Mostrando las entradas con la etiqueta Goya. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Goya. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de enero de 2018

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 588)

¿ES POSIBLE DESRANCHIFICARNOS? (VI)

“La obra de Michelena es, pues, más que el retrato
de un prócer en el decaimiento de su vida, el retrato de la
escisión colectiva que nos atañe a todos los
venezolanos entre nuestro ser universal y nuestro ser local.”
Luís Pérez Oramas
La república baldía

El gesto melancólico de Miranda, con la cabeza recostada indolentemente sobre la palma de la mano, que vemos en la pintura de Michelena, nos recuerda otra obra de Goya: el Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos, que representa no sólo el carácter melancólico del retratado, sino la melancolía latente en todos aquellos progresistas que creían ver una salida al estancamiento de España en el despotismo ilustrado, siendo el absolutismo de la monarquía española la fuente primera del status quo regresivo que padecían. Y más allá todavía, puede que ese retrato represente la melancolía del alma de la nación española de aquel entonces, de aquella potencia venida a menos atrapada en una encrucijada de la historia que ya duraba demasiado, y que no se resolvería del todo ni siquiera luego de la muerte de Franco.

Goya: Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos

Jovellanos, asturiano como Boves, fue el ilustrado más importante de la España de finales del siglo XVIII. No fue un “afrancesado”, al menos políticamente, ya que rechazó formar parte del gobierno de José Bonaparte tras la invasión francesa (1808), y más bien se decantó por defender primero al gobierno de la Junta Central, y luego al de la Regencia. Sin embargo, Jovellanos era un reformador avanzado en materia de justicia y de comercio, y creía que el poder e influencia de la Inquisición debían disminuir drásticamente. Tras la alianza con la Francia revolucionaria (1796), en el primer gobierno de Godoy, Jovellanos es nombrado Ministro de Gracia y Justicia (1797), cargo en el cual estará nueve meses y desde el cual impulsará las reformas que consideraba necesarias para la modernización del país. Sin embargo, en el segundo gobierno de Godoy (1801-1808), éste ordena detenerlo y lo envía a prisión, en la cual estará hasta la caída definitiva del “Príncipe de la Paz”, muriendo poco después. No deja de llamar la atención las semejanzas y paralelismos que presentan las vidas de estos dos grandes ilustrados, Jovellanos y el Generalísimo Miranda.

Sobre ese gesto de pesadumbre que emparenta las imágenes de Miranda y Jovellanos, y que ya es significativa característica de la alegoría pintada por Durero (Melancolía I), dice Rafael Núñez Florencio:

“No por casualidad se habla de pesadumbre como sufrimiento moral. Resulta curioso observar la iconografía del carácter melancólico, es decir, las diversas representaciones que a lo largo de las épocas han realizado los pintores, escultores, grabadores y otros artistas de los hombres y mujeres en estado de postración. Fijémosnos en las poses y actitudes que aparecen retratadas. La primera impresión es que no pueden con su cuerpo: necesitan sostener la cabeza con la mano, están tumbados o caídos, se apoyan en lo primero que pueden con un gesto de cansancio. Es evidente que lo que el artista quiere plasmar es lo contrario de la ligereza (de hecho, el concepto de gravedad tiene también ese doble sentido físico y moral al que nos estamos refiriendo). Podría decirse sin excesiva metáfora que la melancolía pesa: es como una cadena que arrastramos, como un fardo, o un lastre que nos arquea las espaldas, o que nos oprime el pecho hasta hacernos difícil la respiración.” (Rafael Núñez Florencio. “Sobre la bilis negra o el mal de Saturno”).

Los homeópatas dicen que no hay enfermedad, sino enfermos. Pero la alegoría de Durero apunta justamente a la dimensión colectiva que adquiere esa “enfermedad del alma” que llamamos melancolía [1]. El ángel apesadumbrado (¿caído?) de su grabado, cual Ícaro cristianizado, es la imagen con la que plasmó la representación de un mal anímico, de una pesadumbre moral que, como la peste, puede atacar a todos los hombres sin importar su condición e historial ético. Esa pesadumbre acaece como si el peso de destartalados idealismos –colectivos e individuales- aplastara el alma bajo los escombros de exigencias y deberes incoherentemente sobrepuestos y arruinados. De modo que la cambiante e imprecisa definición que ha tenido el mal de Saturno a lo largo de su historia quizá obedezca a la diferente forma de manifestarse y desenvolverse que adquiere en cada individuo, país y tiempo determinados.

Puede que la duración, profundización y diseminación global del mal de la bilis negra, tenga que ver con las ideologías fatuas, ingenuas y voluntaristas in extremis que a partir del Renacimiento, concibieron optimistamente que la “ciudad de Dios” -el paraíso al final de la historia- podía ser fácilmente alcanzable por la humanidad: la nueva fe en el hombre de los renacentistas, la ilustración y su confianza absoluta en la Razón, el positivismo y su creencia ciega en el progreso científico, y finalmente, el marxismo y su tozuda convicción en una revolución liberadora y regeneradora de carácter definitivo. Pero como indetenible corriente de fondo que todo lo arrastra hacia abajo, camuflada y a la vez agenciada por esos “metarrelatos emancipadores”, la desacralización del cosmos –o el retiro de lo sagrado (como prefieran llamarlo)-, propia de nuestra modernidad, permitió que el absurdo –el sinsentido- se enseñoreara del mundo. El nihilismo consumado que caracteriza nuestro ahora, tiene por correlato sintomático esa “epidemia de melancolía” que ningún “matarrelato emancipador” pudo siquiera maquillar, y mucho menos sanar. El camino hacia la “Ciudad de Dios” o al “cielo en la tierra”, que dicho de muchas maneras funge como finalidad última de la historia humana según la modernidad, pareciera no ser alcanzable sino a través de un largo y tortuoso recorrido por el inframundo.

Desde Aristóteles se ha asociado la melancolía a un especial tipo de seres humanos: a los grandes hombres, sean estos artistas o estadistas. En su De vita triplici, Marcelo Ficino declara ya a la melancolía no sólo como una enfermedad de los hombres de letras, sino como un camino hacia la genialidad en arte y literatura. Burton, citando a Rhasis, escribe: «generalmente los individuos de fino ingenio y gran despejo son los más expuestos a sufrir de melancolía». Como señala Rafael Núñez en su texto ya citado, la asociación entre genio y melancolía es uno de los lugares comunes de nuestra cultura.

