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martes, 19 de septiembre de 2017

TAI CHI SOUL Roberto Chacón (Magazine No. 582)

UNA ARTISTA DEL ZHAN ZHUANG (y Fin)

“Que tu cuerpo permanezca erguido
y tu contemplación sea una, y vendrá
la armonía celeste. Recoge tu saber.
Que tus actos sean uno, y vendrán los
espíritus a tu morada.”
Zhuang Zi

“Como si sus ramas protegieran a
todas las criaturas de los montes, el árbol
está de píe como un centinela, sereno y valiente
sobre la roca”.
Lam Kam Chuen
El camino de la energía

La enseñanza ética siempre ha planteado grandes retos. Que Aristóteles, el gran filósofo de la antigüedad, fuese el autor de algunos de los primeros tratados sobre la materia (Gran ética, Ética a Nicómaco y Ética a Eudemo), no impidió que el gran Alejandro de Macedonia incendiara -por mero afán de revancha- a Persépolis, la capital del imperio Persa, una de las maravillas del mundo antiguo. Como se sabe, Aristóteles fue el maestro de Alejandro Magno.

A los problemas éticos del mundo moderno, maximizados por el dominio planetario del nihilismo consumado (Ge-Stellen), se añaden hoy los problemas de ética conservacionista, ética ecológica y bio-ética. ¿Cómo educar al hombre de hoy para que sea un guardián de la naturaleza y no su destructor compulsivo? ¿Cómo hacer del hombre un custodio de la vida toda, cuando ha perdido completamente el sentido del cuidado de sí mismo y del cuidado de sus semejantes?

Estoy convencido de que la práctica del Zhan Zhuang en escuelas y otras instituciones educativas, abriría un abanico de posibilidades para hacer posible una enseñanza factible y experiencial que facilite no sólo la comprensión sino la praxis de los principios bioéticos fundamentales, de modo de poder establecer relaciones sanas y fructíferas con la vida toda, la natura que nos sustenta, nos rodea y la que también somos.


Cuando Albert Camus se refiere a la “abstracción de la peste”, está hablando de que los grandes crímenes que el hombre ha cometido, sobre todo a lo largo del siglo XX, han sido posibles porque la experiencia de empatía y compasión por otro ser humano presente y concreto ha sido sustituida por abstracciones asesinas: “judío”, “enemigo del pueblo”, “infrahumano”, “enemigo de clase”, “gusanos” (Cuba), “cucarachas” (Ruanda), etc., etc. Estas abstracciones funcionan y cobran sentido relevante en el marco de una “ideología”, es decir, de la lógica que se desprende de un conjunto de ideas rectoras, claves de comprensión del dogma político (intolerante) de turno; lógica que termina privando al adepto de cualquier capacidad crítica, puesto que dicha relación lógica sustituye tanto su poder de reflexión como la experiencia del mundo (J. M. Esquirol. El respeto o la mirada atenta). La “lógica de la idea” (ideología) se hace tan poderosa que no sólo sustituye la reflexión, sino la contrastabilidad empírica –fáctica: la ideología entonces se sobrepone (Ge Stellen: conjunto de “poneres”) a la realidad.

He ahí la razón por la cual las “ideologías” modernas, aunque tomen sus ideas rectoras de los metarrelatos emancipadores (cristianismo, islamismo fundamentalista, marxismo, liberalismo, ilustración, progreso tecno-científico, etc.), no supongan realmente procesos de liberación humana, sino todo lo contrario.

Cuando un schütze (soldado) de las SS asesinaba a un hombre de religión hebraica, no veía en ello crimen alguno debido a su “ideología”, pues no era un ser humano al que había ultimado, sino a una criatura perteneciente a una “raza inferior”, que además, como tal, quería contaminar su “sangre” tanto como destruir su patria, para así “dominar el mundo”. El semejante indefenso que asesinó, de carne y hueso, con pensamiento, alma y corazón, estimado por familiares y amigos, y unido a una comunidad vivencial, quedaba así oculto tras las espesas capas de abstracciones con las cuales tales crímenes no sólo estaban justificados, sino que se transformaban en actos virtuosos, patrióticos y benéficos para el futuro de la verdadera humanidad profetizada por la “ideología”.

La prédica del amor o la compasión universal es ineficaz si no se tiene experiencias concretas del amor o de la compasión. Cuando una persona dice que ama su “patria”, por ejemplo, en realidad está señalando que ama su hogar y familia, su vecindario y su “patria chica”, la localidad donde nació.*

Se puede amar a los árboles porque se ama o se ha amado a uno en particular. Y ese amor, justamente, lo ha destacado sobre el resto, lo ha captado en la plenitud de su individualidad, como entidad única e irrepetible, simpatizando intensamente con su ser y su acontecer.

