LA IMPORTANCIA DE LA
CASA, SEGÚN LIN YUTANG (II)
“El
hombre que vive en la ciudad puede ver nubes fugitivas,
también,
pero rara vez llega a verlas, y cuando lo consiga,
las nubes
no destacan sobre un fondo de azules colinas,
y
entonces, ¿qué objeto tiene ver las nubes?
El telón
de fondo es falso.
Lin
Yutang
La
importancia de vivir
En las paredes de la antigua Alejandría, podía leerse un
grafiti de más de 2.000 años: “Cuándo tengas dos denarios, gasta uno en pan y
el otro en jacintos, para alegrar tu corazón.” Junto con el bíblico “no sólo de
pan vive el hombre”, esas palabras nos recuerdan que el objeto de toda cultura
humana, lo que los griegos llamaban paideia,
es el buen vivir, que designa un
horizonte humano más amplio y profundo que el mero sobrevivir, o el vivir
condicionado únicamente a servir al moderno Moloch de la producción y el
consumo.
El hogar –la casa- es la piedra fundacional –filosofal- del
buen vivir. Leamos lo que dice Lin Yutang al respecto:
“La palabra ‘casa’ debe incluir todas las condiciones de
vida o el ambiente físico de la casa de cada uno. Porque todos saben que al
elegir una casa es más importante saber qué se puede ver desde la casa que lo que se ve en
ella. La ubicación y el panorama que la rodea son lo que importa”. (Lin
Yutang. La importancia de vivir. P.
308)
Más adelante, Lin Yutang escribe que vio en Shanghai mansiones
de personas ricas, con una perspectiva pobrísima, y que estas personas ni se
imaginaban la vista que tenían pobres chozas ubicadas en terrenos desde donde
se pueden contemplar hermosos panoramas de ríos, lagos y montañas, además de
los propios huertos.
En Caracas, he estado en humildes viviendas de zonas
marginales muy periféricas, con vistas a magníficos paisajes, que pocas
edificaciones ubicadas en zonas de clase alta de la urbe, igualan.* Otrova
Gómaz escribió un cuento sobre unos arqueólogos que en el futuro estudiarían
las ruinas de Caracas. En sus investigaciones, llegan a la conclusión de que
las clases dominantes de aquella ciudad perdida, vivían en los cerros, desde
los cuales vigilaban a sus dominados, debido a las privilegiadas vistas que sobre
el valle de Caracas, tienen estas colinas.
Hasta hace poco tuve un apartamento en Palo Alto, Los
Teques. La zona es montañosa y colinda con el parque El Encanto. Gracias a la
vida, la vista del apartamento da directamente al parque en cuestión, y también
puede verse la edificación del hermoso colegio de la zona, al pie de una verde
colina. El panorama desde el balcón es realmente impresionante a toda hora del
día, y los atardeceres son muy hermosos. En cambio, afortunadamente, el
apartamento del que hablamos no tiene vista hacia la salida del conjunto
residencial donde está ubicado, que da hacia un populoso sector en el cual las
barriadas predominan.
El Encanto
La vista de mi casa actual que está orientada hacia el
centro del conjunto residencial en el que está ubicada (Las residencias
Venezuela en Coche), está dominada por un enorme árbol de jabillo. Árbol que para
los míos es tan importante y emblemático como el samán de Güere o el roble de
Guernica. Este jabillo es un poco más alto que los edificios de ocho pisos que lo
circundan. Varios de los jardines interiores de los edificios más próximos, dan
hacia la plazoleta que sirve de trono a este magnífico espécimen del mundo
vegetal. La enorme copa del jabillo, como una cúpula arbórea, roza los pisos más
altos de los tres edificios que lo cierran en un semicírculo, como una plácida bahía
de edificaciones y jardines.
El jabillo
En su novela Oscuro
como la tumba donde yace mi amigo, Malcolm Lowry habla del roble negro
(árbol de gran alcurnia) como yo misma quisiera describir al amable jabillo de mi
comunidad: “[…] siempre le sugería algo como el roble negro, pesado, fuerte,
pero también elástico, bendecido por el sol, brillante o sombrío según la
estación, pero capaz de sobrevivir a los rayos, las grandes lluvias y las
dificultades, y sin dejar de crecer nunca, misteriosamente.”
Los tres jardines en cuestión difieren entre sí debido a la
manera como cada uno es afectado por la sombra que proyecta el jabillo sobre ellos.
Nuestro jardín, en la zona bajo la sombra principal del árbol en cuestión, carece
de grama, y sólo crecen en éste plantas de sombra y un árbol de mediana
envergadura, en la periferia de la zona umbría. Las características de nuestro
jardín, quizá húmedo en exceso, se deben a que está en la zona más umbrosa de
todas, pues se unen ahí la sombra más persistente del árbol y la sombra del
edificio, que buena parte del año intercepta los rayos del sol. Estas
condiciones permiten que el microclima de nuestro apartamento sea especialmente
apropiado, y que aún en los meses más calurosos nuestra casa permanezca fresca
y ventilada.
Jardínes frente a mi ventana
El jardín del edificio contiguo al nuestro, el “Yaracuy”,
tiene hierbas altas y plantas más frondosas, ya que la luz solar entra un poco
más que en el nuestro. Lo llamamos el “jardín de los gatos”, puesto que ese terreno
es el centro de actividades de los felinos de la zona. Funge como una especie
de refugio silvestre en pequeña escala. A veces parece un auténtico Serengeti
en miniatura.