“El nacimiento de esta nueva conciencia humanista se produjo, por lo tanto, en una atmósfera de contradicción intelectual. El autosuficiente “homo literatus”, al ocupar su posición, se veía desgarrado entre los extremos de la autoafirmación, a veces elevada hasta la hybris, y la duda de sí, que a veces llegaba a ser desesperación; y la experiencia de ese dualismo le espoleó a descubrir la nueva pauta intelectual, que sería un reflejo de esa falta de unidad trágica y heroica: la pauta intelectual del “genio moderno”. [2]

En su ensayo Lorenzo Barquero: la melancolía criolla del intelectual frustrado, Carmen Teresa Soutiño expone de manera acertada, a través del personaje de la novela de Rómulo Gallegos Doña Bárbara, Lorenzo Barquero, la problemática del intelectual venezolano, que pasa de ser el portavoz adelantado de la modernización -en sus comienzos promisorios- a la personificación vergonzosa de la regresión moral más abyecta –ya cuesta abajo en su rodada.

Los centauros venezolanos, es decir, los señores de la guerra descendientes de los grandes taitas telúricos, Boves y Páez, convirtieron los ideales heroicos de la emancipación en “caudillismo, vandalismo, represión, en ‘bochinche, puro bochinche’ como decía Miranda” (C. T. Soutiño. Ob. Cit.). El intelectual venezolano del siglo XX, como el ilustrado del siglo XIX, tiene por misión cimera la extirpación de esos centauros, de esos seres mitad hombres y mitad bestias, para que pueda advenir la civilización a estas tierras.

“El hombre de talento, como lo decía Aristóteles, destinado a la grandeza, es el elegido para luchar contra ese centauro que irrumpe como una sombra de la figura heroica en la resquebrajadura producida por el ideal independentista y que ya Michelena, en 1896, había transmutado en un héroe melancólico. El cuerpo de este ideal de hombre, el intelectual, convertido en héroe civilizador, al igual que aquel Miranda echado en su camastro, ha sido traspasado por la hoz de Saturno.” (C. T. Soutiño. Ob. Cit.).

“Traspasado por la hoz” de Saturno significa “castrado”, como lo fue Urano de la mano de su hijo Cronos. El intelectual venezolano fracasa ante el centauro, porque parte de negarlo y reprimirlo dentro de su propia psique, y éste, convertido en sombra demoníaca, termina por dejarlo estéril, incapaz de obra alguna, al quitarle su fuerza instintiva y su vitalidad, haciéndolo víctima de la más atroz melancolía, esa que rebaja a los hombres al estado de bestias.

“Propiciar a Saturno es entrar en estrecho contacto con aquello que, al ser reprimido, puede tener un efecto destructivo, puede envenenar el alma. Como el viejo Cronos, Saturno es el dios que siempre ha regido el tiempo […] rige la conciencia del tiempo de la evolución: se trata de una conciencia cercana a las fuerzas misteriosas de la creación y de la destrucción, una conciencia en cuyo interior estos dos opuestos ya no son más una fisura, como lo ha sido a lo largo de la historia. Sin duda alguna, debemos considerar esta conciencia propiciada por Saturno como la que es pertinente a los tiempos después de la catástrofe” (Rafael López Pedraza. Anselm Kiefer. La psicología de “Después de la catástrofe”. Citado por C. T. Soutiño. Ob. Cit.)

La sombra terrible tras los retratos melancólicos de Miranda y Jovellanos es la del Saturno devorando a sus hijos, según la pintura negra de Goya. En el plano individual, el titán devora los frutos posibles del genio, dejando al hombre de letras y al estudioso infértiles para la poiesis, estériles para la creación. En el plano colectivo, las convulsiones y conmociones modernizadoras -cuyo clímax es alcanzado por los procesos revolucionarios-, aplicados a troche y moche, terminan devorando el futuro de los pueblos, precipitando catástrofes humanas –psíquicas y materiales- cuyas secuelas, como las maldiciones ancestrales, estigmatizan y condicionan a las generaciones venideras. Las revoluciones devoran a sus hijos, o si no los castran. Como escribió Teresa de la Parra, en el mundo hispanoamericano del siglo XIX, los partidarios del “progreso” asimilaron esa palabra a mera destrucción, y como ya sabemos, eso no sucedió exclusivamente en ese siglo: sucede ahora.

En la tragedia griega, el antiguo heleno reconocía su filiación con bárbaros y titanes, así como en el famoso verso de Píndaro (“Una es la raza de los dioses y de los hombres; de una sola madre obtenemos ambos nuestro aliento”), también sabía sobre su origen común con los dioses inmortales (todos descendientes de Gea, la Tierra). Como nosotros carecemos de un arte y pensamiento esencialmente trágicos, no hacemos otra cosa –culturalmente hablando- sino de aferrarnos a nuevas y cada vez más sofisticadas formas de proyección del centauro en nuestra historia, gentilicio y paisaje, pero bien lejos de nuestra purificada alma ilustrada, expulsando a la horda esteparia a las regiones fronterizas y recónditas de nuestra imago mundi, fuera del camino del progreso y el desarrollo que promete colmarnos de bienes y tesoros en el porvenir.

Pero en la peculiar versión de nuestra centauromaquia [3], cuando nos precipitamos armados hasta los dientes con todo tipo de ideas modernas, para acabar de una vez por todas con los centauros bochincheros que tan claramente vemos galopar alocadamente por doquier, en ese justo momento caemos poseídos por nuestra sombra centáuride, en una especie de paradojal “vuelvan caras”, donde se da un radical y sorprendente cambio de máscaras, de roles e intenciones. [4] Entonces, cegados por los dioses (como el trágico Ajax), el instinto de la horda esteparia toma el control y donde creemos que combatimos por el progreso y la civilización, luchamos por la regresión y la destrucción. Sucede de modo muy parecido al celo fanático, arbitrario y supersticioso –hasta el crimen- con el que los revolucionarios de la historia contemporánea han combatido el orbe tradicional y el ancien regime (que se supone impregnado hasta su médula de fanatismo, superstición y arbitrariedad).

Mural del "Chávez Centauro"

Recordemos entonces: el pathos trágico es diferente a la melancolía. Es más, podemos aventurar que está última aparece con características epidémicas justo allí donde no hay arte y pensamiento trágicos.

Desde esa perspectiva cobra un nuevo matiz el Poema conjetural de Borges, citado por Rojas Guardia en su texto ya mencionado, porque puede ser que Francisco Laprida haya caído abatido por su doble, por su monstruosa sombra, como el protagonista de La bestia en la jungla, de Henry James:

“Vencen los bárbaros, los gauchos vencen (…) / yo que anhelé ser otro, ser un hombre / de sentencias, de libros, de dictámenes, / a cielo abierto yaceré entre ciénagas (…) / al fin me encuentro / con mi destino sudamericano”.

