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miércoles, 17 de junio de 2020

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 616)


¿ES POSIBLE DESRANCHIFICARNOS? (XI)

En el mundo moderno que, en comparación con el mundo griego,
no produce casi sino monstruos y centauros,
y en el cual el hombre individual, como aquel extraño
compuesto de que nos habla Horacio
 al empezar su Arte Poética,
está hecho de fragmentos incoherentes, […].”
Friedrich Nietzsche
El Estado griego

El hogar no es el lugar, son las personas que en éste convergen, conviven y habitan. ¿Entonces, por qué nuestra (aparente) falta de convivialidad? ¿O será mejor decir, más bien, de “poética habitabilidad”? Eso de que el “venezolano jode al venezolano” que aparece en algunos memes de actualidad, no es totalmente cierto, por supuesto. Hay una cara hospitalaria en nuestro gentilicio. Y si es verdad que el venezolano no está exento de padecer xenofobia, comparados con las personas de otros países, las manifestaciones de dichos sentimientos han sido relativamente suaves y reducidas. Pero, si hacemos caso de nuestro pertinaz autobombo, la auto alabanza sobre nuestras virtudes como pueblo, reales o imaginarias, la sombra de endofobia y xenofobia que corresponde a nuestra imagen positiva de ser venezolano, cada vez más idealizada, sólo tenderá a crecer desmedidamente, y a hacerse más peligrosa.

Sucesos como los acaecidos contra los inmigrantes europeos a la caída de Pérez-Jiménez, y los de Ciudad Bolívar en el 2016 contra la comunidad china, entre otros, no debe llamarnos a engaños sobre los síntomas de emergencia volkisch que el venezolano ha venido mostrando a lo largo de su historia, y que parecen agravarse en los últimos años.

La pregunta crucial sigue siendo en qué consiste el tipo de anomía (estado de desorganización social debido a la incongruencia de las normas sociales) que caracteriza a la sociedad venezolana. Desgraciadamente, mientras se dormía el sueño democrático, se incubó el huevo de la serpiente, e hizo su aparición en la historia el chavismo. El chavismo es un movimiento altamente desestructurante: el caos, lo mal hecho y la ruina son su elemento natural. De modo que, con el chavismo, el destino terminó por alcanzarnos.

Este movimiento terminó siendo otro de los intentos políticos modernos miserablemente fallidos -como dice Agamben- de destrucción de los poderes constituidos, que termina recreando en todas partes “los poderes que pretendía deponer y que ahora parecen mucho más oprimentes en la medida en que carecen de toda legitimidad” (“Para una teoría de la potencia destituyente”).


José Tomás Boves (1782-1814). En este retrato se parece bastante al “Comandante” Chávez.


Más que una “revolución”, el chavismo es la encarnación viva de la involución bovesiana (de José Tomás Boves, último capitán general de Venezuela). Si la ranchificación se había convertido en una especie de ideología nacional, mayormente inconsciente, durante la Cuarta República, el chavismo no hizo otra cosa sino convertirla en eje de la política nacional. Gobiernan los que tienen un rancho (y grande) en la cabeza.

José Ignacio Cabrujas decía que el venezolano es contrario a la majestad. En parte, de cara al poder constituido, se acepta su crudeza, pero no su legitimación simbólica, la cual es objeto de chanza y burla (la “joda”). Puede ser un resabio tribal que se hizo modus vivendi durante la colonia, donde debió ser reforzado por las resistencias a la autoridad de los colonizadores, muchos de los cuales eran marginados con respecto al sistema de castas español. Se acepta a las autoridades, sobre todo si su poder deriva de la guerra, pero quitándoles cualquier atributo de superioridad e importancia por medio de la “jodienda”, que casi siempre lleva una punzante carga de denuncia igualitaria del tipo “el rey anda desnudo”. (1) La jodienda es la antesala del bochinche. Es por esa razón que las autoridades venezolanas son más aceptadas mientras más encarnan los estereotipos populares. Pero ese carácter “identitario” del venezolano, marcado a hierro y fuego en el alma nacional por la “guerra de colores” y la “guerra a muerte”, más que un basamento para la nacionalidad, conforma un movedizo sedimento volkisch, el mismo que imprudentemente tanto ha explotado el “bolivarianismo” chavista, y que ya ha aparecido inquietantemente en nuestra historia, especialmente en los casos de Boves y Zamora.

En dos artículos, “¿Qué es la autoridad?” y “La crisis de la educación”, Hannah Arendt aborda la problemática de la educación a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. La crisis de la educación tiene una vertiente política, para esta pensadora. La tiene en el sentido que la política de la segunda mitad de siglo XX en adelante se fundamenta en el cuestionamiento de la autoridad. En la educación, la autoridad no debería ser impuesta, ya que proviene del reconocimiento del saber del educador, de su excelencia docente.

Paradójicamente, la falta de autoridades reconocidas por todos, señala la autora, no genera anarquía, sino más bien, por compensación de la dinámica de los poderes, autoritarismo, reglamentación de la vida, y ahora, control bio-tecnológico.

La redundancia entre inconsciente colectivo volkisch, con su dosis mortal de resentimiento, e imperativos políticos modernos, ha hecho que la institución educativa venezolana sea, en sus fundamentos, harto endeble, y que sea incapaz de producir por sí sola los cambios cualitativos que necesita una sociedad tercermundista no plenamente estructurada. Y, para salir del atraso, la educación no es un camino, ES el camino.

Añádase a eso el predominio de la familia matricentrada, el machismo, el oportunismo sociopático (la “viveza”), y un largo etc., y tendremos apenas la punta del iceberg del por qué nuestra nacionalidad balbuciente está tan contrariada, siempre tentada por la corrosión y la disolución. La “racionalidad afectiva” del venezolano popular y/o marginal, parece no ser permeable en modo significativo a la educación para una ciudadanía moderna.

Por supuesto, el problema estriba en la falta de comunicación entre un sistema educativo moderno y los estamentos populares, con su racionalidad afectiva. Como ya hemos señalado, el diálogo es el elemento fundamental en la dinámica social democrática. Pero a la vez, depende de la apertura del espacio público y del sentido que hace converger a los participantes, dado por la poiesis artística. Ricardo Del Búfalo dice respecto a esa falta de diálogo entre el aparato educativo moderno y la racionalidad afectiva del venezolano popular:

“No pongo en duda que Venezuela deba ser una nación moderna, conformada por hombres e infraestructuras modernos. Pero el intento de modernizar al hombre popular mediante la educación puede fracasar por la no-comunicación que existe entre alumno popular y docente y compañeros modernos. Moreno aconseja al respecto que la función de la educación en el mundo-de-vida popular debe ‘facilitar y liberar de obstáculos’ la convivencia, en lugar de ‘producirla’, función que corresponde a la educación moderna, puesto que ambas son ‘estructuralmente distintas’ porque ‘distintos sentidos implican’ (recordemos el sentido individual del moderno y el sentido relacional del popular).” (Alfredo Del Búfalo. “La venezolanidad desde la modernidad”).

De no reconocer la autoridad del saber a la glorificación de la ignorancia hay solo un paso. En su ensayo, Apología de Raimundo Sabunde, Montaigne muestra la hipocresía de las sociedades occidentales de su tiempo, que diciéndose cristianas, contrariaban profundamente en su vivir cotidiano los preceptos primordiales de dicha religión. Del mismo modo, el venezolano es, la mayor de las veces, un ciudadano moderno sólo de una manera hipócrita y acomodaticia: es moderno sólo cuando le conviene.

El venezolano es “realista mágico” en el sentido que le daba al término Carpentier: nuestras capas más profundas tienen raíces tribales, y sobre ésta se van superponiendo capas psico-culturales (como la casa del sueño de Jung) hasta llegar a las capas más modernas. De ahí nuestra “modernidad paradójica”. Tal cosa no constituiría un problema en sí mismo, sino fuera porque las diferentes capas no han llegado a armonizar bien, todavía jala cada una hacia sus “querencias”, anulándose mutuamente en el jaleo, la mayor de las veces.

Ante la amenaza de disolución de la sociedad “nacional” por parte de las vertientes carnavalizadoras e informales de tipo popular, la gran solución que tienta a vernáculos y cosmopolitas es el orden militar. La nación misma nace gracias a las hazañas militares. De modo que cualquier “vuelta al origen” o “restauración de la nación”, siempre significará un llamado a los militares a gobernar, de una manera u otra. A nuestras “repúblicas” les es esencial el “cesarismo democrático”, ese desfachatado oxímoron de Laureano Vallenilla Lanz. (2) Se olvida que en una sociedad militarizada, los civiles siempre serán ciudadanos de segunda, y que en el espacio público campeará sin bozal la fuerza bruta.


Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936)


Las dictaduras militares del Cono Sur, desacreditaron en gran medida el militarismo de derechas. El chavismo es la “solución militar” que adviene al poder gracias al camuflaje de “izquierdas”. Como su modelo político extremista proviene de la imaginería que acompaña la exaltación tendenciosa de la guerra civil independentista, su política se dirige a la destrucción de las capas modernas de la sociedad –a las que se quita todo carácter de “pueblo”, expatriándolas de hecho y derecho- a favor de los sectores populares. Así, el barrio y la urbanización entran en conflicto abierto (un remedo de “lucha de clases” marxista). Los sectores populares, más que “pueblo” (Volk), son convertidos en masa (las masas populares). Y, debido a la dinámica interna del régimen pro-totalitario y sus alianzas con el hampa, finalmente propugna la conversión de esas masas en populacho.

Por supuesto, el movimiento entra en contradicción completamente porque el gran sueño que persigue el chavismo es el erigir a Venezuela como una potencia moderna. El chavismo es el desarrollismo en su fase más nihilista, pues quiere avanzar hacia el futuro realizando un “vuelvan caras” hacia el pasado pre-moderno.

La solución chavista se hizo plausible en su momento porque la falta de comunicación entre el sector moderno y el sector popular de la sociedad amenazaba con crear, como señaló Slavoj Žižek, una sociedad de castas. Pero el chavismo no apuesta por el diálogo entre esos sectores, sino por la guerra, y finalmente, por el exterminio de uno de los bandos.

Aunque el chavismo, como armatoste ideológico, se alimenta originalmente de las corrientes fascistoides del peronismo –Ceresole- y de la idea Juche de Kim Il Sung –en la adaptación de Núñez Tenorio- (que se refuerzan por el papel preponderante que dan a los militares), finalmente el movimiento parece más cercano a las ideas de Pol Pot y los Khemer Rojos (el rechazo en bloque de capitalismo, modernidad, industria y vida urbana), contenidas a duras penas por el lenguaje “políticamente correcto” de su demagogia, con la que encubren sus políticas y sus instituciones. Pensamiento que, como sabemos, esconde discursos de odio y delirios de pensamiento único bajo las tristes máscaras del victimismo y el resentimiento.

Pero, ¿cómo negar nuestro tiempo histórico? No podemos vivir odiándonos, como dijera Camus, al escribir sobre una frase de Saint-Exúpery: “Odio mi época”. Resulta que hasta nuestra manera de mirar es moderna, o como diría Grahan-Dixon, francesa (de cuando París era la “capital del mundo”): porque está forjada en la pintura moderna que comenzó con los impresionistas y culminó con Dadá. Y la banda de audio de la modernidad está formada en buena medida por la música que va de Debussy a Varèse. Triunfo final de los “afrancesados” (los cosmopolitas). Como afirma Žižek, debemos encontrar las soluciones a nuestro problemas como hombres modernos, y no intentar reconstruir mundos históricos caducos hoy idealizados, lo cual conforma el gran escape nihilista a las problemáticas de nuestro tiempo.

El orden militar parece la solución adecuada y definitiva ante el desorden, el relajo, la “corrupción”, de los gobiernos civiles. Se olvida que desde el mismo origen de la nacionalidad, fueron esos próceres independentistas, esos caudillos y señores de la guerra atrabiliarios, los que con su gobierno arbitrario hicieron imposible que la civilidad madurara lo suficiente para poder organizar un Estado plausible en una sociedad formada por ciudadanos modernos.

Los latinoamericanos sabemos eso desde nuestro origen. No tuvimos que descubrir, como los griegos después de la Guerra del Peloponeso, que el orden espartano, tan perfecto en la polis de Esparta, se convirtió fuera de ésta en un poder arbitrario, cerrado y destructor, que terminó corrompiéndose en grados inimaginables para el mundo heleno. Toda el aura de perfecta e ideal superioridad moral espartana, que exaltaban historias como la del rey Cleómenes I y su hija Gorgo, ante Aristágoras de Mileto, y la recordada frase de un anciano durante una de las Olimpíadas, “todos los griegos saben lo que es correcto, pero sólo los espartanos lo hacen”, rodó por el lodo y de ahí no volvería a levantarse más.

Los militares no sirven para gobernar sencillamente porque están adiestrados para la destrucción y el asesinato. Su “orden” se basa en ese ciego adiestramiento y en esa uniformidad disciplinada que cultivan para poder sobrevivir como cuerpo operativo durante una conflagración. Especialmente no están preparados para dialogar, sino para la obediencia al orden vertical y la confrontación con aquellos que son considerados unilateralmente como “enemigos”. Se trata de la organización más desalmada (por adiestrada y letal) que opera en una sociedad, y siempre constituye una amenaza para ésta, no una solución, ni siquiera final. Al salir de los cuarteles hacia el espacio público, los militares sólo pueden terminar destruyendo la civilidad, y corrompiéndose, al estar “liberados” de las sujeciones cuartelarías e imbuidos de ciego poder arbitrario.

Pero, en lo fundamental, “orden” no es “forma”. La forma –no la “imago” visual- es destino, la auto generación estructurada, pero flexible (adaptativa) de cualquier ente, incluyendo a la sociedad. Es el tejido de sentido que corresponde a cada ser o conjunto de seres. El orden sólo puede ser impuesto desde afuera. La forma proviene del interior. Por ende, el orden no puede suplantar a la forma. La forma se hace sensible a través del arte. Pero la forma (como forma de vida) nace en la fiesta auténtica, la fiesta politeísta, donde se estructura y se sacraliza la convivencia de los habitantes. La fiesta vernacular, patrocinada por los dioses, se basa en una comunidad de cuidado mutuo. La convivialidad tiene por fundamento el estar atentos al cuidado de sí mismo y del prójimo.

Que el venezolano rechace las “formas”, nos da un indicio de inmadurez colectiva, quizá porque la carnavalización y el bochinche, desviados hacia el abuso, la satisfacción inmediata, y, más allá, al vandalismo y el saqueo, han desvirtuado el sentido de la “fiesta” entre nosotros. No cualquier fiesta: la fiesta que abre el sitial del espacio público, común. O, al menos, no se ha dejado que la festividad madure y se acrisole en las formas germinales que permitan el ir convergiendo en torno al sentido que le damos a nuestro habitar estas tierras. Poesía, fiesta y paideia son las tres gracias que guardan la concepción de un pueblo histórico.

La fiesta sólo puede ser el lugar de los excesos porque en sí misma es el centro del acontecer comunitario, el “ombligo del mundo”. Bajo la severidad ritual pueden los festejantes entregarse al éxtasis y la embriaguez, sin que ello suponga real peligro para sus vidas o su integridad. En nosotros, palabras como “se formó el coje culo”, “se formó el mariquerón”, “eso fue un desnalgue”, nos dan una idea de la fiesta como exceso malicioso (bochinche), donde es posible abusar de los convivientes, aprovecharse de su embriaguez.

Si el venezolano tiene dificultades con la forma, tiene problemas con la voluntad de poder, está enfermo en alguna medida, en su “voluntad”. La “voluntad de poder” implica una unidad de apetencias e intenciones, de manera que determinado ser vivo no sólo se auto conserve, sino pueda desplegar toda su vitalidad de un modo cada vez mejor. No hay que confundir voluntad de poder con fuerza de voluntad, voluntarismo o con voluntad de dominio. Para Nietzsche, una voluntad de poder enferma es típica en el tipo reactivo, el décadent. En este tipo enfermizo, el conflicto interior disgregante, la falta de armonía y el predominio de emociones y pasiones contrapuestas, son los síntomas característicos de un proceso de desvitalización, que aunque tiene connotaciones fisiológicas, no se reduce meramente a ello. El decadente es el opuesto del artista, que es el tipo humano donde se muestra la voluntad de poder en su forma más elevada.


Alejandro Moreno Olmedo (1934-2019)


Hemos hablado aquí que el problema del venezolano es el de una falta de convivialidad. Esto puede ser paradójico si tomamos en cuenta que Alejandro Moreno Olmedo ha llamado al venezolano popular “Homo Convivalis” –“convive”. Pero el gran problema de “convivialidad” nacional se establece entre los estamentos modernizadores y el venezolano popular (el cosmopolita y el vernáculo). Ambos grupos han desarrollado al respecto, maneras de rechazo al otro, y de auto rechazo, y, también, de una visión más que idealizada de su propio estamento.

