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martes, 8 de noviembre de 2016

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 552)

LA IMPORTANCIA DE LA CASA, SEGÚN LIN YUTANG (VII)

En el llano, del desierto seco y polvoriento pasamos sin transición, con el “invierno”, al tremedal y el estero. Los llanos bajos se inundan en época de lluvias y la fauna de los grandes ríos aprovecha para ingresar a estas sabanas inundadas. Al caracterizar las aguas estancadas, Bachelard dice, hablando de Edgar Alan Poe, que el contemplarlas es desanimarse, disolverse, morir. Recuerda el fenomenólogo de la imaginación, que para Heráclito “el oscuro”, el agua era la muerte misma. Baco (Dioniso) es llamado el señor de todas las humedades, y, para Heráclito, Dioniso es otro nombre de Hades.

Sobre este tipo de agua “muerta”, Enrique Bernardo Núñez escribió: “Desdeñaba al pasar el agua verde, fangosa, dormida entre la vegetación, agua redonda que centellea en la espesura como ojo de fiera en acecho.” (La galera de Tiberio). Un poeta chino de la dinastía Tang, Chan Jian (Ch’ang Chien), escribió estos versos: “Una diminuta barca que se deslizaba / a través del lago / impulsada, como el humano destino, sobre / Un mundo de ocultos peligros.”


Pero la muerte que prefiguran las aguas estancadas en el llano tiene un simbolismo redoblado por la naturaleza atroz que pulula en los esteros y caños: caimanes y babas, anacondas, sierpes venenosas, pirañas (¡caribes!), tembladores y rayas, infectan las aguas cenagosas. Leemos en Doña Bárbara:

“Ya el estero está lleno, porque el invierno se ha metido con fuerza. Un día asoma a flor de agua la trompa negra de una baba. Ya aparecerán también los caimanes, pues los caños se están llenando de prisa, y en la llanura por todas partes se va a todas partes. Los caimanes también vienen desde lejos, del Orinoco muchos de ellos; pero nada cuentan, porque todo el día se lo pasan durmiendo o haciéndose los dormidos. Y mejor es que se estén callados. No podrían contar sino crímenes. […]
 Con el alba comienza la recolecta. Los recogedores salen en curiaras, pero terminan echándose al agua, y con ella a la cintura, entre babas y caimanes, rayas, tembladores y caribes, desafían la muerte gritando o cantando, porque el llanero nunca trabaja en silencio. Si no grita, canta.” 
Y en otro libro interesante, Llanos: tierras brutales, de la francesa Jeaninne Fiasson:

“Tierras brutales, en donde los juegos consisten en el dominio de toros salvajes, atados a la cola de los caballos, tierras de hombres solos en donde se intercambian apuestas insensatas, a golpe de machete, alrededor de gallos que manan sangre de los combates. Tierras de contrastes en donde los jinetes que doman sus caballos atraviesan a nado los ríos al lado de su montura, espantada por los caimanes, los caribes, las rayas y los tembladores; ¡que luchan con una lanza contra un jaguar, que voltean al toro, acostándose sobre él para desequilibrarlo y que tiemblan frente a un fuego fatuo que corre sobre las hojas podridas del suelo del bosque!”

Pero estas aguas fangosas tienen un poder aún más letal que su terrible fauna: la plaga, la fiebre. El paludismo y la fiebre amarilla, entre otras pandemias, configuran la terrible arma biológica del llano en contra de la humanidad.

“¡Llueve, llueve, llueve! Y se desbordan los caños, y se inundan los esteros, y empiezan a caer los hombres, fulminados por la «calentura», tiritando de frío, castañeteando los dientes, y se ponen pálidos y se van volviendo verdes, y empiezan a nacerle cruces al cementerio de Altamira, que es apenas un pequeño rectángulo cercado de alambre de púas en medio de la sabana, porque al llanero, hasta después de muerto, le basta con estar en medio de su sabana.” (Doña Bárbara).

Otra polaridad complementaria señala Bachelard, que puede servir para entender la estepa sudamericana y a sus habitantes: lo húmedo y lo caliente. Su mezcla, la humedad caliente, según algunas cosmogonías, anima la tierra inerte y hace surgir la vida. El calor seco del verano es propio del colérico, según la teoría antigua de los humores. Mientras que el calor húmedo favorece al sanguíneo. En estos dos humores encontramos esbozados las polaridades del temperamento exterior del llanero; aquel que recubre el fondo oscuro del melancólico, del hombre del elemento tierra y la bilis negra.


Es obvio, por lo antes descrito, que la polaridad “sequedad caliente” y “humedad caliente” se da en forma demasiado extrema en el llano colombo-venezolano. De manera que un exceso de vitalidad, de naturaleza ponzoñosa y letal, anima en demasía la llanura inerte y reseca, una vez llegadas las lluvias. Una humedad caliente que parece resucitar al “mundo perdido”, el reino de los anfibios, los reptiles arcaicos y los pantanos de los períodos carbonífero y pérmico (paleozoico). Del que surge no el aliento vivificador que los chinos ven en todas las cosas animadas y en las mutaciones cíclicas del cosmos, sino un aliento de muerte, pestífero, exterminador.

O. V. de L. Milosz escribe que estamos hechos de arcilla y de lágrimas –recuerda Bachelard: “Un déficit de penas y de lágrimas y el hombre es seco, pobre, maldito. Demasiadas lágrimas, falta de coraje y de rigidez en la arcilla da otra miseria: ‘Hombre de arcilla, las lágrimas han ahogado tu cerebro. Las palabras sin sal corren por tu boca como el agua tibia.’”

Bachelard también señala un punto importante sobre el barro y la arcilla, la pasta, la unión de la tierra y el agua. Esta pasta es un esquema perceptual fundamental del materialismo, pues la pasta “libera nuestra intuición  de la preocupación por las formas”. Este barro llanero, tan presente en El hombre y su verde caballo, quizá haya aportado un materialismo primigenio y telúrico al ser del llanero que lo preservó de lo que Rafael Argullol llama la mayor herida recibida por la consciencia humana, causada al concebirse abstractamente un Dios infinito y omnipresente como la vastedad del desierto, inimaginable e irrepresentable, tal como le ocurrió al pueblo judío. Pueblo que se define por la religión monoteísta que profesa. Tengamos en cuenta que en la América pre-colombina, los guaraníes, habitantes del chaco y del norte de la región pampeana, habían caído, conducidos por “profetas”, en una agitación migratoria, parecida a la búsqueda judía de la “tierra prometida”. El llanero, más cercano a la migración belicista y rapaz de caribes y conquistadores, no tendrá en la religión una motivación para levantarse en armas y cabalgar en pos de tropelías, violaciones y saqueos.

