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martes, 6 de diciembre de 2016

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 556)

LA IMPORTANCIA DE LA CASA, SEGÚN LIN YUTAN (y Fin)

“El poeta nombra lo sagrado”
Martin Heidegger
¿Qué es la metafísica?

“Un hermoso poema nos hace olvidar
un dolor antiguo”
Gastón Bachelard
La poética de la ensoñación

Cómo hemos podido avizorar en los capítulos ya publicados de este escrito, puede que nuestro desencuentro, como gentilicio, con el paisaje, parte inherente de la casa, y por tanto, nuestro descuido histórico respecto a la misma, venga de “psicopatologías” colectivas que nos hemos empeñado en ocultar, o de minimizar como simples “problemas del desarrollo”.

Deméter

Se dice que habitamos un país, pero que no somos ciudadanos de una nación, que ésta apenas está “germinando”… Como si no estuviéramos reñidos justamente con Deméter (una manifestación de la Triple Diosa) y, por ende, con todo lo que significa cultivo… Hay que revisar entonces, lo que entendemos por “habitar”. En esta serie de escritos hemos tratado de encontrar pistas y seguir rastros significativos para tratar de entrever por qué no habitamos propiamente un país, en el sentido del habitar esencial, ese que va más allá de un mero residir o del azar de nacer y vivir en determinado territorio.

Es difícil decir que tenemos país, si no se tiene originariamente, paisaje. La reiterativa idealización del territorio que se hace en el seno de los medios de comunicación y de algún segmento de la cultura popular y oficial, no establece ese diálogo necesario para que emerja el paisaje. Se trata más bien de la producción enfática de “panoramas” (kitsch) aupado por las diversas fuerzas socio políticas que pugnan por regentar estas regiones, fuerzas que podemos llamar genéricamente como “desarrollistas”, tanto a la izquierda como a la derecha, si es que ese lenguaje “lateralizante” y unidimensional todavía tiene algún sentido.

En el fondo, eso no es otra cosa sino un remedo de cultura (una carnavalización anti-trágica), que esconde la sempiterna presencia del elemento bárbaro endógeno que siempre nos acecha donde menos lo esperamos. Todo “desarrollista” –un bárbaro modernizador- hace como aquel campesino que, queriendo hacer crecer antes de tiempo las plantas sembradas, las halaba con fuerza una y otra vez, hasta que las mató.

Ese paisaje del que hablamos sólo puede surgir si somos capaces de ver profundamente en el abismo de tinieblas del que emerge eso que hemos llamado la “matria sombría”, que es parte importante del ámbito en el que se re-vela lo sagrado, terrible en aquello que es ajeno completamente a lo humano, pero fundamental para el vivir del hombre sobre el planeta. En eso consiste la mirada trágica, y el pensamiento y la cultura que le son concomitantes. Decir que “tenemos patria” sin paisaje, y, por ende, sin reconocer las tinieblas de la matria, es mostrar sin vergüenza aquello de lo que se carece, al ufanarse enfática y estentóreamente de un deseo infértil.

Si no habitamos tan siquiera un país, entonces, ¿estamos de paso? ¿Erramos? Mucho antes de que Cabrujas nos recordara nuestro nomadismo atávico, a propósito de los saqueos, matanzas y violaciones del caracazo*, Enrique Bernardo Núñez escribió esto:

“Conquistadores, misioneros, filibusteros, contrabandistas, vendedores de esclavos, buscadores de oro y de especias. Despojan de la tierra a sus antiguos poseedores. Dejan fortalezas, ciudades, espectros, leyendas, ruinas en las cuales también puede saberse la historia. La historia de Venezuela se prosigue por las mismas rutas fabulosas del Dorado.” (E. B. Núñez. Aristides Rojas. Anticuario del Nuevo Mundo).

Ya el título de otra novela cara a nuestra problemática cultural, País portátil, de Adriano González León, dice mucho al respecto:

“Curioseando en ese valle de su Trujillo natal encontré que esa noción de lo portátil y transitorio aparecía ya desde los tiempos de José Oviedo y Baños en su “Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela” (1723): “Sin hallar sus pobladores lugar que les agradase para su existencia anduvo muchos años como ciudad portátil, experimentando mil mudanzas”. Otra vez, en 1810, Andrés Bello en su “Resumen de la Historia de Venezuela” reitera: “Trujillo… anduvo vagando convertida en ciudad portátil hasta que en 1570 pudo fijarse en el sitio que ocupa actualmente”. Pero hay más. En 1939 Américo Briceño Valero publicaba “La Ciudad Portátil”, y allí confirmaba: “Era ya una especie de vicio eso de estarse mudando” Para más vainas, hace poco vengo en el carro oyendo la radio y anuncian “País Portátil”, canción de Rubén Blades, de la cual extraigo párrafos que me convienen:”Se vende un país portátil, es un lugar sin memoria donde ya nada sorprende, ni ver crimen indultado o un charlatán presidente”. ¡Cómo anillo al dedo!” (Leandro Area. “País portátil”. http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/16448-qpais-portatilq).

Otra novela importante con respecto a lo que venimos indagando tiene también un título más que sugestivo: Casas muertas, de Miguel Otero Silva. Si nuestra alma está en conflicto consigo misma, en una especie de guerra civil interior, tal que le impide el diálogo amigable con la naturaleza –condición del surgimiento del paisaje-, debido a la violencia del conquistador y del mutismo del indio (interiorizados), la entronización de la casa como tal, como “primer cosmos” –hogar-, encuentra fuertes obstáculos para realizarse. Nuestras casas están muertas, o mejor dicho, en ruinas, arruinadas antes de ser construidas. Son casas que no se comienzan por el techo, a la manera china, puesto que comenzar por el techo significa armonizar los ciclos climáticos y las estaciones, el tiempo –lo más evidente de la Creatividad del Cielo-, con nuestro temperamento, nuestra alma.


Comenzamos a descubrir entonces, que tras nuestros problemas de convivencia, aparecen graves carencias psico-afectivas colectivas –psicopatologías endógenas- que nos impiden acceder a ciertas cualidades que fertilizan la vida civilizada, siendo condición sine que non de todo buen vivir. Como escribe R. J. Lovera De-Sola a propósito de Herrera Luque, el pueblo de Venezuela, puede caracterizarse como un “grupo de hombres y mujeres siempre suspicaces, desconfiados, astutos, desengañados, recelosos”**. No confiamos en nuestros paisanos excepto para el bochinche y la tropelía, y eso es una forma de expresar que no confiamos en nosotros mismos. ¿Qué grado de convivencia puede surgir de personas que continuamente se engañan y recelan unas de las otras? La viveza criolla termina siendo la otra cara de la pendejada como forma de vida colectiva.