El edificio que sigue es el “Trujillo”. El jardín de ese
edificio que da hacia el jabillo, es todavía más exuberante, semejando un pequeño parque
botánico. Es húmedo pero recibe mucha luz solar, dado que las copas de los
árboles la dejan colar, pero no la interceptan en demasía las edificaciones
circundantes. Ahí crecen muchas plantas de tupido follaje, arbustos y árboles,
y hasta un chaguaramo bastante alto. Desde mi casa, ese follaje, más las ramas
y hojas que brinda a “gajos llenos” nuestro jabillo, indudable señor de la
comarca, da la impresión de estar frente a la sección un bosque tropical de
montaña, más que la de un jardín cultivado y cuidado por humanos.
Debemos agradecer a Carlos Raúl Villanueva esa maravillosa
idea de una zona de plazoletas y caminerías internas, rodeadas de jardines, que
funge como un parque interior al conjunto residencial. Dicho parque conjuga
naturaleza, vida cultural (puesto que en su centro está ubicada una edificación
que servía como Centro Comunal y que hoy día es sede de una biblioteca) y
esparcimiento humano, con sus espacios para caminar y sentarse a contemplar y/o
conversar, hacer actividades deportivas, etc.
Thomas Moore, en su libro El cuidado del alma, nos habla que “las cosas de la naturaleza nos
afectan profundamente. Una colina o una montaña pueden constituir un profundo
foco emocional para la vida de una persona, de una familia o de una comunidad”.
Para Camus el espíritu de los antiguos griegos, su sentido de la poiesis y la tragedia, está ligado a los
paisajes mediterráneos de la Hélade:
“Algunos atardeceres en el mar, al pie de las montañas, cae
la noche sobre la curva perfecta de una pequeña bahía de aguas silenciosas, y
entonces se eleva al cielo una plenitud angustiante. Bien puede comprenderse
que si los griegos llegaron a la desesperación en esos lugares, ello fue
siempre a través de la belleza y de lo que ésta tiene de opresivo. En esa
dorada infelicidad culmina la tragedia.” (Albert Camus. “El destierro de
Helena”).
Moore nos recuerda la casa de sus abuelos al norte de New
York, cuya edificación principal estaba dominada por dos magníficos castaños:
“Si alguna vez, con la idea de ensanchar el camino o de
construir una casa nueva, alguien llegara a talar esos castaños, eso sería una
dolorosa pérdida para mí y muchos miembros de mi familia, no sólo porque los
árboles son símbolos de tiempos pasados, sino porque son seres vivos llenos de
belleza y rodeados por una impresionante aura de recuerdo. En un sentido muy
real, forman parte de la familia, están ligados a nosotros como individuos de
otra especie, pero no de otra comunidad.” (T. Moore. El cuidado del alma. Pp. 343-344)
En nuestro país, la modernización compulsiva ha ido de la mano
del proceso de degradación intencional que hemos denominado “ranchificación”. La
más de las veces la segunda se enmascara tras la primera, o convive con ella
desvergonzadamente, como cuando vemos la fotografía de un guerrero tribal
armado con un lanzagranadas. Ambos procesos conforman las dos caras de la
incesante destrucción y abandono de nuestro acervo cultural y nuestros hábitats
naturales. Dos mascaras de lo que somos, pero un mismo aliento estepario. Recordemos
que para Lezama-Lima, “el paisaje es la naturaleza amigada por el hombre” y que
“dondequiera que surge posibilidad de paisaje tiene que existir posibilidad de
cultura” (“Sumas críticas del americano”). De donde se desprende que nuestro
común desdén por el paisaje (ese urgido e insensible construir a espaldas del
paisaje o a costa del mismo), va de la mano no sólo con el desprecio por la
cultura, sino aún peor, por el olvido del mundo del espíritu y sus conquistas,
del descuido del alma.
Caracas, otrora la “sucursal del cielo” y la “Petit París”,
es hoy día una metrópolis que amenaza con convertirse en megalópolis. La
metrópolis como escenario amenazante conjuga la acumulación laberíntica y
discordante de edificaciones (la mayoría de éstas verdaderos armatostes), que
es lo que propiamente la define como “jungla de concreto” (y no como “Jardín
del Edén” urbano), y el constituir un ambiente incierto e inquietante, siempre
cambiando en todos los sentidos, renovándose y depauperándose al mismo tiempo.
En las metrópolis modernas es cada vez más palpable el
fenómeno del crecimiento de las “comunidades destructivas” (Gemeinschft destructiva –Richard Sennett),
las cuales se caracterizan por un rechazo feroz a la multitud, al forastero, y
al anonimato moderno. Se exalta lo identitario local de un modo fanático, y se
rechaza la ciudad cosmopolita como lugar de la multiplicidad y diversidad de
puntos de contacto.
Las comunidades destructivas pueden germinar en barriadas y
zonas populares, así como en urbanizaciones y sectores residenciales de las
clases altas. Sus características son el clasismo (no la consciencia de clase),
etnicismo, vecindarios radicalmente protectores de su singularidad, crecimiento
del hampa endógena y hasta militancia en regionalismos y nacionalismos
virulentos. De modo que pueden considerarse también como sintomáticos en la
aparición de fenómenos de tipo volkish
(populacho racista, canalla dorada y lumpen proletariado).
