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martes, 4 de junio de 2019

ARTÍCULO (Magazine No. 603)


¿POR QUÉ LEEMOS POESÍA EN LAS CLASES DE TAIJI-QIGONG?
(III)

Poesía y Arte Marcial Chino

“No hay árbol de la iluminación
No hay tampoco un espejo claro en el estante
Originalmente todo es vacío
Entonces ¿dónde se posan las partículas de polvo?”
Huineng

Como ya se dijo en el apartado anterior, poco entendemos a las artes marciales chinas (Kungfu/Wushu) si se les separa del contexto cultural de la China tradicional, en el cual la poesía cumplía un papel determinante. Desde el punto de vista del pensamiento tradicional chino, las artes marciales chinas constituyen poéticas del combate.

Para poder comprender la anterior aseveración, hay que pensar en el significado de “arte” antes de la creación de la “estética” y de las “bellas artes”, nociones que se desarrollan a partir del advenimiento de la Edad Moderna europea. (1) Hasta tiempos relativamente recientes, en el Oriente se manejaba la noción pre-moderna de “arte”, cosa que comenzaría a cambiar bajo la influencia de la modernidad europea.

En Japón, por ejemplo, el arte del arreglo floral (Ikebana / Kadō) o la Ceremonia del Té (Chadō) son disciplinas artísticas al mismo nivel de la pintura y la poesía. Todas estas pertenecen por derecho propio al “Camino del arte”: Geidō (2)


Ikebana

“Arte” viene del latín Ars: trabajo que exige creatividad y dedicación. Proviene a su vez de la raíz indoeuropea ar-: ajustar, colocar, hacer. Ars tiene relación con la palabra griega τέχνη (téchne), dado que los romanos traducían la segunda por la primera. Τέχνη proviene de la raíz indoeuropea teks-: tejer, fabricar. Téchne refiere a la destreza y habilidad para realizar un oficio. Los términos antiguos más apropiados serían las virtudes (areté: excelencia) y los dones necesarios para la maestría.

Cuando Ars y Téchne estuvieron cercanas, como palabras, a sus orígenes indoeuropeos, sus campos semánticos coincidieron en buena medida. Pero su evolución histórica las fue separando hasta hacerlas hoy casi antagónicas: Arte y Técnica.

Tanto Ars como Téchne apuntaban en sus orígenes a la habilidad en diversos campos, no sólo en el de la producción “estética”. Todavía resuena en nuestra lengua ese uso no restringido de las palabras arte y técnica, como cuando decimos “arte de la guerra” o “arte de la conversación”, y en el segundo caso, “técnica amatoria” o “técnica de baile”.

Τέχνη es el modo humano de realizar ποίησις (poiesis). Heidegger dirá de la poiesis que es la actividad de traer lo no-presente a lo presente, de tal manera que producir el ser (crear), es abrirlo a su “verdad”, alumbrarlo. La Phýsis (natura naturans) es fundamentalmente creación: nacer, hacer brotar, crecer (Physis: “lo que surge por sí mismo”). La palabra griega antigua téchne originariamente remite a ese “traer” o “alumbramiento” de la poiesis, de tal manera que señala un saber de tipo poético y, por ende, también un pensamiento poetizante, como el que caracteriza a Lao Tzé (Lao Zi) y a Heráclito de Éfeso, entre otros.

El arte como téchne y la Physis se corresponden o co-pertenecen de un modo misterioso, al decir de Heidegger. Esa co-pertenencia parece hacer referencia a la “luz”, en el alumbramiento o poiesis del ser. Pero Heidegger resalta que su co-pertenencia poiética se refiere a una “apertura” o des-ocultamiento del ser, que se aclara gracias a la luz, pero que no es traída ni configurada por ésta, puesto que la oscuridad también requiere de esa apertura. Los griegos llamaban A-létheia a ese dejar libre lo despejado, el ser como no-ocultamiento. Des-ocultamiento que (paradójico para nosotros pero no para gente que entendía los aparentes sentidos contrapuestos de palabras como phármakon) requiere siempre del ocultamiento. De ahí que Heidegger, en el texto ya señalado, cite estas palabras de Heráclito: “A lo que surge de sí mismo, le es propio el ocultarse”. Entonces, A-létheia: “desocultamiento en el ocultarse”.