Nuestros antepasados caribes buscaban las ciudades mayas, y los conquistadores, aún más fieros, El Dorado. Y no por casualidad nuestra convivencia está signada por un ser miserables al extremo con nosotros mismos y todo lo nos rodea, incluida la natura. Así como la sequía y la inundación se alternan en el llano, así pasamos de la extrema pobreza como país agrícola, a una riqueza petrolera que parece arrasarlo todo, y diluirse en nuestras manos como arena. Todo el país se pone en movimiento hacia las metrópolis petroleras, pero a costa de hacernos totalmente pasivos, atenidos, despojados de iniciativa, a la espera de las dádivas del Estado como único modo de vivir o sobrevivir. Un pueblo asistido perennemente en un país en ruinas.

Para que haya alguna posibilidad para que se dé ese binomio fundador de la habitabilidad que entrañan la casa y el paisaje, tiene que cultivarse el ámbito íntimo, en el alma y también en la apertura al mundo (Anima Mundi). La intimidad que nace en la infancia y se cultiva en el hogar, se fragua bajo el calor sutil de la delicadeza. Si seguimos a Lezama Lima, esa delicadeza es conferida, en parte, por el paisaje. Por otro lado, según Bachelard, el recuerdo de la infancia –como “antecedencia del ser”, como origen no histórico o causal-, hace posible los sentimientos delicados.

El diálogo con la naturaleza y con nosotros mismos –con nuestra “infancia inmóvil”- se realizan bajo el signo de la intimidad y la delicadeza. El alma se refina al catar los distintos matices que adquieren las palabras en la conversación auténtica, donde las almas entran en intimidad. Heidegger dice que únicamente en cuanto a conversación es esencial el lenguaje, y el lenguaje es, precisamente, “la casa del ser”.

La casa, como hogar, es producto de un hierogamus, de un matrimonio sagrado entre paisaje y lenguaje. Querer “domar” a la naturaleza por considerarla atroz, letal, obstáculo para el progreso o mero “recurso”, está en las antípodas de cualquier diálogo. Hablar castellano y alimentar el resentimiento contra España (nación de la que formamos parte por más de trescientos años y que conforma una porción esencial de nuestro cosmos lingüístico), es simplemente la peor manera de lanzarnos a la glorificación de la barbarie y la ignorancia.

La palabra griega “bárbaro” proviene de la caracterización de las lenguas extranjeras, ajenas al rico cosmos cultural heleno, como un mero bar-bar-bar (blablablá), un balbuceó. Como el príncipe tártaro del filme Andrei Rublev, podemos encubrir nuestros balbuceos con las más refinadas ideologías de moda, con fraseologías ampulosas y jergas llamativas, bajo las cuales siempre podemos escuchar el bar-bar-bar estepario. ¿No es un blablablá fanfarrón y mussoliniano el que caracteriza a nuestros jerarcas actualmente?

La lengua es el centro de toda cultura, su centro y su esencia. Y asumirlo nos libera, pues el lenguaje no tiene centro. No se habla ni se escribe mejor en Castilla la Vieja que en Buenos Aires, Caracas o Ciudad de México. Muy probablemente pudiera decirse lo contrario. El centro de la cultura como lengua nos libera de todos los resentimientos y complejos del pensamiento tercermundista sobre centro y periferia, metrópoli y colonias.

Como hemos afirmado, el diálogo con la naturaleza que abre el paisaje no está exento de la mirada trágica, del atreverse a ver la parte sombría del paisaje, y por ende, del paisano. Si queremos tener la posibilidad de la casa (del hogar) como fundamento de una civilización del buen vivir, tenemos que tener la entereza de mirar el abismo donde se esconde nuestra alma sombría.

Todo el tiempo tratamos de encubrir la parte obscura de nuestro gentilicio con ropajes modernos, es decir, tras algún disfraz proporcionado por los llamados “metarrelatos emancipadores” (justicia social, amor a los pobres, etc.). Se dice por ejemplo, que el pueblo venezolano sale a saquear (a través de la historia), como una forma de buscar “justicia social”. El señalamiento parece razonable hasta que observamos que otros pueblos buscan justicia social de formas mucho más constructivas. ¿Cómo puede justificarse el saqueo –y las violaciones concomitantes-, la violencia sin objeto a fin de cuentas, como forma de reclamo y demanda legítimas? ¿Por qué esa tendencia a ennoblecer los síntomas de emergencia völkish que continuamente ofrece el venezolano? Por no tener ni una mirada ni un pensamiento trágico, es que hemos propiciado que los “últimos hombres a caballo” (los centauros), los bárbaros de la estepa, detenten hoy, en pleno siglo XXI, los destinos del país.

El diálogo que se cultiva en el fuego de la intimidad y bajo el cobijo de la delicadeza, está signado no por la desconfianza y el engaño, sino por el respeto. El respeto es el principio ético fundamental para establecer relaciones interpersonales de cuidado mutuo y responsabilidad. El auténtico respeto está en las antípodas de la intimidación, que gobernantes, poderosos y hampones confunden atrozmente con respetabilidad. La violencia, en cualquiera de sus formas, es el irrespeto máximo; y si nuestra historia está plagada de violencia, entonces es una historia del irrespeto mutuo, del diálogo perennemente interrumpido en la no consideración del otro.

Jia: "Casa"

El ideograma chino para casa (Jia), que también significa hogar y familia, está construido con el ideograma “cerdo” y el ideograma “techo”: un cerdo bajo techo da sentido de hogar. El cerdo simboliza la fertilidad –por extensión la “Creatividad del Cielo”-, y la virilidad –por extensión lo que se yergue, lo que se erige, lo que se funda.

Aquiles Nazoa decía que, en Venezuela, “la cultura mariquea”. Esto puede significar, por una parte, el cómo se aprecia desde el lado bárbaro machista-patriarcal los esfuerzos de la cultura por hacer conexiones con lo Yin escindido: feminidad, fertilidad, naturaleza, refinamiento, etc. Pero también tiene el sentido de mostrar que en un orbe regido por el machismo estepario y la ignorancia patriarcal (donde la cultura ofende), surge como correlato una cultura escindida, amanerada, afeminada (pero infértil), alejandrina, cosmética, decorativa, esteticista y frágil.***

El proyecto desarrollista de crear una Kultur –un aparato de cultural oficial, tal como surgió en el Reich de Bismarck- para la Gran Venezuela no era otra cosa sino la empresa de hipertrofiar esa “cultura” decorativa a la altura del Estado faraónico, gracias a los esteroides de los petrodólares.**** Como en los tiempos de los despotismos hidráulicos, lo ciclópeo, lo enorme, se impuso a lo bello, a toda posibilidad de “gran estilo”, tal como preconizara Nietzsche. Se olvidó completamente que “lo pequeño es hermoso”. La poesía es “embellecedora”, nos recuerda Bachelard, porque devuelve a los entes su aura, su individualidad y su misterio íntimo.

Una cultura trágica, por pensamiento y por pathos, es una cultura viril, capaz de proseguir la fecundación de ese espacio gnóstico de nuestro paisaje, puesto que no tiene temor de contactar al anima, a la fertilidad poiética que contiene lo verdaderamente femenino. Se puede tener la gracia de movimientos y el encanto de una damisela, pero se golpea letalmente como lo hace un tigre, reza un dicho de las artes marciales chinas, valido también para la tauromaquia.