La manera de “abrir” y armonizar estas comunidades
destructivas con el resto de la ciudad, no es sembrando en ellas vanguardias de
otras comunidades diferentes, quizá igualmente “destructivas” o más, lo cual no
hace sino aumentar la conflictividad entre comunidades y grupos, sino
estableciendo políticas de urbanismo cónsonas tanto con el buen vivir local,
como con el buen vivir de la urbe como un todo. Restableciendo el hoy olvidado
“bien común”.
Entre la ciudad antigua de pequeñas dimensiones, que cada
ciudadano podía conocer bastante bien, y la moderna metrópolis, que no sólo por
su tamaño sino por su constante actividad de cambio y crecimiento (extendiendo
sus límites, creciendo hacia arriba y abajo, etc.), resulta inaprensible en su
totalidad para la inmensa mayoría de sus habitantes, algo relativo a la esencia
de la habitación humana se está perdiendo. Camus dice al respecto:
“Vivimos pues en la época de las grandes ciudades. Por modo
deliberado se amputó al mundo aquello que hace su permanencia: la naturaleza,
el mar, la colina, la meditación de los atardeceres. Ya no hay consciencia si
no es en las calles, porque no hay historia sino en las calles; tal es lo que
se ha decretado.” (A. Camus. Ob. Cit.)
En la gran mayoría de las barriadas pobres y populosas del
tercer mundo, el modo en que se entretejen los senderos y las casas de un
vecindario, y como éstas se apoyan unas con otras, hace que uno de los bienes
preciados de esas zonas depauperadas, la solidaridad,
consiga una vía natural de expresión “urbanística” y “arquitectónica”. La
solidaridad se vehiculiza a través de una convivencia que encuentra múltiples
espacios comunes y puertas siempre abiertas (al menos en las horas menos
riesgosas) para nutrir la dinámica vital de esas comunidades.
Esto se pierde en gran medida cuando comunidades marginadas
son trasladadas a edificaciones de bajo costo. Casi siempre demasiado grandes y
que responden a diseños bastos del tipo “colmena”. Los apartamentos de esas
edificaciones no permiten reproducir la dinámica abierta y fluida de la
barriada. La solidaridad decrece y los espacios comunes se degradan en mucho
mayor grado que en los arrabales de origen. Urbanistas y arquitectos de la
India, han diseñado edificios para gente de escasos recursos, que explotan los
puentes, umbrales y pequeños espacios comunales, de modo que no se pierda esa
convivencia especial y dinámica que logra apreciarse en sus barrios de origen.

La ciudad pierde “convivencialidad” y buen vivir cuando los
medios de transporte de masas (autopistas, aeropuertos, ferrocarriles y metros,
etc.) son colocados por encima tanto de la armonía urbanística y arquitectónica
de la urbe, como del buen vivir vecinal. Lo funcional y necesario se nos
“decreta”, los sistemas masivos de todo tipo se nos imponen de mil modos (por
las buenas y por las malas), aunque es obvio hasta para el más insensible, el
precio que se tiene que pagar tanto en belleza y armonía (el fin del “paisaje”
urbano) así como en la limitación total o parcial del tránsito humano peatonal
o a través de bicicletas, entre zonas y espacios citadinos, separadas ahora por
las barreras que conforman la infraestructura de las autopistas y vías férreas.
Las vías de transporte moderno masivo son como ríos
demasiado caudalosos y rápidos, que ponen el mayor énfasis en una movilidad
lineal que puede llegar a grandes distancias, atravesando espacios enormes.
Pero la infraestructura que sostiene esas vías, aunado al volumen y velocidad
del tráfico, restringe y hasta impide el simple hecho de poder cruzar al otro
lado de las mismas. Además, alrededor de esos complejos de infraestructura,
crecen amplias zonas abandonadas, “tierras de nadie” desiertas o colonizadas, a
lo sumo, por indigentes y mal vivientes. De modo que a la barrera física de
estás vías se suma la peligrosidad de sus zonas contiguas deshabitadas.

La ciudad como ecosistema eminentemente humano sufre los
mismos males de los hábitats silvestres que son fraccionados por las vías de
comunicación. En éstos, la fauna y flora se debilita genéticamente al
convertirse sus territorios en zonas aisladas de relativa extensión, quedando
segmentadas en pequeñas y frágiles poblaciones las especies implicadas. La
metrópolis, sometida a fraccionamiento parecido, padece una especie de proceso
de parcelamiento, que crea feudos y/o ghettos, y amenaza con la progresiva
balcanización de la urbe.
Los sistemas masivos (de transporte, de comunicación, etc.)
y su continua expansión y mejoramiento, son los que hacen de la ciudad moderna
una gran factoría,** donde privan diseños urbanísticos planificados para el
manejo de masas a gran velocidad, diseños de inspiración profundamente militar.