El cuento de Borges El bárbaro y la cautiva, puede que presente los arquetipos polarizados de nuestra alma sudamericana: bárbaros que casi milagrosamente se hacen defensores entusiastas de la civilidad o civilizados raptados por el salvajismo estepario que, como en La llamada de la selva de Jack London, encuentran su realización en la vitalidad primigenia de la vida salvaje.

Tomando una imagen algo menos polarizada, de un lado tenemos al bárbaro cosmopolita, exquisito y desalmado, como el príncipe tártaro del filme Andrei Rublev de Tarkosvky (que se pasea sobre su caballo dentro de la saqueada Catedral de Kiev, mientras admira y degusta el arte cristiano ortodoxo), y del otro a Kurtz, el personaje nihilista y regresivo de El corazón de las tinieblas de Conrad, que, poseído por una ambición sin límites, termina siendo mucho más salvaje y despiadado que los nativos tribales del África a donde fue enviado para traficar con marfil.

Si el continente americano es un “espacio gnóstico”, como dice Lezama Lima, que esperaba ser fertilizado por las cimientes que provenían del Viejo Mundo, entonces nuestro problema titánico se enmarca en aquella maldición primitiva cuya raíz se encuentra en el rencor hondo y feroz que en la mitología griega tenía Cronos contra su padre Urano. Este dios no deja que sus hijos salgan del vientre de su madre Gea (Tierra). Para resolver la situación, Gea convence a sus hijos de que lo maten con una hoz hecha por ella. Cronos, el único que se atreve a actuar contra Urano, lo ataca con la hoz, castrándolo. Del semen de Urano surgen los gigantes y las Erinias (las que castigan el pecado de hybris). Luego, sabiendo Cronos que le esperaba con sus hijos un destino similar al de su padre, decide tragarse a la prole que tiene de su esposa Rea.

Si la semilla germinal viene del padre europeo y la matriz fértil es americana, no es difícil vislumbrar el trasfondo mitológico del por qué de todos los intentos históricos, intelectuales y políticos, no sólo de intentar asesinar al “padre”, sino también para castrarlo (dejarlo sin simiente), y así poder liberar a los hijos que están atrapados en el seno de su madre (¿familia matricentrada?); y como luego esos nuevos padres (llamados “titanes” por Urano: “los que abusan”), ogros saturnales, se engullen cruelmente a sus mismos hijos, por temor de repetir el destino de su propio progenitor. Ya sabemos por la tragedia griega que intentar evitar el destino es la forma más segura de cumplirlo.

Pero paradójicamente, la castración de Urano deja descendencia, no menos paradojal, por cierto: por un lado los gigantes, que por definición son “desmesurados” (tanto por su salvajismo como por sus dimensiones), y por el otro las vengativas Erinias, quienes castigan el pecado de desmesura. ¿Y qué otra cosa es nuestra mitología independentista y sus correlatos culturales, sino una infinita saga de gigantes y colosos, de “ogros filantrópicos”? ¿Y qué otra cosa es nuestra historia de cien años de soledad, sino espirales infinitas de venganzas irredentas y el sucederse interminable de empresas ciclópeas cuya desmesura las condena precozmente a la ruina?

Goya: El Coloso

De la castración de Urano también fueron creadas las Melíades, ninfas de los fresnos de los cuales sería generada la mitológica raza de hombres de la Edad de Bronce: temibles y soberbios guerreros que murieron sin dejar nombre. Puede que nuestra melancolía también tenga que ver con que sabemos en nuestro fuero interno, a pesar de todas las mitologías épicas con que nos han atiborrado, que al sol naciente de los héroes le sigue inexorablemente un crepúsculo de los ídolos, que, como dice el verso de Trakl (Grodeck), “La noche envuelve guerreros moribundos”.

Ahora que tenemos al último vástago de la castración de Urano, al “Gigante de la Patria”, podemos tomar conciencia de que ese maniaco erigir gigantes ciclópeos que fungen como mesiánicos salvadores de la nación (la cultura, las artes, la ciencia, etc.) no es sino una manera de perpetuar no sólo las lacerantes heridas infligidas a nuestra auto estima nacional, sino, sobre todo, nuestro trasfondo de melancolía y acidia tropical, pues como asombrosamente dijo el Che Guevara: “Sólo los que viven de rodillas ven a sus enemigos [o a sus supuestos “amigos y protectores”] como gigantes”. Nuestra gigantomaquia [5] debería resolverse como dicen estos versos de Víctor Hugo:

“Viendo unos horribles gigantes muy necios / vencidos por enanos llenos de ingenio” (Víctor Hugo. Las contemplaciones).

Como todas las cosas del mundo, no hay mal que por bien no venga. Además de los gigantes, las Erinias y las Melíades, del semen de Urano también fue creada Afrodita, la diosa del amor y de la belleza. Esta Afrodita, llamada “Urania”, fue para neoplátonicos y cristianos primitivos la representante celestial del amor del cuerpo y del alma. Afrodita como diosa deriva de la personificación como doncella de la Triple Diosa Madre, la “Diosa Blanca” que hace posible la poiesis como actividad sagrada y mistérica.

Botticelli: El nacimiento de Venus

El lado oculto y árido de ese espacio gnóstico fecundado vegetativamente, donde el trébol mediterráneo se entrelaza con el follaje de la selva (como en la fachada de la iglesia de Potosí, obra del indio José Kondori), donde la delicadeza hizo alianza con la extensión, permitiendo que el espíritu occidental se extendiese sobre el Nuevo Mundo, al decir de Lezama, está en esa impenetrable jungla y esa dilatada estepa, letárgicas e inerciales, y, también, en la mudez indígena, correlativa a su psiquismo, que funge en nosotros como un inmovilizador del alma (López Pedraza dixit). De ahí ese “primitivo que hereda pecados y maldiciones” (Lezama).

Si Cronos está en el meollo de nuestra problemática, significa que nuestro espíritu nacional padece melancolía, melancolía crónica (valga la redundancia), y que, además, tenemos problemas con el tiempo, de sincronía (Syn Khronos: con-juntamente, a la vez). Los chinos antiguos dirían, yendo un poco más lejos, que tenemos problemas de “armonía”, que implica la falta de resonancias y correspondencias entre el microcosmos (alma) y el macrocosmos. Pérez Oramas habla de nuestra modernidad diferencial, “distinta, inexorablemente diferente y hasta contradictoria”:

“Aceptar la realidad de esa «doble temporalidad» significa reconocer que nuestro paisaje cultural aloja a la vez gestos, obras y discursos inusitadamente «modernos», sorprendentemente «globalizables», al día con el contexto mundial, junto con resistencias anacrónicas de la más diversa especie.” (Luis Pérez Oramas. Ob. Cit).