Como en tiempos de Homero y los rapsodas, es la palabra poética la que puede encender esa temblorosa llama en medio de la obscuridad que puede prender como un incendio a través de las almas de los que convivimos, mal que bien, en estas comarcas equinocciales de la América meridional.

La posibilidad del habitar humano, nos dice Heidegger, proviene de la palabra poética. “Lo que permanece lo fundan los poetas”. No por casualidad, en nuestra tierra extremadamente impoética, donde el poeta es el outsider por antonomasia, por prejuicio y por moda, la temática de la “casa” se hace leitmotiv de nuestros poetas, como nos recuerda Eduardo Tovar Zamora en su libro La caída perenne.

Nuestro gran aedo, Rafael Cadenas, dijo que el poeta es aquel cuya voz nos hace recordar lo originario como si lo hubiésemos olvidado. Lo originario no pertenece al tiempo cronológico, a las evidencias del calendario y los datos de la memoria volitiva. Digamos que lo originario es fundante, porque borbotea en el manantial mismo donde emana la temporalidad. Pudiéramos decir, con Bachelard, que lo originario es similar a la revelación de la auténtica infancia al hombre, de un estado de su ser que está más allá de los recuerdos; estado del alma donde se testimonia también la infancia de la humanidad toda, “del ser tocado por la gloria del vivir.”

La historia como género nació de la necesidad de memorar lo digno de ser recordado. Como indicio de hasta donde ha caído nuestro tiempo, que bajo los pomposos letreros de neón del progreso, y de las ideas modernas, esconde un ser humano dominado por el miedo y la indiferencia (Kafka), por la envidia y el resentimiento (Max Scheler), la historia se ha transfigurado en densos y chapuceros memoriales de agravios, en un metarrelato reivindicativo para justificar resentimientos y venganzas sin fin. Por eso Camus caracterizó al “espíritu histórico” como la “filosofía de las tinieblas”.

Lo originario está más allá, más profundo y más alto que lo que pueda decir cualquier historicismo. Ahí se revela la profundidad arquetipal, sin fondo, donde podemos entablar un diálogo con nuestros desaparecidos (Bachelard, La poética de la ensoñación). Se trata del ámbito abierto de lo sagrado, cerrado sólo para aquel que pretenda su conquista, asedio o posesión a través de la violencia. En esa profundidad tranquila, reposa el alma y anidan las potencias del ánimo, renovadoras del vivir. Las ensoñaciones poéticas surgidas de allí tienen el don inestimable de entregarnos la paz del espíritu: “Alma serena como la calma de los mares” (Esquilo. Agamenón).

“El poetizar es el originario dejar habitar”, nos dice Heidegger (…Poéticamente habita el hombre…). Siguiendo a Cadenas, eso que hemos olvidado no es sólo lo originario (el poetizar como lo fundamental y fundacional para que el habitar humano entre en su esencia), sino la historia misma como metáfora recursiva del Pecado Original, la historia como pesada carga, estigma y maldición. Como algunas lenguas indígenas establecen, el recordar poético presupone el olvido, donde olvidar es sinónimo de perdonar.

Notas:
*Dice mucho sobre la Revolución Bolivariana ese maniaco buscar sus antecedentes de insurgencia en la glorificación unilateral de una ola de saqueos y vandalismo generalizado. Lo que han tratado de hacer los militares gobernantes es que olvidemos su triste papel en la represión de esos saqueos, para que los podamos aceptar ahora como “redentores”.
***He ahí la importancia de las Tres Conferencias de Teresa de la Parra: Influencia de las mujeres en la formación del alma americana. Donde se muestra la contribución fundamental que la mujer, y por extensión, el anima arquetipal, han hecho en la formación del alma y la cultura americana, un proceso iniciado desde la colonia, aunque reneguemos de esa continuidad. Toma distancia en esos escritos tanto de la psicopatología patriarcal y patriotera que se regodea en la “leyenda negra” de España, como de la mitología guerrera y caudillesca sobre el nacimiento de nuestra nacionalidad, nuestra historia como “titanomaquia” o “centauromaquia”. Como dijo Armando Rojas Guardia, no siempre hemos sido unos bárbaros dando vueltas alrededor de una torre petrolera, o, en una imagen más cercana a los tiempos que vivimos: una horda de malandros acechando en torno a un centro comercial.
****La “Venezuela potencia” ha prescindido, en parte, de la entronización de una Kultur, como se intento en la “Gran Venezuela”. Más bien ha hecho que ese proyecto de ostentación faraónica sea visto con nostalgia, dado que el chavismo ha optado por una forma de revolución anti-cultural, de destrucción del acervo cultural bajo el achatamiento populista y la ranchificación de las almas: la “chaburra”.

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EPÍLOGO
Esta serie de escritos tuvieron su origen en conversaciones con mi hija Alexandra y con Roberto Chacón, sobre la raíz de nuestro actual descalabro como sociedad. Preguntándonos por el por qué de ese gratuito hacernos pasar trabajo unos a los otros, de ese continuo destruir y mal construir, de ese no saber convivir y no saber vivir. Como en la célebre carta pública de Carlos Sicilia, todos sabemos que el origen de nuestros males no está solamente en quienes nos gobiernan, sino que radica en nosotros mismos. Tenemos los gobernantes que nos merecemos.

Al principio sólo quería hacer un breve prólogo, en base a las preocupaciones y reflexiones ya señaladas, para introducir un breve texto sobre la importancia de la casa según Lin Yutang. Pero luego, las mismas fueron desarrolladas por Roberto –realmente mucho más que un co-autor del mismo-, hasta alcanzar las ocho entregas, de un texto que sobrepasa ya las 100 páginas.

Retomando la idea original, quisiera publicar ahora, como parte de este Epílogo, el texto sobre Lin Yutang que motivó en parte, esta serie de escritos.


LA RESIDENCIA DE LIN YUTANG REFLEJA LA GRANDEZA Y LA POPULARIDAD

Una visita a la casa del hombre que con su ingenio acercó China al Occidente

Por Matthew Robertson – La Gran Época
Mie, 14 Ene 2009 


TAIPEI - Cualquier persona que hable mandarín acabará utilizando al menos una de las palabras inventadas por el gigante de la cultura, Lin Yutang. En la casa de la montaña, se pueden ver aspectos que dan juego a revelaciones interiores de la vida del hombre que se dice que ha hecho más que nadie para acercar China a Occidente.


Al ser de diseño propio, la casa es una agradable mezcla de arquitectura china y española, con un patio de columnas de estilo español y un estanque de estilo chino compuesto de piedras y bambú. Se dice que Lin fue muy cuidadoso en la disposición y colocación de las rocas, bambúes, helechos y peces, y que a menudo, pasaba horas en el estanque mirándolo y reflexionando. La casa está ubicada cerca de la montaña Yangming, una reserva natural en las afueras de la ciudad de Taipei. Actualmente, se encuentra allí su tumba debajo del balcón de su antiguo salón convertido ahora en una Cafetería.