Ahora bien, no hay experiencia más concreta y propia que aquella que surge de nuestro interior y emana de nosotros hacia el mundo. A través del Zhan Zhuang, como hemos señalado en páginas anteriores, tenemos una experiencia interior de lo que es ser una planta, un vegetal, y, de ahí, de lo que tenemos en común en nuestra naturaleza con toda la natura naturans y naturata (creadora y creada).

En el Tao del amor, la intimidad y compasión por nuestro árbol interior, abre las puertas para la comunión amorosa con un árbol concreto, y a través de él, con el resto del mundo vegetal. Este sentimiento que nos religa con la natura vegetativa, es análogo y concomitante al intercambio de energía que entraña la absorción de dióxido de carbono y la liberación de oxígeno producto del proceso de fotosíntesis de las plantas, y el consumo de oxígeno y la liberación de dióxido de carbono a través de la respiración de todos los seres vivos, incluyendo al hombre.


El filósofo estadounidense Theodore Roszak (1933-2011) habla sobre “experiencias trascendentes” en las cuales el hombre tiene acceso a lo que pudiéramos llamar sentido-raíz, es decir, la fuente radical del sentido. Ya Heidegger ha señalado que eso que los hombres llamamos “sentido” proviene del ámbito de lo sagrado, al cual acceden sólo ciertos y determinados poetas, en cuya obra creadora lo donan al resto de los mortales. Por ende, en un mundo desacralizado –impoético- como el nuestro, el sinsentido es lo que impera. A esa omnipresencia del sinsentido (el absurdo) se la ha llamado nihilismo consumado (olvido del ser).

En el mundo de hoy, cada vez estamos más privados de experiencias trascendentes, de epifanías y revelaciones, de experiencia interior y éxtasis sacro. Sustituimos el sentido por el valor y al valor por el significado, dando paso a las abstracciones arbitrarias con las cuales tratamos de dar algún orden funcional al caos imperante. No se trata sólo de que falten las buscas místicas o religiosas, o que hayamos olvidado todo lo referente a las técnicas chamánicas del éxtasis, o sobre los estados de ánimo “extraños” que pueden abrirnos las puertas a otros ámbitos del ser (entre otros asuntos semejantes), sino que nuestro existir moderno es refractario e impermeable a tales experiencias, dado que las mismas no pertenecen a la jerarquía de valores y significaciones que configuran nuestro ser contemporáneo, nuestra realidad. Siendo reducidas al rango de las experiencias subjetivas no sólo intrasmisibles sino irrelevantes para ser susceptibles de transmisión alguna.

El Zhan Zhuang nos da una oportunidad de tener una “experiencia trascendente”, en términos de Roszak, en la cual encontrar el sentido-raíz que pueda precipitar un trato diferente con la naturaleza, con la vida toda. Ese sentido-raíz, aunque tiene origen celeste (en el sentido chino de Cielo, un cielo inmanente), sólo puede germinar profundizándose hacia la tierra, como las raíces que crecen y se fortalecen en el practicante de “Abrazar el árbol”; puede que se trate de una única y misma raíz. En el Zarathustra nietzscheano se habla del “sentido de la Tierra”, ese permanecer fieles a la tierra y no traicionarla con esperanzas sobreterrenales (abstracciones ultraterrenas).**

“La tierra amada día tras día, 
maravillosa, errante,
que trae el sol al hombro de tan lejos
y lo prodiga en nuestras casas.
[…] La tierra es el único planeta
que prefiere los hombres a los ángeles”
Eugenio Montejo. “Solo la tierra”. Terredad.

Nietzsche también nos legó un acercamiento intempestivo a Dioniso, el antiguo dios del éxtasis en el paganismo griego. Nuestro orbe contemporáneo se caracteriza por el gran valor que concede a los estadios deportivos (deportes de masas) y el ninguno que da a los bosques sagrados. En esta distinción, propuesta en un discurso por Hitler, el pensador francés George Bataille (1897-1962) establece una de las diferencias clave entre el nazismo y la filosofía de Nietzsche.

Esa diferencia continúa vigente en nuestro mundo.*** El gran mitólogo húngaro Károly Kerényi, escribió un libro fundamental para las luchas biopolíticas de hoy: Dioniso: raíz de la vida indestructible. En éste se establece la distinción que hacían los griegos entre Zoe, la vida indiferenciada, lo común a todos los seres vivos (vida natural), y Bios, la vida limitada de un individuo o grupo en aquello que le es característico (para los hombres: vida política). La polis tenía que ver con el bios; en cambio, zoe tiene que ver con el hogar, de manera que es una noción que también atañe a la habitabilidad, al morar humano sobre la tierra.

