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martes, 14 de julio de 2020

EDITORIAL (Magazine No. 618)





Ahora que te conoces vil, prostibularia,

porque tanta voluntad ecuestre

se apeó bajo el sol a regatear

y el héroe mercadeó con su bronce

y el oro solemne del sarcófago

adornó dentaduras, fijó réditos,

y no hay toga ni charretera ni sotana

que te oculten cuadrúpeda, obsequiosa

por treinta monedas ancestrales,

yo me atrevo a cubrir tu desnudez.

Armando Rojas Guardia

Patria

Hace pocos días falleció nuestro gran poeta Armando Rojas Guardia. En el Magazine No. 613 publicamos su ensayo ¿Qué es vivir poéticamente? (Sección “Artículo”). Nuestra nación ha sido bendecida con una pléyade de grandes poetas, especialmente en la segunda mitad del siglo XX. En los últimos tiempos, entre los más importantes encontramos los nombres de Eugenio Montejo (1938-2008), Armando Rojas Guardia y Rafael Cadenas. En su Discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua (texto imprescindible para comprender la tragedia de los últimos 20 años en nuestro país) Rojas Guardia habló de que sufría de cuatro marginaciones: la de ser poeta, la de ser cristiano, la de ser homosexual y la de ser paciente psiquiátrico. Yo agregaría también, la marginación política, la de ser opositor al chavismo, compartiendo este rechazo con sus colegas Montejo y Cadenas.

Si viviéramos en un país como Rusia, donde un verso remueve de tal manera el alma del pueblo, que ésta puede convertirse en el terremoto humano que derroque una tiranía, como bien lo sabía Stalin, hace tiempo los centauros atrabiliarios y malandriformes que hoy desgobiernan nuestro país hubieran huido con el rabo entre las piernas, ya que nuestros tres grandes poetas les adversaron con determinación, y no cesaron nunca de desenmascarar sus facciones grotescas, deformadas por las mil muecas de la barbarie. Cadenas, el que sobrevive de estos tres grandes poetas, prosigue con esta resistencia profunda, esencial, la de la poesía contra la tiranía, la del artista contra el "espíritu histórico".

El chavismo (esa horda que gira enloquecida en torno a una torre petrolera), movimiento precursor de la izquierda intolerante y del revisionismo histórico victimista y resentido que hoy flagela al mundo con sus iniquidades, dice tener su “poeta”: Tarek William Saab, al que no se le conoce un solo verso digno de la excelsa tradición poética de nuestra tierra. Tomemos en cuenta que la revolución independentista tuvo como su más prominente bardo nada menos que a don Andrés Bello. Hoy día el “poeta de la revolución” es el Fiscal de la Nación, donde seguro sueña, a la manera del Gran Dictador de Chaplin, con ser como Andréi Vishinsky –el fiscal de los Procesos de Moscú entre 1936 y 1938- o como Roland Freisler, presidente del Tribunal Popular del III Reich, juez, jurado y fiscal a la vez durante los juicios contra los acusados del atentado a Adolf Hitler en 1944-45.

La pianista Alice Sommer (Alice Sommer: Todo es un regalo), quien estuvo confinada en un Campo de Concentración nazi durante la II Guerra Mundial, habla de los alemanes como “el pueblo de Goethe”. Dudo que alguien nos llame alguna vez “el pueblo de Tarek”. En un país donde “Chávez somos todos” y “Jaime es como tú”, el poeta verdadero interpela a cada uno de nuestros corazones solitarios sobre la tarea que queda por hacer: llevar nuestra marginación histórica al centro. Embellecer nuestro destino común, como decían los griegos. Y eso se logra no regodeándose en la marginalidad, usándola desvergonzadamente para reeditar caducas narrativas emancipatorias bajo las cuales se tejen nuevas cadenas y se desempolvan viejos horrores, ni enredándonos en la red de complicidades que llaman ahora “política”, para terminar de saquear las últimas refinerías petroleras, es decir, matar a la gallina de los huevos de oro.

No. No vivimos en los tiempos de Tarek, ni en los de Chávez, su "César". Puede que parezca una época oscura, como se llamó en la Grecia antigua a los tiempos de Homero. Al contrario, debemos estar conscientes de que vivimos una gran época, la alborada de una nueva Era. No sabemos todavía el gran presente que hemos recibido de los dioses, el de haber podido vivir en los tiempos de Rafael Cadenas y de Eugenio Montejo; el de haber vivido en los días de Armando Rojas Guardia.

Todavía nos falta consciencia de fracaso y de derrota, para vislumbrar siquiera el camino a seguir, en pos del sol naciente. Todavía hoy la gente presta atención a los mesías populistas que hablan de victoria en medio de las ruinas de la nación. Pero la voz poética prevalecerá sobre la cháchara de la horda turbulenta, y algún día nos reencontraremos con el sentido del camino. En ese tiempo augural por venir, quizá logremos merecer el honor de llamarnos “el pueblo de Armando Rojas Guardia”.

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Nei Dan Magazine volverá con ustedes en el mes de septiembre. Esperamos que para entonces, haya noticias más esperanzadoras en torno a la pandemia del Covid-19, y que esté próximo el día que retornemos a nuestras prácticas en conjunto de Tai Chi y Chi Kung.

En nuestras secciones quincenales, presentamos "365 Meditaciones Tao", de Ming Dao Deng, con el texto "Pena". En la sección "Humor", ofrecemos una anécdota del humor de Fedora Alemán.

En este número del boletín Nei Dan, traemos, nuestras secciones mensuales, que además de videos y música, trae también reseña de libro (Josnil Rojas).
Videos (colaboraciones), Música y Reseña de Libro:

-Videos (Colaboraciones): "Soul Mokossa - Manu Dibango / "¿Por qué EEUU es el mejor país del mundo?" / "David Young: Urban Farmer".
-Música: Adele: Skyfall / Hello / Rolling in the Deep
-Reseña de Libro: Maldito Karma  (David Safier).

En nuestras Secciones de Autor traemos la sección Tai Chi Soul (Roberto Chacón), con la última entrega de "La paz sea contigo", la indagación del sentido de la "paz" a partir de Peace Piece de Bill Evans..

En la sección "Artículo" les ofrecemos el artículo "La hoguera de los necios" (Fernando García Cortázar), texto que trata de la moderna iconoclasia de la "generación de vidrio" y la izquierda intolerante: el revisionismo histórico fruto de la indignación vacua y el victimismo.

También les traemos hoy, en nuestra sección "Artículos del Archivo Nei Dan" el texto "La realización del ser a través del estado de unidad" (Adaliz Buitriago).



martes, 16 de enero de 2018

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No. 588)

¿ES POSIBLE DESRANCHIFICARNOS? (VI)

“La obra de Michelena es, pues, más que el retrato
de un prócer en el decaimiento de su vida, el retrato de la
escisión colectiva que nos atañe a todos los
venezolanos entre nuestro ser universal y nuestro ser local.”
Luís Pérez Oramas
La república baldía

El gesto melancólico de Miranda, con la cabeza recostada indolentemente sobre la palma de la mano, que vemos en la pintura de Michelena, nos recuerda otra obra de Goya: el Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos, que representa no sólo el carácter melancólico del retratado, sino la melancolía latente en todos aquellos progresistas que creían ver una salida al estancamiento de España en el despotismo ilustrado, siendo el absolutismo de la monarquía española la fuente primera del status quo regresivo que padecían. Y más allá todavía, puede que ese retrato represente la melancolía del alma de la nación española de aquel entonces, de aquella potencia venida a menos atrapada en una encrucijada de la historia que ya duraba demasiado, y que no se resolvería del todo ni siquiera luego de la muerte de Franco.