Numerosos visitantes, tanto locales como extranjeros, se pasean ahora por la antigua casa que se sigue manteniendo intacta como hace treinta años. El jardinero, Wang Jinmu, ya cumplió los 72 y al igual que entonces, continúa trepando los árboles y cortando las ramas rebeldes. Su afición al tabaco también ha perdurado en el tiempo; Lin, se sentiría satisfecho al verlo.


Lin fue un infame e inveterado consumidor de tabaco, hasta su muerte. En la casa hay detalles que inmediatamente hacen percatar al visitante del hábito de fumar de Lin. Así por ejemplo, en la habitación sólo hay una cama individual. En sus últimos años, él y su esposa dormían separados pero no porque hubiera una discordia matrimonial, sino por el insaciable apetito de Lin por la nicotina, y su abrupta manera de despertarse a medianoche y tomar un lápiz y una libreta y apuntar sus pensamientos o bromas, mientras echaba bocanadas a una pesada pipa.


En el cuarto de estar, se pueden ver las reliquias de su hábito a través de una vitrina donde se expone su recolección de latas de tabaco y ceniceros. En su escritorio, el cenicero ocupa un lugar destacado, que más tarde, también lo utilizaría para los cacahuetes, dulces y carne seca. Se dice, que a menudo se reclinaba en su silla de cuero, abría el segundo cajón de su escritorio y ponía allí sus pies para descansar, mientras se comía un dulce o saboreaba el humo de su tabaco, contemplando así nuevas ideas para sus libros o invenciones.


Aunque menos conocido esto último, sus invenciones, en particular la máquina de escribir china, tuvieron un gran impacto en su vida. Vitrinas en su estudio muestran imágenes, giros, recortes de periódicos y un modelo de esta invención.


Su idea de la máquina de escribir obsesionó a Lin durante décadas. Se encontró casi en bancarrota después de haber invertido más de $100.000 e incontables horas en el proyecto; el orador terminó finalmente su obra en 1946. Para llevarlo a cabo, Lin tuvo que inventar una forma completamente nueva de la categorización de los caracteres chinos, para realizar una máquina de escribir con el método tradicional de la utilización de cualquiera de los “radicales” (pequeños componentes que forman los caracteres), o trazo, hubiera sido imposible.


Al final, la patente nunca fue sometida a la producción comercial. Su culminación llegó en plena guerra civil china y eran tiempos de incertidumbre que dificultaban e impedían encontrar un mercado para la invención.

Una anécdota con su hijo resume el enfoque de Lin sobre el proyecto. Ellos estaban sentados en un taxi y Lin jugaba con una maqueta de cartón del teclado. Comentó que el quid del problema estaba allí, y que los problemas técnicos eran en gran parte insignificantes. Su hijo le preguntó si al final había alguna necesidad de pasar por tantos problemas en la construcción del modelo. Después de una pausa, Lin susurró de nuevo, "Supongo que podría haber... pero no me puedo contener a mí mismo. Tengo que hacer una verdadera máquina de escribir. Nunca soñé que costaría tanto”.

Si bien la búsqueda tenaz de su máquina de escribir era una de las más conocidas excentricidades de Lin, no era en sí la única. En la esquina de la habitación cuelga un traje chino de una sola pieza hecho a mano, donde cuelga una nota que dice: "El atuendo preferido del maestro era el largo vestido chino con un par de zapatos de cuero estilo occidental. No le gustaban los trajes occidentales, que a su juicio eran incómodos e inhumanos”.


Profundamente en deuda después del proyecto de la máquina de escribir, Lin y su esposa emigraron a Francia, donde escribió una vez más para sobrevivir. A lo largo de los treinta años de carrera como escritor, Lin publicó decenas de libros; varios de ellos pasaron a engrosar directamente las listas de best-seller de la prensa occidental. Innumerables lectores se han deleitado con sus escritos y han aprendido no sólo acerca de la psicología china, sino también, de la filosofía y el estilo de vida, con reflexiones sobre su amplia experiencia en el Occidente.


Chen Yi-yen, actual representante de la Colección en la Casa de Lin Yutang, en una entrevista telefónica con La Gran Época, explicó algunos aspectos del carácter de Lin: "Su inglés es claro, lúdico y humorístico. Sus trabajos son excelentes para que la gente de Taiwán pueda estudiar inglés, porque su inglés es excelente, su significado es siempre claro, y los lectores no se encontrarán con dificultades de comprensión. Lin Yutang, no sólo fue un escritor, sino también filósofo, artista, lingüista e inventor. La humildad era un rasgo de su personalidad. Como cristiano, Lin solía decir: "Si hay algo en el mundo humano a lo que debemos dar especial atención, no es a la religión, ni al aprendizaje, sino a la comida!". Esta simple mezcla de ingenio y de filosofía, dice Chen, es un ejemplo clásico del carácter de Lin Yutang.


En el caso de que esto traiga una sonrisa a su cara, piense en la palabra china para el humor, la transliteración de Lin pronunciado you mo (幽默), la que aún se utiliza hoy en día. 

 Tomado de La Gran Época.


martes, 8 de noviembre de 2016

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 552)

LA IMPORTANCIA DE LA CASA, SEGÚN LIN YUTANG (VII)

En el llano, del desierto seco y polvoriento pasamos sin transición, con el “invierno”, al tremedal y el estero. Los llanos bajos se inundan en época de lluvias y la fauna de los grandes ríos aprovecha para ingresar a estas sabanas inundadas. Al caracterizar las aguas estancadas, Bachelard dice, hablando de Edgar Alan Poe, que el contemplarlas es desanimarse, disolverse, morir. Recuerda el fenomenólogo de la imaginación, que para Heráclito “el oscuro”, el agua era la muerte misma. Baco (Dioniso) es llamado el señor de todas las humedades, y, para Heráclito, Dioniso es otro nombre de Hades.

Sobre este tipo de agua “muerta”, Enrique Bernardo Núñez escribió: “Desdeñaba al pasar el agua verde, fangosa, dormida entre la vegetación, agua redonda que centellea en la espesura como ojo de fiera en acecho.” (La galera de Tiberio). Un poeta chino de la dinastía Tang, Chan Jian (Ch’ang Chien), escribió estos versos: “Una diminuta barca que se deslizaba / a través del lago / impulsada, como el humano destino, sobre / Un mundo de ocultos peligros.”