Τέχνη, como saber, implicaba una visión capaz de captar en el presentarse del ente (poiesis), ese desocultamiento ocultante que encierra ofreciendo la verdad de lo creado (A-létheia). Ese destello del ser, ese borboteo inicial de sentido, es lo que recuerda el poeta-chamán de la Grecia arcaica, el maestro de verdad que memora aquello digno de ser recordado. Por ello, el poeta, y por extensión el artista, es por excelencia, el abanderado en la guardianía del ser, la misión primordial a que está destinada la humanidad.

El proceso de secularización que se iniciaría con el advenimiento de las póleis griegas fue separando las distintas artes de sus funciones rituales, haciéndolas proclives a discursos que postularán la unidad de las artes, así como a definir su separación de las “artesanías” (producciones que necesitaban menos saber y habilidad, y todavía ligadas a funciones prácticas cotidianas). En ese proceso el “don” (divino) comienza a perder sentido como cualidad indispensable para la producción artística. Y las “virtudes” (excelencias) se convierten en las habilidades técnicas que se pueden aprender a través de métodos adecuados. La diferencia entre la poiesis de physis y la de la téchne dará paso a la oposición entre la naturaleza y el artificio, lo cual se evidencia con mayor énfasis en el despliegue histórico del sentido constituyente del término latino Ars. Recordemos que la téchne originaria indicaba un saber humano, pero no desligado ni de lo sagrado ni de la naturaleza.

Por una paradoja del destino, la palabra derivada “técnica”, señala hoy un tipo de saber práctico de tipo mecánico, un método para la manipulación de los entes, signado por los imperativos de la eficacia y el rendimiento.

Ya con Platón, el discurso en prosa de la filosofía comienza a desplazar a la poesía del sitial central en la cultura griega clásica. Las “ideas” desplazan a las imágenes poéticas (y pictóricas), y así, los artistas terminan expulsados de la polis ideal, como se resuelve en La república. Con Aristóteles (Poética) comienza a esbozarse el discurso “estético” o saber sobre las artes, que ya en la Época Moderna dará pie, como discurso legitimador, a la institución del arte. Ya en la teoría aristotélica sobre el arte se esboza un discurso que neutraliza, reduce y depaupera el hecho artístico, el de la mímesis (todo arte imita la naturaleza), lo cual dice mucho sobre la busca real de toda “estética”, como parte constitutiva de la metafísica occidental. (3) De ese modo, la téchne paso de ser la poiesis privilegiada –como poesía- dado que daba cuenta del ser y el sentido en la gloria del ente, a ser un remedo de las entidades producidas por la naturaleza, como natura naturata (lo creado). Así, el arte es apartado de la creación (ser) y reducido a un mero artificio derivado, a re-presentar los entes, a la re-creación.

Griegos y chinos desarrollaron sus culturas en base a la noción artística de “armonía”. La armonía podía palparse de modo directo en la naturaleza, pero era en el arte donde alcanzaba sus cimas más elevadas.

Para los griegos antiguos, la cuerda tensada entre las puntas de un arco, templada por la tracción de las fuerzas opuestas, representaba la idea de armonía, pues era capaz de dar una nota musical, un sonido hermoso, transfigurándose así los antagonismos en arte. Para los chinos del orbe tradicional, según su cosmogonía taoísta, el universo estaba constituido por los infinitos avatares del Yin y del Yang. Es decir, las metamorfosis continuas y armónicas de las polaridades básicas complementarias. Armonía, en este pensamiento arcaico, significa la capacidad de resonancia de sentido del cosmos, en el cual lo desarmónico también tiene su lugar, encuentra “sentido”.

“Areté” (αρετή) significaba “virtud”, para los griegos antiguos, pero no en un sentido moralista, que es a lo que el cristianismo tiende a reducir esa noción, sino como “excelencia”. Era uno de las nociones claves en la paideia (παιδεια), la educación de la polis. La raíz etimológica de areté es la misma que la de αριστος (aristós, “mejor”), que designa el cumplimiento acabado del propósito o función.

“Te” (De), para los chinos de la antigüedad, también significa “virtud”. Pero tampoco significa “rectitud moral”, sino “virtualidad” natural (capacidades inherentes, potencialidades de ser), el Tao tal como se da en la vida real (corriente generatriz, fecundante); sería, según Allan Watts, la “notable naturalidad desinteresada y no codificada en el manejo de las cuestiones sociales y políticas”. Su campo semántico también contiene los significados de “calidad individual”, “fuerza interior” e “integridad”.