Goya: Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos

Jovellanos, asturiano como Boves, fue el ilustrado más importante de la España de finales del siglo XVIII. No fue un “afrancesado”, al menos políticamente, ya que rechazó formar parte del gobierno de José Bonaparte tras la invasión francesa (1808), y más bien se decantó por defender primero al gobierno de la Junta Central, y luego al de la Regencia. Sin embargo, Jovellanos era un reformador avanzado en materia de justicia y de comercio, y creía que el poder e influencia de la Inquisición debían disminuir drásticamente. Tras la alianza con la Francia revolucionaria (1796), en el primer gobierno de Godoy, Jovellanos es nombrado Ministro de Gracia y Justicia (1797), cargo en el cual estará nueve meses y desde el cual impulsará las reformas que consideraba necesarias para la modernización del país. Sin embargo, en el segundo gobierno de Godoy (1801-1808), éste ordena detenerlo y lo envía a prisión, en la cual estará hasta la caída definitiva del “Príncipe de la Paz”, muriendo poco después. No deja de llamar la atención las semejanzas y paralelismos que presentan las vidas de estos dos grandes ilustrados, Jovellanos y el Generalísimo Miranda.

Sobre ese gesto de pesadumbre que emparenta las imágenes de Miranda y Jovellanos, y que ya es significativa característica de la alegoría pintada por Durero (Melancolía I), dice Rafael Núñez Florencio:

“No por casualidad se habla de pesadumbre como sufrimiento moral. Resulta curioso observar la iconografía del carácter melancólico, es decir, las diversas representaciones que a lo largo de las épocas han realizado los pintores, escultores, grabadores y otros artistas de los hombres y mujeres en estado de postración. Fijémosnos en las poses y actitudes que aparecen retratadas. La primera impresión es que no pueden con su cuerpo: necesitan sostener la cabeza con la mano, están tumbados o caídos, se apoyan en lo primero que pueden con un gesto de cansancio. Es evidente que lo que el artista quiere plasmar es lo contrario de la ligereza (de hecho, el concepto de gravedad tiene también ese doble sentido físico y moral al que nos estamos refiriendo). Podría decirse sin excesiva metáfora que la melancolía pesa: es como una cadena que arrastramos, como un fardo, o un lastre que nos arquea las espaldas, o que nos oprime el pecho hasta hacernos difícil la respiración.” (Rafael Núñez Florencio. “Sobre la bilis negra o el mal de Saturno”).

Los homeópatas dicen que no hay enfermedad, sino enfermos. Pero la alegoría de Durero apunta justamente a la dimensión colectiva que adquiere esa “enfermedad del alma” que llamamos melancolía [1]. El ángel apesadumbrado (¿caído?) de su grabado, cual Ícaro cristianizado, es la imagen con la que plasmó la representación de un mal anímico, de una pesadumbre moral que, como la peste, puede atacar a todos los hombres sin importar su condición e historial ético. Esa pesadumbre acaece como si el peso de destartalados idealismos –colectivos e individuales- aplastara el alma bajo los escombros de exigencias y deberes incoherentemente sobrepuestos y arruinados. De modo que la cambiante e imprecisa definición que ha tenido el mal de Saturno a lo largo de su historia quizá obedezca a la diferente forma de manifestarse y desenvolverse que adquiere en cada individuo, país y tiempo determinados.

Puede que la duración, profundización y diseminación global del mal de la bilis negra, tenga que ver con las ideologías fatuas, ingenuas y voluntaristas in extremis que a partir del Renacimiento, concibieron optimistamente que la “ciudad de Dios” -el paraíso al final de la historia- podía ser fácilmente alcanzable por la humanidad: la nueva fe en el hombre de los renacentistas, la ilustración y su confianza absoluta en la Razón, el positivismo y su creencia ciega en el progreso científico, y finalmente, el marxismo y su tozuda convicción en una revolución liberadora y regeneradora de carácter definitivo. Pero como indetenible corriente de fondo que todo lo arrastra hacia abajo, camuflada y a la vez agenciada por esos “metarrelatos emancipadores”, la desacralización del cosmos –o el retiro de lo sagrado (como prefieran llamarlo)-, propia de nuestra modernidad, permitió que el absurdo –el sinsentido- se enseñoreara del mundo. El nihilismo consumado que caracteriza nuestro ahora, tiene por correlato sintomático esa “epidemia de melancolía” que ningún “matarrelato emancipador” pudo siquiera maquillar, y mucho menos sanar. El camino hacia la “Ciudad de Dios” o al “cielo en la tierra”, que dicho de muchas maneras funge como finalidad última de la historia humana según la modernidad, pareciera no ser alcanzable sino a través de un largo y tortuoso recorrido por el inframundo.

Desde Aristóteles se ha asociado la melancolía a un especial tipo de seres humanos: a los grandes hombres, sean estos artistas o estadistas. En su De vita triplici, Marcelo Ficino declara ya a la melancolía no sólo como una enfermedad de los hombres de letras, sino como un camino hacia la genialidad en arte y literatura. Burton, citando a Rhasis, escribe: «generalmente los individuos de fino ingenio y gran despejo son los más expuestos a sufrir de melancolía». Como señala Rafael Núñez en su texto ya citado, la asociación entre genio y melancolía es uno de los lugares comunes de nuestra cultura.

“El nacimiento de esta nueva conciencia humanista se produjo, por lo tanto, en una atmósfera de contradicción intelectual. El autosuficiente “homo literatus”, al ocupar su posición, se veía desgarrado entre los extremos de la autoafirmación, a veces elevada hasta la hybris, y la duda de sí, que a veces llegaba a ser desesperación; y la experiencia de ese dualismo le espoleó a descubrir la nueva pauta intelectual, que sería un reflejo de esa falta de unidad trágica y heroica: la pauta intelectual del “genio moderno”. [2]

En su ensayo Lorenzo Barquero: la melancolía criolla del intelectual frustrado, Carmen Teresa Soutiño expone de manera acertada, a través del personaje de la novela de Rómulo Gallegos Doña Bárbara, Lorenzo Barquero, la problemática del intelectual venezolano, que pasa de ser el portavoz adelantado de la modernización -en sus comienzos promisorios- a la personificación vergonzosa de la regresión moral más abyecta –ya cuesta abajo en su rodada.

Los centauros venezolanos, es decir, los señores de la guerra descendientes de los grandes taitas telúricos, Boves y Páez, convirtieron los ideales heroicos de la emancipación en “caudillismo, vandalismo, represión, en ‘bochinche, puro bochinche’ como decía Miranda” (C. T. Soutiño. Ob. Cit.). El intelectual venezolano del siglo XX, como el ilustrado del siglo XIX, tiene por misión cimera la extirpación de esos centauros, de esos seres mitad hombres y mitad bestias, para que pueda advenir la civilización a estas tierras.

