LA ÚLTIMA
CARGA DE CABALLERÍA: LA BRIGADA POMORSKA
A Margarita Zbur
A Barry Rogers (Rogenstein), el primer trombón de la
salsa, In Memoriam.
[…] “sus
armas tan inadecuadas como sería
la lanza de
Don Quijote en una batalla de tanques.”
Arturo Borea
Lorca, el
poeta y su pueblo.
Se dice de México que está muy lejos de Dios y
demasiado cerca de Estados Unidos, como una manera de sintetizar en una frase
la tragedia de su historia. Pero, ¿qué decir entonces de Polonia? Según afirma
Chesterton en su ensayo Sobre Polonia,
los polacos expresan su relación con Dios de ésta manera: “El único amigo de
nuestro país es Dios”. Y, ciertamente, los habitantes deben tener fe en ello
para vivir en un país encerrado entre Rusia, al oriente, y Alemania, al
occidente; como decir demasiado
próximos al lobo teutón, a la izquierda, y al oso estepario, a la derecha. Así,
atrapados permanentemente entre Caribdis y Escila, es indudable que se debe
tener a Dios como el mejor amigo para tener esperanzas de sobrevivir a tamaño
infortunio.
Polonia es un país del este europeo que siempre se ha
identificado con la cultura francesa y no con la de sus rapaces vecinos. Es un
país eslavo pero católico. La Alemania católica sólo ve en Polonia un país
eslavo (la protestante: eslavos católicos); la Rusia ortodoxa sólo encuentra en
Polonia un país católico. Así vemos dibujar la tragedia del pueblo polaco, que
pareciese habitar un país que debería estar en otro lado, o un pueblo que
debería haber habitado otro país. Apenas se levantaba como nación sus ejércitos
fueron destrozados, junto a las fuerzas de los Caballeros Teutónicos y los
Hospitalarios, por un ejército mongol perteneciente a la Horda Azul de Batu
Khan, nieto de Gengis, en el año 1241. El Gran Duque de toda Polonia, Enrique
II “el Piadoso”, fue muerto en batalla por las tropas del jefe mongol Orda
Khan, y como consecuencia, el Gran Ducado de Polonia dejó de existir poco
tiempo después. Pero Polonia, dentro de su suerte contrariada, tuvo algo de
fortuna, ya que los ejércitos de Batu volvieron a las estepas, al saberse de la
muerte del Gran Khan Ogodei.
Casi 500 años más
tarde, una renacida Polonia
salvará a Europa de una nueva amenaza del oriente: los invasores otomanos. El
ejército polaco y tropas europeas del Sacro Imperio Germánico, comandadas por
Juan III Sobieski, Rey de Polonia, vencieron decisivamente a los ejércitos
turcos en la batalla de Viena, durante la última embestida musulmana contra la
Europa cristiana.
Juan III Sobieski envía un mensaje al Papa después de la Batalla de Viena (obra de Jan Matejko)
Más de un siglo después, los vecinos de Polonia
retribuyeron el heroísmo polaco invadiendo y repartiéndose su nación, entonces
sumida en la anarquía. Así pues, desde 1772 hasta 1918, Polonia sufrió el ser
un territorio ocupado por los imperios de Rusia, Austria (luego Austria–Hungría) y Prusia (luego Alemania). (1) El romanticismo y, luego, los
movimientos sociales revolucionarios europeos, hicieron de la causa polaca por
la libertad un símbolo recurrente pero desesperanzado, pues entonces se presentaba como un imposible liberar a la indefensa Polonia de aquellos
imperios monolíticos y voraces que la encadenaban, despedazando sus esperanzas.