“Los dos hermanos trabajaban en organizar un ejército, recogiendo a los descontentos, enviando emisarios bien provistos de patrióticas mentiras para el pueblo y de promesas de saqueo para los llaneros salvajes.” (J. Conrad. Nostromo)

Pudiéramos hablar del paisaje como la “madre-paisaje”. Por eso Lezama habla del paisaje americano como un espacio gnóstico que “esperaba una fecundación vegetativa, […], esperaba que la gracia le aportase una temperatura adecuada, para la recepción de los corpúsculos generatrices.” (Sumas críticas del americano).

La misma naturaleza es maternal, de ahí la expresión “Madre Naturaleza”. De sus elementos constitutivos, el agua es el más femenino y maternal, al punto que Bachelard señala que el agua es el único elemento que acuna.

La triple Diosa o Diosa Madre neolítica, tiene tres representaciones: la madre, la doncella o virgen, y la vieja (muerte). Ella es más cruel y generosa que todos los dioses patriarcales que históricamente superpusieron sus cultos a los de la Diosa.

Venus Neolítica

Es evidente que María Lionza pertenece a un culto de la doncella tipo Artemisa, diosa de las tierras vírgenes y de la naturaleza salvaje. Su apellido, león-onza, es bien específico al respecto y se la representa cabalgando una danta (en otros relatos, cabalga una onza). De Artemisa se decía que era “señora de los animales”. Su nombre, María, enfatiza los aspectos virginales. A su vez, Artemisa era triple, como en la mitología griega, donde junto con Selene (celeste) y Hécate (inframundo), forman la trinidad lunar.

Sabemos por el mito de Acteón, lo cruel que puede ser Artemisa. Acteón la vio desnuda por casualidad, y la diosa, ofendida, lo transformó en ciervo y lo hizo devorar por sus propios perros. Artemisa aparece también en el mito de Ifigenia. Agamenón mató un ciervo sagrado y, en castigo, Artemisa calmó los vientos que iban a llevar a la flota griega a Troya. Para apaciguarla, Agamenón sólo podía hacer una cosa: sacrificar a su hija Ifigenia. Se dice que Artemisa sustituyó a Ifigenia por una cierva, y se la llevó a Táuride, en Crimea, para que fuera su sacerdotisa. Esta filiación entre Artemisa (María Lionza) e Ifigenia (María Eugenia Alonso) pudiera ayudar a establecer esas conexiones entre esas imágenes caras al inconsciente colectivo nacional, entre la atávica Doña Bárbara y la moderna María Eugenia Alonso. Tomemos en cuenta que según el mito, María Lionza también era una niña que iba a ser sacrificada al dios de las aguas, el Gran Anaconda.

Artemisa representa una autonomía con respecto al mundo de los hombres, y hasta una actitud de frontal rechazo respecto a éstos. Por otro lado, la Triple Diosa como diosa de la fertilidad, la agricultura y la maternidad (Deméter, por ejemplo), está fuertemente encontrada con nuestro ser histórico nacional, según leemos en el ensayo “El miedo”, de María Margarita López.

Si la naturaleza maternal, como el agua del paisaje llanero, está estancada o, como a principios de la temporada de lluvia, baja en torrentes y crecidas que barren con todo, comprendemos que ese aspecto se halle debilitado en nuestro imaginario. Ambos tipos de aguas, muy peligrosas, abismales, como dirían los chinos, no pueden concebirse como susceptibles de acunar a nadie. El estancamiento cenagoso tendría que ver con la imagen de la muerte, como ya hemos indicado. La fuerza de las crecidas, con el poder destructor de la naturaleza.

En el mito vernáculo, María Lionza se hace diosa de las aguas (manantiales, lagunas, arroyos, ríos), porque su consorte místico, el dios de las aguas -Gran Anaconda-, crece a tal punto que estalla provocando una gran inundación, al intentar el padre de la doncella separarles.


Las aguas estancadas reforzarían lo que dijo el psicoanalista Rafael López Pedraza, de que el psiquismo del indio (del indio interior que todos los americanos, mestizos o no, llevamos en nuestro inconsciente) es un inmovilizador del alma, del desarrollo del psiquismo. Ese estancamiento sería concomitante con el silencio del indio: “El silencio del indio es un estado del alma. Un estado del alma que duraba siglos”, escribe Enrique Bernardo Núñez en La galera de Tiberio.

A ese estancamiento vegetativo y ponzoñoso del estero inundado, se le contrapone el agua de la crecida y el torrente que irrumpe con el sonido de un trueno. Siguiendo a Bachelard al referirse a las investigaciones sobre mitología de Charles Ploix, está característica del enfado y el poder de la Triple Diosa, es usurpado por un dios patriarcal celeste (del cielo nublado, encapotado): Poseidón (Neptuno). Este sería el “dios de las aguas dulces” y de la vegetación, primeramente, antes que de los océanos.* También, por ende, es un dios de la lluvia y de los nubarrones. También es el dios de las fuentes, su parte masculina.

Poseidón es, arquetipalmente hablando, un dios de los instintos básicos, de las emociones más elementales, viscerales. Su fuerza destructora puede arrasar con todo, y no deja nada incólume al pasar, incluyendo a las mujeres. Se le considera un dios pasional, regido por el cerebro reptil. Es turbulento, agitado, vengativo y rencoroso. Tiene muy poco contacto con lo femenino o Yin. La ira y la rabia (voluntad de dominio), son las emociones que privilegia. Por ende, le atrae el poder. Es exuberantemente fálico (tridente) y promiscuo. Sus símbolos son el caballo (la parte inferior del centauro) y el agua que cae o corre, o se mueve, es decir, la energía del agua. También es el dios de los terremotos, seguramente por asociación con el trueno que hace temblar la tierra (como dice el I Ching) y con el tronar de las crecidas torrenciales. También se le asocia con trastornos psíquicos, como la epilepsia.

Por esa energía bestial de Poseidón, en la mitología griega este dios es responsable de varias violaciones. Una de ellas es la de Deméter, quien huyó de él transformándose en yegua, pero el dios la forzó convertido en caballo. El resultado de esta unión forzosa fue Arión, un caballo que hablaba. También violó a Medusa en un templo consagrado a Atenea, y por ello la Diosa Atenea la convirtió en monstruo. Un hijo de Poseidón es el cíclope Polifemo.


Ahora veamos algunas resonancias históricas. Herrera Luque señala que nuestro mestizaje comienza con la violación masiva que de las mujeres indígenas capturadas hicieron los conquistadores españoles. También señala que éstas quedaron atrapadas por la sexualidad de los españoles, que les gustó, cosa que muchos consideran una contradicción. Pero éstos no han tomado en cuenta psicopatologías como el síndrome de Estocolmo, donde la víctima de rapto y violación desarrollan una fuerte afectividad por sus captores y violadores.