“El hombre de talento, como lo decía Aristóteles, destinado a la grandeza, es el elegido para luchar contra ese centauro que irrumpe como una sombra de la figura heroica en la resquebrajadura producida por el ideal independentista y que ya Michelena, en 1896, había transmutado en un héroe melancólico. El cuerpo de este ideal de hombre, el intelectual, convertido en héroe civilizador, al igual que aquel Miranda echado en su camastro, ha sido traspasado por la hoz de Saturno.” (C. T. Soutiño. Ob. Cit.).

“Traspasado por la hoz” de Saturno significa “castrado”, como lo fue Urano de la mano de su hijo Cronos. El intelectual venezolano fracasa ante el centauro, porque parte de negarlo y reprimirlo dentro de su propia psique, y éste, convertido en sombra demoníaca, termina por dejarlo estéril, incapaz de obra alguna, al quitarle su fuerza instintiva y su vitalidad, haciéndolo víctima de la más atroz melancolía, esa que rebaja a los hombres al estado de bestias.

“Propiciar a Saturno es entrar en estrecho contacto con aquello que, al ser reprimido, puede tener un efecto destructivo, puede envenenar el alma. Como el viejo Cronos, Saturno es el dios que siempre ha regido el tiempo […] rige la conciencia del tiempo de la evolución: se trata de una conciencia cercana a las fuerzas misteriosas de la creación y de la destrucción, una conciencia en cuyo interior estos dos opuestos ya no son más una fisura, como lo ha sido a lo largo de la historia. Sin duda alguna, debemos considerar esta conciencia propiciada por Saturno como la que es pertinente a los tiempos después de la catástrofe” (Rafael López Pedraza. Anselm Kiefer. La psicología de “Después de la catástrofe”. Citado por C. T. Soutiño. Ob. Cit.)

La sombra terrible tras los retratos melancólicos de Miranda y Jovellanos es la del Saturno devorando a sus hijos, según la pintura negra de Goya. En el plano individual, el titán devora los frutos posibles del genio, dejando al hombre de letras y al estudioso infértiles para la poiesis, estériles para la creación. En el plano colectivo, las convulsiones y conmociones modernizadoras -cuyo clímax es alcanzado por los procesos revolucionarios-, aplicados a troche y moche, terminan devorando el futuro de los pueblos, precipitando catástrofes humanas –psíquicas y materiales- cuyas secuelas, como las maldiciones ancestrales, estigmatizan y condicionan a las generaciones venideras. Las revoluciones devoran a sus hijos, o si no los castran. Como escribió Teresa de la Parra, en el mundo hispanoamericano del siglo XIX, los partidarios del “progreso” asimilaron esa palabra a mera destrucción, y como ya sabemos, eso no sucedió exclusivamente en ese siglo: sucede ahora.

En la tragedia griega, el antiguo heleno reconocía su filiación con bárbaros y titanes, así como en el famoso verso de Píndaro (“Una es la raza de los dioses y de los hombres; de una sola madre obtenemos ambos nuestro aliento”), también sabía sobre su origen común con los dioses inmortales (todos descendientes de Gea, la Tierra). Como nosotros carecemos de un arte y pensamiento esencialmente trágicos, no hacemos otra cosa –culturalmente hablando- sino de aferrarnos a nuevas y cada vez más sofisticadas formas de proyección del centauro en nuestra historia, gentilicio y paisaje, pero bien lejos de nuestra purificada alma ilustrada, expulsando a la horda esteparia a las regiones fronterizas y recónditas de nuestra imago mundi, fuera del camino del progreso y el desarrollo que promete colmarnos de bienes y tesoros en el porvenir.

Pero en la peculiar versión de nuestra centauromaquia [3], cuando nos precipitamos armados hasta los dientes con todo tipo de ideas modernas, para acabar de una vez por todas con los centauros bochincheros que tan claramente vemos galopar alocadamente por doquier, en ese justo momento caemos poseídos por nuestra sombra centáuride, en una especie de paradojal “vuelvan caras”, donde se da un radical y sorprendente cambio de máscaras, de roles e intenciones. [4] Entonces, cegados por los dioses (como el trágico Ajax), el instinto de la horda esteparia toma el control y donde creemos que combatimos por el progreso y la civilización, luchamos por la regresión y la destrucción. Sucede de modo muy parecido al celo fanático, arbitrario y supersticioso –hasta el crimen- con el que los revolucionarios de la historia contemporánea han combatido el orbe tradicional y el ancien regime (que se supone impregnado hasta su médula de fanatismo, superstición y arbitrariedad).

Mural del "Chávez Centauro"

Recordemos entonces: el pathos trágico es diferente a la melancolía. Es más, podemos aventurar que está última aparece con características epidémicas justo allí donde no hay arte y pensamiento trágicos.

Desde esa perspectiva cobra un nuevo matiz el Poema conjetural de Borges, citado por Rojas Guardia en su texto ya mencionado, porque puede ser que Francisco Laprida haya caído abatido por su doble, por su monstruosa sombra, como el protagonista de La bestia en la jungla, de Henry James:

“Vencen los bárbaros, los gauchos vencen (…) / yo que anhelé ser otro, ser un hombre / de sentencias, de libros, de dictámenes, / a cielo abierto yaceré entre ciénagas (…) / al fin me encuentro / con mi destino sudamericano”.

El cuento de Borges El bárbaro y la cautiva, puede que presente los arquetipos polarizados de nuestra alma sudamericana: bárbaros que casi milagrosamente se hacen defensores entusiastas de la civilidad o civilizados raptados por el salvajismo estepario que, como en La llamada de la selva de Jack London, encuentran su realización en la vitalidad primigenia de la vida salvaje.

Tomando una imagen algo menos polarizada, de un lado tenemos al bárbaro cosmopolita, exquisito y desalmado, como el príncipe tártaro del filme Andrei Rublev de Tarkosvky (que se pasea sobre su caballo dentro de la saqueada Catedral de Kiev, mientras admira y degusta el arte cristiano ortodoxo), y del otro a Kurtz, el personaje nihilista y regresivo de El corazón de las tinieblas de Conrad, que, poseído por una ambición sin límites, termina siendo mucho más salvaje y despiadado que los nativos tribales del África a donde fue enviado para traficar con marfil.

Si el continente americano es un “espacio gnóstico”, como dice Lezama Lima, que esperaba ser fertilizado por las cimientes que provenían del Viejo Mundo, entonces nuestro problema titánico se enmarca en aquella maldición primitiva cuya raíz se encuentra en el rencor hondo y feroz que en la mitología griega tenía Cronos contra su padre Urano. Este dios no deja que sus hijos salgan del vientre de su madre Gea (Tierra). Para resolver la situación, Gea convence a sus hijos de que lo maten con una hoz hecha por ella. Cronos, el único que se atreve a actuar contra Urano, lo ataca con la hoz, castrándolo. Del semen de Urano surgen los gigantes y las Erinias (las que castigan el pecado de hybris). Luego, sabiendo Cronos que le esperaba con sus hijos un destino similar al de su padre, decide tragarse a la prole que tiene de su esposa Rea.