Parecía entonces que ni siquiera "el mejor amigo" del país se apiadaba de la olvidada
Polonia.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX pareció
surgir una esperanza para el pueblo polaco: primero la revolución francesa y
luego los éxitos militares de Napoleón Bonaparte. Con la misma desesperada
determinación, arrojo y audacia con que lo harían las tropas polacas en el
exilio durante la Segunda Guerra Mundial, los regimientos polacos combatieron
junto a los franceses en las principales campañas del Emperador. Sería en
España donde comenzaría a forjarse la leyenda de la caballería polaca: la
batalla de Somosierra. El ejército francés se dirige a Madrid, pero en el paso
de Somosierra, 9.000 españoles bajo las órdenes del General San Juan le impiden
el paso. La caballería ligera polaca, ansiosa de lucirse frente al Emperador,
se lanza a la carga con 120 hombres, dirigidos por Jan Kozietulski, por una
empinada cuesta, hacia las posiciones fortificadas de artillería de los
españoles. Los polacos pierden dos tercios de sus hombres, pero los españoles
se retiran derrotados. Allí mismo el Gran Corso les concede la Orden de la
Legión de Honor.

Jan Kozietulski
Pero Napoleón retribuyó a medias el deseo polaco de
autodeterminación, creando el Gran Ducado de Varsovia, un estado satélite del
Imperio francés. El ejército polaco fue comandado entonces por el Príncipe
Józef Antoni Poniatowski, Mariscal del Francia, quien se convertiría en el
paladín del ducado derrotando a los invasores austriacos, y cuyo papel en la
sangrienta victoria de Borodino, durante la desastrosa campaña de Rusia, al
mando del V Cuerpo (tropas polacas) de la Grande
Armée, fue crucial; muriendo después heroicamente en la “Batalla de las
Naciones” de Leipzig cuando cubría con su VIII Cuerpo la retirada francesa;
derrota que obligaría a Napoleón a abdicar y exiliarse en la isla de Elba.
Príncipe Józef Antoni Poniatowski
El espíritu de Poniatowski animará el levantamiento
polaco de noviembre de 1830. Una vez derrotada la insurrección por los rusos,
comenzará la diáspora polaca por Europa, de las que el arte musical de un
Federico Chopin y la escritura novelística de un Józef Teodor Konrad
Korseniowski, más conocido como Joseph Conrad, son las expresiones más certeras
de su soterrada y trágica desesperanza.
Chesterton cita un poema de Belloc que identifica con
el ideal polaco, caballeresco y malogrado: “Esperanza
de los fracasados a medias; casa de oro, relicario de la espada y torre de
marfil.”
Polonia tendrá que esperar a la revolución rusa y a la
derrota alemana de 1918 para constituirse finalmente en nación soberana,
después de siglos de sometimiento y partición. Pero apenas constituida, Polonia
se ve enfrentada a la Rusia soviética, en una guerra que duró desde 1919 a
1921. Dicha guerra se caracterizó por rápidos y profundos ataques dentro de
territorio ruso y polaco realizados por ejércitos de caballería de ambas
partes. Al final de la misma, durante la decisiva batalla de Varsovia, el
famoso Primer Ejército de Caballería bolchevique, al mando de Semión Budionni
–de importancia crucial durante la guerra civil rusa- fue destruido por la
caballería polaca. Por una paradoja de la historia, de cara al futuro inmediato
de aquel entonces, el comandante soviético, Mijail Tujachevski, y el instructor
francés de tropas polacas, Charles de Gaulle (quienes ya se conocían como
prisioneros de guerra de los alemanes), dedujeron de los episodios de esa
guerra cómo se lucharía en la próxima: con rápidos movimientos de gran
penetración en profundidad en territorio enemigo. Pero no con ejércitos de
caballería (2), que habían demostrado ser muy vulnerables al fuego de la
infantería y, sobre todo, la artillería, sino con vehículos automotores
blindados, que ofrecían mejor protección a las tropas móviles y mayor potencia
de fuego.
