto el destino de todo artista -incluyendo los
marciales- no presenta alguna correspondencia, alguna resonancia, con el del ayunador
kafkiano?
R. C.
Notas:
(1) Problemas genealógicos del Tai Chi Chuan
en Venezuela” y, especialmente, “¿A qué cuerpo da forma el Tai Chi? Tai Chi
Chuan y ‘Cuerpo Psíquico’” (R. C. / Nei Dan Magazine 2009)
(2) Los sistemas modernos de lucha que
buscando la maximización de la eficacia combativa, dejan de lado la formación y
transformación integral del practicante, y más aún, al arte como una expresión
de armonía y elegancia profunda entre cuerpo y espíritu.
(3) Una situación de combate es aquella en la
cual, por predominar la violencia, está signada justamente por el descontrol,
por lo imprevisible, apareciendo entonces posibilidades de acción que escapan a
la reflexión, y variables de interacción imposible de ser procesadas
conscientemente. En esa situación de caos, los combatientes se ven abrumados
por el estrés y la adrenalina, y por el miedo y rabia extremos, entre otras
emociones desencadenadas, además de reacciones físicas instintivas sin control
posible. De paso, las consecuencias del combate (lesiones graves, problemas
legales, condena pública, etc.) pesan antes, durante y después del mismo. (El
“combate deportivo” sólo es una simulación de esa situación de combate real).
(4) Existen dos cuentos -uno de ellos donde el
protagonista es Yang Luchan- sobre agresores que aparentemente vencieron a
maestros marciales, pero que luego del combate enfermaron gravemente, mientras
los maestros salieron ilesos del mismo. (“La capa mágica” y “Una bomba de
tiempo” en el Blanco Invisible,
recopilación de Pascal Faultiot).
(5) “Cuatro Metáforas sobre el Tai Chi Chuan.
‘Hacer Tai Chi es hacer Mabu’” (R. C. / Nei Dan Magazine No. 31. Octubre 2004).
(6) “Ningún hombre es una isla, ni está
completo en sí mismo; todo hombre es un trozo del continente, una parte de la
totalidad; si un pedazo de tierra fuera barrido por el mar, daría igual que
pasara en Europa, o en un promontorio, o en la mansión de tus amigos o en la
tuya propia; la muerte de cualquier hombre me empequeñece, porque estoy
integrado en la humanidad; por eso no envíes a nadie a preguntar por quién
doblan las campanas, porque doblan por ti.” John Done (1572-1631).
Roberto Chacón
Nei Dan Magazine No. 314 (29-03-11)
Sección. "Artículos"