Tomemos en cuenta otro hecho acaecido en la Venezuela precolombina: los pueblos de lengua arawak (arahuacos) que habitaban el territorio en tiempos del descubrimiento de América, sufrieron la embestida de los caribes que venían del sur, los cuales practicaban la exogamia. En el caso de los arahuacos, los caribes practicaron la exogamia forzada, matando a los hombres arahuacos y quedándose con sus mujeres. El lenguaje de muchas etnias arawak sobrevivió porque a la llegada de los conquistadores, había mujeres de los caribes que todavía lo hablaban. Se considera que los pueblos arawak eran culturalmente más avanzados que los caribes, los cuales, además de su legendaria ferocidad, ni siquiera habitaban en poblados que pudieran llamarse tales. Carlos Fuentes dice que ante la manía de idealizar a todos los indígenas americanos, hay que recordar el comportamiento extremadamente cruel de naciones como los aztecas con sus pueblos vecinos, o, en nuestro caso, el de los caribes con otras etnias indígenas.

Lo cierto es que las madres ancestrales del mestizaje nacional, sufrieron secuestro y violación. Y luego, sin muchas opciones respecto a sus captores, hicieron familia con estos. Lo cual las hizo víctimas, además, de la acusación de malinchismo (de la Malinche, mujer indígena de Hernán Cortés), en el sentido de traicionar a los suyos y preferir a los invasores extranjeros. Algo muy parecido debió ocurrir con las mujeres africanas traídas como esclavas.

Esto debe haber creado, en nuestra psique colectiva, una extrema polaridad antagónica entre nuestros aspectos Yin y Yang, masculino y femenino, lo celeste y lo terrestre, el fuego y el agua (etc.). Los cuales, al decir de los chinos, deberían ser dinámicamente equilibrados, armónicos y complementarios, desde el punto de vista de una cultura sana. Se trataría, entre otras cosas, de un típico síndrome colonial, donde la cultura (el alma de la nación), se encuentra todavía escindida y en conflicto perenne. La sexualidad machista nos da un buen ejemplo de ello, con su afán de posesión –que provendría de la parte que se identifica con los conquistadores-, y el resentimiento hacia la mujer, que vendría de la parte nativa.

La Malinche: Doña Marina

El machismo es una de las taras más profundas que padecemos como pueblo. Como podemos conjeturar, nuestro machismo es altamente “poseidónico”, “neptuniano”. Recordemos que muchos de los episodios de sexualidad de Poseidón se dan en transformaciones animales, y aparte de la conocida práctica de la zoofilia llanera,** esto nos indica, como imagen implícita, la regresión cultural y el comercio constante entre lo humano y lo salvaje. Debido a esto, el amor entre hombre y mujer se ve constreñido a la necesidad de la posesión, y la sexualidad, a la mera genitalidad y el acto de la penetración. Desde este núcleo referencial, se proyecta sobre el cosmos humano y natural esta sexualidad primigenia. En su libro Llanos: tierras brutales, Jeaninne Fiasson relata una anécdota de hasta dónde puede llegar ese complejo psicopatológico popular:

“El viejo Salustiano había sido designado para destruir las hormigas parasol, las fieras bachacas. Estos insectos depredadores salen sólo de noche. En el pesado calor del día permanecen encerrados en sus grutas, pulverizando el follaje arrancado y transportado la noche precedente, formando un tapis, un humus, sobre el cual se forman hongos microscópicos que se desarrollarán y formarán la base de su alimento. Estas hormigas atacan preferentemente los brotes tiernos de los arbustos, haciendo ilusoria toda tentativa de plantación, y reforestación, principalmente.
 Cada mañana Salustiano parte en su expedición, bidón de sulfuro de carbono en una mano y mechero en la otra. Esto viene pasando con normalidad hasta que, lástima, sobre las bachacas también existe una leyenda. Ya en el siglo XVI los habitantes de una isla del Caribe, aconsejados por los monjes, habían escogido a San Saturnino como abogado contra las hormigas parasol. Un día Salustiano se presenta apenado, avergonzado: Mira Doltol, mira Doltol, repite. Yo no puedo continuar con este trabajo. Las mujeres se burlan de mí. Y por qué, pregunta Raymond: Mira Doltol, más apenado aún, se dice que el que mata las bachacas no es más un macho. ¡Vamos! ¿La virilidad está ligada a la vida de las hormigas? ¿Qué hacer? Raymond designa a un muchacho de 15 años en lugar de Salustiano. A la mañana siguiente, la madre del muchacho, ofendida, llega a reprocharle al doctor de querer privar al desdichado muchacho de toda descendencia.”

EL machismo se ve reforzado por el marianismo católico, el cual hace irreconciliables maternidad y sexo. El estereotipo aceptado de la mujer, es la virginidad de la doncella, y luego, la abnegación, la humildad y sacrificio de la madre. Estas virtudes dan una especie de superioridad moral a la mujer sobre el hombre machista, moralmente dudoso, pero al mismo tiempo la ata a los valores patriarcales más retrógrados, impidiendo que la mujer pueda verse y realizarse de otras maneras.

El machismo trae aparejado el temor a lo femenino exterior (las mujeres, la civilización, los símbolos femeninos), pero sobre todo, interior, por ende, es altamente homofóbico. De allí su exageración de todos los aspectos más bastos y bestiales de la sexualidad masculina, caricaturizando y pervirtiendo cualquier posible virtud varonil y viril. Ese temor a la propia feminidad y a la homosexualidad a la que se asocia sintomáticamente, en el hombre machista, proviene de una inseguridad basal, de una desconexión radical con las imágenes arquetipales donde se fundan la masculinidad y la virilidad integrales, la hombría de bien.

Sin embargo, el machismo es, sobre todo, producto de una venganza solapada de las mujeres contra los hombres, o, por lo menos, de una especie de crianza degradada de los varones, con la cual la mujer espera protegerse en alguna medida de las inconveniencias del patriarcalismo: la familia matricentrada, típica de nuestros países. Esta representa la otra cara, y la raíz de una sociedad de valores ortodoxos patriarcales y machistas.

La familia matricentrada es aquella donde la mujer cría a los hijos, sin una figura paterna que sea estable. La madre puede tener varias parejas, pero ninguna de éstas tendrá un peso relevante como figura masculina en la familia. Durante la crianza, esta figura paternal recae en los tíos maternos, casi siempre. La relación afectiva principal de este tipo de familia, es entre la madre y el hijo. La madre enseña al hijo las conductas machistas (promiscuidad, irresponsabilidad paternal, etc.), para que el único vínculo afectivo importante de la vida de su hijo sea con ella. Sin contraparte masculina en el centro familiar, la madre también hace de figura masculina sombría, dado que su visión del hombre es muy exagerada y distorsionada (machista), y esta imagen grotesca es la que termina enseñando a sus hijos varones (consciente o inconscientemente). Esto funciona como una especie de castración simbólica, que hace al hombre totalmente inepto para la intimidad verdadera y para establecer lazos afectivos duraderos con el sexo opuesto. No nos extrañe entonces la afirmación de Fiasson: “el llano, tierra de hombres solos”.