En Las muchedumbres
de Baudelaire, escrita hacia la segunda mitad del siglo XIX, podemos leer lo
siguiente: “Multitud, soledad: términos iguales y convertibles para el poeta
activo y fecundo.” En ese entonces, la París de Haussmann se estaba
convirtiendo en el prototipo de la ciudad moderna.*** Pero las multitudes
descritas por Poe y Baudelaire, podían contemplarse caminando en los amplios
bulevares parisinos. Hoy, las masas ya no sólo pululan en las calles, sino que
son movidas como ganado, a través de grandes distancias, por medios de
transporte gigantescos. Y es que la contrapartida del hombre-masa que es
movilizado como un enorme rebaño humano, es el hombre individualista, el humano
atomizado que termina encerrado en su habitación rodeado de sus juguetes
telemáticos; hombre cuyas posibilidades de convivencia vecinal y hasta familiar
se ven reducidas a su mínimo posible.
Existe un movimiento de urbanismo y arquitectura
contracultural que ha creado vecindarios donde se puede ir a pie a todos los
sitios importantes de la comunidad: escuelas, locales comerciales, sitios de
recreación (parques, cines, etc.), clínicas o consultorios, iglesias, teatros, cementerios…
En estas comunidades, el automóvil, y con ello la obsesión por las
infraestructuras y los sistemas de transporte masivo, ya no representan el
centro en torno al cual giran desde las políticas sobre urbanismo, hasta los
quehaceres de la vida cotidiana. La sensación de libertad que emerge en los
habitantes de esos vecindarios “caminables”, es expuesta por Kevin Klinkerberg
en su libro Por qué camino.

Villanueva sabía de la importancia de las estancias, los
jardines interiores y los senderos y pasajes comunicantes –lo que en Feng Shui
significa el fluir del Qi- para hacer de los espacios arquitectónicos, lugares
habitables. Los interiores de los apartamentos del Silencio, por él diseñados, tienen
pasillos con plazoletas mínimas en el medio, bordeadas de pequeños bancos para
sentarse y conversar. Balcones interiores, pequeñas salas de estar, pasillos y
corredores, dan a esos apartamentos la sensación de espacialidad amigable de
los viejas casonas coloniales. El patio interior de la vieja arquitectura
hispánica, se conserva en el microcosmos del apartamento, y también, en el
macrocosmos del edificio, como un oasis en medio de las solidas edificaciones
ubicadas en el centro de la ciudad.
En las Residencias Venezuela, los apartamentos son menos
elaborados, pero el centro del conjunto que antes hemos descrito, desarrolla
esas mismas ideas de “patio central” hasta llevarlas casi a la elaboración de
un pequeño e íntimo parque vecinal. Sin duda, es en su obra maestra, la
Universidad Central de Venezuela, donde las ideas de Villanueva sobre la
imbricación de arte y humana funcionalidad fueron llevadas a su cenit. La UCV
es un enorme parque temático modernista, cuya habitabilidad y hospitalidad
parece cobijar y arrullar al hombre de a pie, desde sus espacios monumentales,
hasta el más pequeño rincón.
UCV
Aunque la industria de la construcción, a través de
soluciones urbanísticas y arquitectónicas como las aquí señaladas, puede venir
en nuestra ayuda, en cuanto a la cuestión de la casa y su relación problemática
con el entorno urbano, finalmente sólo puede establecer y mejorar algunos
marcos generales de sus criterios de producción, pero nunca dará por sí sola
con la solución a lo antes expuesto, puesto que su gran poder se basa en la
producción masiva de bienes estándar, y, como dice Lin Yutang, “el encanto de
la casa radica en su individualidad”.
El sociólogo alemán Georg Simmel, se interesó en las
posibilidades humanas para unir, y, a la vez, poner límites. El puente sería el
símbolo concreto de las posibilidades de conexión a través del espacio, -de
“coligar” paisajes, dirá Heidegger. La puerta, en cambio, supone una frontera
en el territorio humano. Expresa tanto la necesidad de los límites, como la
libertad humana de habitar el interior (dentro) y desplegarse hacia el exterior
(fuera).
Las casas chinas tradicionales hacen uso de las “puertas
luna” (yuemen), que son aberturas
circulares para acceder a un jardín delimitado por un muro. Estas puertas de
uso reservado mayormente al paisaje interior que conforman los jardines en
torno a la casa, constituyen verdaderos umbrales, en el sentido de “puerta”, y,
a la vez, de “lugar por donde pasar”, pasaje para entrar o salir. Las
puertas-luna son puertas-puentes, donde la parte de “puente” no es una
construcción, sino un “vacío”.

La puerta luna, en tanto nexo que imbrica puerta y puente,
puede ser una noción inspiradora en lo que atañe a la mesura que necesitamos
para volver habitables nuevamente los espacios urbanos, para transfigurarlos en
“paisaje”, en la busca del entramado de la casa con su entorno, y a la vez, el
establecer los límites certeros para que pueda darse esa individualidad del
hogar de la que habla Lin Yutang, que no sería mero individualismo, ni tampoco el
padecimiento inerte del “principio de individuación” (diferencia de posición de
los entes en el espacio-tiempo), sino lo que C. G. Jung llamó propiamente individuación: el proceso de
autorrealización por el cual uno llega a ser “sí-mismo”.
“El concepto chino de la casa y el jardín está determinado,
pues, por la idea central de que la casa misma es solamente un detalle que
forma parte de la campiña que la rodea, como una joya en su engarce, y que
armonice con ella.” (Lin Yutang, Ob. Cit.)