Alejo Carpentier expresó que lo “real maravilloso” es la manera de manifestarse la realidad latinoamericana, pues al hacer una travesía desde una ciudad como Caracas, y adentrarse hacia el interior del país hasta llegar a las zonas selváticas de la frontera, uno también hace un viaje en el tiempo que va desde la hipermodernidad de la cosmópolis hasta el mundo más primitivo y tribal, atravesando territorios donde, en regresión temporal, puede palparse la vida cotidiana de finales del siglo XIX, la existencia común en tiempos coloniales, y la forma de vivir de los nómadas esteparios del siglo IX, hasta llegar a los tribales que todavía viven en la Edad de Piedra.

Si tenemos problemas de temporalidad, también los tenemos de espacialidad. Nuestra historia, moderna y anacrónica a la vez, se desenvuelve impulsada por una quizás vaga aspiración por el establecimiento de un real espacio público (“repúblicas latinoamericanas”) que es negada y saboteada continuamente por un vasto complejo inconsciente jamás resuelto. Los nómadas vernáculos –los centauros esteparios, los inmigrantes rurales- se corresponden con los peregrinos del alma y los hombres en perpetua diáspora –los venezolanos “modernos”: ambos grupos humanos, por trashumantes y errantes parecen carecer de patria y de matria, no habitar ninguna tierra, en el sentido profundo del verso de Hörderlin ("Si poéticamente habita el hombre...").

Sin espacio público no hay “repúblicas”, de modo que nuestros países, más que republiquetas o repúblicas bananeras, son extensas tierras de nadie, wastelands –yermos, tierras baldías. Pero entonces, nuestra modernidad es legítima aunque lo sea de un modo harto trágico, porque “tierra baldía” es la imagen esencial que re-vela nuestra contemporaneidad, según un poeta fundamental como lo es T. S. Eliott.

“La única manera de revertir la negatividad de nuestro sentimiento de fracaso es encararlo”, dijo Rojas Guardia. Para ello, hay que admitir sin justificativos y excusas, sin consignas embrutecedoras como “de victoria en victoria” o “a paso de vencedores”, nuestro fracaso histórico, comenzando por el fracaso de nuestra inteligentzia.

En su ensayo La poesía gauchesca, Borges describe como se fue constituyendo el género de la literatura gauchesca. A la vez, analiza en esas obras los fallos e inconsistencias que determinan que sobre ellas resalte como cumbre de esa literatura el Martín Fierro. Pero Borges no hace de José Hernández un titán de las letras, un Homero hispanoamericano o algo por el estilo. No. Justamente son los fracasos parciales o totales de sus predecesores y coetáneos, los que permitieron y prepararon la creación de la magna obra de Hernández. Es como si esos escritores hubiesen tomado en sus obras, caminos equívocos, atajos, senderos escarpados y callejones sin salida, que sirvieron para que Hernández, al intentar una ruta diferente, pudiera tomar con mayor facilidad la vía exacta para el logro artístico.

También la creación artística, siendo individual, no está desligada de un proceso que atañe al resto de la comunidad de creadores. Y esta perspectiva de estudio del campo de resonancias donde es posible el florecimiento de la obra de arte, no sólo es una manera humana (no mitificadora) de acercarnos a la poiesis, sino también una auténtica alquimia del fracaso en el ámbito artístico. Sin derrota y pérdida no hay consciencia de fracaso, y esa conciencia es un incipit tragoedia, y un kairos, la oportunidad poiética y el chance de la poesía.
Yilda Conquista y Roberto Chacón

(Continuará…)

Notas:
[1] A la “melancolía” no podemos reducirla al término clínico moderno “depresión”, por más similitudes que encontremos entre ambas acepciones.
[2] E. Panosfky, Saturno y la melancolía, citado por C. T. Soutiño en Lorenzo Barquero: la melancolía criolla del intelectual frustrado.
[3] La centauromaquia es la guerra mitológica entre los centauros y los lapitas, liderados por Teseo. Para los griegos antiguos representaba la lucha entre la civilización (los lapitas) y la barbarie (centauros), donde esta última es derrotada. Es interesante observar que la guerra comienza porque en la celebración de una boda real entre los lapitas, donde por ende, estos son los anfitriones, los invitados centauros se emborrachan, comienzan a abusar de sus anfitriones y al final quieren raptar y violar a la desposada.
[4] Vincent Descombes utiliza una imagen tomada de Stendhal para ilustrar un caso particular (las paradójicas maniobras filosóficas de Louis Althusser para “actualizar” el marxismo) muy semejante a la expuesta por nosotros: “Soy un general de caballería que, en una batalla perdida, olvidando su propio interés, intenta poner pie a tierra a su caballería y hacerla luchar contra la infantería”. (V. Descombes. Lo mismo y lo otro. Ed. Cátedra, Madrid. P. 156).
[5] La gigantomaquia es la guerra mitológica entre los dioses olímpicos y los gigantes, donde estos últimos son derrotados. En una versión del relato, la diosa Gea crea a los gigantes para vengar la derrota de los titanes, haciendo a cada gigante como una contrapartida de cada dios olímpico (como su "sombra").




martes, 18 de julio de 2017

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 580)

¿ES POSIBLE DESRANCHIFICARNOS? (IV)

“[…] / Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.”
John Keats
Oda a la melancolía

“Yo soy el tenebroso —el viudo —el sin consuelo,
Príncipe de Aquitania de la torre abolida,
murió mi sola estrella —mi laúd constelado
ostenta el negro Sol de la Melancolía.”
Gérard de Nerval
El desdichado

Mi futura cama tranquila: / Aquí se cerrarán mis ojos cansados,
/ Y todo el sufrimiento reposa / En la sombra refrescante de la muerte.
Pobres habitantes de la noche, / […]”
Elizabeth Carter
Oda a la melancolía

Nuestro continente cultural tiene por eje de sentido la lengua castellana. El árabe, el visigodo, lenguas africanas e indoamericanas han realizado aportes lexicales (circunscribiéndonos a la lengua) pero no han cambiado la naturaleza del idioma, cuyas raíces se hunden, larga y profundamente, en la matriz indoeuropea.