La madre en nuestros países es santificada por el hombre machista, pero en nuestro lado sombra (donde ocultamos lo que no queremos ver ni dejar ver de nosotros mismos) se le guarda un sordo rencor. Al no poder ser llevado a la consciencia sin conflicto, se proyecta ese resentimiento sobre las otras mujeres, la naturaleza y los símbolos de la femineidad.

Ese resentimiento de nuestra alma “nativa”, ese deseo autodestructivo y fratricida de venganza por la propia condición, también está en el núcleo de las pulsiones populistas homofóbicas, xenófobas y anti culturales (völkish) que se encontraban adormecidas –macerándose- durante nuestra colonia, pero que una vez despertadas por las guerras de independencia, no ha cesado de aparecer atávicamente en nuestra historia. Desde Boves y la “guerra a muerte” hasta las revoluciones de último cuño, pasando por las olvidadas tropelías de nuestras guerras civiles, todas llevan la marca de la maldición de Caín, de los “cien años – o más- de soledad”, de los ciclos de venganzas irredentas, que, como la peste que describe Camus, con cada generación, levanta sus ratas y las lleva a morir en medio de una ciudad dichosa. Este sordo rencor está siempre a la espera de que un Poseidón –caudillo virulento, un taita o un “gran anaconda”- irrumpan en la historia para levantar a las vengativas hordas esteparias. El “mar estéril” donde aró Bolívar es ese resentimiento compulsivo y los torbellinos de odio que solivianta. Basta una gota de odio para contaminar un mar de amor, se ha dicho.


Nuestra historia es el intercambio estanco entre víctimas y victimarios, atrapados todos por un destino trágico, como los héroes caídos de la tragedia griega. Los Luzardos se transfiguran en Barqueros y las Marías Eugenias Alonsos en Doñas Bárbaras; los libertadores se truecan en déspotas y los demócratas en dictadores. Condenados sempiternamente a repetir crímenes y a deambular cegados, como Edipo en su destierro, sin modos reales de liberarnos de las violentas compulsiones reiterativas que se han enseñoreado de nuestro ser y hacer. Tratando de olvidar que sabemos con seguridad lo que pasará cuando el destino nos alcance.

Como sabían los antiguos griegos, la venganza es una implacable sentencia que recibe el hombre de hoy y también sus descendientes, por generaciones. Todos compelidos atávicamente a cobrar deudas de sangre (reales y simbólicas), que por ser inconmensurables, son también impagables, de modo que estamos condenamos todos a la desmesura, cosa peor y mucho más terrible que todos los pecados y maldiciones heredados. En eso consiste nuestra deuda endógena, y nuestra tragedia humana.

Bernardo Núñez relata una historia de Von Humboldt:

“Humboldt refiere […] la de la madre que da nombre a una piedra en medio del Atabapo. La piedra de la madre o la guahíba. La madre que separada de sus hijos por una de aquellas expediciones llamadas de conquista espiritual o conquista de almas, atraviesa distancias inmensas cubiertas de selva, a fin de rescatarlos. Para castigar su intento la condenan a ser azotada con varas de manatí sobre aquella roca. Piedra realmente simbólica. La historia de Venezuela tiene ese mismo sentido de maternal heroísmo”. (E. B. Núñez. Juicios sobre la historia de Venezuela).

La sombra de esta narración la encontramos en la leyenda de la Llorona, que está extendida por toda Latinoamérica. En Venezuela, la leyenda dice que el espanto nace cuando una mujer abandonada por su marido, mata a su hija, razón por la cual fue maldecida. Convertida en ser sobrenatural, llama constantemente a su hija, robando a los niños que deambulan solos, especialmente a orillas de quebradas y ríos. Se trata de un espanto que al perder su futuro (su hija), se condena a quitárselo a los demás. Las filiaciones de este mito con el de Deméter y con deidades femeninas acuáticas de diverso origen, es notorio.

En otras versiones se dice que simplemente daba a luz y enseguida mataba a sus hijos. Esto nos hace recordar a las guerreras amazonas, que mataban a sus hijos varones apenas nacían. Una vez que sintió el instinto maternal, esta Llorona enloqueció de dolor, y comenzó a vagar por los campos buscando a sus hijos y asustando a cuanta persona se le atraviese.

Una variante de esta leyenda es la Sayona, quien mató a sus hijos ahogándolos en un río, porque su marido le era infiel. Por eso su alma siempre ronda los ríos, llamando a su progenie. La Sayona sólo se le aparece a los hombres infieles y parranderos, a los cuales vuelve locos o asesina.

Según los estudiosos, existen muchas deidades prehispánicas detrás de la leyenda de la Llorona, todas relacionadas con el inframundo, el pecado y la lujuria. Una que llama mucho la atención es Cihuacóalt, diosa azteca de la tierra, la fertilidad y los partos. También era guerrera y madre de dioses y hombres. Se le representaba como un ser mitad mujer, mitad serpiente, y una de sus leyendas refiere que salía del lago Texcoco llorando por sus hijos, lo cual representaba un presagio de la caída de su pueblo en manos de los conquistadores.

En México se relaciona a la Llorona con la Malinche, doña Marina, quien, convertida en espanto, vuelve llorando por su desgracia (abandonada por Cortés), su traición y sus amores con el conquistador.

La Triple Diosa Madre ha quedado reducida así, a través de estas leyendas, a sus aspectos de Vieja (muerte), o de hechicera del inframundo (Hécate, “reina de los fantasmas”). A estas alturas no nos extrañe que Hécate esté relacionada con los mitos de Ifigenia, y que actúe como vengadora sólo de mujeres heridas. Hécate era la madre (según algunas versiones del mito) de Medea, quien también era su sacerdotisa. Medea, abandonada por Jasón -quien junto con los argonautas obtuvo el Vellocino de Oro (un descendiente de Poseidón en una de sus transformaciones animales) gracias a las brujerías de Medea-, asesina a sus dos hijos, enloquecida por los celos.

Doña Bárbara no es sino una encarnación de todos estos mitos que giran sobre los mismos temas sombríos: amor traicionado, amor-odio por los hijos, resentimiento, feminidad ligada a las aguas, la naturaleza salvaje y las sierpes, deidades femeninas del inframundo, aspectos de víctima y victimario desdoblados en una misma persona, ciclos de venganza no resueltos, pecados heredados y conflicto entre los sexos (en la sociedad y su cultura, y en cada alma).