Pero la muerte que prefiguran las aguas estancadas en el llano tiene un simbolismo redoblado por la naturaleza atroz que pulula en los esteros y caños: caimanes y babas, anacondas, sierpes venenosas, pirañas (¡caribes!), tembladores y rayas, infectan las aguas cenagosas. Leemos en Doña Bárbara:

“Ya el estero está lleno, porque el invierno se ha metido con fuerza. Un día asoma a flor de agua la trompa negra de una baba. Ya aparecerán también los caimanes, pues los caños se están llenando de prisa, y en la llanura por todas partes se va a todas partes. Los caimanes también vienen desde lejos, del Orinoco muchos de ellos; pero nada cuentan, porque todo el día se lo pasan durmiendo o haciéndose los dormidos. Y mejor es que se estén callados. No podrían contar sino crímenes. […]
 Con el alba comienza la recolecta. Los recogedores salen en curiaras, pero terminan echándose al agua, y con ella a la cintura, entre babas y caimanes, rayas, tembladores y caribes, desafían la muerte gritando o cantando, porque el llanero nunca trabaja en silencio. Si no grita, canta.” 
Y en otro libro interesante, Llanos: tierras brutales, de la francesa Jeaninne Fiasson:

“Tierras brutales, en donde los juegos consisten en el dominio de toros salvajes, atados a la cola de los caballos, tierras de hombres solos en donde se intercambian apuestas insensatas, a golpe de machete, alrededor de gallos que manan sangre de los combates. Tierras de contrastes en donde los jinetes que doman sus caballos atraviesan a nado los ríos al lado de su montura, espantada por los caimanes, los caribes, las rayas y los tembladores; ¡que luchan con una lanza contra un jaguar, que voltean al toro, acostándose sobre él para desequilibrarlo y que tiemblan frente a un fuego fatuo que corre sobre las hojas podridas del suelo del bosque!”

Pero estas aguas fangosas tienen un poder aún más letal que su terrible fauna: la plaga, la fiebre. El paludismo y la fiebre amarilla, entre otras pandemias, configuran la terrible arma biológica del llano en contra de la humanidad.

“¡Llueve, llueve, llueve! Y se desbordan los caños, y se inundan los esteros, y empiezan a caer los hombres, fulminados por la «calentura», tiritando de frío, castañeteando los dientes, y se ponen pálidos y se van volviendo verdes, y empiezan a nacerle cruces al cementerio de Altamira, que es apenas un pequeño rectángulo cercado de alambre de púas en medio de la sabana, porque al llanero, hasta después de muerto, le basta con estar en medio de su sabana.” (Doña Bárbara).

Otra polaridad complementaria señala Bachelard, que puede servir para entender la estepa sudamericana y a sus habitantes: lo húmedo y lo caliente. Su mezcla, la humedad caliente, según algunas cosmogonías, anima la tierra inerte y hace surgir la vida. El calor seco del verano es propio del colérico, según la teoría antigua de los humores. Mientras que el calor húmedo favorece al sanguíneo. En estos dos humores encontramos esbozados las polaridades del temperamento exterior del llanero; aquel que recubre el fondo oscuro del melancólico, del hombre del elemento tierra y la bilis negra.


Es obvio, por lo antes descrito, que la polaridad “sequedad caliente” y “humedad caliente” se da en forma demasiado extrema en el llano colombo-venezolano. De manera que un exceso de vitalidad, de naturaleza ponzoñosa y letal, anima en demasía la llanura inerte y reseca, una vez llegadas las lluvias. Una humedad caliente que parece resucitar al “mundo perdido”, el reino de los anfibios, los reptiles arcaicos y los pantanos de los períodos carbonífero y pérmico (paleozoico). Del que surge no el aliento vivificador que los chinos ven en todas las cosas animadas y en las mutaciones cíclicas del cosmos, sino un aliento de muerte, pestífero, exterminador.

O. V. de L. Milosz escribe que estamos hechos de arcilla y de lágrimas –recuerda Bachelard: “Un déficit de penas y de lágrimas y el hombre es seco, pobre, maldito. Demasiadas lágrimas, falta de coraje y de rigidez en la arcilla da otra miseria: ‘Hombre de arcilla, las lágrimas han ahogado tu cerebro. Las palabras sin sal corren por tu boca como el agua tibia.’”

Bachelard también señala un punto importante sobre el barro y la arcilla, la pasta, la unión de la tierra y el agua. Esta pasta es un esquema perceptual fundamental del materialismo, pues la pasta “libera nuestra intuición  de la preocupación por las formas”. Este barro llanero, tan presente en El hombre y su verde caballo, quizá haya aportado un materialismo primigenio y telúrico al ser del llanero que lo preservó de lo que Rafael Argullol llama la mayor herida recibida por la consciencia humana, causada al concebirse abstractamente un Dios infinito y omnipresente como la vastedad del desierto, inimaginable e irrepresentable, tal como le ocurrió al pueblo judío. Pueblo que se define por la religión monoteísta que profesa. Tengamos en cuenta que en la América pre-colombina, los guaraníes, habitantes del chaco y del norte de la región pampeana, habían caído, conducidos por “profetas”, en una agitación migratoria, parecida a la búsqueda judía de la “tierra prometida”. El llanero, más cercano a la migración belicista y rapaz de caribes y conquistadores, no tendrá en la religión una motivación para levantarse en armas y cabalgar en pos de tropelías, violaciones y saqueos.

“Los dos hermanos trabajaban en organizar un ejército, recogiendo a los descontentos, enviando emisarios bien provistos de patrióticas mentiras para el pueblo y de promesas de saqueo para los llaneros salvajes.” (J. Conrad. Nostromo)

Pudiéramos hablar del paisaje como la “madre-paisaje”. Por eso Lezama habla del paisaje americano como un espacio gnóstico que “esperaba una fecundación vegetativa, […], esperaba que la gracia le aportase una temperatura adecuada, para la recepción de los corpúsculos generatrices.” (Sumas críticas del americano).

La misma naturaleza es maternal, de ahí la expresión “Madre Naturaleza”. De sus elementos constitutivos, el agua es el más femenino y maternal, al punto que Bachelard señala que el agua es el único elemento que acuna.

La triple Diosa o Diosa Madre neolítica, tiene tres representaciones: la madre, la doncella o virgen, y la vieja (muerte). Ella es más cruel y generosa que todos los dioses patriarcales que históricamente superpusieron sus cultos a los de la Diosa.

Venus Neolítica

Es evidente que María Lionza pertenece a un culto de la doncella tipo Artemisa, diosa de las tierras vírgenes y de la naturaleza salvaje. Su apellido, león-onza, es bien específico al respecto y se la representa cabalgando una danta (en otros relatos, cabalga una onza). De Artemisa se decía que era “señora de los animales”. Su nombre, María, enfatiza los aspectos virginales. A su vez, Artemisa era triple, como en la mitología griega, donde junto con Selene (celeste) y Hécate (inframundo), forman la trinidad lunar.

Sabemos por el mito de Acteón, lo cruel que puede ser Artemisa. Acteón la vio desnuda por casualidad, y la diosa, ofendida, lo transformó en ciervo y lo hizo devorar por sus propios perros. Artemisa aparece también en el mito de Ifigenia. Agamenón mató un ciervo sagrado y, en castigo, Artemisa calmó los vientos que iban a llevar a la flota griega a Troya. Para apaciguarla, Agamenón sólo podía hacer una cosa: sacrificar a su hija Ifigenia. Se dice que Artemisa sustituyó a Ifigenia por una cierva, y se la llevó a Táuride, en Crimea, para que fuera su sacerdotisa. Esta filiación entre Artemisa (María Lionza) e Ifigenia (María Eugenia Alonso) pudiera ayudar a establecer esas conexiones entre esas imágenes caras al inconsciente colectivo nacional, entre la atávica Doña Bárbara y la moderna María Eugenia Alonso. Tomemos en cuenta que según el mito, María Lionza también era una niña que iba a ser sacrificada al dios de las aguas, el Gran Anaconda.