La naciente nación Estado americana y sus necesidades de legitimidad histórica y de identidad, muchas veces ha tomado, para ser satisfechas, el autodestructivo camino de volverse contra el continente cultural al que se pertenece (el continente de la lengua), como ha sucedido con una buena parte de los países iberoamericanos a lo largo de su breve historia. Independizarse de España también pasó por cortar los lazos culturales con la metrópolis. No sólo España fue rechazada y despreciada, lo fue toda la hispanidad y la mancomunidad -en el sentido de commonwealth: riqueza en común- de la lengua.

Luego, orientadas nuestras repúblicas hacia la Europa industrializada y, más tarde, hacia los EEUU, y no hacia nuestros vecinos hispanohablantes y España, las nacientes repúblicas no hicieron otra cosa sino aislarse unas de otras, y así, insularizadas, existir bajo la maldición endémica de los “cien años de soledad”.

Si, como decía Unamuno, la lengua es la sangre del espíritu, nuestra familia espiritual quedó entonces herida de muerte, nuestra mancomunidad histórica y cultural, fracturada y dispersada. De tal forma que nuestro matricidio simbólico –el de la lengua madre- pareciese haber sido, paradójicamente, la matriz de nuestras feroces luchas fratricidas, desde las guerras de independencia hasta las guerras civiles y revoluciones cruentas del siglo XX, donde también deberíamos incluir la Guerra de Sucesión, las Guerras Carlistas y la Guerra Civil, acaecidas en España. Expulsados del paraíso de la verdadera “riqueza común”, anonadados por una orfandad despiadada, y casi enloquecidos como los constructores de Babel tras su dispersión, no tardaron en formarse a lo largo y ancho de nuestro continente los seculares bandos, irreconciliables pero especulares, de los Caín y Abel criollos, o mejor dicho: de los Justo Brito y Juan Tabares.*

Cuando esas necesidades de legitimidad histórica y de identidad se han llevado a extremos paranoides, se comienza a caer en arcaísmos desfachatados y en la glorificación de todo tipo de atavismos y resentimientos crónicos. La identidad perdida se termina cosificando en términos étnicos –biologicistas- y de territorio, y desde ahí, desde los imperativos de “la sangre y la tierra”, se pasa a deslegitimar el universo cultural como un todo.

Desde el punto de vista de la primacía de nuestro orbe cultural, en tanto Venezuela no existía de facto, como territorio independiente de España, hasta 1821, cuando pasó a formar parte de la Gran Colombia, la historia de la pintura venezolana hasta esa fecha es también la de la pintura hispánica, si es que hemos de creer que la creación de una nueva nación Estado supone una real ruptura con respecto al universo cultural al que pertenece. Desde esa perspectiva, Velásquez y Goya son tan pintores nuestros como Reverón y Michelena. Por ende, es imposible entender a estos últimos si no se tiene en cuenta sus nexos y derivaciones respecto a aquellos.

La Guerra de Independencia de la que nace la mitología militarista y heroico-titánica de los próceres, fue realmente una guerra civil, una guerra de secesión, en las cuales las provincias americanas pertenecientes al imperio español terminaron independizándose del mismo. Casi la cuarta parte de la población venezolana murió directa o indirectamente por causa del conflicto, y su economía, destruida casi en su totalidad, tardaría décadas en recuperar los niveles que tenía en tiempos de la colonia.

La emigración a oriente de Tito salas

Hasta 1913, cuando Tito Salas pinta La emigración a oriente (hoy día en la Casa de Bolívar de Caracas), la temática trágica de las guerras fratricidas, la separación violenta y el largo aislamiento de nuestra mancomunidad cultural lingüística, la ruina, miseria y el despoblamiento del país, no fueron tocadas por nuestros artistas y literatos sino de un modo hiperbólicamente épico y triunfalista. Para captar lo que todo aquello significó en toda su decisiva importancia leamos lo que dijo Mariano Picón Salas al respecto:

“Episodios tan trágicos como el de la guerra a muerte y de la gran emigración del año 1814, ante el avance y reconquista española, me parecen decisivos para la formación del alma criolla”

Grabado perteneciente a la serie Los desastres de la guerra de Goya

Realmente no nos hace falta una iconografía de la catástrofe humana que significó para nuestros países las guerras de independencia y las posteriores guerras civiles que enlutaron nuestro gentilicio a lo largo del siglo XIX, tenemos bastante con la serie de grabados Los desastres de la guerra, de Goya.** Si bien, la caída espiritual e intelectual que tales conflagraciones representan para nuestra alma colectiva quizá quede resumido en su óleo Duelo a garrotazos.

Goya: Duelo a garrotazos

Duelo a garrotazos (o La riña) es una de las “Pinturas Negras” (1820 ¿?) de Goya, obras realizadas al óleo con las cuales decoró su casa, conocida como la “Quinta del Sordo”. Otra de esas pinturas llama nuestra atención con respecto a lo aquí indagado: Saturno devorando a sus hijos. Saturno es una deidad titánica del antiguo paganismo romano, directamente relacionada con la melancolía. La figura horrible y decrépita del titán, el atroz acto caníbal, el hijo devorado en cierto grado de adultez, convertido en un despojo sanguinolento, resaltan sobre el fondo totalmente oscuro del cuadro. Aún más que el grabado La melancolía de Durero, esta pintura de Goya nos entrega la imagen esencial del “mal de Saturno”.

Goya: Saturno devorando a sus hijos

Enrique Bernardo Núñez afirma que en los galeones españoles arribó a las Américas el pícaro don Pablos (célebre personaje de la picaresca española), y que dejó en estas tierras larga y nutrida descendencia. Lo mismo podemos afirmar de Saturno, aunque paradójicamente este último sea un filicida. Se ha dicho que el pícaro y el héroe cristiano son polaridades de una misma vertiente psíquica, y probablemente ambos tengan un trasfondo melancólico, que terminen siendo personajes que destacan sobre un escenario de bilis negra. El pícaro prospera a través de la larga decadencia española, en la época barroca, que sería denominada por nuestro poeta Alejandro Oliveros como la “Era del desengaño”. Nuestro gentilicio iberoamericano se formó en el crisol de aquella época olvidada, la que llamamos despectivamente “colonial”, como si con esa etiqueta pudiéramos exorcizar de una vez para siempre nuestro enigmático pasado fundacional.

Durero: La melancolía

Los iberoamericanos, pero especialmente los venezolanos, hemos creado una mitología de tipo historicista con nuestros libertadores. En esa particular vertiente de historia mitologizada, los próceres de la independencia se oponen a los capitanes hispánicos que realizaron la conquista de América, del mismo modo como los dioses olímpicos se oponen a los titanes. Los primeros son “libertadores”, que rompen los yugos creados por los segundos, los conquistadores. De igual modo, en la antigua religión helénica, los titanes reinaban en el caos, mientras que los olímpicos ordenaron el mundo y lo hicieron habitable para los humanos.