Cuando la urbe le da prioridad a la infraestructura vial
para mover masas humanas vectorialmente de un lado al otro de la megalópolis en
ciernes, la ciudad y sus posibilidades paisajísticas llegan a su fin. El hogar,
aislado de todo posible entorno acogedor, se ve reducido a dormitorio, y la
intimidad del espacio interior de la casa, se ve trastocada en la “privacidad”,
como sitial claustral del culto al individuo. En Venezuela, debido a la amenaza
de la delincuencia, vivimos, además, en una especie de auto encierro,
prisioneros de nuestras propias rejas y barrotes. Nuestras casas y edificios, y
también sus jardines, sufren de este escenario
concentracionario, pues son las alambradas de púas, a veces electrificadas,
la que establecen sus límites con la calle intimidante.
“Los jardines chinos, por su parte, invitan al huésped a entrar
y disfrutar”, escribe J. Justin Meehan (“Fundamentos filosóficos de la estética
del jardín chino”); ¿cuánto de esa virtud acogedora y hospitalaria de los
jardines chinos no se deberá a las puertas luna? La puerta luna invierte las
prioridades de la modernidad industrial: comunica el interior con el exterior
(lo público y lo privado), conectando mundos distintos (como el espejo de Alicia a través de espejo, de Carroll), pero
de una manera signada por la mesura, la cordialidad y la armonía. Lo que James Hillman
denomina “el poder suave”, o, en términos chinos, la energía Yin. Como dice Li
Liweng (citado por Lin Yutang), debe haber una proporción armónica entre los espacios
y el ser humano, pues a mayor espacio, “tanto más delgado parece el hombre”.
Para los chinos, la luna es Yin, y está relacionada con el
agua como fluido y como energía retornante, tal como apreciamos en las
corrientes y mareas. Esta puerta, como umbral entre mundos, hace de una especie
de transformador alquímico, a través de su vacuidad, que transmuta los espacios
y a los hombres que discurren por éstos, abriendo sus posibilidades
relacionales, conectivas, ampliando los horizontes de su espíritu a través de
un aliento renovador.
Wuji, el vacío o “nada” previa a la aparición del cosmos de la cosmología
taoísta, es representado por un círculo. Esto me recuerda la predilección de J.
L. Borges por la palabra inglesa para “luna”: Moon. Puesto que esta palabra monosilábica, por la redondez de
adquiere la boca al pronunciarla, representa mejor a la luna como astro
circular que orbita en torno a nuestro hogar planetario. La redondez vacía de
la puerta luna nos descubre que circulamos (orbitamos) constantemente por los
espacios de la casa y los territorios contiguos, y que éstos y nosotros, sufrimos
la transformación constante de los ciclos, desde los climatológicos hasta los
personales.
Wuji
Las fases de la puerta luna (plenitud, vacío, decrecer,
crecer), como un calendario lunar, también nos indica cuándo recogernos al
interior de nuestra morada, y cuando fluir hacia exterior, cuándo conviene la
quietud y cuándo el movimiento. Esa puerta, como la luna, aparece y desaparece,
se abre (vacía) y se cierra (llena) como la sonrisa del Gato de Cheshire.
Pero su vacuidad nos recuerda también que debemos una atención
muy especial a los espacios, como postulan los taoístas y el Feng Shui, o como
lo hacía Goethe en su teoría sobre las plantas. El espacio absoluto de la
física clásica incita al hombre a atravesarlo y hendirlo en vastas dimensiones.
Los espacios –en plural, como los dioses del politeísmo- son relativos a los
entes y lugares, sus relaciones y derroteros cíclicos, como el arte pictórico,
la escultura y la arquitectura nos lo revelan. Ellos mismos son entidades
vitales, no objetos inanimados. Invitan a los seres del cosmos a que expresen
su muy particular relación con el entorno a través de la peculiaridad de sus
formas. Gracias a esa vacuidad plural y dinámica, las formas de los entes son
múltiples y diversas, y se van transfigurando con el pasar del tiempo.

Si la casa es “un detalle en la campiña”, es porque el
espacio de la localidad puede invitar al espíritu de los moradores de la casa a
compenetrarse con el paisaje, imbricándose en un fluir recíproco, como lo hacen
la luna y las estrellas a través de la bóveda celeste. Las construcciones
signadas por el ego, que quieren imponerse al espacio y ordenarlo
abstractamente, terminan por dañar ese mismo paisaje que quisieran aprovechar,
como los grandes hoteles turísticos de lujo construidos en medio de hermosas
playas tropicales. No hay nada amigable en el dominio y la imposición. En
cambio, nos dice nuestra Teresa de la Parra en una de sus cartas, “los detalles
dan a veces el don de vida”.
(Continuará…)
Notas:
*Terrazas del Ávila representa una excepción, pues posee
una de las mejores vistas del cielo caraqueño, especialmente de sus
crepúsculos. También posee vista al hermoso paisaje natural del Ávila y la
cordillera anexa. Hacia el sur tiene vista hacia la urbe y, especialmente, al
barrio Petare, la “favela” más grande de Latinoamérica, que desde Terrazas da
la impresión de ser un enorme “Nacimiento” navideño.
**Los gulags soviéticos, los laogai chinos y los campos de concentración y exterminio nazis
también eran factorías.