Artemisa representa una autonomía con respecto al mundo de los hombres, y hasta una actitud de frontal rechazo respecto a éstos. Por otro lado, la Triple Diosa como diosa de la fertilidad, la agricultura y la maternidad (Deméter, por ejemplo), está fuertemente encontrada con nuestro ser histórico nacional, según leemos en el ensayo “El miedo”, de María Margarita López.

Si la naturaleza maternal, como el agua del paisaje llanero, está estancada o, como a principios de la temporada de lluvia, baja en torrentes y crecidas que barren con todo, comprendemos que ese aspecto se halle debilitado en nuestro imaginario. Ambos tipos de aguas, muy peligrosas, abismales, como dirían los chinos, no pueden concebirse como susceptibles de acunar a nadie. El estancamiento cenagoso tendría que ver con la imagen de la muerte, como ya hemos indicado. La fuerza de las crecidas, con el poder destructor de la naturaleza.

En el mito vernáculo, María Lionza se hace diosa de las aguas (manantiales, lagunas, arroyos, ríos), porque su consorte místico, el dios de las aguas -Gran Anaconda-, crece a tal punto que estalla provocando una gran inundación, al intentar el padre de la doncella separarles.


Las aguas estancadas reforzarían lo que dijo el psicoanalista Rafael López Pedraza, de que el psiquismo del indio (del indio interior que todos los americanos, mestizos o no, llevamos en nuestro inconsciente) es un inmovilizador del alma, del desarrollo del psiquismo. Ese estancamiento sería concomitante con el silencio del indio: “El silencio del indio es un estado del alma. Un estado del alma que duraba siglos”, escribe Enrique Bernardo Núñez en La galera de Tiberio.

A ese estancamiento vegetativo y ponzoñoso del estero inundado, se le contrapone el agua de la crecida y el torrente que irrumpe con el sonido de un trueno. Siguiendo a Bachelard al referirse a las investigaciones sobre mitología de Charles Ploix, está característica del enfado y el poder de la Triple Diosa, es usurpado por un dios patriarcal celeste (del cielo nublado, encapotado): Poseidón (Neptuno). Este sería el “dios de las aguas dulces” y de la vegetación, primeramente, antes que de los océanos.* También, por ende, es un dios de la lluvia y de los nubarrones. También es el dios de las fuentes, su parte masculina.

Poseidón es, arquetipalmente hablando, un dios de los instintos básicos, de las emociones más elementales, viscerales. Su fuerza destructora puede arrasar con todo, y no deja nada incólume al pasar, incluyendo a las mujeres. Se le considera un dios pasional, regido por el cerebro reptil. Es turbulento, agitado, vengativo y rencoroso. Tiene muy poco contacto con lo femenino o Yin. La ira y la rabia (voluntad de dominio), son las emociones que privilegia. Por ende, le atrae el poder. Es exuberantemente fálico (tridente) y promiscuo. Sus símbolos son el caballo (la parte inferior del centauro) y el agua que cae o corre, o se mueve, es decir, la energía del agua. También es el dios de los terremotos, seguramente por asociación con el trueno que hace temblar la tierra (como dice el I Ching) y con el tronar de las crecidas torrenciales. También se le asocia con trastornos psíquicos, como la epilepsia.

Por esa energía bestial de Poseidón, en la mitología griega este dios es responsable de varias violaciones. Una de ellas es la de Deméter, quien huyó de él transformándose en yegua, pero el dios la forzó convertido en caballo. El resultado de esta unión forzosa fue Arión, un caballo que hablaba. También violó a Medusa en un templo consagrado a Atenea, y por ello la Diosa Atenea la convirtió en monstruo. Un hijo de Poseidón es el cíclope Polifemo.


Ahora veamos algunas resonancias históricas. Herrera Luque señala que nuestro mestizaje comienza con la violación masiva que de las mujeres indígenas capturadas hicieron los conquistadores españoles. También señala que éstas quedaron atrapadas por la sexualidad de los españoles, que les gustó, cosa que muchos consideran una contradicción. Pero éstos no han tomado en cuenta psicopatologías como el síndrome de Estocolmo, donde la víctima de rapto y violación desarrollan una fuerte afectividad por sus captores y violadores.

Tomemos en cuenta otro hecho acaecido en la Venezuela precolombina: los pueblos de lengua arawak (arahuacos) que habitaban el territorio en tiempos del descubrimiento de América, sufrieron la embestida de los caribes que venían del sur, los cuales practicaban la exogamia. En el caso de los arahuacos, los caribes practicaron la exogamia forzada, matando a los hombres arahuacos y quedándose con sus mujeres. El lenguaje de muchas etnias arawak sobrevivió porque a la llegada de los conquistadores, había mujeres de los caribes que todavía lo hablaban. Se considera que los pueblos arawak eran culturalmente más avanzados que los caribes, los cuales, además de su legendaria ferocidad, ni siquiera habitaban en poblados que pudieran llamarse tales. Carlos Fuentes dice que ante la manía de idealizar a todos los indígenas americanos, hay que recordar el comportamiento extremadamente cruel de naciones como los aztecas con sus pueblos vecinos, o, en nuestro caso, el de los caribes con otras etnias indígenas.

Lo cierto es que las madres ancestrales del mestizaje nacional, sufrieron secuestro y violación. Y luego, sin muchas opciones respecto a sus captores, hicieron familia con estos. Lo cual las hizo víctimas, además, de la acusación de malinchismo (de la Malinche, mujer indígena de Hernán Cortés), en el sentido de traicionar a los suyos y preferir a los invasores extranjeros. Algo muy parecido debió ocurrir con las mujeres africanas traídas como esclavas.

Esto debe haber creado, en nuestra psique colectiva, una extrema polaridad antagónica entre nuestros aspectos Yin y Yang, masculino y femenino, lo celeste y lo terrestre, el fuego y el agua (etc.). Los cuales, al decir de los chinos, deberían ser dinámicamente equilibrados, armónicos y complementarios, desde el punto de vista de una cultura sana. Se trataría, entre otras cosas, de un típico síndrome colonial, donde la cultura (el alma de la nación), se encuentra todavía escindida y en conflicto perenne. La sexualidad machista nos da un buen ejemplo de ello, con su afán de posesión –que provendría de la parte que se identifica con los conquistadores-, y el resentimiento hacia la mujer, que vendría de la parte nativa.