Si la semilla germinal viene del padre europeo y la matriz fértil es americana, no es difícil vislumbrar el trasfondo mitológico del por qué de todos los intentos históricos, intelectuales y políticos, no sólo de intentar asesinar al “padre”, sino también para castrarlo (dejarlo sin simiente), y así poder liberar a los hijos que están atrapados en el seno de su madre (¿familia matricentrada?); y como luego esos nuevos padres (llamados “titanes” por Urano: “los que abusan”), ogros saturnales, se engullen cruelmente a sus mismos hijos, por temor de repetir el destino de su propio progenitor. Ya sabemos por la tragedia griega que intentar evitar el destino es la forma más segura de cumplirlo.

Pero paradójicamente, la castración de Urano deja descendencia, no menos paradojal, por cierto: por un lado los gigantes, que por definición son “desmesurados” (tanto por su salvajismo como por sus dimensiones), y por el otro las vengativas Erinias, quienes castigan el pecado de desmesura. ¿Y qué otra cosa es nuestra mitología independentista y sus correlatos culturales, sino una infinita saga de gigantes y colosos, de “ogros filantrópicos”? ¿Y qué otra cosa es nuestra historia de cien años de soledad, sino espirales infinitas de venganzas irredentas y el sucederse interminable de empresas ciclópeas cuya desmesura las condena precozmente a la ruina?

Goya: El Coloso

De la castración de Urano también fueron creadas las Melíades, ninfas de los fresnos de los cuales sería generada la mitológica raza de hombres de la Edad de Bronce: temibles y soberbios guerreros que murieron sin dejar nombre. Puede que nuestra melancolía también tenga que ver con que sabemos en nuestro fuero interno, a pesar de todas las mitologías épicas con que nos han atiborrado, que al sol naciente de los héroes le sigue inexorablemente un crepúsculo de los ídolos, que, como dice el verso de Trakl (Grodeck), “La noche envuelve guerreros moribundos”.

Ahora que tenemos al último vástago de la castración de Urano, al “Gigante de la Patria”, podemos tomar conciencia de que ese maniaco erigir gigantes ciclópeos que fungen como mesiánicos salvadores de la nación (la cultura, las artes, la ciencia, etc.) no es sino una manera de perpetuar no sólo las lacerantes heridas infligidas a nuestra auto estima nacional, sino, sobre todo, nuestro trasfondo de melancolía y acidia tropical, pues como asombrosamente dijo el Che Guevara: “Sólo los que viven de rodillas ven a sus enemigos [o a sus supuestos “amigos y protectores”] como gigantes”. Nuestra gigantomaquia [5] debería resolverse como dicen estos versos de Víctor Hugo:

“Viendo unos horribles gigantes muy necios / vencidos por enanos llenos de ingenio” (Víctor Hugo. Las contemplaciones).

Como todas las cosas del mundo, no hay mal que por bien no venga. Además de los gigantes, las Erinias y las Melíades, del semen de Urano también fue creada Afrodita, la diosa del amor y de la belleza. Esta Afrodita, llamada “Urania”, fue para neoplátonicos y cristianos primitivos la representante celestial del amor del cuerpo y del alma. Afrodita como diosa deriva de la personificación como doncella de la Triple Diosa Madre, la “Diosa Blanca” que hace posible la poiesis como actividad sagrada y mistérica.

Botticelli: El nacimiento de Venus

El lado oculto y árido de ese espacio gnóstico fecundado vegetativamente, donde el trébol mediterráneo se entrelaza con el follaje de la selva (como en la fachada de la iglesia de Potosí, obra del indio José Kondori), donde la delicadeza hizo alianza con la extensión, permitiendo que el espíritu occidental se extendiese sobre el Nuevo Mundo, al decir de Lezama, está en esa impenetrable jungla y esa dilatada estepa, letárgicas e inerciales, y, también, en la mudez indígena, correlativa a su psiquismo, que funge en nosotros como un inmovilizador del alma (López Pedraza dixit). De ahí ese “primitivo que hereda pecados y maldiciones” (Lezama).

Si Cronos está en el meollo de nuestra problemática, significa que nuestro espíritu nacional padece melancolía, melancolía crónica (valga la redundancia), y que, además, tenemos problemas con el tiempo, de sincronía (Syn Khronos: con-juntamente, a la vez). Los chinos antiguos dirían, yendo un poco más lejos, que tenemos problemas de “armonía”, que implica la falta de resonancias y correspondencias entre el microcosmos (alma) y el macrocosmos. Pérez Oramas habla de nuestra modernidad diferencial, “distinta, inexorablemente diferente y hasta contradictoria”:

“Aceptar la realidad de esa «doble temporalidad» significa reconocer que nuestro paisaje cultural aloja a la vez gestos, obras y discursos inusitadamente «modernos», sorprendentemente «globalizables», al día con el contexto mundial, junto con resistencias anacrónicas de la más diversa especie.” (Luis Pérez Oramas. Ob. Cit).

Alejo Carpentier expresó que lo “real maravilloso” es la manera de manifestarse la realidad latinoamericana, pues al hacer una travesía desde una ciudad como Caracas, y adentrarse hacia el interior del país hasta llegar a las zonas selváticas de la frontera, uno también hace un viaje en el tiempo que va desde la hipermodernidad de la cosmópolis hasta el mundo más primitivo y tribal, atravesando territorios donde, en regresión temporal, puede palparse la vida cotidiana de finales del siglo XIX, la existencia común en tiempos coloniales, y la forma de vivir de los nómadas esteparios del siglo IX, hasta llegar a los tribales que todavía viven en la Edad de Piedra.

Si tenemos problemas de temporalidad, también los tenemos de espacialidad. Nuestra historia, moderna y anacrónica a la vez, se desenvuelve impulsada por una quizás vaga aspiración por el establecimiento de un real espacio público (“repúblicas latinoamericanas”) que es negada y saboteada continuamente por un vasto complejo inconsciente jamás resuelto. Los nómadas vernáculos –los centauros esteparios, los inmigrantes rurales- se corresponden con los peregrinos del alma y los hombres en perpetua diáspora –los venezolanos “modernos”: ambos grupos humanos, por trashumantes y errantes parecen carecer de patria y de matria, no habitar ninguna tierra, en el sentido profundo del verso de Hörderlin ("Si poéticamente habita el hombre...").

Sin espacio público no hay “repúblicas”, de modo que nuestros países, más que republiquetas o repúblicas bananeras, son extensas tierras de nadie, wastelands –yermos, tierras baldías. Pero entonces, nuestra modernidad es legítima aunque lo sea de un modo harto trágico, porque “tierra baldía” es la imagen esencial que re-vela nuestra contemporaneidad, según un poeta fundamental como lo es T. S. Eliott.

“La única manera de revertir la negatividad de nuestro sentimiento de fracaso es encararlo”, dijo Rojas Guardia. Para ello, hay que admitir sin justificativos y excusas, sin consignas embrutecedoras como “de victoria en victoria” o “a paso de vencedores”, nuestro fracaso histórico, comenzando por el fracaso de nuestra inteligentzia.

En su ensayo La poesía gauchesca, Borges describe como se fue constituyendo el género de la literatura gauchesca. A la vez, analiza en esas obras los fallos e inconsistencias que determinan que sobre ellas resalte como cumbre de esa literatura el Martín Fierro. Pero Borges no hace de José Hernández un titán de las letras, un Homero hispanoamericano o algo por el estilo. No. Justamente son los fracasos parciales o totales de sus predecesores y coetáneos, los que permitieron y prepararon la creación de la magna obra de Hernández. Es como si esos escritores hubiesen tomado en sus obras, caminos equívocos, atajos, senderos escarpados y callejones sin salida, que sirvieron para que Hernández, al intentar una ruta diferente, pudiera tomar con mayor facilidad la vía exacta para el logro artístico.