***Es interesante estudiar la renovación de París realizada
por Georges Haussmann, durante la Francia del II Imperio. Esta renovación
conjuga la funcionalidad militar (amplias avenidas para que las tropas se
movieran a gran velocidad y no hubiese posibilidad de levantamientos populares
apoyados en la obstrucción de calles y barricadas), el énfasis en la facilidad
de movimiento del tráfico de coches que acarreaban mercancías y personas (exceptuando
los grandes bulevares), el saneamiento de París (las callejuelas y callejones
se consideraban fuentes de enfermedades y polución), y la “higiene social”, al
sacar los barrios bajos del centro de la ciudad y enviar a los más humildes a
las barriadas pobres de la periferia.
__________
LA IMPORTANCIA DE LA CASA, SEGÚN LIN YUTANG (I)
“Una casa se comienza por el techo”.
Dicho taoísta
Uno de mis autores preferidos es Lin Yutang. En su conocido libro, La importancia de vivir, dice que lo más importante de una casa son las vistas y paisajes que pueden contemplarse desde ésta. Conociendo algo de la cultura china, pienso que no está menospreciando el estado del interior de una casa, que éste carezca de importancia alguna. Más bien se trata que para el “alma de una casa”, que es lo mismo que decir el “hogar” (en los países de clima templado se dice: “la chimenea es el alma o corazón de la casa”, y para el arte del Feng Shui la cocina es el “centro” –tierra- del hogar), la ubicación de la misma, su entorno, es de relevancia fundamental.
La casa pertenece a un microcosmos –su vecindad, y, más allá: el barrio, parroquia o urbanización a la que pertenece- de modo, que la armonía entre la casa, el vecindario y el paisaje natural pertenece a la esencia misma de su re-velarse como una entidad susceptible de ser habitada por el hombre, a sus condiciones de “habitabilidad” –entendidas más en sentido espiritual que material. De modo que sus virtudes arquitectónicas y el diseño de su decoración interior, dependen hasta cierto punto, de ese entorno del cual nuestra casa toma su sentido más profundo.
Caracas y el Ávila
La vista principal del apartamento donde vivo da hacia el centro de las residencias o conjunto de edificios que forman nuestro vecindario inmediato (patrimonio cultural de la nación, ya que fueron diseñadas por Villanueva). Este conforma una especie de parque con una vegetación exuberante que proviene de los jardines de los diversos edificios que conforman el conjunto. En la temporada del “invierno” tropical, uno puede acostarse en el sofá de la sala y contemplar por el ventanal principal, la lluvia caer a través de las hojas y ramas de los árboles. Los edificios contiguos desaparecen tras el cortinaje pluvial, y sólo queda en primer plano la vegetación de avivados colores. La sensación que transmite esta vista es la de estar en una cabaña inmersa en medio de un bosque tropical pluvioso.
Árboles de las Residencias Venezuela, Coche
La vista hacia el otro lado de nuestro hogar, es decir, al exterior de las residencias, es diametralmente opuesta a la anteriormente descrita. En nuestro caso, las ventanas dan a la parte posterior del Centro Comercial de Coche que dista mucho de ser un “Centro Comercial”, en el sentido que este tiene en las urbanizaciones caraqueñas. Parece más bien un constructo destartalado a mitad de camino entre esos locales comerciales que se construyen sin orden ni concierto en torno a gasolineras, y que encontramos por todas las carreteras del interior del país, y el Mercado Mayor de Coche, cuyo sector de ventas al detal es seguramente uno de los más feos del mundo.
Así, nuestra vista principal da a nuestro parque interior, un verdadero oasis de silencio y tranquilidad (la más de las veces), mientras que la secundaria mira hacia una zona bulliciosa, de transito humano populoso, y vista menos privilegiada. Sin embargo, la vida comunal, la convivencia con los vecinos, se da hacia el sector del “Centro Comercial” (que nosotros llamamos simplemente “mercado”); como lo ha hecho la humanidad desde siempre, o al menos, desde la primera ciudad que fundaron los hombres, y que seguramente brotó conjuntamente al primer mercado.
Vista posterior del Centro Comercial de Coche
Recuerdo que en alguna de sus entrevistas, José Ignacio Cabrujas decía que el venezolano tenía una especie de vocación nómada, que lo hacía proclive a tratar sus casas como habitáculos provisionales en los cuales no había que gastar mucho esfuerzo ni inversiones para mantener, cuidar y embellecer. Un buen ejemplo de esta tendencia, para no generalizarla, son las casas campestres de los llaneros, que parecen habitadas al mínimo posible, o lo que es lo mismo, más abandonadas que habitadas.

En estos tiempos parece un sonsonete absurdo eso de que somos un “país rico” (por absurdo no deja de dar risa). Sobre todo porque siempre nos hemos portado miserablemente con nosotros mismos. El terminal de autobuses de la capital de la república, el Nuevo Circo, parece un terminal del interior de un país del quinto mundo. Ni imaginar los del interior de Venezuela. Alguien ha propuesto el nombre de “ranchificación” para señalar el proceso de “afeamiento y corrosión paulatina (sobre bases disque prácticas)” de todas las construcciones del país.