Pero así como el proyecto de la razón ilustrada –el cual, por cierto, está en la base de la nacionalidad (al menos como discurso legitimador)- degeneró en el Gestellen y el predominio de la razón instrumental, la convivialidad popular se ha visto alterada por varios fenómenos. Uno de ellos es la cada vez mayor influencia y poder del hampa, que permea cada vez más las comunidades populares. La otra es la política, que con el chavismo ha exacerbado las características volkisch de los estamentos populares. El “malandro” está sustituyendo rápidamente al “convive”. La convivencialidad popular, entonces, se polariza hacia la agresividad y el abuso. El “Caracazo” y los acontecimientos del deslave de Vargas, son un aviso inquietante de hasta dónde puede llegar la conflictividad inherente al estamento popular.

La anomia también socava las redes afectivas del hombre-convive. La familia es matricentrada pero funciona en un orden de valores patriarcales extremo. Eso quizá tenga su origen en las familias indígenas que se formaron con la invasión de los caribes exogámicos  (y polígamos) al territorio de la actual Venezuela y al mar que lleva su nombre, en el siglo XV y comienzos del XVI. En esas familias gobernaban los caribes patriarcales, pero las mujeres (raptadas) eran arahuacas matriliniales, cuya comunidad conservó su idioma hasta la llegada de los conquistadores.

Sin embargo, en ese patriarcalismo “paradójico” del venezolano popular, no hay fuerza patrilineal ni Pater Familias. Realmente el varón es castrado en la familia matricentrada, reduciéndosele a una caricatura de macho (penetración, agresividad, violencia), siempre amenazado por la feminidad y la homosexualidad, pero, también, con minusvalía en su hombría de bien y virilidad auténtica (que para desarrollarse, necesita mujeres, no hembras, y padres, no sólo madres). La mujer padece la violencia del macho y sus abusos de toda índole, pero en cuanto a su familia, como madre, siempre tiene la última palabra.

Por su parte, el venezolano relativamente moderno –urbanizado-, tiende a ir a los territorios populares a hacer lo que no puede en sus vecindarios acomodados y urbanizaciones. En esos territorios puede dejar desbocarse su “sombra” (sus aspectos reprimidos), aprovechándose de las ambigüedades morales y la permisividad que en ciertas cuestiones muestran las clases menos favorecidas, así como de la mengua o labilidad de la legalidad establecida en esos sectores. Y siempre escudándose tras su poder burocrático o económico, o haciendo gala de amiguismos cómplices.

El racionalismo moderno no sólo amenaza con hacerse unilateral y absoluto, sino que también nos ciega ante su enorme sombra de irracionalidad. El Homo Sapiens no es el nombre de una especie homínida, es su imagen idealizada. El hombre es realmente, como dijera Nietzsche: una conciencia quimérica que duerme sobre los lomos de un tigre.

Pero también el Homo Convivialis es una idealización. Bajo las redes de la “racionalidad afectiva”, bulle un inframundo de conflictividad latente que se esconde bajo mantos de negación e hipocresía (o al menos de “disimulo”, como lo llama Cabrujas). Las redes afectivas no son isómeras: esconden preferencias y rechazos, lugares privilegiados y sitios apenas tolerados, afectos y desafectos, y, por supuesto, abandonos y “traiciones”. El resentimiento proveniente de los “males afectivos”, se proyecta hacia las redes afectivas ajenas (los populares no locales o no emparentados), y hacia el hombre modernizado, tejiendo la irracional amenaza volkisch bajo la racionalidad afectiva.

Recordemos que no hay nada más parecido a la “razón afectiva” del venezolano popular, que el modo de vida tradicional de los europeos medievales. Y fue en esos estamentos donde se engendraron las turbas xenofóbicas, los pogromos y la persecución y exclusión de los extraños, incluso en contra de específicas reglamentaciones protectoras establecidas por parte del clero y la nobleza. Y es que la generación de nuestro pueblo, allá por el siglo XVI, ocurre en el momento en que Europa se despoja del “oscurantismo” medieval, y, a través de la España de la Reconquista, lo expulsa a su periferia.

Como venezolano, es difícil no tomar partido por uno de los aspectos de nuestro ser, hoy encontrados. Es inútil trasplantar la modernidad, por más funcional que sea en otro orbe, a nuestra tierra. Pasa como las especies de fauna o flora “invasoras” que en un medio ambiente ajeno o no prosperan o causan un inmenso daño al nuevo hábitat. Pero, hay que tomar en cuenta que lo que todo el mundo desea hoy es obtener las ventajas del modo de vida moderno, el nivel de vida que promete: el progreso –la gran religión planetaria.

Una señora vecina, que provenía de un barrio caraqueño, siempre se quejaba de la falta de “convivencialidad” de los vecinos del edificio. Pero nunca regresó al barrio, ni de visita. Especialmente las mujeres, una vez que salen del barrio, se niegan a volver. Cuando se les señala ese retorno como una solución a algún problema que padecen, dicen con convicción: “Pa’ tras ni para coger impulso”. (3)

La racionalidad afectiva del venezolano abre grandes posibilidades para la convivencialidad, en un mundo globalizado cada vez más privado de ésta. Pero también posee sus lados flacos: insignificancia del hábitat con respecto a la satisfacción inmediata (ranchificación); la hombría puesta a prueba a través de conductas machistas (penetración, riñas, agresividad excesiva, rechazo a la intimidad), (4) pero cuyo resultado es que no hay hombres sino “hijos”; la individualidad, no sólo la moderna, sino lo que Jung llamaba la individuación –autorrealización- (para Osho, estar solo significa “ser completo”, “desbordante presencia de uno mismo”) queda atrapada –enredada- en las redes afectivas; la disolución de responsabilidades y compromisos, sobre todo de parte del hombre a sus hijos, pero también del poblador con su entorno; el que la comunidad popular tienda a cerrarse sobre sí misma, rechazando el aprender modus vivendi de otras culturas; y, por último, la falta de pathos trágico del sentido de vida afectivo, cosa que comparte con la visión moderna del mundo, aunque no de la misma manera ni en el mismo grado.

Para Osho, el poder estar solos no sólo es indispensable pata la autorrealización, sino para la autenticidad de los afectos. Osho dice que no le interesa que haces para vivir (respuesta del hombre moderno) o quiénes son tus parientes y amigos, y de dónde vienes (respuesta del hombre-convive): lo que le interesa es “si te sostienes desde dentro. Quiero saber si puedes estar solo contigo mismo […]”.

“Solo aquellas personas capaces de estar solas son capaces de amar, de compartir, de llegar a lo más profundo de otra persona: sin poseer a la otra persona, sin depender de ella, sin reducirla a otra cosa, y sin volverse adictos a ella.” (Osho)

El sentido trágico se afirma sobre la mortalidad del hombre, y, más allá, de la mortalidad del todo. El hombre enfrenta su muerte en soledad, ya que es imposible compartir el propio fin. Las redes afectivas cobijan al hombre popular venezolano bajo una gran techumbre de convivencia, lo que atenúa la conciencia del desamparo inherente a nuestra condición. La modernidad, en cambio, es virulentamente anti trágica, pues no acepta los horrores y sufrimientos propios de la existencia, sino que trata de amputarlos de la vida, razón por la cual, exige y busca los métodos más eficaces para intervenir sobre el vivir.

Culturas históricas como la griega y la china tuvieron siglos, sino milenios, para conjugar y armonizar sus vertientes provenientes del mundo matricial y las que provenían del orbe patriarcal. Se establecen como “mundos” civilizatorios, no por ser unidimensionales, sino por haber logrado hacer converger en un mismo diálogo cultural a factores distintos, en un principio –aparentemente- dispares y encontrados. Nuestro tiempo “moderno” nos impele a dar “soluciones” rápidas a una problemática que quizá lo que necesite es, justamente, tiempo, mucho tiempo.

Moreno, en su ensayo “Identidad y originalidad de la cultura y el mundo-de-vida del venezolano popular”, dice que hay “fricción” entre los significados de las raíces indoeuropeas del castellano hablado en Venezuela, y el sentido que adquieren las palabras en el marco del mundo-de-vida del venezolano popular. El mismo se basa en que ese mundo-de-vida se estructura en las relaciones de la familia matricentrada, mientras que las raíces de los idiomas indoeuropeos son de origen patriarcal.