En el politeísmo antiguo, el “don” no sólo se refería al talento (capacidad) y la vocación innatas. El ámbito sagrado, y en especial el cielo como orbe de los divinos, guarda herméticamente la mitad del sentido de nuestra vida, de modo que ésta siempre tiene una mitad invisible e inaprensible para los mortales. El “don” era un regalo de los dioses a los hombres, porque el darlo a uno equivalía entregarlo a todos, el don siempre implica la entrega a los demás. A través del don, el hombre re-velaba un destello de lo invisible, de la mitad del destino sólo conocida por los inmortales, cuyo carácter inaccesible nos condena a la ser unilaterales, incompletos. A ese destello lo llamamos “sentido”. Heidegger dirá: “el poeta nombra lo sagrado”.

La areté como excelencia también significaba el cultivo de los dones de cada persona, de manera de ofrendarlos a los dioses, pues lo único que podían hacer lo hombres con el destino era embellecerlo, hacerlo armonioso, digno de admiración, y así cumplirlo a cabalidad. En ese hacerlo bello –re-velar el don en su más alto grado-, los mortales daban a los divinos el regalo de poder contemplar el destino humano como una totalidad armónica, plena de sentido. Esta ofrenda a los dioses que consistía en devolverles sus regalos (los dones) enriquecidos y madurados es concomitante a la “ofrenda a los muertos revertida” sobre la que escribiera Elías Canetti: el arte como el regalo que damos los mortales a quienes nos sucederán, a la humanidad venidera.

Por su parte, la palabra Gongfu (Kungfu: “habilidad refinada”), que ha sido conocida principalmente por las artes marciales chinas, pero que no es exclusivo de éstas, tiene que ver con ese cultivo del don al que hacíamos referencia al hablar del mundo griego arcaico. Refiere a lo que Beethoven expresó de la siguiente manera: “el genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación.”

El maestro Shi Yan Ming dice sobre el Gongfu (功夫):

“‘Gong fu’ también significa ‘desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche afila tu navaja’. Fíjate en las palabras chinas. Primero ‘gong’ (‘logro’ / ‘éxito’ / ): está hecha de dos partes. La parte izquierda también se pronuncia ‘gong’, como ‘gongzuo’, ‘trabajar’ (). El lado derecho es ‘li’ y significa ‘poder’ (). Si le quitas el pequeño trazo que sobresale en la punta te quedas con ‘dao’: ‘cuchillo’. El otro carácter ‘fu’ se usa en muchas palabras: ‘zhangfu’ ‘marido’, también ‘esposa’; ‘furen’, una forma muy tradicional y respetuosa de un hombre para llamar a su esposa. También los doctores son llamados ‘dafu’. Antes de la dinastía Qing, los guerreros y la gente que llegaba a pelear montaba caballos y usaban las artes marciales en contra de sus enemigos, en ese tiempo, si tú querías ser diferente tenias que tener el mejor gongfu, mira el carácter de ‘fu’ () es muy similar al carácter ‘tian’ (). ‘Tian’ significa ‘cielo’; la diferencia es un trazo pequeño que sobresale hasta arriba. (4) Significa que tienes que sobresalir, ir más allá, llegar a ser especial como si tu cabeza estuviera más arriba que el cielo. Se los cuernos de un toro. Un toro tiene millones de pelos, ¿quién quiere ser eso? Sé los cuernos, si no puedes ser los cuernos se las patas. Mucho poder o inclusive los ojos o la cola del toro, empuja hacia arriba, más alto.” (5)

En otras palabras, Gongfu significa cultivar las virtudes (Te / capacidades) de tal manera que superes al Cielo (los dones en bruto, sin pulir ni refinar). El maestro Shi Yan Ming completa la idea diciendo:

“No solamente la palabra gongfu tiene que ver con artes marciales; si sabes cómo cocinar, tu gongfu en la cocina es bueno. Si sabes cómo tocar un instrumento musical, tu gongfu musical es muy bueno, si sabes cómo escribir, tu gongfu literario es muy bueno. Alguien con un buen gongfu para escribir puede escribir de cabeza o inclusive de manera horizontal mientras camina. Puedes escribir ‘rosa es negro’ o ‘rojo es blanco’. Una pluma pequeña puede llegar a ser una navaja bien afilada. De tu boca puede salir un conocimiento fantástico para ayudar y enseñar a la gente, para ayudar al mundo y tener relaciones maravillosas con el mundo pero también puedes usar tu boca para decir cosas horribles y destruir gente, destruirte a ti mismo, destruir relaciones y al mundo. Tu boca es la espada que puede matar a una persona o dar a alguien un buen beso, amor. Todo es Gongfu.” (5)

El término Wushu (Arte Marcial Chino / ) revela en su ideografía la conversión de las técnicas de combate (en el sentido moderno, meramente funcionales) en caminos de autorrealización, en artes de vida (poéticas del combate). “Shu” (), en su acepción antigua, significa “arte” (en su sentido pre-moderno, donde está implícita la noción de “vía” o “camino”).