Esta oposición ampliamente difundida y enfatizada esconde el hecho que la mitología heroica de los próceres es también una mitología titánica -donde el “libertador” sustituye al “conquistador”- que servirá de prototipo imaginario para toda exaltación y encumbramiento de personajes importantes en otros ámbitos, como el cultural o el científico, en detrimento de las transformaciones culturales y cognoscitivas, ese asentarse, macerarse y destilarse civilizatorio, que dependen del aporte y la entrega de muchos a través de los años y las centurias.

La concepción que se tiene de estos héroes es titánica porque sus narrativas épicas los presentan surgiendo solitarios de la nada, como auténticas fuerzas de la naturaleza, y, sin ayuda de nadie, dejan tras de sí una obra ciclópea (militar, política, artística, científica) en medio del caos, como pirámides perdidas en medio de la jungla.

Ya los griegos habían señalado la similitud entre los titanes y los héroes de su mitología. Si los primeros representan el poderío irracional de las fuerzas primordiales, los segundos no son otra cosa que guerreros dedicados a la destrucción y el saqueo, importantes en la guerra pero incómodos y amenazantes en tiempos de paz. Tanto titanes como héroes mitológicos se caracterizan por su falta de moderación, y esa hybris o desmesura es lo que finalmente los hace caer. Ambas figuras arquetípicas son refractarias a la vida en familia y en comunidad, al buen vivir del común de los mortales.

En términos de psicología profunda, si carecemos de un imaginario cultural donde sean posibles mitos de tipo olímpico, donde las cristalizaciones del psiquismo aparezcan claramente formadas y relacionadas, eso sólo puede significar que nuestra alma carece de las imágenes fundamentales para entenderse y darse forma de un modo plenamente humano. El arte, donde las imágenes colectivas son puestas en juego, relacionadas y matizadas, puede entonces cumplir una de sus funciones más elevadas, que es la de servir como una terapéutica pública, núcleo de una paideia para una ciudadanía sana. He ahí una de las consecuencias nefastas de la glorificación de la barbarie, de la reducción oficial del arte a kitsch y del imperio global –con sus énfasis locales- de lo impoético.

Esa mitología heroica nacionalista elevada a religión Estatal, ha llevado finalmente a los fenómenos de posesión colectiva como los que vivimos actualmente, donde un arengador cuartelario cualquiera, sin una sola hazaña bélica en su historial, se cree él mismo y, lo que es verdaderamente sorprendente y nefasto, hace creer a las masas, que es un Bolívar reencarnado. También esto es una forma de perpetuar nuestro profundo trasfondo melancólico. No sólo es nuestra autoestima, como señalara Rojas Guardia en su Discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua, la que es disminuida por los cantares altisonantes de la gesta independentista, sino nuestra alma toda, exiliada de la Edad de Oro y condenada a una Edad de Hierro vivida como inframundo tercermundista.

Arturo Michelena: Miranda en La Carraca

Miranda en La Carraca es la alegoría más conocida de la melancolía vernácula, de nuestro particular modo de manifestar el dolor de existir, de nuestra desolación interior. La pone en evidencia tanto como el último párrafo del cuento de desconsolado y furioso telurismo El hombre y su verde caballo (1947) de Antonio Márquez Salas:

“Él, Genaro, marcharía entonces, con su pierna sana y firme, llevando a su mujer y a sus hijos sobre el lomo de su verde caballo, al encuentro del sol glorioso de la noche.”

¿Miranda en La Carraca simboliza nuestra posibilidad de universalidad cosmopolita prisionera de los atavismos más endémicos y vetustos? ¿Figura al chivo expiatorio de una revolución nunca resuelta convertida en endemia incurable y venganza insaciable? ¿O nos señala que estamos encarcelados por nuestros propios ideales desarraigados, que todo cosmopolitismo nos condena al exilio y que toda universalidad presupone el destierro?

Resalta en el cuadro, a primera vista, la profunda soledad del personaje. El generalísimo Francisco de Miranda, “el venezolano más universal” (Bolívar), fue el prisionero más ilustre del Penal de las Cuatro Torres, que formaba parte del complejo del Arsenal de La Carraca, en Cádiz, donde moró de 1813 a 1816, año de su muerte. En su Anatomía de la melancolía (1621), Robert Burton señala como una de los síntomas de la melancolía, la soledad.

“En cuanto a su afición a la soledad [la de los melancólicos], un autor se pregunta si se debe a goce o a temor. Por mi parte, diré que se debe a entrambas cosas, aunque es el miedo y la tristeza el móvil predominante.”

Debido al fracaso imperial europeo y a la contrarreforma, la España barroca (siglos XVI, XVII y XVIII), junto a su imperio de ultramar, se aisló del resto de Europa y se transformó en una sociedad rígida y cerrada. Luego de la independencia, nuestros cien años de soledad han significado un siglo más de melancolía, la maduración del Saturno vernáculo.

Venezuela, configurada desde la independencia por el biotipo de los llaneros, también heredó de estos su propensión a la melancolía, a la que el desierto y la estepa, donde resalta el desamparo del hombre y su soledad existencial, junto al bochorno de los trópicos, ayudaron a consolidar. Llano, tierra de hombres solos, como escribe Jeaninne Fiasson en su libro Llanos: tierras brutales, significa también territorio de hombres melancólicos, de centauros de bilis negra.

“Melanelio, siguiendo a Galeno, Ruffo y Ecio, la describe como «una enfermedad muy maligna y pertinaz que hace degenerar a los hombres en bestias»”. (R. Burton. Ob. Cit.)

Aquí rozamos apenas el lado más oscuro e infernal ligado a nuestro ser histórico signado por la melancolía: el mal es una pasión del alma solitaria, escribe Arthur Machen en su enigmática y turbadora novela, El pueblo blanco. Todavía lo ignoramos todo sobre nuestra evidente vocación por el mal, cegados como estamos por la luz incandescente de nuestros ideales bolivarianos y las virtudes heroicas que le son inherentes.

De la descendencia del pícaro don Pablos tenemos a los modernos malandros, quienes se presentan a sí mismos como “bandidos sociales” (Eric Hobsbawm), héroes populares cuya mitificación ha llegado hasta el culto de María Lionza (la “Corte Malandra”), y cuya jerga ha sido elevada a argot dominante por el discurso oficial populista. Esto no hace sino ocultar el carácter totalmente despiadado del malandraje, que se ha palpado en episodios como la Tragedia de Vargas (1999) y en la altísima tasa de homicidios que se ha producido en Venezuela en los últimos años. En la actualidad, debido a este proceso ciego de virulenta infección de elementos del hampa en el cuerpo social, estamos a un paso de convertir en héroes a asesinos y genocidas, como ocurrió en Indonesia a partir de las matanzas de los años de 1965-66, tal como lo muestra el documental The Act of Killing de Joshua Oppenheimer.