La lengua es la sangre del espíritu. De modo que ahí puede radicar parte de nuestra anomia endógena: el vivir de una manera que poco se reconoce desde el espíritu, y que lo hace mejor desde los afectos. Es como si por nuestra lengua hablara el Quijote, pero viviéramos como Sancho Panza. ¿De ahí, quizá, lo quijotesco de todos nuestros proyectos modernizadores?

Pero se trata de una fricción, no de un pertinaz desencuentro. Fricción que nuestros poetas y literatos lubrican y suavizan, convirtiéndola en hilos de seda y terciopelo con el que tejen sus cantos, patrimonio común que todavía no ha encontrado la vía de alcanzar plenamente ni al mundo-de-la vida popular, ni a los estamentos modernizadores (donde el arte sólo es un dador de prestigio y un mero adorno de la vida utilitaria).

Esa “fricción” es sólo uno de los resultados dentro de un amplio espectro de modulaciones del lenguaje, que realmente enriquecen nuestra lengua-madre, toda vez que la abren a nuevas posibilidades de ser-en-el-mundo, y de adaptarse y servir de “casa del ser” en nuevos mundos históricos. Ésta sigue siendo el único vehículo idóneo para el diálogo inter partes, y para la poiesis de nuestra forma de vivir.

Según Unamuno, la lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo. Quizá esto refleja una escisión en nuestro psiquismo, entre cómo pensamos (indoeuropeos) y como sentimos (latinoamericanos). Para los indios védicos, el pensamiento es un sentido más, un sentido que, entre otras cosas, da cuenta de los otros sentidos, y los estructura. Esta idea permite pensar una confrontación no entre dos niveles distintos, intelecto y afectos, sino entre dos corrientes de sentidos, que a la vez deparan sentidos de vida diferentes. Entretejerlos de una manera armoniosa y venturosa, es tarea del arte, en principio.

El griego antiguo de la época clásica no sólo se reconocía por su lenguaje común, sino también por su “cultura” (religión y valores comunes). Las grandes obras homéricas eran el centro de su educación. Estas obras hablaban de un mundo-de-vida ya caduco, muy distante de la vida de sus polis. Pero en esas obras el griego sabía reconocer la raíz común, el sentido germinal de su mundo.

Un mundo-de-vida es una expresión cercana a “forma de vida”, tal como la expone Giorgio Agamben. Los griegos distinguían dos modos de vida: Zoe, la vida en lo que de común tiene en todos los seres vivos; y Bios: la vida en lo que tiene de específico un grupo o un individuo. En el caso de los hombres (griegos), bios era la política. En la vida moderna se pierde el sentido de los antiguos vocablos griegos, y la vida se concibe como algo que se puede aislar de sus relaciones y hábitat, y que por tanto, es susceptible de ser amenazada y eliminada: nuda vida (vida desnuda). Agamben propone su noción de forma de vida, como una vida que no puede ser desligada de sus modos, de sus relaciones, que no se puede aislar.

La forma de vida del venezolano popular no carece de micropolítica, o política local, pero si se le ha marginado de todo espacio público en cuanto nación-Estado, una organización político-social típica de la Edad Moderna. Agamben dice que las formas de vida son profundamente políticas, pero no desde el punto de vista de la soberanía, del poder Estatal. Eso resuena en algo que dice Moreno en su ensayo, que el modo-de-vida popular no establece una identidad, no es el fundamento de ninguna “identidad nacional”, debido a sus aspectos cambiantes adaptativos, y a su relativa permeabilidad cultural. Aquí vemos que el chavismo ha errado doblemente respecto al papel de los sectores populares venezolanos en su “utopía” bolivariana, al querer fundar sobre éstos la legitimidad de la soberanía del nuevo Estado revolucionario, y, por ende, depositar sólo en ellos la esencia de nuestra “identidad nacional”.

Con Nietzsche, podemos pensar que la forma de vida alcanza su plenitud sólo a través de la poiesis, del arte. No sólo una “manera de vivir”, sino un sentido de las modulaciones y posibilidades de la excelencia y las capacidades inherentes. En el poder armonizar y el inseminar mutuamente los aspectos apolíneos y dionisiacos del hombre, alcanza el arte trágico su cúspide entre las artes. El barrio El Candeal (Salvador de Bahía, Brasil), es una muestra del poder del arte para transmutar la “convivencialidad agresiva”, así como la influencia del hampa y del extremismo político en los sectores populares. Carlinhos Brown dice, en el documental El milagro de El Candeal (Fernando Trueba), que la verdadera revolución es artística.

 

El brasileño popular se parece mucho al venezolano, pero entre ambos hay diferencias esenciales: Brasil no se independizó por un conflicto armado. El carnaval brasileño si es una verdadera fiesta popular que da sentido al habitante de ese país. A través de la saudade, el brasilero ha encontrado una forma de transmutar la melancolía. Y para el brasilero, el arte y la belleza si son majestuosos, dignos de veneración.

En la famosa entrevista “El Estado del disimulo”, Cabrujas –nuestro mayor trágico- habla de que Venezuela, desde la colonia a nuestros días, siempre ha sido un país provisional. Con un Estado que sólo sirve para disimular la arbitrariedad, el “me da la gana” (una variante del nihilista y psicopático “¿y por qué no?”). Venezuela es una tierra de paso, un campamento, que, en el siglo XIX,  no por terminar siendo militar dejó de ser campamento. Luego la riqueza petrolera lo transforma en hotel, con pretensiones de ser de lujo, con huéspedes insatisfechos y empleados sub-pagados. Con el chavismo, el hotel fue invadido por el lumpen y terminó convertido en un ruinoso rancho, dominado por pranes y colectivos. Una vecindad, pero no del Chavo, sino de Chávez y sus lugartenientes.

Entonces, por fragmentarios, incoherentes y arbitrarios, también somos modernos –paradojales. Pero sobre todo, por nihilistas, por ese vivir nuestra anomia como una perenne decadencia, una melancólica decadencia sin Edad de Oro alguna que la justifique, pero a la cual todos quieren retornar.

“Ninguna persona inteligente querrá aún negar hoy que el nihilismo en las formas más diversas y escondidas es «el estado normal» de la humanidad». Lo prueban muy bien los intentos exclusivamente re-activos contra el nihilismo que, en lugar de entrar en una discusión con su esencia, se dedican a la restauración de lo anterior. Buscan la salvación en la huida, a saber, en la huida de la mirada a la problematicidad de la posición metafísica del hombre.” (Martin Heidegger. Hacia la pregunta del ser)

Notas:
(1) Cabrujas ejemplifica este recurso con una anécdota de Nicanor Bolet Peraza: En una Semana Santa se representaba la “Pasión de Cristo”, en el momento que los guardias romanos le ofrecen hiel a Jesús crucificado, el público echa a reír porque –no se sabe por qué razón- creían que le ofrecían mierda. De pronto, como cúspide de la burla a la representación, un niño grita: “¡Es que ese no es Cristo! ¡Ese es el hijo de Estelita con el chichero de la esquina!”
(2) El chavismo es el “cesarismo democrático” de izquierdas (lo cual constituye un oxímoron), lo que Telesur llama, estúpidamente, “Bonapartismo de izquierdas”. Cabrujas mismo dijo sobre Pérez Jiménez, el “César” más aplaudido: “Quienes nos oponíamos a Pérez Jiménez –por una cuestión visceral, porque éramos comunistas, porque nos perseguían– de alguna manera participábamos de ese mundo, ese era el mundo real. Lo que no nos gustaba era él, el régimen de dictadura, la falta de libertad, pero la época nos gustaba, la vivíamos intensamente, sentíamos que progresábamos, que no era mérito de Pérez Jiménez sino de las inmensas riquezas del país. Pensábamos que era de cajón que Pérez Jiménez hiciera lo que hacía, que no faltaba más, pero que alguien lo podía hacer mejor… A la larga descubrimos que no, que nadie lo hizo mejor, es casi blasfemo para mí mismo decirlo, pero es la verdad, o siento que es la verdad.”
(3) En la Escuela de Filosofía de la UCV, fui testigo de cómo compañeros de estudio que procedían de zonas populares, rendían pleitesía abiertamente a otro estudiante, que era un reconocido delincuente. Era evidente que para ellos, aquel tipo constituía su modelo de “éxito”.
(4) La familia matricentrada y el machismo que le es concomitante, no tienden puentes para un diálogo fértil entre nuestras vertientes matriciales y las patriarcales y/o patrilineales (la posibilidad de nuestro Hieros Gamos).
Yilda Conquista y Roberto Chacón



martes, 3 de diciembre de 2019

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 612)