Una última acotación. Los estudiosos de las mitologías prehispánicas ven una relación entre Yara (María Lionza) y Uyara (o Waiyara), deidad de los tupis del Brasil (originarios de la región amazónica). Uyara en un principio era dulce, pero luego, aquejada de melancolía, se dedicó a atraer a los hombres, satisfacer su lujuria y desecharlos. Se la caracteriza como una “devoradora de hombres”, cuya pulsión dominante es la lujuria. Existen otras afinidades entre la mitología de los pueblos amazónicos y sus deidades de la naturaleza, como el dios Caapora (Cúpira o Kurupira), “dueño de los animales”, que tiene por ayudante a una serpiente de fuego, y cabalga sobre jabalíes, dantas y jaguares, siendo que en muchas regiones es suplantado por su esposa Kaicara.

Según Jung y Kerenyi, la Gran Madre siempre es virginal, además de su aspecto de doncella, puesto que esto simboliza su poder fertilizador independiente de los hombres. Pero, además, también aparece como seductora, especialmente en sus aspectos relacionados con el inframundo, como la famosa hechicera Circe (tía de Medea), de la Odisea homérica. Estos aspectos, unificados en la Gran Madre (así como su generosidad y crueldad), se encuentran separados maniqueamente por nuestros complejos históricos coloniales, apuntalados por el marianismo.

Es más que evidente que Doña Bárbara es la personificación sombría, siniestra, de la Gran Madre en sus imaginarios autóctonos (indígenas y europeos acriollados). Por ende, también simboliza el desencuentro entre el hombre que quiere habitar la llanura (por extensión el país) y el paisaje.

A todo esto se aúna nuestra modernidad. Para Robert Graves, la poesía nació como un lenguaje mágico-religioso vinculado a la Gran Diosa Madre, la cual, con el devenir del tiempo se transformaría en Mnemosyne, la deidad del memorar y la Musa de la poesía. Si nuestro mundo es impoético (Heidegger), lo es en gran medida por el olvido y la violación sacrílega de la Gran Madre, y todo lo que ella simboliza: la naturaleza silvestre y también el cultivo, la cultura, sobre todo en aquello que de delicado tejido y sabor femenino tiene: de maternidad y hogar. También esto pesa sobre el paisaje:

“Después del señor barroco, bien instalado en el centro de su disfrute, el paisaje recobra su imantación más poderosa y demoniaca. El hombre desplazado de su centro, vuelve a él aunque su paisaje se muestre irreconciliable, ya para siempre lejano.” (Lezama Lima. Ob. Cit.).


Notas:
*El Okeanos primordial no sería el mar, sino el Potamos, el reservorio de agua dulce situado en los confines del mundo.
**En la expresión “se le moja la canoa”, que indica sospecha de homosexualidad, el agua es el elemento transformador, pues al entrar en la canoa la “voltea”. Sobre la zoofilia: he escuchado a llaneros que afirman que el sexo con burras es muy superior al sexo con mujeres.


martes, 11 de octubre de 2016

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No, 548)

LA IMPORTANCIA DE LA CASA, SEGÚN LIN YUTANG (VI)

“El simpathos de ese espacio gnóstico
[americano] se debe a su legítimo mundo
ancestral, es un primitivo que hereda
pecados y maldiciones.”
José Lezama Lima
Sumas críticas del americano

“El diálogo entre el ‘bárbaro’
y el ‘civilizado’ es un admirable
y complejo drama.”
Enrique Bernardo Núñez
Juicios sobre la historia de Venezuela

Junto a Doña Bárbara y Canaima, de Rómulo Gallegos, existen otros textos claves que giran en torno al pensamiento trágico y la matria sombría: Casas muertas, de Miguel Otero Silva; Nostromo, de Joseph Conrad; “Espíritus de la sabana” y “Por un pensamiento trágico” de Roberto Chacón; “Matar al centauro”, de Oscar González; y “El miedo”, de María Margarita López. Conrad aporta la necesaria mirada del otro, que necesitamos para que lo propuesto adquiera relieve, perspectiva a profundidad. Además, en lo que a ética se refiere, Conrad es un auténtico barómetro, capaz de develar y delinear la más mínima señal de descompostura del ethos. Pudieran agregarse otros textos, como Los viajeros de Indias, de Francisco Herrera Luque, si tomamos este texto no en un sentido psico-biologicista –que terminaría apelando también a la sangre- sino en el de una fenomenología de la historia cultural del venezolano.

Como nos recuerda el poeta Cadenas, lo auténticamente humano es lo que se manifiesta de adentro hacia afuera, lo que proviene de nuestro interior. En sintonía de poetas, Rilke escribió: “Pero fuera, fuera todo es desmedido”. Cuando hablamos de la sombra de la matria, no nos referimos a un fenómeno ambiental que condicionaría al hombre de una manera mecanicista. Se trata más bien de un diálogo entre naturaleza y hombre, donde el lado siniestro del paisaje revela también los aspectos sombríos del alma del paisano. Nunca, como dijera Lezama, “una reducción de la naturaleza al hombre, prescindiendo del paisaje.”


El equívoco anti trágico con lo silvestre y el paisaje es el de la idealización de la naturaleza. A través de clichés como el de la imaginación pastoril, la naturaleza es beatificada y el paisaje se hace sinónimo de lo bonito (panorama). “Bonito” tiene que ver, a la vez, con lo bello y lo bueno, pero lo bueno como excelencia (Areté). El kitsch aparece como una “moralización” de lo bello, a la vez, resultado de una reducción del sentido de lo bueno al ámbito del comportamiento estrictamente moral. Es decir, lo bello sólo es reconocido como tal si representa también lo bueno moralmente aceptado. Lo bello convertido en moralina es lo “bonito” típico del kitsch.

Por otra parte, la racionalización científica –abiertamente nihilista- coloca lo terrible y obscuro que es esencial a la naturaleza y sus poderes generativos, en el plano desanimado de las causas. La apariencia objetiva de la tecnociencia esconde la ambición fáustica de conocerlo todo para controlarlo completamente, de modo que la reducción de la naturaleza a mecanismos causales abre las puertas de la posibilidad de una manipulación que expurgue a la naturaleza de sus aristas peligrosas y siniestras, un saneamiento a profundidad de la naturaleza realizado a conveniencia del hombre y, además, a costa de él mismo, en tanto es también una criatura del orbe natural.

El poeta estadounidense Wendell Berry afirma, en su libro Desiertos imprevistos (The Unforeseen Wilderness: Kentucky's Red River Gorge) que al entrar en un sitio particular del mundo silvestre (un desierto, un bosque, etc.), ese lugar nos abre a una forma ética de habitarlo correctamente. Más que describir objetivamente el hábitat -como haría un investigador científico- se trata más bien de estar atentos a cómo se ve y cómo nos afecta. Lo imprevisto de un lugar es fundamental en la apertura mutua de éste y nuestro ser, de la posibilidad del encuentro con lo otro. La extrañeza que podemos encontrar en un sitio silvestre, revela nuestra propia familiaridad, que puede ser aquello que por ser tan propio, obvio y cercano, simplemente nos es invisible. En cambio, las ideas preconcebidas sobre lo que es un lugar silvestre, cierra el diálogo posible, pues reducen aquello donde se revela lo natural a lo previsible y predecible, cercenando de entrada la posibilidad de cualquier experiencia reveladora.