La Malinche: Doña Marina

El machismo es una de las taras más profundas que padecemos como pueblo. Como podemos conjeturar, nuestro machismo es altamente “poseidónico”, “neptuniano”. Recordemos que muchos de los episodios de sexualidad de Poseidón se dan en transformaciones animales, y aparte de la conocida práctica de la zoofilia llanera,** esto nos indica, como imagen implícita, la regresión cultural y el comercio constante entre lo humano y lo salvaje. Debido a esto, el amor entre hombre y mujer se ve constreñido a la necesidad de la posesión, y la sexualidad, a la mera genitalidad y el acto de la penetración. Desde este núcleo referencial, se proyecta sobre el cosmos humano y natural esta sexualidad primigenia. En su libro Llanos: tierras brutales, Jeaninne Fiasson relata una anécdota de hasta dónde puede llegar ese complejo psicopatológico popular:

“El viejo Salustiano había sido designado para destruir las hormigas parasol, las fieras bachacas. Estos insectos depredadores salen sólo de noche. En el pesado calor del día permanecen encerrados en sus grutas, pulverizando el follaje arrancado y transportado la noche precedente, formando un tapis, un humus, sobre el cual se forman hongos microscópicos que se desarrollarán y formarán la base de su alimento. Estas hormigas atacan preferentemente los brotes tiernos de los arbustos, haciendo ilusoria toda tentativa de plantación, y reforestación, principalmente.
 Cada mañana Salustiano parte en su expedición, bidón de sulfuro de carbono en una mano y mechero en la otra. Esto viene pasando con normalidad hasta que, lástima, sobre las bachacas también existe una leyenda. Ya en el siglo XVI los habitantes de una isla del Caribe, aconsejados por los monjes, habían escogido a San Saturnino como abogado contra las hormigas parasol. Un día Salustiano se presenta apenado, avergonzado: Mira Doltol, mira Doltol, repite. Yo no puedo continuar con este trabajo. Las mujeres se burlan de mí. Y por qué, pregunta Raymond: Mira Doltol, más apenado aún, se dice que el que mata las bachacas no es más un macho. ¡Vamos! ¿La virilidad está ligada a la vida de las hormigas? ¿Qué hacer? Raymond designa a un muchacho de 15 años en lugar de Salustiano. A la mañana siguiente, la madre del muchacho, ofendida, llega a reprocharle al doctor de querer privar al desdichado muchacho de toda descendencia.”

EL machismo se ve reforzado por el marianismo católico, el cual hace irreconciliables maternidad y sexo. El estereotipo aceptado de la mujer, es la virginidad de la doncella, y luego, la abnegación, la humildad y sacrificio de la madre. Estas virtudes dan una especie de superioridad moral a la mujer sobre el hombre machista, moralmente dudoso, pero al mismo tiempo la ata a los valores patriarcales más retrógrados, impidiendo que la mujer pueda verse y realizarse de otras maneras.

El machismo trae aparejado el temor a lo femenino exterior (las mujeres, la civilización, los símbolos femeninos), pero sobre todo, interior, por ende, es altamente homofóbico. De allí su exageración de todos los aspectos más bastos y bestiales de la sexualidad masculina, caricaturizando y pervirtiendo cualquier posible virtud varonil y viril. Ese temor a la propia feminidad y a la homosexualidad a la que se asocia sintomáticamente, en el hombre machista, proviene de una inseguridad basal, de una desconexión radical con las imágenes arquetipales donde se fundan la masculinidad y la virilidad integrales, la hombría de bien.

Sin embargo, el machismo es, sobre todo, producto de una venganza solapada de las mujeres contra los hombres, o, por lo menos, de una especie de crianza degradada de los varones, con la cual la mujer espera protegerse en alguna medida de las inconveniencias del patriarcalismo: la familia matricentrada, típica de nuestros países. Esta representa la otra cara, y la raíz de una sociedad de valores ortodoxos patriarcales y machistas.

La familia matricentrada es aquella donde la mujer cría a los hijos, sin una figura paterna que sea estable. La madre puede tener varias parejas, pero ninguna de éstas tendrá un peso relevante como figura masculina en la familia. Durante la crianza, esta figura paternal recae en los tíos maternos, casi siempre. La relación afectiva principal de este tipo de familia, es entre la madre y el hijo. La madre enseña al hijo las conductas machistas (promiscuidad, irresponsabilidad paternal, etc.), para que el único vínculo afectivo importante de la vida de su hijo sea con ella. Sin contraparte masculina en el centro familiar, la madre también hace de figura masculina sombría, dado que su visión del hombre es muy exagerada y distorsionada (machista), y esta imagen grotesca es la que termina enseñando a sus hijos varones (consciente o inconscientemente). Esto funciona como una especie de castración simbólica, que hace al hombre totalmente inepto para la intimidad verdadera y para establecer lazos afectivos duraderos con el sexo opuesto. No nos extrañe entonces la afirmación de Fiasson: “el llano, tierra de hombres solos”.

La madre en nuestros países es santificada por el hombre machista, pero en nuestro lado sombra (donde ocultamos lo que no queremos ver ni dejar ver de nosotros mismos) se le guarda un sordo rencor. Al no poder ser llevado a la consciencia sin conflicto, se proyecta ese resentimiento sobre las otras mujeres, la naturaleza y los símbolos de la femineidad.

Ese resentimiento de nuestra alma “nativa”, ese deseo autodestructivo y fratricida de venganza por la propia condición, también está en el núcleo de las pulsiones populistas homofóbicas, xenófobas y anti culturales (völkish) que se encontraban adormecidas –macerándose- durante nuestra colonia, pero que una vez despertadas por las guerras de independencia, no ha cesado de aparecer atávicamente en nuestra historia. Desde Boves y la “guerra a muerte” hasta las revoluciones de último cuño, pasando por las olvidadas tropelías de nuestras guerras civiles, todas llevan la marca de la maldición de Caín, de los “cien años – o más- de soledad”, de los ciclos de venganzas irredentas, que, como la peste que describe Camus, con cada generación, levanta sus ratas y las lleva a morir en medio de una ciudad dichosa. Este sordo rencor está siempre a la espera de que un Poseidón –caudillo virulento, un taita o un “gran anaconda”- irrumpan en la historia para levantar a las vengativas hordas esteparias. El “mar estéril” donde aró Bolívar es ese resentimiento compulsivo y los torbellinos de odio que solivianta. Basta una gota de odio para contaminar un mar de amor, se ha dicho.


Nuestra historia es el intercambio estanco entre víctimas y victimarios, atrapados todos por un destino trágico, como los héroes caídos de la tragedia griega. Los Luzardos se transfiguran en Barqueros y las Marías Eugenias Alonsos en Doñas Bárbaras; los libertadores se truecan en déspotas y los demócratas en dictadores. Condenados sempiternamente a repetir crímenes y a deambular cegados, como Edipo en su destierro, sin modos reales de liberarnos de las violentas compulsiones reiterativas que se han enseñoreado de nuestro ser y hacer. Tratando de olvidar que sabemos con seguridad lo que pasará cuando el destino nos alcance.