¿ES POSIBLE DESRANCHIFICARNOS? (X) 

“Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial
es invisible a los ojos.
Antoine de Saint-Exupéry
El principito

“Se vuelve médico sólo aquél que conoce
aquello que es innominable,
invisible e inmaterial, y sin embargo eficaz.”
Paracelso

Se hace así visible lo invisible que
 hace posible la visibilidad.
Entrevemos entonces lo visi-invisible.
Daniel Medvedov

Los grandes géneros del academicismo venezolano, el histórico-épico y el retrato de próceres y jefes de Estado, forman la nuez del arte plástico al servicio del proyecto de nación Estado. Todo pro-yecto (del latín proiectus: arrojado adelante, al futuro), presupone una “imagen del mundo” en el sentido heideggeriano (mucho más que una “visión”: weltanschauung) y, por ende, una teleología, una finalidad a ser alcanzada. En tanto ese “proyecto” ha sido encomendado a las artes plásticas (pintura y escultura esencialmente) como parte del proceso de la creación y consolidación de una nación Estado moderna (unidad política que se comienza a globalizar con las guerras independentistas de América –Siglos XVIII y XIX), esto presupone un arte que es interpretado desde el horizonte de la estética, respondiendo a la expresión de una determinada vida humana (la del “venezolano”), de su historia oficial y de sus supuestas “vivencias” (1) particulares como “pueblo”.

Pero los academicistas -Tovar y Tovar, Herrera Toro, Michelena y Cristóbal Rojas- también cultivaron géneros menores, según la estimación de la Academia, como el paisaje y las naturalezas muertas (bodegones). Habían quedado en el aire las interrogantes sobre si nuestra pintura academicista sólo respondía al proyecto de mitologización de la historia en pos de construir las imágenes eidéticas de la nación Estado y su “pueblo”, o, si podíamos encontrar en aquellos artistas académicos vislumbres de un pensamiento trágico y de un arte del habitar.

Si entendemos por “espacio público” el lugar (real y/o metafórico) dónde converge un pueblo, donde encuentra el sentido de su existencia, ese “espacio” corresponde, desde el paleolítico, al sitial sagrado de la comunidad. Hasta el advenimiento de las civilizaciones tradicionales, los lugares sagrados constituían en esencia el espacio público. En la Grecia arcaica, los ágoras estaban en estrecha conexión con los santuarios. Pero ya en la misma antigua Grecia, el espacio público como ágora (ἀγορά) o lugar de reunión de los ciudadanos de la polis, comenzó a situarse en la ciudad baja (en un comienzo la plaza del mercado), diferenciándose de los templos y palacios de la acrópolis, síntoma del proceso de distanciamiento entre lo sagrado y lo político.

En nuestro mundo moderno, desacralizado, parece que la ruptura de lo sagrado y lo político es absoluta. Medios de comunicación y redes sociales, opinión pública, publicidad comercial, y relaciones públicas, parecen constituir el difuso “espacio público” del que gozamos hoy. Este parece gravitar principalmente en torno al Estado y sus instituciones, los partidos políticos y otras organizaciones (sindicatos, colegios profesionales, etc.), y las grandes corporaciones comerciales.

Michel Foucault dice que el “proceso de creación política” de las personas, fue “confiscado desde el siglo XIX por las grandes instituciones políticas y los grandes partidos políticos”. De modo que la reducción del espacio público en cuanto a participación real y creativa de la ciudadanía (aunque aparezca como gigantesco a la imaginación dados los vastos sistemas que lo componen y el alcance de lo que informa), va de la mano de esa “confiscación”.

Pero ese espacio público moderno, al estar desacralizado, carece del sentido fundante para una convergencia de las almas y los corazones de los miembros de una población. De ahí que una nación Estado moderna no constituya necesariamente un pueblo histórico (que no significa un pueblo en la historia, por supuesto). Sólo el arte, que “nombra lo sagrado”, hace converger a las personas involucradas en una circulación compartida del sentido. El artista logra hacer escuchar al “ángel dar más puro sentido al habla de la tribu”, según el verso de Mallarmé (La Tumba de Edgar Poe). Las explicaciones racionales de los “ciudadanos”, como el saberse sujetos a la mismas leyes o tener derechos y deberes iguales, sólo refuerzan esa circulación de sentido fundadora, sacra (no necesariamente religiosa).

De modo que el espacio público moderno es traspasado por las mil imágenes eidéticas y las innumerables moralinas, en una busca interminable de sustitución artificial de la circulación del sentido esencial. Así nacen los patriotismos, los nacionalismos, los himnos y las banderas, y las glorificaciones historicistas.

Aún el arte moderno puede jugar un papel fundante del espacio público, aunque nombre lo sagrado con galimatías, acertijos absurdos o silencios inquietantes, puesto que así crea enigmas sobre lo sacro (o sobre su ausencia), glifos arcanos sobre lo sagrado. Las obras modernas son como la piedra que arroja d’Arrast en el hogar de una casa, según el cuento de Albert Camus, La piedra que crece (El exilio y el reino).

Al final de la narración del cuento señalado, el ingeniero francés d’Arrast, al ver que su amigo el cocinero no va poder cargar una enorme piedra hasta la Iglesia durante una procesión religiosa donde todo el pueblo participa, para pagar una promesa hecha al Buen Jesús, decide cargar él mismo la roca relevando a su amigo. Pero no la deposita en la Iglesia, sino en el fuego central de la casa del cocinero, el hogar. Los habitantes de la casa llegan y se sientan en círculo en torno a la piedra. Entonces el cocinero le dice a d´Arrast, quien permanece de pie: “Siéntate con nosotros”.

Como dice Heidegger, el arte nos concierne debido a su importancia ontológica. Todo lo demás (hasta llegar a la reducción estética), son ecos de este hecho primordial. Y por esa razón está íntimamente relacionado con la libertad humana, de la creatividad de las potencias y fuerzas que parten de su cuerpo (Dasein, como tal, un hecho radicalmente ontológico).(2) El arte es político en un sentido profundo, ético y poiético, de crear los gérmenes de sentido de nuevas formas de vivir y relacionarse, y a la vez, de conectarnos con los orígenes.

Como palpamos en el cuento de Camus, el arte –la “piedra que crece”- hace posible el espacio público porque también se abre la posibilidad del habitar un mundo sobre la tierra, de convocar al hogar. Ese sentido fundante que convoca, y sigue circulando y resonando entre los convocados, posee esa conexión vital con el misterio de la convocatoria a la existencia, del sentido del por qué estamos arrojados a ésta, bajo el horizonte de la mortalidad.

Desde el advenimiento de los despotismos agrarios o civilizaciones tradicionales, ese poder de convocatoria, de sentido fundante (sobre el abismo mismo) del arte, fue inmediatamente utilizado por los poderes como dominio despótico para proyectarse en el tiempo y el espacio. Ahí comenzó la perversión del sentido circulante que convoca, del arte, para su uso como propaganda. Así apareció “lo enorme”, según las palabras de Nietzsche: un arte de propaganda destinado a provocar estupefacción, temor y admiración servil entre los súbditos. Pero la misma pretensión de este arte, carente de la necesaria mesura y donde los títulos del déspota no permitían escuchar el nombre sagrado, no sólo alejaban al arte y al artista de su misión auténtica, sino que cerraban toda posibilidad de espacio público y, a la vez, las posibilidades mismas del habitar.

Cuando lo enorme es vencido por la belleza, aparece el “gran estilo”, nos dice Nietzsche. Aquí lo que “vence” es la voluntad de poder del artista, alcanzando la cima más alta de la misma entre los seres humanos. La voluntad de poder debe entenderse como la potencia de armonía y unidad creadora, que hace posible el advenimiento de la creación como excelencia plus, la obra como forma. La excelencia más lograda de la forma es la belleza. La belleza es el delicioso juego de las proporciones donde la fuerza creativa más poderosa ha sido mesurada, convertida en delicadeza, para agregar al mundo algo digno de ser contemplado.