También la creación artística, siendo individual, no está desligada de un proceso que atañe al resto de la comunidad de creadores. Y esta perspectiva de estudio del campo de resonancias donde es posible el florecimiento de la obra de arte, no sólo es una manera humana (no mitificadora) de acercarnos a la poiesis, sino también una auténtica alquimia del fracaso en el ámbito artístico. Sin derrota y pérdida no hay consciencia de fracaso, y esa conciencia es un incipit tragoedia, y un kairos, la oportunidad poiética y el chance de la poesía.
Yilda Conquista y Roberto Chacón

(Continuará…)

Notas:
[1] A la “melancolía” no podemos reducirla al término clínico moderno “depresión”, por más similitudes que encontremos entre ambas acepciones.
[2] E. Panosfky, Saturno y la melancolía, citado por C. T. Soutiño en Lorenzo Barquero: la melancolía criolla del intelectual frustrado.
[3] La centauromaquia es la guerra mitológica entre los centauros y los lapitas, liderados por Teseo. Para los griegos antiguos representaba la lucha entre la civilización (los lapitas) y la barbarie (centauros), donde esta última es derrotada. Es interesante observar que la guerra comienza porque en la celebración de una boda real entre los lapitas, donde por ende, estos son los anfitriones, los invitados centauros se emborrachan, comienzan a abusar de sus anfitriones y al final quieren raptar y violar a la desposada.
[4] Vincent Descombes utiliza una imagen tomada de Stendhal para ilustrar un caso particular (las paradójicas maniobras filosóficas de Louis Althusser para “actualizar” el marxismo) muy semejante a la expuesta por nosotros: “Soy un general de caballería que, en una batalla perdida, olvidando su propio interés, intenta poner pie a tierra a su caballería y hacerla luchar contra la infantería”. (V. Descombes. Lo mismo y lo otro. Ed. Cátedra, Madrid. P. 156).
[5] La gigantomaquia es la guerra mitológica entre los dioses olímpicos y los gigantes, donde estos últimos son derrotados. En una versión del relato, la diosa Gea crea a los gigantes para vengar la derrota de los titanes, haciendo a cada gigante como una contrapartida de cada dios olímpico (como su "sombra").




martes, 17 de octubre de 2017

CALEIDOSCOPIO Yilda Conquista (Magazine No,. 584)

¿ES POSIBLE DESRANCHIFICARNOS? (V)

“Desde el lienzo de Arturo Michelena,
que todos contemplamos siendo niños, Francisco de Miranda
nos mira inquisitivamente dentro de su prisión de La Carraca:
sus ojos nos juzgan, nos interpelan, nos demandan y nosotros,
en nuestras pobres vidas de hombres y mujeres del siglo XXI,
nunca estamos a la altura de aquel juicio,
aquella interpelación y aquella demanda.”
Armando Rojas Guardia
Discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua

“Todos los caminos desembocan en negra podredumbre”.
Georg Trakl
Grodeck

En esta serie de escritos hemos tratado de dilucidar algo medular sobre el arte venezolano, y, por ende, sobre el alma profunda de nuestro gentilicio. Puede que nuestro arte sólo sea una nota al pie de página del gran libro del arte mundial, un párrafo en el tomo dedicado al arte occidental, y un capítulo breve en la sección correspondiente al arte hispanoamericano. Pero para nosotros, esa empresa artística “nacional” –si es que esta última palabra tiene todavía sentido- sigue representando una interrogante esencial sobre nuestra condición y nuestro porvenir.

Si poéticamente habita el hombre, según el verso de Hölderlin, ¿habitamos nosotros estas tierras equinocciales que llamamos (nuestro) país? Lo cual significa preguntar aún más incisivamente: ¿Existe realmente un núcleo poiético “venezolano” –una “masa crítica” artística- que configure un horizonte de sentido lo suficientemente amplio y profundo para que podamos decir que constituimos realmente un pueblo histórico? [1]

Friedrich Hörderlin

El hecho de que buena parte de nuestro estamento cultural se haya dedicado durante largo tiempo a la instauración de una mitología ciclópea (por lo titánico y lo unidimensional) basada en las guerras independentistas, con el fin de justificar –que nos es igual que dar sentido- nuestra existencia como nación y como pueblo, dice mucho sobre la endeblez y precariedad de esa poiesis primigenia entre nosotros.

Una vez que esa mitología historicista se entronizó como religión oficial, comenzó la segunda fase, la fase “teocrática” para la “solución final” del problema planteado. Aparecieron entonces los sumos sacerdotes, los magos y los profetas de la religión de Estado. Así, el horizonte de sentido para que un pueblo histórico habite la tierra y se reconozca portavoz de un destino fue sustituido por delirios identitarios y fantasías milenaristas. Los enigmas -las obras de arte- entorno a los cuales deberíamos reunirnos a dialogar y memorar –a hacer comunidad- yacen sepultados y olvidados por violentas consignas y emblemas sanguinarios (por patrioteros), ídolos vacuos para el adoctrinamiento y la movilización de las masas, cuyo objetivo último –tipo “destino manifiesto”- ha sido revelado únicamente a un caudillo militar con ínfulas mesiánicas, hoy vergonzosamente deificado.

Si nuestro devenir cultural puede describirse análogo a una odisea (una odisea todavía por escribirse y con un final incierto), entonces toca decir que hoy nos encontramos en el capítulo histórico que corresponde al encuentro de Ulises con Circe, la hechicera que convierte a los hombres en cerdos. Sólo un hechizo, a la vez ideológico y atávico, tipo “flautista de Hamelin”, ha hecho posible que en nombre de la democracia marchen las masas enceguecidas hacia la teocracia, como escribiera Camus en El destierro de Helena; lo cual constituye el camino inverso, retrógrada y contrario, al que siguieron los antiguos helenos cuando surgió entre ellos la polis democrática, hace más de dos mil quinientos años.

¿Somos o hemos sido algo más que una horda bárbara dando vueltas en torno a una torre petrolera, según la imagen de Armando Rojas Guardia? En La peste de Camus, aparece un personaje, Joseph Grand, un modesto empleado municipal que nunca encuentra las palabras adecuadas para expresarse. Luego nos enteramos que Grand también es escritor. No cesa de escribir y re escribir el comienzo de su novela, buscando darle la forma exacta a la frase inicial

“En una hermosa mañana del mes de mayo, una elegante amazona recorría en una soberbia jaca alazana, las avenidas floridas del Bosque de Bolonia”.