Los polacos, en cambio, hicieron de las unidades de
caballería de élite el núcleo de su doctrina militar, a pesar de que el general
Wladyslaw Sikorski había llegado a las mismas conclusiones sobre la guerra del
futuro que De Gaulle y Tujachevski.(3) Pero, desde un punto de vista simbólico,
no podía esperarse otra cosa, pues Polonia quería identificarse con su heroica
caballería, la misma que había dado su vida por la Europa cristiana contra los
mongoles y turcos, y por la revolución, como en Somosierra, al mando de
Kozietulski, o en Borodino, bajo las órdenes de Poniatowski. Chesterton dice al
respecto:
“Personas que están prontas a derramar lágrimas de
simpatía cuando los molinos de viento derriban a Don Quijote, se encolerizan
cuando Don Quijote, en realidad, acomete contra ellos. A personas que están
dispuestas a ayudar una empresa desesperada, les molesta comprobar que la
empresa desesperada tiene éxito y que no es completamente desesperada.
[…] Cuando los polacos derrotaron a los bolcheviques
en el campo de batalla, eso fue lo que ocurrió. La antigua tradición
caballeresca derrotó a todo lo que es moderno, a todo lo que es necesario, a
todo lo que tiene un método mecánico y una filosofía materialista. La filosofía
de Marx de que todo es inevitable fue derrotada por la noción cristiana de que
ninguna cosa es inevitable; no, ni siquiera lo que ya ha sucedido.” G. K.
Chesterton. Sobre Polonia.
Pero las palabras de Chesterton se volvieron un
oráculo reverso años después, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial con la
invasión de la Wehrmatch hitleriana a
Polonia. Son los momentos en que se levanta una nueva leyenda sobre la
caballería polaca: la carga suicida de la brigada de caballería Pomorska,
lanzada contra los panzers de Guderian,
discípulo aventajado de las predicas de Tujachevski. La leyenda reza así: la
brigada Pomorska, una unidad de élite de la caballería polaca, es enviada a
atacar una formación motorizada alemana que avanza haciéndose pasar por
división blindada llevando al frente tanques de cartón. En realidad se trataba
de los panzers de Guderian, cuyos
tripulantes se quedaron atónitos al ver venir hacia ellos a los jinetes polacos
vestidos con sus trajes de gala…, hasta que un oficial alemán reaccionó y mandó
a abrir fuego, aniquilando a la brigada. Carga épica y trágica la han llamado.
La brigada Pomorska
Hoy se sabe que la historia fue inventada por un
periodista italiano y repetida mil veces por la propaganda nazi. El mensaje se
oculta bajo una capa de admiración sobre el heroísmo polaco: Alemania era una
nación moderna altamente tecnificada y los polacos se habían quedado en la Edad
Media, por ende, merecían ser derrotados y subyugados. La realidad fue
diferente, la brigada Pomorska atacó a la duodécima división motorizada
alemana, no con una carga de caballería, sino moviéndose rápidamente con los
caballos, para luego tomar posiciones como infantería desmontando sus
cabalgaduras. Unos escuadrones de lanceros polacos sorprendieron a un batallón
alemán de infantería en campo abierto y lo atacaron, y estaban derrotándolo
cuando llegó una unidad de blindados ligeros que abrió fuego sobre ellos,
produciéndoles importantes bajas y poniéndolos en fuga.
Los chinos hablan de “historia Yin” e “historia Yang”.