La pugna entre lo bello y lo enorme, en el arte, es histórica pero no sigue una linealidad temporal, y menos aún una “dialéctica”. Mientras vemos aparecer lo “enorme” con Ramsés II, en el Antiguo Egipto, aunque seguramente comenzó con el nacimiento mismo de los despotismos agrarios; lo bello aparece casi con el advenimiento del Homo Sapiens. Recordemos a La Dama de Brassempouy, estatuilla con el delicado rostro de una joven, tallada en marfil de mamut, realizada en el paleolítico superior, hace 24.000 años como mínimo.

La Dama de Brassempouy

Pero según Denis Dutton (Una teoría darwiniana de la belleza), las hachas de mano Achelenses, realizadas como objetos “decorativos” (no utilitarios) (3), se remontan al Homo Erectus o Ergaster, y por tanto, son anteriores a la aparición del lenguaje y del hombre moderno.

Hacha de mano achelense

Cuando Nietzsche dice que el “gran estilo” en el arte nace cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo enorme, resalta que, llegado un momento, el artista cobra consciencia de la vital importancia de su papel respecto a destino del hombre (recuerda quién es), de modo que tratará de no servir más (de escapar) a los poderes instituidos -cuyos encargos siempre tenderán a la exaltación de los poderosos y sus instituciones (a través de lo monumental –enorme y duradero, lo pomposo, lo exagerado, lo terrible, etc.) y la minimización simbólica de súbditos y enemigos-, abocándose enteramente a lo “bello”, lo que patentiza la armonía de lo que surge por sí mismo (con resonancias “cósmicas”), sin un “por qué” (Heidegger), y que puede ser des-cubierto en lo más insignificante, efímero y pequeño.

Al decir de Heidegger, gracias a la poesía el Ser del ente (cosa) se “aviene a lo permanente de su aparecer”, siendo lo que llamamos belleza esa re-velación del Ser del ente (Alethiea: des-ocultamiento en el ocultarse). Escribe Heidegger sobre la belleza y la verdad:

“La verdad es la desocultación del ente en cuanto tal. La verdad es la verdad del ser. La belleza no ocurre al lado de esta verdad. Cuando la verdad se pone en la obra se manifiesta. El manifestarse es, como este ser de la verdad en la obra y como obra, la belleza. Así pertenece lo bello a la verdad que acontece por sí. No es sólo relativo al gusto y únicamente su objeto. La belleza descansa sin embargo en la forma, pero sólo porque la forma se alumbró un día desde el ser como la entidad del ente.”

Entonces, es posible que nuestros artistas plásticos decimonónicos, a la sombra de los géneros menos ponderados por la Academia, y poco apreciados por los gobernantes en tanto poco sirven al proyecto de nación Estado, puedan haberse abierto a perspectivas distintas sobre el país y sus pobladores. Insinuando con ello posibles derroteros para un pensamiento trágico y un arte del habitar, que incluiría también las posibilidades del “espacio público”, el gran hogar de la comunidad. Puede que gracias a ese “arte menor” atisbemos por un momento un destello sobre la verdad de nuestra alma, que hemos dejado caer en el olvido.

De Martín Tovar y Tovar nos llama la atención El loco, que apareció en la revista El cojo ilustrado (año XII, 15 de marzo de 1903). El loco y el bobo son personajes recurrentes de nuestra Venezuela rural de antaño. Son el polo opuesto de los grandes próceres, con los cuales todos los pobladores del país querían tener lazos de sangre. En la vieja Venezuela, el loco y el bobo revelaban problemas genéticos por endogamia y otros males hereditarios. Un sino trágico para muchos linajes, como lo vemos al final de Cien años de soledad. La Tierra de Gracia y Macondo son como las dos caras de la moneda de nuestra realidad hasta bien entrado el siglo XX, y siguen estando a la sombra de muchos acontecimientos superficialmente “modernos” (como las “revoluciones”).

Martín Tovar y Tovar: El loco.

La obra de Herrera Luque está basada en gran medida sobre la “mala sangre” heredada, por la cual convertimos la Tierra de Gracia en Tártaro de titanes, locos, centauros y homicidas. Pero, aparte del recurso de la psiquiatrización del problema, engañosamente anti-trágico, el problema nuestro no está en la sangre (aunque Herrera Luque tampoco se lo achaque únicamente a los genes). Lo que heredamos está en nuestra psique, en nuestro inconsciente, en el imaginario colectivo, pero también en lo que consideramos nuestros rasgos identitarios (comportamiento, costumbres, etc.), en nuestro patrimonio artístico y cultural, y paradójicamente, en muchas cosas que no consideramos nuestras pero que nos atañen y nos poseen. Nudo Gordiano éste que hay que ir desenredando con mucha paciencia, delicadeza y precisión, ya que tienta, de lo enredado que es, a cortarlo a machetazos, como han intentado muchos.

Herrera Toro: El patio interior

Sobre el arte de habitar, Herrera Toro nos invita a mirar lo acogedor de nuestras antiguas casas en El patio interior (1902). En las pinturas de grandes batallas y otros acontecimientos históricos sobre los que la nación se siente “fundada”, sólo aparecen hombres, grandes personajes históricos, militares y políticos. Pero los patios interiores, los centros de nuestros hogares, las matrices de nuestra habitabilidad, pertenecían a las mujeres. La feminidad criolla que tan bien nos re-vela Teresa de la Parra, está ligada a esos patios interiores, a esos oasis de habitabilidad en medio de una sociedad y una naturaleza con aristas muy peligrosas. Carlos Raúl Villanueva fue uno de nuestros arquitectos que trató de que la modernidad arquitectónica acogiera esos espacios para la interioridad, pero muy pocos le han seguido en esta vena.

Esa pintura trae a mi mente esta reflexión de Osho:

“El amor, la compasión, la piedad, la amabilidad, todas estas grandes cualidades tienen una fragancia femenina. También hay cualidades masculinas: las cualidades del guerrero, el valor. Son cualidades duras, hay que ser como el acero. Porque las cualidades del hombre se han desarrollado a través de la guerra, y las femeninas se han desarrollado en casa con el marido y los niños […]. El mundo ha vivido dividido en dos partes. Por un lado, el hombre ha creado su mundo, mientras la mujer, a la sombra, ha vivido y ha creado su propio mundo. Esto es una contrariedad, porque para ser completos, enteros, tanto el hombre como la mujer deben tener las cualidades del otro. Tanto el hombre como la mujer deberían ser tan delicados como el pétalo de una rosa y tan fuertes como una espada; ambas cosas juntas, y así poder responder siempre que se presente la ocasión o lo exija la situación.” (Osho. Bienestar emocional). (4)

De los pintores académicos del siglo XIX, Cristóbal Rojas fue el que más se aproximó a una ruptura con la Academia y el romanticismo, como lo hicieron en su momento los franceses Gustave Courbet (1819-1877) y Jean-François Millet (1814-1875), entre otros, en lo que se denominó el realismo pictórico. Ante los pomposos temas históricos o mitológicos del clasicismo y los temas exóticos del romanticismo, los realistas proponían temas basados en la realidad cotidiana.

Cristóbal Rojas: Las ruinas de Cúa después del terremoto de 1812 

En Cristóbal Rojas, el realismo se abrió paso entre sus encargos académicos, pintando un país menos glorioso, más bien arruinado y empobrecido. Llama la atención sus cuadros sobre ruinas, como Las ruinas de Cúa después del terremoto de 1812 (dos cuadros) y Las ruinas del convento de Las Mercedes, también destruido por el terremoto de 1812. Todas datan de 1882, ochenta años después de aquel desastre natural. Nos hace recordar lo que decía Enrique Bernardo Núñez, de que lo que más resaltaba del paisaje venezolano eran las ruinas. Esas ruinas como paisaje las volveremos a encontrar más adelante, en obras como El arte en la historia, de Héctor Poleo.

Esta aseveración de Núñez no debe entenderse como si ponderara un carácter pintoresco de nuestro paisaje, como las ruinas de la Antigüedad que aparecen en las pinturas del francés Pierre Patel (1605-1676). Mientras las ruinas de la Antigüedad clásica recuerdan a los europeos su vasto pasado, pero también el auge civilizatorio indetenible de los tiempos modernos, las ruinas en Venezuela revelan, entre otras cosas, la involución que sufrió el país después de la Independencia. Una cita de Canaima, de Rómulo Gallegos, puede dar idea de lo aquí planteado:

“Por ahí, más adentro, estaban las ruinas del convento, pero ya no queda nada.
Todas estas casas de por aquí están pavimentadas con ladrillos sacados de esas ruinas, que por eso los llaman fraileros. Unos ladrillos que duran siglos, que ya no saben fabricarlos nuestros alfareros. Como todo lo bueno de antes, que se ha perdido.”