El biopoder (uno de los dispositivos de poder planetario nacidos bajo la impronta del Ge Stellen o “movilización total del ente”) cuya esencia Foucault la enuncia como “poder para hacer vivir y dejar morir” y que puede traducirse como el sostén de vida tecno-industrial y bio-médico que se está entronizando de manera global, tiene por basamento la confusión entre bios y zoe, de modo que el pensador italiano Giorgio Agamben dice que de esa distinción, el hombre moderno no sabe nada (Agamben: Homo Sacer). La política se ha transformado entonces en una biopolítica, donde “el hombre moderno es un animal en la política cuya vida, en tanto que ser vivo, está en cuestión” (M. Foucault: La voluntad de saber)

Zhan Zhuang y Dioniso, son dos basas para una posible paideia (cultura formativa) conservacionista que proponga alternativas ecológicas y políticas viables a partir de una bioeticidad con “sentido de la tierra”, con raíces profundas en la vida indestructible.****

Los árboles tienden puentes de ramas y raíces entre la práctica de Qigong que tiene por arquetipo la postura de “Abrazar el árbol” y Sukites, uno de los epítetos de Dioniso, que significa “guardián de las higueras” (Ficus carica). Recordemos que otra higuera (Ficus religiosa) fue el Árbol Bodhi, bajo el cual Siddhartha Gautama alcanzó la iluminación. Esta higuera sagrada es un árbol semi-siempreverde, que alcanza su plenitud en la estación seca.

Esta reflexión está inspirada en la persona sobre la que versan esta serie de escritos, María Antonieta Arocha. Ella ha declarado en repetidas oportunidades la extrema sensibilidad que ha desarrollado por las plantas, al punto que ha intervenido varias veces en defensa de árboles a los que consideró injustamente talados, y ha discutido fuertemente con personas que han mostrado intención de dañar alguna planta. Su postura ética ante la vida en general, y ante la vegetal en particular, se desarrolló y se hizo plenamente consciente a la par de su práctica del Zhan Zhuang.

J. W. Goethe

En la novela Werther, de Goethe, el protagonista establece una relación profunda entre sus estados de ánimo, sus sentimientos y el paisaje, especialmente los árboles. En un momento dado, sale en apasionada defensa de dos nogales, arteramente talados por los caprichos de la esposa del párroco del pueblo. Así escribe a su amigo Guillermo:

“Tú recordarás aquellos nogales del presbiterio a cuya sombra me sentaba yo con Carlota. ¡Cuánto me alegraba el corazón la vista de estos magníficos árboles y cuánto embellecían el patio! ¡Cuánta frescura había en su sombra y cuánta majestad en su follaje! Eran recuerdos vivos de los respetables párrocos que, en un tiempo ya remoto, los habían plantado. […] Por eso, cuando me sentaba debajo de estos nogales, en este recuerdo había algo querido y sagrado para mí. Ayer deplorábamos que los hayan cortado; el maestro de escuela lloraba. ¡Cortado! Tengo tal indignación, que sería capaz de matar al miserable que le dio el primer hachazo. Si yo fuera dueño de dos árboles semejantes, me bastaría ver uno secarse de viejo para desesperarme. Juzga por esto lo que me afecta el sacrilegio cometido. ¿De qué sirve la conciencia de los hombres?”

Los hombres tribales nos parecen más conservacionistas, en comparación con nuestros contemporáneos modernos, por la sacralización de la naturaleza contenida en su visión y su experiencia del mundo. Animales y plantas llegaban a formar parte esencial de su familia (su sangre) a través de la sacralidad totémica. Thomas Moore, en El cuidado del alma, nos habla de dos árboles de castaño que dominan el edificio principal de la propiedad de sus abuelos, al norte de New York. Al referirse a esos castaños, Moore escribe: “En un sentido muy real, forman parte de la familia, están ligados a nosotros como individuos de otra especie, pero no de otra comunidad.”

En Werther, el protagonista visita su pueblo natal y su viaje espacial se transforma en un viaje hacia el pasado al encontrarse con un árbol, un viejo amigo y también un ancestro revelador:

“He visitado el pueblo donde nací, con toda la devoción de un peregrino, impresionándome una porción de sentimientos inesperados. Hice detener el coche frente al gran tilo que hay a un cuarto de legua de la población, a la parte sur, me apeé y mandé al cochero que fuese delante, con objeto de seguir yo a pie y saborear todos los recuerdos con toda la viveza y plenitud de la novedad. Me detuve bajo el tilo que en mi infancia había sido objeto y término de mis paseos.”

Nuestra alma también está conformada por una variada familia, como un panteón de deidades, y en ellas no sólo tienen lugar las potencias zoomórficas sino también las vegetales: árboles, arbustos y yerbas.