El malandro Ismael de la Corte Malandra

Del mismo modo como el pícaro surge a la sombra de los valores heroicos, asimismo el pathos de la melancolía teje sus redes subterráneas bajo las alegrías fatuas de la picardía y el humor criollo. La alegría vernácula muchas veces va unida a una tristeza sin nombre; y en la crueldad de las burlas, sobre todo las auto infligidas, podemos vislumbrar a veces como asoma la enfermedad enmascarada tras la risotada.

Sobre el pícaro y su carácter escindido en dos polos extremos, que lo hacen aparecer como salvador y diablo a la vez, Axel Capriles dice en su libro La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo, lo siguiente:

“No obstante la actitud benevolente que habitualmente tenemos hacia el pícaro, nuestra empatía con su alegría y humor, nos hace olvidar su aspecto diabólico y destructivo, su cara primitiva y sangrienta.”

De modo semejante, a veces olvidamos en qué se transformaron los héroes de la independencia en la post guerra decimonónica:

“Cuando Eduardo Blanco transformó la dolorosa y sangrienta guerra civil de la independencia en arrebato lírico e idealizada epopeya de dimensiones míticas, el autor de Venezuela heroica olvidó mencionar que los eximios héroes, cuya determinación y valentía transformaron para siempre el horizonte político y social del continente latinoamericano, fueron, también, los mismos que, una vez en el poder, dispusieron del tesoro público como de la cosa privada, que impidieron el desarrollo de las instituciones y del Estado de derecho, que impusieron la arbitrariedad, la fuerza y los laureles militares por encima de la competencia y la probidad como criterios para dirigir los destinos de la nación.” (Axel Capriles. Ob. Cit.)

En el “bolivarianismo”*** parecen reunirse todas las promesas de los metarrelatos modernos: hermandad entre los pueblos, liberación de todas las opresiones, justicia social, etc. Por ende, su “sombra” ha de ser profunda y terrible. Como Manuel Caballero ha señalado, el culto a la personalidad del bolivarianismo sólo ha servido para preparar el advenimiento de Estados de tendencia fascistoide donde el poder lo detenta un líder mesiánico, profeta y sumo sacerdote de la religión oficial bolivariana.

La crítica de Marx a Bolívar parte del hecho de que el filósofo detestaba el bonapartismo, pues se trata de una forma de sustraer al común de las personas, especialmente a los trabajadores, su papel en las transformaciones históricas, el cual es apropiado en exclusividad y, por ende, tergiversado, por el líder carismático. Para Marx es un sinsentido hablar de bonapartismo de izquierda o de derecha, pues, en menor o mayor medida, siempre resulta ser el síntoma resaltante de un amplio proceso reaccionario.

En tierras de melancólicos, de gente con sus egos empobrecidos, los paranoicos con tendencias megalomaniacas parecen destinados a ser emperadores, “libertadores”, beneméritos, comandantes eternos, líderes del Tercer Mundo...

El culto a la personalidad y los líderes carismáticos son sólo las formas extremas de como en nuestras naciones, el espacio público se ve reducido a lo político y lo político a la representación, oficial y/o mediática, de las élites poderosas. Resulta también, el modo supremo de entrega del poder como “dominación” (Max Weber), a las fuerzas irracionales. Constituyendo esto la “antimodernidad” política por antonomasia.

Recordando el advenimiento del nazismo, movimiento anti moderno por excelencia, Mariano Picón-Salas escribe: “La «Voluntad de poder» sobre la que muchos intelectuales teorizaban sin realizarla, se entregaba ahora a las fuerzas irracionales. Los oradores de cervecería, los demagogos de los asilos de noche, comenzaron a trocarse en ‘führers’.” (M. Picón-Salas. Lealtad del intelectual).

Otra de las contracaras de las “culturas picarescas” es la primacía de la desconfianza en las relaciones interpersonales, el ser recelosos y suspicaces al extremo con nuestro prójimo. Esto llega a tal punto, que en estudios de CENDES se llegó a hablar de “sociedad paranoide” en el caso de los venezolanos. Esto configura un caldo de cultivo de primer orden para el auge de todo tipo de intolerancias, especialmente si son estimuladas por el Estado, movimientos políticos y mass-media. No nos extrañe entonces los brotes actuales de xenofobia, racismo, homofobia y discriminación clasista y de género, y también, las aparición de fenómenos del tipo “caza de brujas”, la busca de chivos expiatorios para los males sociales y los fracasos revolucionarios, la promoción de “enemigos del pueblo” al estilo del Emmanuel Goldstein de la novela 1984 de Orwell.

“Otro síntoma general es el recelo o desconfianza, que hace interpretar equivocada o exageradamente todo acto o expresión, motivando un enojo infundado. Debido a estas suspicacias los sujetos de que tratamos se muestran malhumorados, caprichosos y rezongadores por el más fútil motivo o aun sin motivo alguno. Si se les dice algo en broma, lo toman en serio. Si no reciben el saludo, la invitación o los cumplidos que esperan, se consideran despreciados y humillados, lo cual les produce vivo pesar durante algún tiempo. Si dos personas conversan, cuchichean o ríen refiriendo algún suceso, al instante se dan por aludidos y creen que sus actos son objeto de comentario condenador o burlesco. Si ellos mismos intervienen en la conversación, interpretan maliciosamente cuanto oyen y basta que su interlocutor tosa en ese momento para que vean en ello un signo de mal agüero. (Burton Ob. Cit.)

Este “síntoma” de la melancolía converge y refuerza uno de los aspectos que más llama la atención en nuestra gente: el resentimiento.

Por supuesto, también esto constituye un excelente caldo de cultivo para la guerra civil. Fenómeno recurrente debido a que esas heridas de nuestro ser colectivo constituyen un paraje de nuestra alma desolada que ninguna guerra civil o revolución pueden curar, ni tan siquiera mejorar en grado alguno. Diríamos más bien que terminan agravando y profundizando el mal.