El pobre construye un rancho para vivir. Con el tiempo el rancho va mejorando su aspecto interior, dando la espalda olímpicamente a su entorno miserable, con aguas negras que corren por las calles, basurales que crecen en cualquier terreno baldío, etc. La clase media urbanizada, ranchifica sus edificios construyendo casuchas para la conserje en el jardín o en el techo, así como por las libertades que se toman los “propietarios horizontales” para “variar” a capricho sus fachadas y áreas comunes. Los ricos ranchifican sus quintas, construyendo anexos sin concordancia arquitectónica para sus sirvientes o sus hijos, además de los caprichos de construcción y decoración de exteriores que se toman sus dueños, que la más de las veces creen que arquitecto es cualquiera.*
Este proceso de “ranchificación” a todos los niveles sociales, también se deja ver en el comportamiento público y comercial: los centros comerciales se ranchifican con una variada gama de expansiones estructurales no previstas y la colonización de la buhonería high class; las calles se ranchifican con la buhonería ramplona, los quioscos anarquizantes, los espacios públicos abandonados y ranchificados, las aceras colonizadas por autos, estructuras invasoras no autorizadas, etc., etc.**
Por último, el Estado hizo de su bandera la ranchificación generalizada: los edificios gubernamentales se convirtieron desde albergues de damnificados hasta en oficinas de propaganda y galpones para fiestas. La realización de edificaciones “invasoras” para albergar damnificados (realizadas arbitrariamente, sin consultar a las comunidades), dentro de parroquias y urbanizaciones, sin importar no sólo la armonía arquitectónica con el entorno y con el diseño urbanístico, sino el choque cultural entre poblaciones discordantes (¡Oh Farruco! El destripador de Caracas, cuna del Libertador), se ha convertido en política (o des-política) de Estado.
En Coche, particularmente, se sufrió con estos despropósitos urbanísticos del Estado nacional. Sin ampliar las vías de comunicación ni los sistemas de electricidad y agua, se construyó una vasta urbanización paralela a la parroquia en terrenos del Fuerte Tiuna, lo que implica un golpe demográfico de mínimo unas 100 mil personas más. No hablemos del impacto paisajístico, y menos todavía del choque socio-cultural, que ya está afectando hasta a los propios militares del “fuerte”.
Mega-construcciones hacinadas en Fuerte Tiuna
El primer aviso de los despropósitos gubernamentales de nuevo cuño para nuestra parroquia estuvo en la complicidad estatal en la destrucción del Bosque Escolar de La Rinconada, para favorecer la construcción a marchas forzadas de un barrio de personas sin hogar (invasores), acaecida a principios de la década del 2000. Un verdadero ecocidio. Con casos como los antes descritos progresa a largas zancadas la ranchificación nacional (o la socialización del rancho).
Se ha dicho que quizá el invento venezolano más importante –y que seguramente ya debemos estar exportando- es el rancho. Y hasta se dice de nuestro gentilicio que tenemos un rancho en la cabeza. Pero se olvida el refrán: “Rancho no es casa, ni wolkswagen carro ni vallenato música.”
Los vecindarios, las parroquias y las urbes tienen una manera orgánica de crecer, que se va ajustando a las diversas facetas de la cambiante vida cotidiana de sus habitantes. Las urbes planificadas al extremo por urbanistas, arquitectos e ingenieros, carecen de esa vitalidad orgánica, y, como en el caso de Brasilia, la expulsan necesariamente a los suburbios. Ese crecimiento orgánico de las ciudades necesita por supuesto “jardineros” que minimicen el caos que pudiera generarse por descuido y armonicen ese crecimiento vital con el imprescindible buen vivir ciudadano. Pero como ha expresado Arnold Toynbee, las ciudades modernas se encuentran en plena “marcha”: hacia las megalópolis, primero, luego hacia la “ciudad-mundo”, la ciudad global del futuro. Esto implica tanto la urbanización acelerada del campo y las zonas silvestres, como la continua transformación de los espacios citadinos, en pos de soluciones habitacionales y comunicacionales masivas, funcionales y de bajo costo.
En el tercer mundo, con su incapacidad organizativa e industrial estructural, las ciudades han crecido caóticamente rodeadas de enormes cinturones de miseria habitados por la gente que emigró en masa del campo a la ciudad y sus descendientes. Cinturones de los que el rancho, la choza, la casucha y la covacha, los “techos de cartón”, son símbolos evidentes. El rancho representa entonces no una posible célula generatriz del crecimiento orgánico de la urbe, sino un fenómeno metastásico de crecimiento anárquico que amenaza sempiternamente con el colapso de la ciudad y la extinción de la ciudadanía y del buen vivir citadino. Por extensión, lo asociamos a lo provisional que se estableció como norma, al habitar en ambientes degradados, y a aquello que es muy difícil de asimilar y estructurar (la marginalidad).
El dicho taoísta que sirve de epígrafe (“Una casa se comienza por el techo”) parece justificar la existencia del rancho, puesto que puede interpretarse como la necesidad urgente de habitación y refugio (de techo), que nos obliga a soluciones rápidas e improvisadas; a lo mal hecho y descuidado. Como la choza de paja del cochinito más perezoso de la fábula “Los tres cerditos y el lobo feroz”. No obstante, y sin negar lo anterior, también puede interpretarse el dicho como que toda casa comienza siempre por “La Creatividad del Cielo”, tal como es descrita en I Ching.