El libro de Berry está acompañado de fotografías del mítico fotógrafo estadounidense Ralph Eugene Meatyard. Las imágenes de Meatyard sobre la garganta del río rojo de Kentucky son extremadamente siniestras, revelando una naturaleza profundamente sombría y potencialmente amenazadora. Muchos ecologistas criticaron estas fotografías que no hacían aparecer lo silvestre amigado al hombre. Meatyard les respondió diciendo que si realmente se está dispuesto a amar a la naturaleza, hay que aceptarla con sus aspectos terribles y siniestros. La mirada de Meatyard sobre la naturaleza es una mirada trágica, que no tiene temor de ver y revelar lo abisal y lo letal inherentes al mundo salvaje.

Nuestra mirada interior, como el lente de Meatyard, debe descubrir lo siniestro y lo letal que forma la sombra de nuestra matria. Primero, del llano, por ser éste, como escribe Oscar González, el crisol primero de lo “nacional”:

“Antes de escribir Doña Bárbara, Gallegos tuvo que buscar el lugar de origen del alma venezolana; y ése lugar lo halló allá, donde confluyen los tres ríos que bordean nuestros llanos centrales. Estos ríos son el Arauca, el Meta y el Orinoco (río que separa los llanos de la región de Guayana y Amazonas). Para Gallegos, el alma del venezolano estaba en el llanero ¿Por qué el llanero y no el andino, el oriental, el marabino o el central? El llanero era un grupo étnico nuevo, propio de nuestra región; en él, en su persona, están fusionada las tres razas: el negro, el blanco y el indio. Y los llaneros, primero en la guerra de independencia, y luego en la federal, dejaron sus simientes por casi todas las regiones del país.” (“Matar al centauro”. Oscar González).

El llano venezolano tiene una doble polaridad: es un desierto y, la otra mitad del tiempo, un pantano. Bachelard dice que sin un polo del mundo, el alma no se establece. Habría que preguntarse entonces no por la carencia de alma entre nosotros –dado que esa polaridad abre la posibilidad de su establecimiento-, sino por su descuido histórico, bajo una especie de vocación atávica por lo desalmado.

Ese llano bipolar ya estaba prefigurado en la llanura de Ate (el Error) descrita por Empédocles (h. 495/490 – h. 435/430 a.C.). Para este pensador, las aguas del olvido (río Lete) no sólo corrían por el Hades (el inframundo griego), sino también por la superficie de la Tierra:

“Según lo que Empédocles parecía querer decir, existían unos demonios caídos que vagaban por un paraje de destrucción, recorrido por un río, cuyas aguas disolventes tenían el poder de pudrir lo que se sumergía en ellas. Este paraje desolador, infectado de aguas muertas, era la llanura de Ate (el Error), situada no en el Hades sino en la Tierra. Aquella era una «región funesta, donde Muerte y Odio y otros genios de la destrucción, junto con las plagas que azotan, las putrefacciones y los líquidos que de ellos brotan, vagan en la obscuridad de la llanura del Error».” (La imagen y el olvido: El arte como engaño en la filosofía de Platón. Pedro Azara). 
Recordemos que Doña Bárbara comienza con la imagen de “un bongo remonta el Arauca…”. ¿Acaso se trata de una imagen del cruce del río Aqueronte para penetrar en los infiernos? Con esta imagen se nos viene a la memoria también, el periplo del pequeño vapor sin nombre con el cual Marlow remota el río Congo, en busca de Kurtz, ese ser desalmado atrapado entre la modernidad devastadora y el salvajismo del mundo tribal, en El corazón de las tinieblas de Conrad.*


Ya hemos dicho que para los griegos antiguos, el desierto asiático, por su vastedad desmesurada, era el espacio que sólo podían habitar titanes y bárbaros. En este desierto nada se puede erigir, de modo que sus habitantes están condenados a vagar en éste, a errar. “Hay que vivir el desierto ‘tal como se refleja en el interior del hombre errante’”, escribe Bachelard citando al poeta Philippe Diolé. “Podría decirse que el llanero carece de casa”, nos recuerda Oscar González.

Parece antitético (mas, la imaginería mítica no tiene por qué ser coherente), pero el carácter errabundo el llanero, su falta de hogar, no lo hace precisamente libre. Tengamos en cuenta que en las leyendas sobre seres errabundos, como el judío errante o el holandés errante, estos están condenados eternamente a vagar sin rumbo ni sentido. Quizá, al quedar “tocado” después de su encuentro con Satanás, el catire Florentino estaría comenzando su transformación –como imagen- en una figura parecida a las señaladas, en el “llanero errante”.

Un verso del poeta T'ao Han (Dinastía Tang) puede aplicarse, entonces, al llanero: "Mi alma se lanza más allá / [...] / Errante y cautiva a la vez". Alma llanera, vagabunda por necesidad, pero también trágicamente atrapada en un ignoto laberinto atávico. Hablando de sus experiencias en esa otra llanura arquetípica sudamericana, la pampa, Jules Supervielle escribe:

“En razón misma de un exceso de caballo y de libertad y de este horizonte inmutable, pese a nuestras desesperadas galopadas, la pampa tomaba para mí el aspecto de una cárcel más grande que las otras.” (Gravitations).

Bachelard nos habla de otra polaridad de la llanura (La poética del espacio): una basada en palabras de Rilke, y la otra en Henri Bosco. Rilke dice, citado por Bachelard: “La llanura es el sentimiento que nos engrandece”. Estas palabras resuenan en otras de Diolé: “En el desierto no se puede sostener un alma pequeña”. Pero si tomamos nuestra llanura como un inframundo, que, como tal, posee algo de “mundo bizarro”, entonces, ¿ese sentimiento que nos engrandece no se habrá invertido en complejo de inferioridad, compensado desviadamente por el anhelo de poder, el poder que remeda la grandeza?

Henri Bosco habla de la vastedad de la llanura como algo que lo saca de sí –se ausenta de sí mismo- y, fragmentándolo en inconsciencias fantasmagóricas, lo dispersa. Entonces, siguiendo a Bachelard, con la llanura estamos entre los polos de la dominación y la dispersión. En medio de ambos está la soledad del hombre que se pone de relieve en los espacios desolados. Bosco escribe:

“En el desierto oculto que llevamos en nosotros, donde ha penetrado el desierto de arena y de piedra, la extensión del alma se pierde a través de la extensión infinitamente inhabitada que asuela las soledades de la tierra”. (L’antiquaire)

Bachelard señala otro texto de Bosco: “En mí se extendía de nuevo ese vacío, y yo era el desierto en el desierto”. Y luego nos dice que ese libro –Hyancinthe- termina con esta frase: “Ya no tenía alma”.