“Si Marte orienta su destino, serán aficionados a las guerras, combates, duelos; intransigentes, enérgicos e irascibles.” (Burton Ob. Cit.)****

Dios Marte (Ares)

Debido a nuestra guerra civil fundacional, la guerra de independencia, pareciese que cualquier “vuelta al origen” (mito de la restauración) inmediatamente nos devolviera al escenario catastrófico de las guerras civiles. De modo que para nuestro imaginario colectivo, “revolución” es una palabra que no remite, más que como disfraz modernista, a nuestro ser contemporáneo, es decir, a la Revolución Francesa, sino más bien a nuestro origen fratricida, a la guerra civil libertadora, especialmente en sus fases iniciales: la guerra de colores y la guerra a muerte (1812-1820).

Recordemos que casi paralelamente a los brotes independentistas iberoamericanos, se desencadenó la llamada Guerra de Independencia Española, en ese entonces invadida por el Imperio napoleónico. Para algunos historiadores, esta fue la primera guerra popular prolongada (llamadas también “guerras de liberación”), llevada adelante en buena parte por un vasto movimiento guerrillero y signada por grandes levantamientos populares. También fue una guerra donde los niveles de crueldad y desprecio por la vida humana mostrado por ambos bandos, alcanzó niveles insospechados, donde aspectos völkish (populacho), como xenofobia radical, intolerancias religiosas y políticas, y fenómenos masivos del tipo “turba” (saqueos, linchamientos, violaciones, matanzas indiscriminadas, etc.), salieron a relucir tanto en franceses como en españoles.

Grabado de la serie Los Desastres de la Guerra (Goya)

Estas “guerras de independencia” libradas a ambos lados del Atlántico, han servido profusamente al designio de las clases gobernantes españolas e iberoamericanas, para crear la idea –o “ilusión”- de nación unificada, que se ha utilizado como mitología fundacional y legitimadora de un Estado nación sin verdadero piso histórico que la respalde, ya sea por la variedad de sus etnias y culturas constituyentes (España), o sea dada por su inexistencia como pueblos históricos claramente diferenciados (países iberoamericanos).

Siendo principalmente una guerra internacional –donde España pasó a formar alianza con Portugal e Inglaterra contra Francia-, la guerra de independencia española también fue, por una parte, una revolución, y por otra, una guerra civil entre absolutistas (partidarios de Fernando VII) y liberales o “afrancesados”. Los guerrilleros, en buena parte conservadores absolutistas, lucharon contra los franceses bajo el grito reaccionario de “religión, patria y Rey”, pues, desgraciadamente, los mismos que llevaban a España las ideas modernas y liberales de la Revolución Francesa, eran también los que saqueaban, violaban, masacraban y humillaban al pueblo español. De ahí nacerían las llamadas “dos Españas”, que medirían sus fuerzas con obstinado furor en la Guerra Civil de 1936-39.

Picasso: Guernica

Las semejanzas y diferencias aparentes entre la guerra de independencia venezolana y la guerra de independencia española, con sus correspondencias, influjos y resonancias son dignas de un estudio mayor, pero son de resaltar dos aspectos. Uno versa sobre la aparente divergencia entre las revoluciones implicadas en las guerras de independencia aludidas, pues la española se haría contra las ideas modernas, mientras que las iberoamericanas se realizarían en nombre de los postulados de la Revolución Francesa. De modo que parte del encarnizado rechazo a la España monárquica y del “afrancesamiento” de nuestras élites políticas y culturales en el siglo XIX puede ser explicado por este hecho. Sin embargo, es de hacer notar el gran parecido no sólo entre ambas guerras, sino en sus resultados, pues el absolutismo Borbón fue restaurado –con algunas reformas- en la España de la postguerra, mientras que la aristocracia criolla de la tierra –los “mantuanos” en Venezuela- pasó a regir los destinos de nuestras naciones, ya sin intromisión de la Corona española, y, como clase, sólo fue remozada y ampliada con los estamentos militares surgidos de la guerra de independencia.

Nuestras repúblicas quedarían enfrentadas –Atlántico de por medio- con la restauración europea del Ancien Régime absolutista tras el Congreso de Viena de 1815, pero habría que preguntar cuánto de verdadera res-pública logró ponerse en práctica en esas jóvenes naciones. Cuánto del “antiguo régimen” español, como pudieran ser los atavismos de casta o la excesiva fiscalización burocrática, fue heredado sin cambios apreciables por nuestros países, y cuánto de arbitrariedad y autoritarismo (caudillismo, compadrazgo, institucionalidad débil) fue agregado por los estamentos criollos dominantes tras las guerras de liberación. En otras palabras, habría que preguntarse si nuestras repúblicas no conformaron una especie de Ancien Régime arruinado y barbarizado, disfrazado bajo un tenue maquillaje ilustrado, aún más arbitrario y elitista que las monarquías absolutas de la Europa post napoleónica.

Goya: Grabado Los sueños de la razón produce monstruos, de la serie Caprichos.

El otro aspecto a resaltar es el hecho de que buena parte de los jefes guerrilleros españoles eran bandidos o desertores cercanos al bandidaje, o, que combatían a los franceses y, a la vez, también se dedicaban al pillaje, siendo que muchos de ellos se enriquecieron durante la guerra.***** Esto establece un paralelismo con muchos jefes patriotas sudamericanos, especialmente los provenientes de territorios “fronterizos” como el llano y la pampa, que, gracias a la guerra de independencia pasaron de bandoleros y cuatreros, a ser generales y coroneles latifundistas: los caudillos decimonónicos, que por sus laureles, heredan el prestigio de una aristocracia militar de tipo napoleónico, pero que se comportaron de hecho como simples “señores de la guerra”.

Yilda Conquista y Roberto Chacón
(Continuará…)


Notas:
*En las mitologías abundan gemelos rivales, cuya confrontación indica la escisión polarizada de la psique. El caso más relevante es el de Rómulo y Remo. La fundación de Roma se produce en conjunción a la muerte de Remo a manos de su hermano. El patrono de Roma fue Marte, dios de la guerra.

**No es una mera casualidad que el año que la Capitanía General de Venezuela deja de existir (1824) sea también el año del comienzo del exilio de Goya en Burdeos, ciudad donde muere en 1828.

***El chavismo sólo es una variante extrema, primitiva y mal elaborada del bolivarianismo o culto a Bolívar, que comenzó a gestarse luego de su deceso.

****Si Venezuela surgió como nación independiente el 19 de abril de 1810, entonces pertenece al signo astrológico de Aries, cuyo planeta es Marte, siendo regido por Ares, el dios de la guerra griego (el Marte de los romanos).


*****Este punto ha sido resaltado por algunos historiadores españoles, que señalan que los jefes guerrilleros de la guerra contra Napoleón Bonaparte, agregaron un fuerte acento personalista a la ya caudalosa tradición hispánica al respecto. Esa tradición culminaría en la dictadura de Franco, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.