La primera relata los hechos históricos tal como los estudia la historiografía,
con sus pruebas documentales, testimonios presenciales y otros datos
verificables. La segunda es lo que llamamos leyenda, la necesidad del alma de
tomar los aspectos simbólicos producidos por los acontecimientos y fabular
sobre éstos, aunque los acontecimientos terminen por ser distintos a la
narración fabulada. Polonia ha sido la primera en creer en la “trágica y épica”
carga de la brigada Pomorska, a pesar de no haber tenido ésta la suerte que
tuvo la desastrosa carga de la Brigada de caballería ligera británica en
Balaklava, durante la guerra de Crimea en el siglo XIX, de ser inmortalizada en
un poema, como si lo hizo en su caso el poeta inglés Tennyson. Ha querido creer
en esa leyenda porque es el reverso trágico de la carga victoriosa de
Somosierra y de la carga triunfal de la caballería polaca en Borodino. Porque
para el alma polaca, en esa carga descabellada, los personajes trágicos de
Conrad cabalgan nuevamente para salvar a la Europa cristiana y defender a muerte
la revolución, al ritmo de la música apasionada y arrebatadoramente desesperada
de Chopin. El espíritu de la “carga Pomorska” se prolonga inmediatamente
después en los feroces combates protagonizados por los escuadrones polacos que
se batieron al lado de los británicos durante la batalla de Inglaterra (4), en
la furia sagrada de las tropas polacas que conquistaron finalmente Monte
Cassino, en el coraje amargo de los hombres de la Primera División Blindada
Polaca en la batalla de Normandía o de los paracaidistas polacos que se
lanzaron al sacrificio en la fracasada campaña de Arnhem, en Holanda. Todos
ellos bravos entre los más bravos. Se destila sublime y rabiosa sobre aquellos
polacos en el exilio que combatieron ardiente y desesperadamente por la causa
de los aliados, esperando liberar a su patria de las fauces del lobo nazi, y
evitar también que fuera engullida luego por el gran oso soviético. Polacos de
sino trágico, expatriados, condenados al exilio como el heroico general
Wladyslaw Anders, comandante del legendario II Cuerpo de Ejército Polaco. Esa
fantástica “última carga” ha debido producirse para que tenga algún sentido el
sacrificio de los seis millones de polacos muertos durante la guerra y la larga
ocupación nazi; de los oficiales asesinados y enterrados en las fosas de Katyn,
donde murieron más de 15.000 hombres prisioneros de los soviéticos; del
malogrado levantamiento de Varsovia en 1944; de Auzchwitz, Treblinka, Sobibor y
los demás campos de exterminio; más 40 años de comunismo impuesto y fracasado;
y todos y cada uno de los innumerables dolores y sufrimientos que ha padecido
el pueblo de Polonia durante gran parte de su historia. Es la carga leal,
valiente y honesta que hace el pueblo polaco todo contra la inflexible
fatalidad de las circunstancias, contra el sino oscuro de la necesidad
histórica; y la hace a despecho de ser abandonada por todos, olvidada hasta por
Dios, del que se dice principal amigo de su gente, jugándose así la vida entre
la esperanza y la desesperación. Porque Polonia quiere creer en esa carga
insensata tanto como quiere creer que Dios es su amigo y no la ha abandonado.

Wladyslaw Anders
No obstante, a pesar del sentimiento de abandono y
soledad histórica, el pueblo polaco si contó con amigos en aquellos amargos
días del comienzo de la guerra mundial, porque los ingleses y franceses, de
manera torpe pero decidida, y luego el mundo entero, fueron a la guerra contra
el fascismo por defender la independencia e integridad de Polonia, primera
víctima de la agresión hitleriana, aunque las paradojas trágicas de la historia
hayan terminado entregándola nuevamente, casi por medio siglo, a los rusos.
Polonia entonces parecía haberlo perdido todo; pero el mundo nunca la olvidó,
porque, ¿cómo olvidar esa astilla clavada en el corazón de la humanidad?, ¿cómo
olvidar esa herida del alma abierta en cada hombre, demasiado parecida, en su
desesperado sufrimiento, a la que hizo que aquel, al que llamaban Hijo de Dios,
exclamara en la cruz: “¡Padre por qué me has abandonado!”