Cristóbal Rojas: Las ruinas del convento de Las Mercedes.

Por supuesto, el terremoto de 1812 vino a redoblar los destrozos y muertes que el huracán revolucionario y la guerra por la independencia de 20 años, causaron al país. Bolívar, cuya casa de piedra fue la única que se mantuvo en pie enteramente en Caracas el día del terremoto, dijo entonces su famosa frase voluntarista: “¡si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”, replicando con ella a los clérigos realistas. Pero, no fue sólo la naturaleza física la que se opuso… ¿O, pudiera ser, que había un quantum contra natura, en el proyecto bolivariano? Recordemos que la guerra de independencia fue, sobre todo, una guerra civil.

En todo caso, el “arruinamiento” del país, algo trágico dice no sólo de su naturaleza, sino sobre su historia y los hombres que la hicieron. Tomando en cuenta especialmente que a la guerra de independencia, con su “guerra de colores”, “guerra a muerte” y emigración a Oriente, siguieron largas “réplicas” (usando un término sismológico): casi cien años de guerras civiles y gobiernos autoritarios. Guerras civiles donde los partidarios del progreso, como señaló Teresa de la Parra, confundieron desgraciadamente “progreso” con destrucción.

A las ruinas de las guerras, los terremotos y la desidia de los hombres, hay que agregar la de los pueblos fantasmas, ya sea por la incidencia de enfermedades, como el paludismo, o por la devaluación de algún producto de exportación cuyo auge los había creado y/o hecho prósperos, y cuya posterior falta de demanda o la caída de sus precios internacionales los condenó a la ruina y el abandono.

Cristóbal Rojas: Naturaleza muerta con libro abierto.

Otro grupo de pinturas de Rojas a tomar en cuenta son los bodegones y afines. Hay algo en la atmósfera de Naturaleza muerta con libro abierto (1885), Naturaleza muerta con lámpara y Naturaleza muerta con paños (1887), que entronca directamente con Las cafeteras de Otero. Junto con Estudio para balcón (1889) y Mimosa (Sillón con flores / 1890), hacen las veces de pequeños ensayos sobre cómo nos relacionábamos con las cosas en aquel mundo de la Venezuela de aquel entonces, que debía bastante a lo que había podido salvarse de la Venezuela colonial, y también, sobre los matices de nuestra intimidad. Esa que ha sido matriz de tantos de nuestros poetas, y donde, por ende, chisporrotean las posibilidades de habitar estas tierras.

Cristóbal Rojas: El faisán.

El faisán (1889) es quizá la más “chardiniana” de nuestras pinturas decimonónicas, junto al Bodegón de Michelena (1891). Por ende, nos insinúa la posibilidad de un arte de vivir, de una cotidianidad poetizante. El hecho de que esta pintura este sepultada bajo nuestra obsesión por las pinturas de batallas importantes, ilustración de fechas patrias y retratos de héroes y políticos, dice mucho del poco cuidado que hemos tenido con nuestro legado de vida, con la porción de “lo pequeño es hermoso” que nos tocó en suerte.

Aparte de estas obras, hay que detenerse en otra serie de pinturas importantes de Rojas. Éstas tienen que ver con una condición que la Venezuela petrolera olvidó con demasiada facilidad: la miseria que asoló nuestro país desde las guerras de independencia hasta los primeros años del siglo XX. Destaca entre esas pinturas La miseria (1886). Esta puede ser acompañada por El plazo vencido (1887), El violinista enfermo (1886), Orfandad (1885) y Estudio para una primera y última Comunión. Aunque La miseria fue realizada en Francia, seguro lleva el sabor de la miseria que campeaba por estas latitudes.

Cristóbal Rojas: La miseria.

Esa “miseria” que vivimos en nuestros “cien años de soledad” decimonónicos, quizá ha quedado prendada de nuestra alma, de una manera tal que la riqueza petrolera no pudo siquiera maquillarla. Hugo Chávez, gran conocedor del imaginario venezolano, tal vez haya reconocido esta llaga de nuestro psiquismo colectivo, al recomendar la lectura de Los miserables de Víctor Hugo. Aunque con ello daba una interpretación anti trágica, “socialista” (colectivista), al asunto.

Tampoco olvidemos que los territorios de la actual Venezuela nunca fueron particularmente ricos en algo, ni en tiempos prehispánicos (donde no se levantó ninguna civilización indígena), ni en tiempos coloniales, donde éramos los parientes pobres de los grandes virreinatos.

Cristóbal Rojas: El purgatorio.

Estás “pinturas negras” tiene como culminación El purgatorio (1890). Como realista, Rojas ha debido entrever que Venezuela no era ningún Jardín del Edén, que había en ella demasiados “pecados y maldiciones heredados” (Lezama Lima dixit), que debían ser purgados para acceder a la posibilidad del habitar. Quizás el pintor estaba más claro que nosotros sobre cuáles de esos pecados y maldiciones debíamos deslastrarnos.

Lo cierto que esa imagen de la Venezuela-Purgatorio es la puerta de entrada para un pensamiento trágico, aunque esa puerta sea muy pequeña, como la que encontró Alicia en el Salón de las Puertas, donde hay que volverse muy pequeño para poder entrar. El Purgatorio es un pasaje temporal, donde terminan de purificarse las almas que van al Cielo, pero, ¿y si ese estado se hace permanente, infernal, como el laberinto sin salida de Macondo? ¿Es nuestra maldición una purificación sin fin, y sin sentido? Imaginemos todos nuestros desarrollismos y delirios vernáculos flagelándonos maniáticamente en pos del sueño utópico de cada quién, perpetuando así la sempiterna purga demencial.

Arturo Michelena, el autor de Miranda en La Carraca, es de los pintores académicos el más tentado por el romanticismo pictórico. Sin embargo, también tiene una obra a la manera de las pinturas realistas de Rojas, La caridad (1888), obra también realizada en París.

Los autorretratos de nuestros pintores académicos parece que poco dicen de ellos. El de Michelena (1890) nos lo muestra como un joven y dedicado pintor, con paleta y pinceles en las manos. En el de Cristóbal Rojas (1887) vemos la imagen de un artista que se afirma como tal. No son los pinceles y la paleta los que nos dicen su profesión, sino su boina roja de pintor decimonónico. Su rostro mira al espectador, revelando un lado luminoso y otro sombrío, un alma en claroscuro. Un decir de la gente de antes reza así: “Venezuela: luz pa’ fuera y oscuridad pa’ dentro”.
  


Autorretrato de Arturo Michelena


 Autorretrato de Cristóbal Rojas

 De Martín Tovar y Tovar no tenemos autorretrato. Pero su retrato por Herrera Toro (dos pinturas / 1887), nos revela un hombre quizá severo, con autoridad, y, ciertamente enigmático. Ninguno de los retratos revela su oficio de artista. Herrera Toro si se retrató a sí mismo, dos veces también. En el primero de sus autorretratos (1880), observamos un joven de mirada algo inquietante. En el segundo (1895) lo podemos apreciar como un hombre aburguesado de la época. En ambos autorretratos tampoco se revela poco o nada de su carácter de artista, aunque puede suponerse que el lugar donde realizó el primero haya sido su estudio.
  


Retrato de Martín Tovar y Tovar


Autorretrato de Herrera Toro

Existe una distancia apreciable entre estos pintores, tal como revelan sus imágenes, y un pintor-chamán como Reverón. Ellos representan hombres modernos, por lo menos en lo visible inmediato, ya sea como artistas o gentilhombres con algo de bon vivant. ¿Modernos aquejados del mal de Saturno? ¿Cosmopolitas expatriados en su propia tierra? ¿Centauros heridos intentando sanarse a través del arte o de la buena vida (en Caracas o en París)?

Mientras la modernidad artística llega a París desde Edo (Tokio), Shanghai, y Saigón, revelando al ojo impresionista maneras inéditas de mirar, nuestros académicos se atrincheran dentro de los postulados de la Academia, y si acaso recibirán tardíamente las influencias del romanticismo, el realismo y el impresionismo. No se trata sólo de una escogencia determinada por las circunstancias o la comodidad. El impresionismo es una pintura que trata sobre el tiempo, más que sobre la luz. ¿Esa temporalidad diferente –moderna- existía en Venezuela? ¿Podía ser comprendida fuera de París, Londres o New York, en una “periferia” todavía altamente ruralizada? ¿Cómo podía calzar esa “modernidad” del mirar en el proyecto “ciclópeo” de nación Estado esbozado fundamentalmente bajo el aliento ilustrado y revolucionario del siglo XVIII? En algunos de nuestros pintores académicos se puede ver alguna influencia tardía del impresionismo, pero, al igual que en nuestros músicos, servirá para dar un toque modernizante, bastante superficial, a un material basado en viejas temáticas recurrentes: históricas, religiosas, paisajismo “doméstico”, etc.