El desierto mengua el alma. Los temores del llanero que habita la sabana son ceder a la tentación de la vastedad, y perderse en ésta. Perderse aquí puede entenderse en su sentido literal y también en su sentido moral. Se tiene miedo de un vaciamiento de la conciencia, del ánimo y del espíritu. El tentador también es el Señor Satanás. En el llano son comunes los cuentos sobre hombres que se adentraron en el desierto y, enloquecidos en las soledades, se convierten en salvajes. Otros cuentos versan sobre los peligros de alelarse con la lejanía, de volverse demasiado melancólicos o taciturnos, de perder la cordura por sólo mirar la corriente de un río al orinar en ésta.***

“El Llano enloquece, y la locura del hombre de la tierra ancha y libre es ser llanero siempre. En la guerra buena, esa locura fue la carga irresistible del pajonal incendiado en Mucuritas y el retozo heroico de Queseras del Medio; en el trabajo: la doma y el ojeo, que no son trabajos, sino temeridades; en el descanso: la llanura en la malicia del «cacho», en la bellaquería del «pasaje», en la melancolía sensual de la copla; en el perezoso abandono: la tierra inmensa por delante y no andar, el horizonte todo abierto y no buscar nada; en la amistad: la desconfianza, al principio, y luego la franqueza absoluta; en el odio: la arremetida impetuosa; en el amor: «primero mi caballo». ¡La llanura siempre!” (Doña Bárbara).

Si seguimos la imagen de Camus, de que la modernidad es como un desierto, un vacío que hemos hecho a nuestro alrededor, entonces podemos entrever cómo convergen y redundan, esa voluntad de dominación y esa dispersión endógenas, con el Ge-Stellen –la reducción del ser a nada (Heidegger)- y la industria del entretenimiento (las nuevas tecnologías de “desinhibición de las masas” (Slöterdijk). Formas extremas de la voluntad de dominio y la dispersión del alma (del descuido y la desatención). Entonces, un desierto se sobrepone a otro, lo reduplica y se replica.

El drama fundamental de la llanura se da entre lo que Bachelard llamaría las imágenes materiales del agua y la sequía (cosa que afirma al hablar de Diolé). Este drama se daría en nuestra alma como una bipolaridad entre melancolía (la melancolía que acompaña a la vastedad) y la rabia, con sus consabidos “parientes”: el rencor y el resentimiento. Herrera Luque escribe: "En semejantes condiciones es natural que el hombre de América se fuese consumiendo de tristeza y rencor [...] (Los viajeros de Indias).

La rabia es concomitante con la dominación, con la voluntad de dominio, que al ser frustrada por el clima, la naturaleza y los hombres, se transforma en rencor. La cólera es conquistadora, nos dice Bachelard (El agua y los sueños), y nos recuerda que en la batalla entre el hombre y el mundo, no es el mundo el que empieza.

La melancolía –miedo y tristeza- corresponde a la dispersión: las inmensas soledades desmayan las potencias del alma, la cual se empequeñece y se minimiza hasta percibirse como una insignificante briza de paja a merced de la naturaleza y el tiempo. “Cielos y llanuras abrazadoras. Cólera y angustia”, escribe Enrique Bernardo Núñez en La galera de Tiberio.

En su escrito “Matar al centauro”, Oscar González destaca que los nombres de los personajes de Gallegos en su Doña Bárbara, son harto simbólicos: Santos Luzardo: “santa luz que arde”. Doña Bárbara, la barbarie personificada. El nombre de Lorenzo Barquero puede que sea apenas un poco más críptico. Por una parte el nombre, Lorenzo, proveniente del latín (Laurentius), significa “coronado de laureles”. Uno de los personajes históricos con ese nombre más famosos es San Lorenzo mártir (c.225-258 d.C.), a quien se había confiado nada menos y nada más que el Santo Grial, siendo su último guardián de jerarquía. Según la leyenda, en tiempos de las persecuciones del emperador Valeriano, ante las que finalmente caería, San Lorenzo mando a ocultar el Santo Grial a España (Huesca), donde se le escondería de tal forma que se perdería del todo.


Más significativo aún es su apellido: Barquero. Todo barquero es Caronte, el mítico remero que cruza a los muertos a través del río Aqueronte, que separa nuestro mundo del Hades. Dice Bachelard: “Sin Caronte no hay infierno”, y, “La barca de Caronte se dirige siempre a los infiernos.” Como señala González, el mismo Lorenzo Barquero da cuenta de su involución, de su caída o cruce de aguas, de cómo siendo alguien “laureado” –pero sin verdaderos méritos, como en el cuento del niño del diente roto-, cayó en manos de Doña Bárbara, quien literalmente lo convirtió en un despojo humano (la devoradora de hombres lo fagocitó y regurgitó). En ese momento de la confesión de Barquero, Santos Luzardo, que lo escucha, está muy cerca tanto del personaje de Marlow en su encuentro con Kurtz (Corazón de las tinieblas) como del capitán Willard (Martin Sheen) con el Coronel Kurtz (Marlon Brandon) en Apocalypse Now. En otras palabras, está siendo testigo de la agonía de un desalmado, y también representa a su verdugo, el hombre que viene a remplazar al taita agotado, y que por tanto, de a poco se va transformando en éste.


¿No recuerda esto último también al Rey Pescador (rey tullido o herido), el último guardián del Grial, y a su reino infértil convertido en un páramo desolado de las leyendas artúricas? En el libro de Chrétien de Troyes, Perceval, el Cuento del Grial, en la desoladora escena cuando Perceval se encuentra por primera vez con el Rey Pescador y ve el Grial, es incapaz de enunciar la pregunta que curaría al rey y, por ende, volvería a hacer fértil su reino. Cuando por fin se atreve a hacerla, no hay nadie que pueda escucharlo. “Entre el silencio y la palabra, la desesperación. Llama y nadie le responde”, escribe Francisco Rivera (Entre el silencio y la palabra). ¿Será ésta la imagen de nuestra condición anímica incurable, la falta de una palabra que no llega a su debido tiempo, de una llamada sin respuesta y de un mutismo infecundo?

González dice que la involución de Barquero, que representaría un complejo nacional, responde a una ignorancia fundamental, que se erige como presunto saber, la cual finalmente se hace aliada de la barbarie, y hasta la potencia, tanto por rechazarla y menospreciarla, como por no tener la suficiente solidez y entereza para no caer bajo su influjo. Para Sócrates, la ignorancia era la causante del error ético y del actuar mal. Mutatis mutandi, también hay que tomar en cuenta la ignorancia ética, como el entregarse a un saber nefasto, luciferino, como el del Dr. Jekyll, cuando prepara un brebaje que permite escindir la buena consciencia de los aspectos más malvados y primitivos del alma humana (Mr. Hyde) o el del Dr. Frankenstein, al construir y dar vida a la criatura. ****“El barquero es el guardián de un misterio “, nos recuerda Bachelard; y así parece serlo, en buena magnitud, en Doña Bárbara.