El significado de “Shu” es arte o técnica. Su ideograma representa un árbol (o madera) trabajado, del cual se desprende una astilla. Esta imagen nos revela que “Shu”, en sus orígenes, se asemejaba al término griego téchne y al latino ars, pues hacía referencia a habilidad, dedicación, a la maestría. Por extensión, también se refiere a las virtudes y los dones.




Los pictogramas del cual deriva el ideograma “mù” (árbol / ) nos muestra la imagen del árbol como pilar entre el Cielo y la Tierra, como gran intermediario, con sus ramas ofreciéndose al firmamento y sus raíces hundiéndose en el suelo. Tomemos en cuenta que en el chamanismo el “árbol del mundo” funge de eje del cosmos, permitiendo la comunicación con los señores celestes y las entidades del inframundo.

La “astilla” (/ trazo diăn) que se desprende del “árbol” en el ideograma “shu”, remite a la poiesis, lo no presente traído a la presencia por la fragua del arte. Sugiere también el refinamiento, la re-velación de la esencia del ente, que sólo es posible en la elaboración artística. Como en el ideograma “Xīn” ( / Corazón), el trazo diăn superior representa al Cielo, que, en el caso de ideograma “Xīn” asiste al corazón () en el cosmos regido por el Yin y el Yang (los trazos diăn a derecha e izquierda). Se trataría de la puesta en acto de la “Creatividad del Cielo”, el aliento intermedio que, proveniente de Wuchi, el Vacío primigenio, hace posible el movimiento cambiante del Yin y el Yang y el alumbramiento del ser.

Escribe el maestro Shi Yan Ming sobre el término “Wu” ():

“El carácter ‘Wu’ está hecho de dos caracteres: ‘alabarda’ (Ge / / que es una especie de arma / también: ‘lanza’) y ‘parar’ (Zhi /), lo que significa: ‘parar de usar armas’. Para de usar el arte mental o el arte físico en contra de otra gente y en contra de ti mismo.”

En otras palabras, el arte marcial es una poética del combate no porque sea un modo de hacer “estética” (“bonita”) la violencia, sino porque es capaz de transmutar ésta en una posibilidad de guardianía del ser, en poiesis (creación) y temple del vivir.
Roberto Chacón

(Continuará…)

Notas:
1. El “arte” como campo de estudio, institución y, a la vez, como mercado, que nacería con el mundo moderno y se consolidaría tal como hoy lo conocemos a partir de la modernidad, se constituye, por un lado, a partir de sus instituciones emblemáticas: museos, academias, escuelas de arte, etc. Y por otro, necesita de la producción de discursos sobre estética, saberes sobre los diversos campos del arte. El “arte” tal como se le concibe en nuestra época, sólo pudo darse así en un mundo desacralizado, pero, paradójicamente, como se distingue al arte como la producción humana más excelsa y misteriosa, se le vuelve a re-sacralizar en un paradójico Topus Uranus donde se le separa de la vida, neutralizándolo en aquello que tiene de inquietante y liberador, y, al mismo tiempo, se le configura como –también paradójicamente- mercado de objetos invaluables.
2. Termino moderno japonés para arte es “geijitsu”.
3. Según la teoría de la mímesis, las artes marciales serían “imitaciones” de combates reales.
4. “Fü” () significa “conocimiento”, “virtud”, “lo único que puede traspasar el Cielo (Tian / ). Por extensión se usa para marido. La razón es que se representa de forma semejante a un hombre con un alfiler al pelo cortando su trazo vertical. (Manual de escritura en caracteres chinos. Pedro Geinos. Miraguano ediciones. Madrid, 1999.)
5. “¿Qué es Kung Fu?” Shi Yan Ming. Nei Dan Magazine No. 585. 31-10-17. Inserción de ideogramas nuestra.