Por su obsesión con la palabra precisa Grand parece una parodia de Flaubert y su mot juste. Pero este personaje esconde una peculiar heroicidad, [2] esa que compete especialmente al artista y al pensador, como la de Karl Kraus aplicándose meticulosamente a la corrección de textos porque sentía como causa primera del bombardeo que por aquel entonces sufría Shanghai, el descuido generalizado en la puntuación y en la redacción de textos publicados; o la del compositor Oliver Messian, quien escribió su famoso Cuarteto para el fin de los tiempos estando como prisionero en un campo de concentración nazi. Se trata entonces de ese asumir plena y trágicamente el destino del artista, esa consciencia de la responsabilidad del creador que hizo escribir a Elías Canetti en 1939 “Si de verdad fuera escritor debería poder impedir la guerra”. Ese compromiso vital con la poiesis es lo que hace pensar al Dr. Rieux, protagonista de La peste, sobre Grand:

“El doctor [...] comprendió de pronto lo que Grand había querido decir: debía de estar escribiendo un libro o algo parecido. Ya en el laboratorio todo esto tranquilizaba a Rieux. Sabía que esta impresión era estúpida, pero no alcanzaba a comprender que la peste pudiera instalarse verdaderamente en una ciudad donde podía haber funcionarios modestos que cultivaban manías honorables. Más exactamente, no podía imaginar el lugar que ocuparían esas manías en medio de la peste y por lo tanto le parecía que, prácticamente, la peste no tenía porvenir entre nuestros conciudadanos.”

Son suficientes los hombres que conocemos que cultivan hoy día esas “manías” artísticas y literarias en medio de la peste que nos azota en la Venezuela de inicios del siglo XXI, y por eso podemos declarar con convicción que esa peste no tiene verdadero porvenir entre nosotros. Quizá por eso, desde las persecuciones y asesinatos de artistas y la destrucción de sus obras por los totalitarismos clásicos (léase nazismo, fascismo, estalinismo y maoísmo) hasta las órdenes de Boves y Zamora de asesinar a quienes supieran leer y escribir o tocar el piano, la “peste” del alma –de cualquier signo o ideología- ha intentado destruir al arte y sus cultores, así como a la inteligencia comprometida con la verdad.

Karl Kraus

Si nuestro arte y el pensar que le es concomitante ha alcanzado cierto grado de maduración, es porque en su núcleo activo hay –todavía- un germen fecundador de pathos trágico, de coraje para contemplar el lado sombrío y letal de nuestra alma colectiva, ese inframundo inherente a todo destino colectivo; y, también, dedicación integra al oficio –a la alquimia artística- para poder re-velar nuestros horrores y pesadillas más secretos al común de los conciudadanos y al resto de la humanidad, como si de relucientes tesoros del alma se tratase.

Todo arte, en tanto tiene que mostrar algo de la contradicción, el horror y la muerte inherentes a la vida humana, siempre tendrá alguna vena trágica, por más optimista y reconciliatorio que pretenda ser. Pero el arte verdaderamente trágico nos re-vela que no hay reconciliación posible, que nuestra condición mortal está signada por el fracaso, la contradicción, el desamparo, la pérdida, el dolor y la finitud. La conciencia de fracaso es inherente al pathos trágico. Armando Rojas Guardia, nuestro gran poeta, en su Discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua, señala lo siguiente:

“La única manera de revertir la negatividad de nuestro sentimiento de fracaso es encararlo, no reprimiéndolo, ni disfrazándolo, ni edulcorándolo con nuevas posturas épicas que nos alejan de nuestra realidad histórica truncada. Con la psicología de las masas colectivas ocurre algo análogo a lo que pasa con la psicología individual: López Pedraza afirma que son tres los factores psíquicos que impiden que el individuo se deslinde de la óptica triunfalista y llegue a situarse en una madura y profunda ‘consciencia del fracaso’, más allá de la tesitura psíquica dentro de la cual la indiscriminada y avasalladora aspiración al éxito mantiene al sujeto en la imposibilidad de acceder a niveles cada vez más altos de consciencia y libertad. Esos factores son: la huella psicológica del ‘eterno adolescente’, con sus aspiraciones encandiladas por el brillo heroico; la superficialidad de la histeria, cuya sofocación intrapsíquica hace permanecer a la persona en un frenesí cotidiano donde no puede auscultarse de verdad a sí misma; y el comportamiento psicopático, cuyo vacío existencial sólo puede ser llenado por la imitación compulsiva de modelos gregarios. Efectivamente, también a nivel colectivo se producen esos tres factores y, de ese modo, un sujeto social, como el venezolano, no puede mirar de frente su propio fracaso y convertirlo en kairós, es decir, en oportunidad creadora. Oportunidad para repensarse a sí mismo, para escoger de manera inédita sus prioridades, para elegir, por ejemplo, una modernidad o una posmodernidad que de verdad le incumba (porque hay una modernidad triunfalista, esclava de la religión del éxito, incapaz también de una fértil ‘consciencia de fracaso’: la palabra loser encierra toda una mitología abyecta que predomina, en muchos aspectos y con otros revestimientos culturales, en la igualmente adolescente, histérica y psicopática contemporaneidad norteamericana).”

En esas palabras podemos apreciar cuánto daño hacen a nuestra alma colectiva todas las mamparas ideológicas y los discursos heroicos que irresponsablemente se disfrazan de animados idearios optimistas para proyectar lejos de nosotros el sentimiento de fracaso histórico que reconocemos latente en nuestra psique común. Todos los desarrollismos [3] que hemos padecido comienzan por mentirnos al plantearnos una fácil, segura y eficaz “solución final” para resolver el problema de nuestra marginalidad constitutiva, y, peor aún, al enseñarnos a buscar en la lejanía o en individuos o grupos condenados a la exclusión política o social, y no en nosotros mismos como colectivo, las causas de nuestros males recurrentes.

Armando Rojas Guardia

Luis Pérez Oramas ha dicho que Francisco de Miranda es el origen de la melancolía patria (La república baldía). Y su afamado retrato sería también “el ícono de nuestras impulsiones eurocéntricas” (Ibidem). El ser cosmopolita de Miranda es la causa de su pérdida, de su caída, que es lo que objetivamente describe el cuadro, dice Pérez Oramas. Esta obra también funge como un autorretrato del propio Michelena, pintor a quien por su valor artístico, se le concedieron honores y glorias en el extranjero, pero que terminó incomprendido por sus conciudadanos, atrapado en medio de los estrechos horizontes de la sociedad caraqueña de entonces. De modo que es factible conjeturar que Michelena, también un “afrancesado”, [4] “se identificase con la efigie hundida del prócer que surgía de sus propios pinceles y pigmentos.” (Ibidem).

Arturo Michelena

Sorprendentemente, Miranda en La Carraca también es el retrato de Eduardo Blanco, autor de la pretendida Ilíada de nuestra mitología independentista: Venezuela heroica. Pues fue él quien sirvió de modelo para el Miranda de Michelena. Esto hace pensar que en el origen mismo de nuestra titánica mitología, la melancolía ha jugado un papel esencial. Cronos, el Saturno de los romanos, es el dios principal de la primera generación de titanes, y la melancolía suele ser llamada el “mal de Saturno”.


Venezuela heroica suele ser ensalzada como el equivalente vernáculo de la Ilíada griega; sí, quizá..., pero una Ilíada sin Helena (la belleza por la cual ofrendar la vida), sin Héctor (un contrincante a quien admirar por su humanidad y valor) y, sobre todo, sin una reflexión profunda sobre el pecado de hybris (desmesura), en el que terminan cayendo hasta los héroes más encumbrados. Por eso Pérez Oramas escribe:

“[…] Venezuela heroica en la que se consagra la mitología bolivariana de nuestra independencia, la versión personalista de nuestra emancipación centrada en la figura monumental y excluyente de Bolívar, cuya cima de gloria reposa precisamente sobre la cavidad sombría del gran precursor afrancesado.” (Luis Pérez Oramas. Ob. Cit.)