Ahora bien, si en Doña Bárbara hay un barquero (y realmente hay varios), entonces el llano es, simbólicamente hablando, un infierno, un tártaro o inframundo. Un Hades cruzado por ríos gigantes, caudalosas corrientes equivalentes, a su manera, al Aqueronte (penas), Cocito (lamentaciones), Flegetonte (fuego), Leto (olvido) y Estigia (Odio).


En la Divina Comedia de Dante, aparece otro barquero, el iracundo Flegias, quien conduce a Dante y Virgilio sobre la pantanosa laguna Estigia, donde desemboca el río del mismo nombre y que representa el Odio. Eso ocurre en el Quinto Círculo, el de la Ira y la Pereza. Hay que tomar en cuenta que la pereza es la otra cara de la voluntad de dominio. En ese círculo, los iracundos se atacan entre sí a mordiscos y los perezosos se ahogan en el fango. En un episodio sobre la barca, un condenado le habla a Dante y este lo maldice, lo que sugiere que Dante terminó contagiándose con la pecaminosa ira imperante.

En la puerta del Infierno están escritas estas palabras: «Es por mí que se va a la ciudad del llanto, es por mí que se va al dolor eterno y al lugar donde sufre la raza condenada, […], abandona la esperanza si entras aquí». Tal vez, según hemos visto, Gallegos hubiera podido poner estas palabras como epígrafe de su novela.

El Quinto Círculo del Infierno, la Quinta Paila… ¿No es el reino del Señor Satanás, el príncipe de los demonios del Averno? Satanás, el “adversario” o “enemigo”, sinónimo de Lucifer o Luzbel, “el portador del Luz” (¡Luzardo!), ángel caído en desgracia por oponerse a Dios (soberbia). También se le denomina el “mentiroso” y el “¨Padre de la mentira”. En Doña Bárbara leemos:

“–Pero como le digo esto, también le digo lo otro: eso es lo que cuenta la gente, pero no hay que fiarse mucho, porque el llanero es mentiroso de nación, aunque me esté mal el decirlo, y hasta cuando cuenta algo que es verdad, lo desagera tanto, que es como si juera mentira.” (Doña Bárbara)

Venezuela se enorgullece de su guerra de independencia porque es la única donde enfrentó victoriosamente a una potencia extranjera, todas las demás guerras que ha padecido han sido civiles, fratricidas. Las guerras malas, si seguimos el pensamiento de Gallegos. ¿No es eso lo propio del Quinto Círculo, el ciego combate de los iracundos entre sí? Demás está decir que la propia guerra de independencia tuvo más características de guerra civil que de conflagración contra otra nación.

“Nunca como entonces se vio claro lo que Rojas diría luego al trazar la figura de Boves, de que la guerra a muerte había sido principalmente la de unos venezolanos contra otros, o sea de los venezolanos realistas contra los venezolanos republicanos.” (E. B. Núñez. Arístides Rojas).

Conrad, describiendo a un general de Sulaco, un puerto caribeño de ficción, que bien pudiera ser Puerto Cabello, en su novela Nostromo, dice: “[…] el llanero, que parecía haber adquirido, sin saber cómo, su buen humor de soldado aguerrido, su conocimiento del mundo, y sus modales propios del puesto que ocupaba, en medio de las feroces peleas con sus compatriotas.” (Cursivas nuestras).

“Ernest Seillière –escribe Bachelard- observa precisamente, al pasar, que la vegetación profusa del pantano es el símbolo del telurismo”. Quizá por eso haya tenido tanto acierto en conectarse con lo más profundo del telurismo criollo, el “verde caballo” de Antonio Márquez Salas, pues en éste se unirían el caballo y la imaginería del espacio, y el verdor vegetal de la ciénaga (“aquel barro tibio y fétido”), con su evocación telúrica. El inframundo (debajo del mundo) no es más que una manera enfática de darse el telurismo.


Que el pantano, por sus aguas y vegetación, sea símbolo de lo terrestre, puede que tenga que ver con el recuerdo ancestral de la Gran Diosa Madre, que con muchos nombres ha existido en la mayor parte de los pueblos neolíticos. Esta diosa, que simboliza los poderes de fertilidad de la tierra, está asociada al elemento agua, el más femenino por naturaleza, y con la potencia germinativa del mundo vegetal.

La posesión colectiva que sufrió el pueblo alemán con el nazismo tiene que ver, según Jung, con Wotan, el antiguo dios germánico, guerrero chamánico de los bosques. Para Canetti, la imagen del bosque, hondamente arraigada en el espíritu alemán, también simboliza al ejército. El ejército es una de las “masas artíficiales” (cohesionadas libidinalmente en torno a un jefe), junto con la Iglesia, estudiadas por Freud.


Para González, nuestra posesión endémica como pueblo, esa que nos lleva a auto flagelarnos y embestirnos mutuamente sin misericordia, cíclicamente, es el arquetipo del centauro. Recordemos que los centauros son seres salvajes, violentos y pendencieros, sin leyes ni hospitalidad, esclavos de las pasiones animales, tal como su mitad de cuerpo cuadrúpeda lo prefigura. Seguramente otros complejos psicopatológicos y míticos giran en torno al arquetipo del centauro. Ahora bien, habría que preguntarnos, de entrada, como la Gran Diosa Madre termina encarnada en un personaje como Doña Bárbara, la “devoradora de hombres”.
Yilda Conquista

(Continuará...)

Notas:
*Como aparece en Apocalypse Now de Coppola, simbolizando esta polaridad nefasta, Kurtz tiene en su mesa de noche The Waste Land de T. S. Eliot, junto a La rama dorada de James George Frazer.
**Cuando Simón Rodríguez dice “o inventamos o erramos”, ¿se estaba refiriendo a la poiesis (creación; no el “invento” científico o sociopolítico) como única salida para no errar (vagar) por la llanura del Error? De aquellos que han entrado al Hades y vuelto a salir para contarlo están los más grandes poetas, el mítico Orfeo y Dante, así como el hombre que tenía por nombre alternativo “Nadie”: Ulises.
***Esto de perder el alma al ver la corriente de un río mientras se orina en éste, tiene una doble raíz mítica: por un lado, el río se lleva la imagen reflejada (el alma) hacia la lejanía; por otra, orinar sobre el río es una ruptura de viejos tabúes sobre el respeto debido a las corrientes y manantiales sagrados, ruptura que conlleva siempre un fuerte castigo.
****Doña Bárbara es, entonces, doblemente ignorante: por su violenta inconsciencia y por su usó de la brujería (magia negra) para atraer el amor.