ARTÍCULOS (ÍNDICE)

martes, 21 de febrero de 2017

ARTÍCULOS DEL ARCHIVO NEI DAN (Magazine No. 563)

EL ARTISTA MARCIAL DEL TAI CHI CHUAN
(Una Introducción al Artista del hambre, de Kafka)

«Sí, pero nosotros tenemos a Mozart»
Comentario del gran violinista Isaac Stern (1920-2001),
al observar la ejecución de dos artistas marciales chinos.

“Gracias a la maestría en su arte, apreciamos y agradecemos el dolor del artista.
Las heridas de su alma, los pesares y padecimientos exacerbados por su sensibilidad.
Y, por sobre todas las cosas, el desgarramiento inmisericorde de la individuación.
Todo ello configura la materia oscura que el artista en
éxtasis transfigura en ofrendas y dones para los demás.”
R. C.


Es fácil constatar los múltiples aspectos del Tai Chi Chuan que habitualmente motivan la reflexión de cultores e investigadores: temas como marcialidad y combate, salud, historia, características internas, estilos y linajes, taoísmo, meditación, etc., etc. Pero es muy raro encontrar escritos que versen sobre los aspectos propiamente artísticos (plásticos, armónicos, formales, estilísticos, expresivos…, en fin, “estéticos” -en un sentido no afectado del término) del Tai Chi en tanto Arte Marcial.

En otros escritos (1) he afirmado que la condición de posibilidad de lo artístico en el seno de lo marcial estriba en la creación de formas o composiciones orgánicas (los géneros o estilos marciales), de gran armonía y plasticidad, que puedan conjugar en una propuesta armónica y generatriz, tanto el cultivo profundo de determinadas habilidades de combate -basadas en ciertos principios axiomáticos correspondientes a cada estilo o género-, como la formación integral del combatiente. En otras palabras, el hacer Tao entre los aspectos prácticos del combate y modalidades propias del trabajo interno.

Los géneros o estilos marciales que se entienden de esta manera “artística”, ponen como fundamento o condición de posibilidad de la adquisición de las habilidades marciales, el que el adepto sea cultivado y forjado en una “escuela de vida”, a través de un proceso alquímico de estilización y refinamiento tanto de las capacidades para la lucha, como del talante moral, de la consonancia entre alma, vida y corazón. Tomando palabras de Albert Camus, el arte marcial sólo puede ser escuela de vida, si es, en un sentido elevado, “escuela de arte”.

El Tai Chi Chuan, como estilo, pone en cuestión la noción de marcialidad que comúnmente se maneja sobre los estilos externos y los “sistemas de defensa personal” (2) (hiperbolizada, además, en la mayoría de las películas de artes marciales), con su énfasis en la fuerza, la rapidez y la dureza, afirmando que el vacío, la relajación y la suavidad pueden ser factores marciales mucho más decisivos a la hora de un enfrentamiento. El Tai Chi no postula por ende, como logro, el formar un súper hombre, un guerrero perfecto e invencible, sino poner en manos de cualquier mortal las habilidades naturales más sencillas de cultivar, destrezas de lucha inherentes a nuestro diseño corporal y gravitatorio, todas al alcance del ser humano común. Verdad que palpamos en la abuelita que rechaza a un hombre joven que le dobla en peso y estatura, con un simple giro de su cintura.

El Arte Marcial en tanto tal, no puede medirse solamente por sus logros en el combate (real o deportivo). El combate, como la guerra, es un albur (un azar), que es preferible evitar. Por eso los maestros hablan que la mejor pelea es la que se evita. El artista marcial debe dominar y perfeccionar todo lo que atañe a sus habilidades de combate y su integridad como ser, pero también debe estar consciente que en el combate puede pasar cualquier cosa, que no puede tener control de todas las variables que entran en juego en una batalla (3). Al ser humano no le fue dado el don de la certidumbre perfecta y la infalibilidad; fallar es parte de su condición mortal. Así se entiende mejor el que muchos artistas marciales, sean vencidos frecuentemente por peleadores callejeros, personas carentes de todo estilo marcial y, la mayoría de las veces, de cultivo integral de su ser.