“Todo está perdido. Pero el combate vuelve a comenzar
por obra de Aquiles y al final está la victoria, porque la amistad acaba de ser
asesinada: la amistad es una virtud”, clama Albert Camus en su ensayo El destierro de Helena, tomando como
referencia la Ilíada homérica. En la
Polonia de la “guerra fría”, el combate recomienza con los obreros católicos de
los astilleros de Gdansk, que cabalgaban sobre los corceles de la libertad
sindical y empuñaban las lanzas de la no violencia. Nuevamente las lanzas
corajudas de la virtud de la caballería cristiana se enfrentaban a las hordas
blindadas, en este caso, a los tanques del Pacto de Varsovia, que sostenían
regímenes impopulares y petrificados. Pues, ¿cuánto del ánimo, del espíritu de
sacrificio, quijotesco y maravilloso de la “carga Pomorska” no encontramos en
aquellas huelgas del Sindicato Solidaridad (Solidarność) que, como en una nueva edición del duelo entre David
y Goliat, llevaron a la caída del comunismo en Polonia y comenzaron el final
milagroso de la pretendidamente inexpugnable “cortina de hierro”, donde se
encerró durante décadas a la Europa del este? ¡Vindicación final de Chesterton!
Y, ¡vaya qué nombre para un movimiento libertario polaco!, porque - siguiendo
con Camus- la amistad es esa virtud que logra salvar, ciertamente de modo inestable
y provisorio, el abismo entre la soledad
intrínseca a la existencia del hombre y la solidaridad
necesaria para que la especie humana continúe su azarosa aventura sobre el
planeta que habitamos. (5)
Y así, cuando el “único amigo de Polonia” se acordó
por fin de ese país, a través de un Papa polaco (“el Papa amigo”, “testigo de
la esperanza”), y la nación pudo liberarse definitivamente de la dominación
soviética, puede decirse que ese pueblo, en la flor de su resurrección, se
reencontró solidariamente con sus muchos amigos, no sólo naciones, más bien
pueblos, seres humanos, mortales comunes y corrientes, personas de diferentes
lugares que han cultivado el trato con polacos o descendientes de polacos, que
han degustado los productos de su cultura, y que admiran su historia y el
heroísmo sin par de sus hombres y mujeres; y por ende, también quieren creer
con todo el corazón en la última y legendaria carga de caballería, la carga
imposible y estremecedora de la brigada Pomorska. (6)
Notas:
1) La última
repartición de Polonia ocurrió en 1939, entre la Alemania Nazi y la Rusia
stalinista, al cumplirse las cláusulas secretas del pacto Ribbentrop-Molotov.
2) Desde finales
del siglo XIX, la caballería dejó de combatir casi por completo con cargas de
lanceros o a sable. Los ejércitos de caballería, eran tropas de infantería
montada, apoyados por artillería hipomóvil, que aprovechaban la movilidad que
proporciona el caballo para desplazarse rápidamente, pero que combaten como
infantería desmontándose de la cabalgadura.
3) En 1939 Polonia
había comenzado un programa de modernización de su ejército que contemplaba
convertir sus unidades de caballería en fuerzas blindadas. Pero lo tardío de la
decisión y los pocos recursos del país impidieron que tal programa fuese
completado en una proporción significativa.
4) Winston
Churchill dijo de los pilotos aliados que derrotaron a la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra, salvando de la invasión nazi
al Reino Unido, que “nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”. Pues muchos
de esos “pocos” a los que tanto se les debe, fueron pilotos de la Fuerza Aérea
polaca.
5) El cuento Jonas o el artista en
el trabajo (El exilio y el reino), de Camus, que desarrolla la amistad entre el
pintor Gilbert Jonas y Rateau, termina con la mirada de éste último en la
última pintura de Jonas: un lienzo en blanco con una palabra en el centro, que
no se sabe si dice solitario o solidario.
6) Parte del
aspecto legendario de la carga Pomorska, es que esa carga no fue, ni de lejos,
“la última” carga de caballería. Está bastante documentada la exitosa carga de
un regimiento de caballería de Saboya (Cuerpo Expedicionario Italiano en Rusia)
contra dos divisiones soviéticas en 1942. Aparte de las innumerables cargas de
diferentes unidades de cosacos contra las tropas del Eje en el frente oriental.
La misma Werhmatch, así como las Waffen-SS, terminaron la guerra con un
número importante de unidades de caballería, al principio despreciadas por los
generales impulsores de la blitzkrieg.
Roberto Chacón
Nei Dan Magazine No.
333 (23-08-08)
Sección "Artículos"