En la historia de la plástica en Venezuela, el paisajismo le debe más a los denominados “pintores viajeros” (artistas extranjeros que nos visitaron), a los que llamaba inmediatamente la atención nuestra naturaleza exuberante, que a nuestros académicos decimonónicos. Si el paisajismo responde a un asombro ante la naturaleza, y también a una proyección de lo que quisiéramos, como cultura, que la naturaleza fuera o lo que representa en el marco de nuestros valores, los paisajes de nuestros académicos poco dicen al respecto.

El proyecto de nación Estado parece que encarnaba en la historia, sobre todo el período independentista, pero no en la historia natural. ¡Qué diferencia con la Escuela del Hudson de los estadounidenses! Estos pintores no se cansaron de pintar lo que ellos denominaron “el país más hermoso del mundo”. Así, se distanciaban de los paisajistas europeos, que hacían énfasis o en las ruinas de sus viejas civilizaciones, o en el paisaje rural cultivado. Los pintores de la Escuela del Hudson pintaban una naturaleza agreste, salvaje, pero imponentemente hermosa, sacralizándola. Ellos siguieron a los cazadores y tramperos que sustentaban el rico comercio de pieles de los siglos XVII y XVIII, y que abrirían camino a los colonos que marcharon hacia el Oeste en el siglo XIX.

Albert Bierstadt (1830-1902): En las montañas de la Sierra Nevada en California (1868).

 Los paisajes preferidos por nuestros pintores del siglo XIX serán recurrentes en el paisajismo del siglo XX, debido, en parte, al centralismo caraqueño: el Ávila y la Silla de Caracas, Macuto, y zonas rurales aledañas a la ciudad, la mayoría de ellas hoy urbanizadas. Pero, por ejemplo, el Macuto de Tovar y Tovar o el de José María de las Casas (ya a principios del siglo XX) poco tiene que ver con el de Reverón, por lo menos en cuanto a intensidad de la luz. Así como el Ávila de Tovar y Tovar no nos parece tan imponente y colorido como el de Cabré. (5) Todavía, en aquel entonces, el Ávila no era nuestro Olimpo, ni Macuto la playa predilecta de nuestro Ponto.
   


Tovar y Tovar: Macuto


Tovar y Tovar: El Ávila frente a Gamboa

¿Por qué nuestro paisajismo académico no se fue “poseído” (o “revolucionado”) por nuestra exuberante naturaleza? El venezolano de hoy puede que no se exprese del todo bien respecto a su Estado o sus compatriotas, pero pondera en alto grado sus paisajes, especialmente los icónicos: Canaima, las playas del Caribe, El Ávila, Los Andes, etc. Pero al mismo tiempo tenemos dichos antiguos como “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”. A diferencia de los conquistadores españoles, a los que su ambición los llevó a cruzar selvas y desiertos, escalar cordilleras imponentes y cruzar ríos gigantescos, el venezolano de antaño no desarrolló un especial gusto por el conocimiento y exploración de su paisaje natural. Cuando Humboldt quiso subir a la Silla de Caracas en 1799, no encontró a nadie que hubiese escalado la montaña y le sirviese de guía. Hasta bien entrado el siglo XX, el Ávila selvático será considerado por los caraqueños hogar de tigres (jaguares) y leones (pumas). En los relatos de la emigración a Oriente, leemos que junto a las enfermedades, y los llaneros de Boves que los perseguían, gran parte de la mortandad entre las personas que huían se debió al ataque de fieras.

“Monte y culebra” se refiere a la letalidad de la naturaleza tropical, tanto en selvas, como en llanos y montañas: ríos infestados de lagartos y pirañas, insectos y reptiles de picadura letal, y sobre todo, enfermedades endémicas. En el cuento “La fundación” de Antonio Arráiz (Cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo / 1945), leemos el relato de una familia de colonos que funda un hato en un territorio agreste, pero rico en agua y buena tierra. El hato prospera y la familia crece…, hasta que llega el paludismo. Muerte y decadencia descienden sobre el hato, hasta que finalmente es abandonado por los supervivientes. La naturaleza, entonces, hacía retroceder al hombre y su civilización, que parecía sólo poder mantenerse en ciertos lugares escogidos, como Caracas. “Y si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella…”.

Sin el paisaje algo importante cojea en el proyecto de nación Estado. “La naturaleza es el espíritu visible y el espíritu la naturaleza invisible”, escribió Schelling. En el paisaje, al decir de Lezama, la naturaleza se da como una forma de refinamiento, de delicadeza. Para Michel Onfray, el principio de delicadeza es lo que opone en el hombre, lo celeste a lo terrenal, lo angélico a lo infernal, la elegancia a la torpeza. Ofrece no añadir nihilismo al furor de los hombres, ofrece cultura contra la barbarie, civilización contra el salvajismo, lo humano contra lo inhumano (“El principio de delicadeza”. El deseo de ser un volcán).

Sobre todo, llama la atención cómo históricamente le damos la espalda a la estepa y a la jungla, una cara vuelta (y no un “vuelvan caras”) a los espacios conocidos del oasis civilizado en medio del “mundo perdido”. Si el paisaje es el producto del encuentro entre cultura y naturaleza, la escasa producción de pinturas paisajistas en nuestros academicistas, “forjadores de la plástica nacional”, algo esencial dice sobre ese encuentro o desencuentro. ¿Por qué tarda tanto en darse entre nosotros el diálogo entre hombre y naturaleza que marca “la soberanía del paisaje”. “El hombre, desplazado de su centro, vuelve a él, aunque su paisaje se muestre irreconciliable, ya para siempre lejano” (José Lezama Lima. Sumas críticas del americano).
  


Cascada Gamboa


Cascada de Catuche

En los paisajes de Michelena, como La cascada Gamboa y La cascada de Catuche, entrevemos que aún la naturaleza cercana a la capital tiene un algo amenazador e indómito. Recordemos que, hasta que fueron embauladas, la mayoría de los arroyos que bajaban al Valle de Caracas, se desbordaban en época de lluvias y causaban destrozos e inundaciones en vastos sectores de la pequeña ciudad. Pero tendremos que esperar hasta las obras paisajistas de Elisa Elvira Zuloaga, primera pintora venezolana (1900-1980), para encontrarnos con un paisaje realmente ominoso, trágico.
  
Elisa Elvira Zuloaga: Paisaje de Otoño.


Aunque quizá, ese primer paisaje trágico de nuestra pintura corresponda a Miranda en La Carraca.
“Francisco de Miranda […]. Su paisaje tiene tanta fuerza, para que en cualquier escenario donde se desenvuelva, y abarcó uno de los mayores de su época, vuelva sobre él, lo retome y lo ponga en el centro de un calabozo.” (Lezama Lima. Ob. Cit.) 
(Continuará…)

Notas:
(1) “Vivencia”, en la terminología de Heidegger: apropiaciones sensibles de la subjetividad moderna.
(2) Entonces artes como el Tai Chi Chuan, que enseñan a conocer las fuerzas que surgen del centro del cuerpo (Dan Tien) y el cómo utilizarlas creativamente, son esenciales para una paideia de la libertad como creación (poiésis) política.
(3) Esas hachas de mano no utilitarias, serían “signos de aptitud”, según los evolucionistas.
(4) El gran maestro de Tai Chi Chuan Yang Jun (Guardián del Estilo Yang), dice que en el Tai Chi, el practicante se mueve como una mujer, pero pega como un tigre.
(5) De los pintores academicistas, Martín Tovar y Tovar fue el que más se interesó por el paisaje, sobre todo en sus últimos años, al punto que se le considera un “puente” entre los “pintores viajeros” y los paisajistas del Círculo de Bellas Artes (siglo XX). Ciertamente, un puente colgante en demasía, tendido sobre nuestros abismos, entre el centauro y el cosmopolita (¿cuál es el centauro y cuál el cosmopolita? ¿Y en cuál de las cabezas del puente montan guardia?).
Yilda Conquista y Roberto Chacón






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