Esto también dilucida la cuestión de cuál estilo marcial es superior, porque en un combate no es el estilo de lucha el que es puesto a prueba, sino el hombre. El hombre y su circunstancia, entre las que no deja de jugar la suerte o el destino (como quieran llamarlo). En el combate, el artista marcial se pone a prueba frente a su contrincante, por un lado para palpar qué grado de dominio y perfeccionamiento ha logrado en sus destrezas de lucha; por otro, qué grado de unidad de intención y serenidad de espíritu ha alcanzado en medio de un contexto de alta incertidumbre y tensión; y sobre todo, qué calidad de armonía e integración ha logrado forjar entre ambos orbes. En el arte del Tai Chi, hay que sumar la condición de que en la lucha, hay que ser uno con el contrario, de hacer un Tao con el rival. Lo cual da pie para el desarrollo dentro del estilo de una ética de protección del contrincante (poco recordada, por cierto), que llevada a grados extremos, puede hacer que un gran maestro se deje vencer o decida a huir ante atacantes menos entrenados, simplemente para no hacerles daño.(4)

De modo que el arte marcial busca algo más importante y profundo que la mera eficacia combativa. El artista marcial no debería estar demasiado interesado en la victoria o la derrota (síntomas de ansiedad y expectación compulsiva más que de alerta y serenidad), sino que el combate se libre siempre bajo las condiciones de vida que él mismo se ha impuesto, que venza o caiga derrotado bajo la ley de su arte, con la integración elegante y armónica en el vivir y combatir que ha cultivado durante gran parte de su existencia.

Ahora bien, en nuestro mundo moderno obsesionado por la eficiencia, por los resultados, por la efectividad, ¿cuántas personas podrán apreciar el arte de luchar de un artista marcial en medio de un combate cualquiera, tal como lo hemos decantado en estas líneas? Como ocurre con el ayunador del cuento de Kafka, la incomprensión general por aquello en lo que consiste el arte del artista marcial, es lo que amenaza por extinguir tal arte, en un grado mayor y más letal que el advenimiento histórico de las armas de fuego.

Pero el arte marcial también se expresa en la ejecución de estructuras (formas) o de motivos marciales aislados, así como en otras facetas del largo y arduo entrenamiento, que es como decir la vida misma del artista marcial. Ahí es donde la parte marcial del arte entronca con el arte de vida. Kung Fu (Gong Fu), el nombre con el cual se dieron a conocer las Artes Marciales Chinas, significa “dominar una actividad con maestría”, con mucha práctica, trabajo y dedicación (según el maestro Shi Ya Ming, la ideografía de “Kung Fu” significa: “afilar todos los días la navaja, desde que amanece hasta que anochece, para sobrepasar el cielo”). Todo arte implica una disciplina obsesiva que se ve transmutada en intenso placer, por parte del artista, con el fin de hacerse uno con los imperativos de su arte. Esa forja lenta y trabajosa del arte debería ser cónsona y acorde a la fragua y el temple del vivir íntegro del cultor. La práctica diaria enfatiza el hecho de que en el arte marcial, para tener una oportunidad de vencer a un oponente, hay que vencerse primero uno mismo, vencer todo aquello que nos fragmenta y nos divide internamente, especialmente al Ego, constructo mental donde reunimos todos los encadenamientos sociales y proyectamos todas las escisiones (empezando por la separación entre Yo y Mundo).

El arte marcial, como la tauromaquia, muestra el esfuerzo del hombre por llevar el arte (la alquimia generatriz y formativa que refina virtudes y éxtasis a partir de materiales toscos o deleznables) a los terrenos más problemáticos de nuestra condición humana, terrenos como la violencia, fronterizos con las raíces homínidas y predatorias presentes en nuestra raza de mortales. Como la civilización moderna trata de separarse de esas raíces, en lugar de cultivarlas alquímicamente, en el sentido artístico que antes señalamos, tanto el arte marcial como la tauromaquia están condenados a la extinción, en lo que compete a su verdadero sentido artístico y a su necesidad profunda en el marco de la problematicidad de la existencia humana sobre la tierra. Porque, ¿no es acaso un milagro el que el hombre logre templar su espíritu y entregar formas, belleza y sabiduría profunda a partir de un “material” como la violencia física, de la amenaza misma de sufrimiento y muerte?