Como sabían los antiguos griegos, la venganza es una implacable sentencia que recibe el hombre de hoy y también sus descendientes, por generaciones. Todos compelidos atávicamente a cobrar deudas de sangre (reales y simbólicas), que por ser inconmensurables, son también impagables, de modo que estamos condenamos todos a la desmesura, cosa peor y mucho más terrible que todos los pecados y maldiciones heredados. En eso consiste nuestra deuda endógena, y nuestra tragedia humana.

Bernardo Núñez relata una historia de Von Humboldt:

“Humboldt refiere […] la de la madre que da nombre a una piedra en medio del Atabapo. La piedra de la madre o la guahíba. La madre que separada de sus hijos por una de aquellas expediciones llamadas de conquista espiritual o conquista de almas, atraviesa distancias inmensas cubiertas de selva, a fin de rescatarlos. Para castigar su intento la condenan a ser azotada con varas de manatí sobre aquella roca. Piedra realmente simbólica. La historia de Venezuela tiene ese mismo sentido de maternal heroísmo”. (E. B. Núñez. Juicios sobre la historia de Venezuela).

La sombra de esta narración la encontramos en la leyenda de la Llorona, que está extendida por toda Latinoamérica. En Venezuela, la leyenda dice que el espanto nace cuando una mujer abandonada por su marido, mata a su hija, razón por la cual fue maldecida. Convertida en ser sobrenatural, llama constantemente a su hija, robando a los niños que deambulan solos, especialmente a orillas de quebradas y ríos. Se trata de un espanto que al perder su futuro (su hija), se condena a quitárselo a los demás. Las filiaciones de este mito con el de Deméter y con deidades femeninas acuáticas de diverso origen, es notorio.

En otras versiones se dice que simplemente daba a luz y enseguida mataba a sus hijos. Esto nos hace recordar a las guerreras amazonas, que mataban a sus hijos varones apenas nacían. Una vez que sintió el instinto maternal, esta Llorona enloqueció de dolor, y comenzó a vagar por los campos buscando a sus hijos y asustando a cuanta persona se le atraviese.

Una variante de esta leyenda es la Sayona, quien mató a sus hijos ahogándolos en un río, porque su marido le era infiel. Por eso su alma siempre ronda los ríos, llamando a su progenie. La Sayona sólo se le aparece a los hombres infieles y parranderos, a los cuales vuelve locos o asesina.

Según los estudiosos, existen muchas deidades prehispánicas detrás de la leyenda de la Llorona, todas relacionadas con el inframundo, el pecado y la lujuria. Una que llama mucho la atención es Cihuacóalt, diosa azteca de la tierra, la fertilidad y los partos. También era guerrera y madre de dioses y hombres. Se le representaba como un ser mitad mujer, mitad serpiente, y una de sus leyendas refiere que salía del lago Texcoco llorando por sus hijos, lo cual representaba un presagio de la caída de su pueblo en manos de los conquistadores.

En México se relaciona a la Llorona con la Malinche, doña Marina, quien, convertida en espanto, vuelve llorando por su desgracia (abandonada por Cortés), su traición y sus amores con el conquistador.

La Triple Diosa Madre ha quedado reducida así, a través de estas leyendas, a sus aspectos de Vieja (muerte), o de hechicera del inframundo (Hécate, “reina de los fantasmas”). A estas alturas no nos extrañe que Hécate esté relacionada con los mitos de Ifigenia, y que actúe como vengadora sólo de mujeres heridas. Hécate era la madre (según algunas versiones del mito) de Medea, quien también era su sacerdotisa. Medea, abandonada por Jasón -quien junto con los argonautas obtuvo el Vellocino de Oro (un descendiente de Poseidón en una de sus transformaciones animales) gracias a las brujerías de Medea-, asesina a sus dos hijos, enloquecida por los celos.

Doña Bárbara no es sino una encarnación de todos estos mitos que giran sobre los mismos temas sombríos: amor traicionado, amor-odio por los hijos, resentimiento, feminidad ligada a las aguas, la naturaleza salvaje y las sierpes, deidades femeninas del inframundo, aspectos de víctima y victimario desdoblados en una misma persona, ciclos de venganza no resueltos, pecados heredados y conflicto entre los sexos (en la sociedad y su cultura, y en cada alma).

Una última acotación. Los estudiosos de las mitologías prehispánicas ven una relación entre Yara (María Lionza) y Uyara (o Waiyara), deidad de los tupis del Brasil (originarios de la región amazónica). Uyara en un principio era dulce, pero luego, aquejada de melancolía, se dedicó a atraer a los hombres, satisfacer su lujuria y desecharlos. Se la caracteriza como una “devoradora de hombres”, cuya pulsión dominante es la lujuria. Existen otras afinidades entre la mitología de los pueblos amazónicos y sus deidades de la naturaleza, como el dios Caapora (Cúpira o Kurupira), “dueño de los animales”, que tiene por ayudante a una serpiente de fuego, y cabalga sobre jabalíes, dantas y jaguares, siendo que en muchas regiones es suplantado por su esposa Kaicara.

Según Jung y Kerenyi, la Gran Madre siempre es virginal, además de su aspecto de doncella, puesto que esto simboliza su poder fertilizador independiente de los hombres. Pero, además, también aparece como seductora, especialmente en sus aspectos relacionados con el inframundo, como la famosa hechicera Circe (tía de Medea), de la Odisea homérica. Estos aspectos, unificados en la Gran Madre (así como su generosidad y crueldad), se encuentran separados maniqueamente por nuestros complejos históricos coloniales, apuntalados por el marianismo.

Es más que evidente que Doña Bárbara es la personificación sombría, siniestra, de la Gran Madre en sus imaginarios autóctonos (indígenas y europeos acriollados). Por ende, también simboliza el desencuentro entre el hombre que quiere habitar la llanura (por extensión el país) y el paisaje.

A todo esto se aúna nuestra modernidad. Para Robert Graves, la poesía nació como un lenguaje mágico-religioso vinculado a la Gran Diosa Madre, la cual, con el devenir del tiempo se transformaría en Mnemosyne, la deidad del memorar y la Musa de la poesía. Si nuestro mundo es impoético (Heidegger), lo es en gran medida por el olvido y la violación sacrílega de la Gran Madre, y todo lo que ella simboliza: la naturaleza silvestre y también el cultivo, la cultura, sobre todo en aquello que de delicado tejido y sabor femenino tiene: de maternidad y hogar. También esto pesa sobre el paisaje:

“Después del señor barroco, bien instalado en el centro de su disfrute, el paisaje recobra su imantación más poderosa y demoniaca. El hombre desplazado de su centro, vuelve a él aunque su paisaje se muestre irreconciliable, ya para siempre lejano.” (Lezama Lima. Ob. Cit.).


Notas:
*El Okeanos primordial no sería el mar, sino el Potamos, el reservorio de agua dulce situado en los confines del mundo.
**En la expresión “se le moja la canoa”, que indica sospecha de homosexualidad, el agua es el elemento transformador, pues al entrar en la canoa la “voltea”. Sobre la zoofilia: he escuchado a llaneros que afirman que el sexo con burras es muy superior al sexo con mujeres.