En nuestra titanomaquia emancipadora, Miranda en La Carraca funge también como la imagen acusadora que nos recuerda nuestra particular caída, la edad de hierro o tiempo de enanos que sobrevino después de la Era de los héroes y semidioses de la independencia, según el texto de Armando Rojas Guardia que colocamos como epígrafe. Esta imagen que hiere continuamente nuestra autoestima nacional, a la vez explica la decadencia anímica –la melancolía- que necesariamente tiñe y arruina las almas de un pueblo expulsado del paraíso de las gestas y glorias heroicas.

Debido a que, como en una modalidad del pecado original, hagamos mucho o dejemos de hacer, siempre quedamos ante nosotros mismos como unos herederos sin merecimientos, esa misma herencia que estamos obligados a agradecer sempiternamente, nos guste o no, se trueca entonces en una especie de secular maldición.

Miranda nos contempla severo desde las alturas de su cuadro-prisión y nos dice admonitoriamente: “¡Bochinche, bochinche! Esta gente no es capaz sino de bochinche”. Así que nuestra Edad de Hierro vernácula es el tiempo del bochinche sin fin. [5] Tomemos en cuenta que Miranda dijo esta frase al ser capturado por oficiales patriotas comandados por Bolívar, acusado de traición, para luego ser entregado a los españoles. De modo que esas palabras revelan un núcleo de “bochinchismo” que anidaba ya en el ojo del “huracán revolucionario” independentista, y por el cual podemos entender el advenimiento de una posguerra donde los héroes libertadores se trocaron en autócratas, señores de la guerra latifundistas y devastadores tenaces de las pocas y endebles instituciones que quedaron de la colonia o que nacieron luego de la emancipación.

Pero, más allá de las instituciones como tales, el campo mismo donde es posible la democracia moderna, el espacio público, en aquello embrionario que parecía gestarse en la alborada de nuestra nacionalidad, fue desde el inicio de nuestra vida “republicana”, -como la Cartago conquistada por los romanos- arrasado hasta sus cimientos. Recordemos que además los romanos araron durante semanas la quemada tierra resultante, para luego sembrar sal en ésta de modo que no volviese a crecer nada en aquel yermo. De ahí nuestra paradójica república, históricamente carente de verdadera res (cosa) pública, y, tal vez, hasta cierto punto estéril para su advenimiento y maduración.

El “bochinchismo” es el síntoma predominante de una sociedad dominada no por los valores heroicos precisamente, sino por su sombra: la admiración por las habilidades y astucias del pícaro y el pillo. Una sociedad precaria, entonces, pues las personas que la constituyen han sido descritas como “anarquistas individualistas” (¡todo lo contrario de “socialistas”!), mostrando además, graves rasgos paranoides. [6] Como ya hemos afirmado antes, debajo de toda esta sintomatología florece el mal de la bilis negra, la melancolía.

Visto así, el “bochinchismo” –cuya “fase superior” es el bochinche revolucionario- configura nuestro particular y vernáculo modo de ser inauténticos, de no afrontar la nuez de nuestros pecados y maldiciones. Los “huracanes revolucionarios” pretenden ingenuamente barrer de un sólo golpe todos nuestros males, acumulados por centurias, pero en esa vuelta a cero –al ojo ciclópeo del huracán- lo que hacemos es una y otra vez cumplir nuestras compulsiones más oscuras, teñidas de los resentimientos más atávicos, arrasando con ello todos los brotes y retoños de espacio público e institucionalidad que se nos exige como nación moderna. De ahí que “revolución” sea entre nosotros un eufemismo hiperbólico para decir “involución”; constituyendo ese círculo vicioso entre modernización desarrollista y regresión, jamás resuelto satisfactoriamente, parte esencial de nuestro subdesarrollo.

En nuestra nación, donde lo moderno cosmopolita aparece en pugna paradigmática con lo vernáculo arcaizante, Miranda en La Carraca representaría la melancolía del héroe cosmopolita “vencido por la realidad vernácula, acre, infernal, telúrica”, y donde su “vuelta a la patria” representaría en sí misma una imposibilidad: la regresión tras haber vivido fuera (Pérez Oramas Ob. Cit.).

“[Miranda] es quien encarna la única vía de éxito aceptada sin resquemor por las élites nacionales –haber sido ungido fuera-, pero que con ello se condena a su propia exclusión. Es el diferente en un país igualitario. Es el otro en la república de los iguales; en la patria de los «mismos» es el «paria» extranjero.” (Pérez Oramas Ob. Cit.).

El venezolano cosmopolita es un exiliado, ante todo en su interior, lo que antecede y condiciona cualquier posible expatriación. Excluido en su propio país, condenado al ostracismo, a no ser reconocido y escuchado por su prójimo, está, por ende, predestinado al destierro, cuyo signo más evidente son las recurrentes “vueltas a la patria” acaecidas durante nuestra historia independiente. Tomemos en cuenta que antes del encierro de Miranda en La Carraca, el Generalísimo estuvo toda su vida en diáspora, donde fue aclamado y reconocido desde Washington a Moscú, para finalmente caer abatido en su esperado retorno al país, en lo que debía ser el término triunfal y dichoso de su odisea, su “vuelta a Ítaca”, al hogar.

Luis Pérez Oramas

Que haya acontecido todo lo contrario con Miranda, nuestro primordial héroe cosmopolita, configura un arquetipo de nuestra alma escindida, que se cristalizará repetidamente, con sus variantes, en nuestro devenir histórico. Pero en esto radica también la tentación demoniaca del modernizador excluido, el cual queriendo ser aceptado y recibido por sus pares, puede terminar entregándose vilmente a las fuerzas irracionales como dijera Mariano Picón-Salas, sirviendo y justificando, la más de las veces como “propagandista del odio”, desde intentonas de neo-colonización hasta el “cesarismo democrático” o el socialismo con rostro bestial. Como en el síndrome del converso, termina siendo a veces más bárbaro que los centauros y titanes autóctonos, constituyéndose en una amenaza engañosamente distinta y no menos letal, dada la mala consciencia del renegado.

Si seguimos la argumentación del ensayo de Oscar González Matar al centauro, el “complejo de Lorenzo Barquero” es la forma simbiótica que alcanza formar, en el alma del venezolano, al centauro cosmopolita. [7] Es un centauro pretendidamente civilizador, como el mitológico Quirón, preceptor de héroes como Hércules y Teseo, entre otros. Pero a diferencia de Quirón, el centauro sabio –en el complejo Barquero- no educa a nadie, y lo que realmente alcanza a ser es a servir de alcahuete de pillos y de pícaros. El complejo de Lorenzo Barquero es el del sabihondo latinoamericano –que presume de saber mucho y/o de saber más de lo que sabe. En este “complejo” se rechaza de plano la ignorancia, aliento vivificador de toda busca de la verdad y límite para toda inflación e infatuación del conocimiento.