Al respecto, el maestro Tew Bunnag nos dice:

Para mí luchar siempre ha sido un medio para explorar la posibilidad de salir de la violencia, que es algo muy difícil. […] Creo que en nuestra época las artes marciales son un lenguaje, porque ya no estamos en un tiempo en el que sirvan para ir a la guerra y matar o que te maten. Hoy día si quieres matar a alguien no aprendes Taichi, te buscas una pistola o algo así. En este contexto social creo que el arte marcial continúa siendo importante como un área donde explorar nuestra propia violencia y buscar la forma de ir más allá, hacia la paz. Eso es lo que aparece casi siempre cuando entro en este terreno con mis alumnos: la posibilidad de investigar este tema en profundidad, mucho más allá de las creencias, y esto es algo muy difícil. Porque alguien puede creer firmemente en la paz y pensar que tiene superada su propia violencia interior, pero después, en el trato con la familia o con los seres cercanos surgen la rabia, la impaciencia, las palabra crueles... […]
A mí me interesa este nivel de las artes marciales que no tiene nada que ver con ganar o perder en la lucha, ni con la competición, porque aunque esas cosas pueden dar muchas satisfacciones, en realidad lo que me importa es el lenguaje de exploración y descubrimiento que no hace daño y con el que podemos reír, jugar y aprender. El lado marcial nos ofrece una oportunidad que se presenta muy raras veces, sobre todo de adultos, porque hemos perdido la posibilidad de jugar a pelearnos con golpes, patadas, puñetazos, etc.” (“El desafío de la transformación”. Entrevista a Tew Bunnag. Por Teresa Rodríguez. Revista Tai Chi Chuan No. 9. Otoño 2006. Negritas nuestras).

En otro escrito (5) he hablado del Tai Chi Chuan como “arte trágico”, es decir, como arte que profundiza y cultiva los aspectos más oscuros y terribles de nuestra condición mortal, signados todos por la presencia de la muerte. Tiene que ser trágico, si es que pretende ser también un “Camino de sabiduría”, un arte de “cultivo del Ser”, pues sólo la intensa consciencia de nuestra mortalidad funge como condición de posibilidad para la experiencia cumbre del Samadhi. La tragedia ática, el Cante Jondo, la tauromaquia, el blues y el tango de arrabal, son otras tantas artes trágicas, dionisíacas, que intiman con la muerte. Las artes marciales en general, pero en especial el Tai Chi por ser el prototipo de las artes internas, tiene por nuez de sentido el hacer Tao con el agresor externo, pero también con aquello que nos traiciona y nos escinde internamente. Todos ellos son aliados de la muerte (“de la separación del Yin y del Yang”); de modo que el Tai Chi es una posibilidad cierta de hacer Tao con las fuerzas de la muerte presentes en nosotros mismos, danzando con éstas para transmutarlas en dones para la vida, en fuerza de ánimo para vivir y dar vida.


He ahí otra faceta del arte presente en el arte marcial: la elevada misión del arte es ética, moral. No en el sentido de códigos y preceptos para vivir en sociedad, sino en el sentido de que el arte debe dar aliento, entregar ánimo, fuerza de espíritu, subir la moral a los seres humanos, signados por el desamparo de la condición mortal, y tentados por desaliento nihilista.

Considerando que el nihilismo se alimenta del sinsentido de la vida, de lo vano del vivir, de que la vida no vale la pena ser vivida tal como es; el arte marcial (como las otras artes trágicas y las artes en general), desde los umbrales mismos donde acechan la muerte y el aniquilamiento, crea y cultiva sentido: entrega sentido a la vida, porque es capaz de dar sentido al combate, a la violencia, y porque encuentra sentido (o lo genera) en lo más oscuro de nuestra alma, y en las fuerzas mismas de la muerte que nos rodean y habitan. De esa forma el arte da aliento al vivir humano, crea formas donde más bien debería haber caos, y transmuta lo más terrible de nuestra condición, en dones y regalos para la vida toda; aunque el sinsentido, el desaliento, el caos y la muerte sigan ahí, como la arena bajo los pies del caminante.

Ahora bien, un artista marcial –en nuestro caso uno de Tai Chi- pule y desarrolla su arte a través de años de dura disciplina, de paciente entrega y práctica consciente. ¿Y cuáles son los frutos de ese arduo trabajo de años, del entrenamiento de toda una vida? ¿Habrá espectadores suficientes que puedan apreciar, no tanto si ejecutando una forma cualquiera expresa intención, se mueve con armonía o muestra enraizamiento en sus posturas (entre otras cualidades que se buscan para degustar el nivel de realización en el arte); sino, mirando más lejos y profundo, si baila con la muerte y es uno con ella, si ha transmutado la propia violencia en bellas formas, si le ha dado sentido al combate consigo mismo, si el espectador recibe junto a todo eso, una pizca de ánimo y aliento gracias a su perfomance, si siente en su corazón que el artista ha logrado trasmutar su condición en algo más completo e íntegro y se ha transfigurado en algo mejor…? ¿Cuántas veces en su vida, el artista marcial logrará mostrar verdaderamente todo lo que exige su arte? ¿Cuántas veces le será dada la dicha de enseñar bellamente aquello “mejor”, refinado y decantado, con que su arduo entrenamiento ha enriquecido su cuerpo y su alma? ¿Alguien recordará conmovido alguna de sus presentaciones? Y, mirando aún más allá, ¿quién reconocerá y se deleitará con las evoluciones y transfiguraciones que se han dado en el vivir del artista marcial y de quienes lo rodean, de la incidencia del arte cultivado en la vida, incluso en la del mismo espectador?