Ch’ien: La Creatividad del Cielo
En el plano humano, el Cielo se expresa en las ideas, motivos anímicos e intensiones necesarias para la construcción de una casa. En el plano macrocósmico, señala el movimiento espontáneo, continuo y generador del Ser, tal como lo observamos en el cielo: el tiempo, cuyo derrotero signan los astros, la temperatura y el clima. Y también nuestro temperamento, los constantes cambios de nuestro ánimo. “Alma y tiempo son uno, un mismo espacio para nuestro ser”, escribió Numa Tortolero (“El mal tiempo: esbozo de una mecánica del alma”).
Viviana Salvetti, en su introducción a un artículo sobre la casa de Lin Yutang en Taiwán (“Una visita a la casa del hombre que acercó China a Occidente”)***, escribe –recordando a Spinoza- que un entorno agradable y armonioso, tanto física como emocionalmente, contribuyen a la alegría de vivir, dando ánimo y elevando nuestro espíritu.
En los tiempos difíciles que hoy vivimos en Venezuela, escuchamos decir que nuestros problemas colectivos comienzan en el hogar… Y puede que tengan razón, si entendemos “hogar” también en el sentido que aquí estamos dando. Entonces, ¿cómo sacarnos el rancho de la cabeza? “¡Decapitar!”, exclamará el buen salvaje bajo su disfraz del buen revolucionario. “¡Que le corten la cabeza!”, gritaba absurdamente la reina de corazones en el cuento Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll. Pero se trata no de dejar “títere sin cabeza”, sino de propiciar una transmutación que convierta al rancho en casa, y la casa en hogar. Y atención, no nos estamos refiriendo a la construcción de nuevas casas, más funcionales o “bonitas”, sino a aquello que realmente le da sentido a la habitación humana (al “habitar”), al punto de sentirla propiamente como “hogar”.
Cabrujas el Grande, siempre decía que en vez de pomposas constituciones, necesitábamos una especie de reglamento de convivencia, tal como lo hacen muchos condominios urbanos. Cuando se dice que nosotros no somos un país, sino un montón de gente ocupando un territorio, se apunta sarcásticamente a esa cualidad de horda, que constituye parte de la sombra que crece silvestre tras los ideales heroicos que quisiéramos representar desde nuestra independencia.
Nuestra convivencialidad está dañada desde hace mucho, mucho tiempo. De ahí que siempre estemos glorificando lo “chévere” que somos. Y no me refiero a la aparatosa exaltación oficial de la “patria” y del “pueblo”. Aludo a todas esas historias, cuentos, comparaciones, chistes y refranes donde terminamos siendo la gente más maravillosa del mundo. Por supuesto, tenemos muchas virtudes como gentilicio, pero nos aferramos tanto a éstas que nos ciegan por completo con respecto a nuestros defectos colectivos, en especial los más esenciales, como nuestra mermada convivencialidad. Sólo pensemos en el fenómeno del “bachaquerismo” (¡el capitalismo popular!) para que nos demos cuenta de la gravedad del asunto.
El hogar –la casa- sólo tiene una posibilidad de ser armónico en su interioridad espiritual, si su entorno (paisaje y vecindario) lo retroalimenta. Así, la armonía de las esferas se expresa a nivel humano, como un conjunto de muñecas rusas (matrioska), que se cobijan e interpenetran unas a otras: desde el Anima Mundi, al alma de la ciudad, a la de la parroquia y el vecindario, hasta llegar a la casa, la familia y el propio hombre como templo de sí mismo (cuyo cuidado está reservado para artes como el Tai Chi Chuan o el Hatha Yoga). El macrocosmos y el microcosmos, en todos sus niveles, deben tejer sutiles tramados de correspondencias que tienen continuamente que ser afinados (cuidados), como una amplia arpa espiritual donde resuenan por simpatía las diversas “almas” aludidas. Esta retroalimentación del espacio cotidiano y nuestro ser temporal, representa la nuez de todas las posibilidades de la cultura como edificación de un hogar simbólico, un cosmos de sentido, para nosotros y los seres y entes bajo nuestro cuidado. El negar esta posibilidad abre de par en par las puertas al abismo de la barbarie.

Notas:
*Estudios de arquitectura han demostrado el buen gusto en la estructuración de ranchos, que nunca colocan una columna atravesada en medio de la sala, por ejemplo, cosa que si se ve en muchas casas y quintas diseñadas por arquitectos. Esta anécdota sirve para dejar en claro que si bien el “rancho” es un fenómeno de las clases populares depauperadas venezolanas, la “ranchificación”, como “ideología” –como “estilo” nacional- sólo puede provenir de su ser asumida como modo de ser por las élites culturales, intelectuales, políticas, económicas y profesionales del país.
**Las políticas de “tolerancia cero” –nombre que puede parecer políticamente incorrecto, fascistoide- apuntan a ese no dejar que los espacios públicos se deterioren, puesto que basta una eventual desidia en detalles mínimos –como no reparar un farol roto, por ejemplo-, para que se vaya incrementando exponencialmente el menoscabo tanto del ambiente físico como del comportamiento (convivencia) de los ciudadanos.
***http://grupolipo.blogspot.com/2012/12/la-residencia-de-lin-yutang-refleja-la.html
(Continuará…)