Este rechazo constituye también la negación radical de nuestros estancamientos, involuciones y arcaísmos psíquicos, de modo que agencia no sólo la perpetuidad de los centauros en nuestro psiquismo, sino su crecimiento desmedido en nuestra sombra (todo aquello que nuestro Yo rechaza como propio, el aspecto inconsciente de nuestra personalidad), y su cada vez más acentuada tendencia a expresarse como posesión, individual y colectiva.

Quirón

Buena parte de nuestra inteligentzia, metafóricamente hablando, ha tratado de buscar vías teoréticas para la transformación del “complejo Barquero” en un auténtico Quirón preceptor de héroes, así como en la antigüedad se buscaban medios para educar al gobernante filósofo, o, en el período barroco, al rey ilustrado. González, en su ensayo, propone que el centauro que hay que matar, según la frase de Lorenzo Barquero en Doña Bárbara, es a ese Quirón estéril y pomposo que todos llevamos dentro, y que nos condena a la tiranía caótica de los centauros. Quizá, lo que habría es que transmutar –alquímicamente hablando- a ese Quirón no en un preceptor de héroes (es decir, en un alimentador de nuestras mitologías titánicas, lo que es igual a condenarlo a seguir siendo alcahuete de pillos y de pícaros), sino en “el curador herido”. En una de las narraciones de la mitología griega, Quirón, por equivocación, fue herido por Hércules (cuando este batallaba con los centauros) con una flecha envenenada con la sangre de la Hidra. El veneno de la Hidra era incurable pero Quirón tenía el preciado don de la inmortalidad, así que no podía ni morir ni sanar. Entonces se dedicó a buscar remedios para su doloroso mal. Así se transformó en un importante terapeuta, que fracasando en buscar remedios para su padecimiento, encontraba formas de sanar los males de los demás. Finalmente, Prometeo intercambia su mortalidad por la inmortalidad de Quirón, y la muerte puso fin a la dolorosa existencia del “centauro sabio”. Este mito nos recuerda la función terapéutica, en grado elevado, como sanadora de almas, del arte y la cultura que entreteje sus diálogos formadores en torno a los acontecimientos poiéticos, los verdaderamente memorables; y también nos ofrenda una posibilidad de toma de consciencia a través del fracaso y de su puesta en obra alquímica.

El principal mal que corroe las almas es la inautenticidad. A la inautenticidad vernácula, que se regodea en complejos atávicos y salidas folklóricas, le corresponde una inautenticidad cosmopolita, modernizante. El optimismo superficial que exhiben todos los desarrollismos esconde la inextricable relación que existe entre melancolía y modernidad. Paradoja esta que establece en rápido bosquejo el sino trágico de nuestro tiempo, puesto que paralelamente a la fe renovada en el hombre y el optimismo de los procesos de liberación humana y crecimiento y difusión de conocimientos puestos en marcha con los “nuevos” tiempos, el Anima Mundi se sumerge en un largo eclipse, propagándose por doquier una tristeza difusa pero profunda que hace perder a los hombres el gusto por vivir.

Se habla de que el mundo moderno nace junto con una verdadera epidemia de melancolía, de ahí que la mayoría de los textos clásicos sobre el tema sean escritos entre los siglos XVI y XVIII. Como muestra de esa co-pertenencia entre modernidad y melancolía, citemos el libro La melancolía en tiempos de modernidad, de David Lara Catalán, quien titula su segundo capítulo: “La modernidad y su rasgo más significativo: la melancolía”.

La España de los siglos XVI al XVII, la del Siglo de Oro, es también la España apestada profundamente de melancolía, sobre todo a través de la larga decadencia que sufrió la nación, junto a su imperio colonial, a todo lo largo del período barroco. Una melancolía doble, reduplicada: por un lado, sufriendo aquella que cundió por el mundo occidental después del Renacimiento, debida –a groso modo- a la pérdida del mundo teocéntrico medieval. Por otro, la melancolía proveniente del fracaso estruendoso de la fanática postura anti moderna que convirtió a España en el centro de la contrarreforma. Así, mientras la Europa del norte marchaba hacia el capitalismo industrial y la construcción del mundo moderno, los españoles se aferraron obtusamente al mantenimiento de una sociedad de castas centrada en valores heroicos periclitados, donde lo único que importaba era la jerarquía de la sangre, la propiedad de los abolengos y linajes. Una España, a fin de cuentas, contraria y cerrada a los nuevos avances de la industria, la tecnología y la ciencia, y también a las nuevas formas de sociedad que surgían en una Europa en plena transformación; así, languideció tristemente a los largo de casi dos centurias, encallada en los arrecifes de pasadas glorias, añorando los viejos tiempos que ya no volverían.
Yilda Conquista y Roberto Chacón

(Continuará...)

Notas:
[1] Histórico no porque aparece en la historia, como los kaskas de tiempo de los hititas, por ejemplo, o que hace historia en el sentido que libra guerras y precipita acontecimientos, como los hunos, sino porque al erigir un mundo habitando la tierra, gana un destino dentro del concierto de la humanidad y su devenir terrestre.
[2] La “heroicidad” del pensador y el artista es distinta de la del arquetipo del héroe, pues aquellos convierten su condición mortal, su indefensión y desamparo existencial, asumidas con autenticidad, en las llaves para poder ofrendar ánimo, vitalidad y sentido no sólo a sus contemporáneos, sino a los hombres venideros. Podemos establecer una analogía entre esa “heroicidad” sin héroe (a falta de una palabra mejor) y la marcialidad de un arte interno chino como el Taijiquan, que está basado no en la fuerza o la rapidez, sino en la suavidad.
[3] Nótese que nuestro “eurocentrismo” tiene por “norte” primeramente a Francia, luego a Inglaterra o Alemania, y, más recientemente, a los EEUU o a Rusia (que desde cierto punto de vista no son estrictamente europeos). Pero España jamás ha fungido para nosotros como modelo eurocentrista. Entonces, nosotros también creemos en una España exoeuropea, que “África comienza en los Pirineos”; de modo que de un modo esencial, por la lengua y por la marginalización constitutiva, y no por las pretensiones raciales, somos verdaderamente “afro descendientes”.
[4] ¿No serán nuestros compulsivos desarrollismos, los modos infantiles y delirantes de salir de “la huella psicológica del ‘eterno adolescente’, con sus aspiraciones encandiladas por el brillo heroico; la superficialidad de la histeria, cuya sofocación intrapsíquica hace permanecer a la persona en un frenesí cotidiano donde no puede auscultarse de verdad a sí misma; y el comportamiento psicopático, cuyo vacío existencial sólo puede ser llenado por la imitación compulsiva de modelos gregarios.”?
[5] El bochinche es a la carnavalización, lo que el melodrama a la tragedia.
[6] Axel Capriles M. La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo. Ed. Taurus, 2014.
[7] Una imagen cercana a ese “centauro cosmopolita” nuestro la podemos ver en el filme Andrei Rublev de Tarkovsky: el príncipe tártaro, un gran conocedor del arte cristiano al que no le importa discutir de arte montado a caballo en medio de la saqueada catedral de Kiev. Recordemos que una de las etapas del “Comandante Eterno” (el “último de los hombres a caballo”) era la de injertar en sus discursos, largos listados de sus lecturas “filosóficas” que iban desde Mariátegui y Lenin, hasta Heidegger y Chomsky.