Puede pensarse que con las “artes internas” –entre ellas el Tai chi- basta únicamente la satisfacción y plenitud lograda por el adepto en su cultivo. El arquetipo del artista interno, el alquimista, palpa los resultados de su “gran obra” sólo al final de sus días, porque la misma no puede ser diferente a la totalidad de su vivir. Pero también hay que decir, que “arte interno” no significa ni puede significar de ninguna manera arte egoísta o arte solipsista.(6)

Jean-Claude Sapin dice al final del Prefacio a su libro Tai Chi Chuan. Meditación en movimiento, lo siguiente:

“La concepción relativamente extendida de una cultura occidental desarmada por completo, «desnuda como un gusano», en su tentativa de enfrentarse a la búsqueda de las tradiciones orientales, no me parece fundada. El arte hacia el cual no dirigimos bastante nuestra mirada, participa de intenciones que no tienen nada que envidiar a las búsquedas hindúes y chinas. Sería recomendable que prestásemos atención a nuestros músicos, pintores y poetas. Bien es verdad que estamos lejos de considerarles como gurús dignos de escucha.”

El arte occidental también puede ser un puente válido y necesario para comprender y asimilar las artes orientales, sobre todo las “interiores”. Un camino más para forjar el Tao entre Oriente y Occidente. “Nosotros tenemos a Mozart”, y también a Kafka; y he ahí el por qué de que presentemos aquí su cuento El artista del hambre: ¿hasta qué punto el destino de todo artista -incluyendo los marciales- no presenta alguna correspondencia, alguna resonancia, con el del ayunador kafkiano?
R. C.

Notas: 
(1) Problemas genealógicos del Tai Chi Chuan en Venezuela” y, especialmente, “¿A qué cuerpo da forma el Tai Chi? Tai Chi Chuan y ‘Cuerpo Psíquico’” (R. C. / Nei Dan Magazine 2009)

(2) Los sistemas modernos de lucha que buscando la maximización de la eficacia combativa, dejan de lado la formación y transformación integral del practicante, y más aún, al arte como una expresión de armonía y elegancia profunda entre cuerpo y espíritu.

(3) Una situación de combate es aquella en la cual, por predominar la violencia, está signada justamente por el descontrol, por lo imprevisible, apareciendo entonces posibilidades de acción que escapan a la reflexión, y variables de interacción imposible de ser procesadas conscientemente. En esa situación de caos, los combatientes se ven abrumados por el estrés y la adrenalina, y por el miedo y rabia extremos, entre otras emociones desencadenadas, además de reacciones físicas instintivas sin control posible. De paso, las consecuencias del combate (lesiones graves, problemas legales, condena pública, etc.) pesan antes, durante y después del mismo. (El “combate deportivo” sólo es una simulación de esa situación de combate real).

(4) Existen dos cuentos -uno de ellos donde el protagonista es Yang Luchan- sobre agresores que aparentemente vencieron a maestros marciales, pero que luego del combate enfermaron gravemente, mientras los maestros salieron ilesos del mismo. (“La capa mágica” y “Una bomba de tiempo” en el Blanco Invisible, recopilación de Pascal Faultiot).

(5) “Cuatro Metáforas sobre el Tai Chi Chuan. ‘Hacer Tai Chi es hacer Mabu’” (R. C. / Nei Dan Magazine No. 31. Octubre 2004).


(6) “Ningún hombre es una isla, ni está completo en sí mismo; todo hombre es un trozo del continente, una parte de la totalidad; si un pedazo de tierra fuera barrido por el mar, daría igual que pasara en Europa, o en un promontorio, o en la mansión de tus amigos o en la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me empequeñece, porque estoy integrado en la humanidad; por eso no envíes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas, porque doblan por ti.” John Done (1572-1631).

Roberto Chacón
Nei Dan Magazine No. 314 (29-03-11)
Sección. "Artículos"