Como en la fábula de “El Roble y el junco”, de La Fontaine, lo vegetal tiene en nuestra imaginería dos polaridades, una la representa el árbol, la otra la yerba. El primero es símbolo de robustez, protección y permanencia, la otra, de sencillez, adaptabilidad y flexibilidad.

El roble y el junco

En su libro El camino de la energía, Lam Kam Chuen pondera mucho a los árboles, por ejemplo:

“Sus ramas extendidas están llenas, como cestas balanceantes saturadas de fruta. El árbol es fuerte en su crecimiento. En sus brazos, contiene innumerables semillas de futuros bosques.”

Pero en el texto “El bambú aguanta el peso” (El camino de la energía), escribe:

“Los enebros del templo han estado de pie durante muchos años […]. Ahora están envejeciendo. Sus pesadas ramas empiezan a debilitarse y a romperse. Cerca, un roble enorme yace en el suelo […]. Tras los árboles se alzan altos bambúes. […]. El sonido del viento llega desde el bosque. Como si se tratara de un millar de manos ondulando al viento, las hojas de todas las cañas giran lentamente. Por debajo de los retoños inclinados, el tallo de bambú está ligeramente curvado. Toma la fuerza de todos los elementos: resistente, arraigado, tranquilo. Al contrario que los árboles que se rompen y caen, su tallo es solo un hueco, nada más. Su fuerza reside en su vacío.”

Dice el Tao Te King (Dao De Jing): “Un gran árbol no resistirá a la tormenta o será cortado por el hacha. Lo flexible y tierno tiene una ventaja en este caso.”

Tanto desde el punto de vista del Zhan Zhuang Gong como el del Tai Chi Chuan, esa doble manifestación de lo vegetal –árbol/bambú- funciona como un arquetipo de cómo “estar en el mundo” (habitarlo), plenamente al alcance del hombre a través de determinadas prácticas psicofísicas –como las antes nombradas- y de su imaginería alquímica. Recordemos que en una de las tradiciones taoístas, Loa Zi crea el cosmos a partir de su cuerpo, de modo que sus pelos se convirtieron en los árboles y las hierbas.

Esa polaridad árbol/bambú (roble/junco) no establece una disyunción ni una contraposición. Más bien indica una dualidad complementaria, polos que se corresponden, y también un movimiento, como la luz de la física cuántica, que en algunos procesos tiene estado de onda, y en otros, de partícula. Corresponde al árbol y al hombre el estar erguidos entre el cielo y la tierra, descansando en la gravedad, pero, como en el Tai Chi Chuan, para adaptarse a las fluctuantes fuerzas del cosmos –sujetas a los interminables cambios del Yin y del Yang-, se debe saber “escuchar al viento” (saber el sentido de las fuerzas y el estado de los ámbitos y terrenos) para poder ceder y fluir, como hacen el bambú y el agua.

En el Tai Chi Chuan, los pies se enraízan hacia el centro de la Tierra y el cuerpo se yergue como un árbol hacia el cenit de la bóveda celeste, pero también los pies se desplazan como el agua, siempre fluyendo hacia lo bajo. La columna es como un tronco que comunica lo de arriba con lo de abajo, pero un tronco flexible que puede girar y ceder. Y los brazos son como ramas, a las cuales mueve el viento.

“El árbol da protección a la corriente, Se alza solitario como si fuera una criatura meditando. Sus oscilantes ramas se balancean entre la corriente del agua y la del viento” (Lam Kam Chuen. Ob. Cit.)

Una de las transmutaciones que agencia la práctica del Zhan Zhuang –entre otras- es la del espacio que nos rodea. Un modo de evitar la tensa lucha contra la gravedad, en las prácticas, es la de sentir el espacio circundante formado de innumerables esferas de todos los tamaños. En esas suaves y flexibles esferas, circundantes puntos de apoyo multiplicados, el practicante consigue un sólido pero mullido basamento para su cuerpo, y también un manto protector en el ambiente inmediato.

Pero lo más importante es que entonces, el cuerpo –Yang- comienza un proceso de yinificación, de hacerse menos sólido y más flexible -“hueco”-, mientras que el espacio circundante –Yin-, se yanifica, se hace más denso y sólido.

Estas esferas que se entretejen en el espacio, también responden a una doble polaridad: estructuran la densidad del espacio –con relación a nuestro cuerpo-, pero no dejan de ser también esferas huecas, o si se quiere, “Puertas Luna”, vacíos cerrados sobre sí mismos, como el Wuji primordial (vacío originario); y, como el aliento intermedio que -proveniente de Wuji- sostiene y transforma todos los entes del mundo, estas “puertas luna” que nos envuelven sirven también de umbrales para el paso y la transmutación entre lo interno y lo externo, lo propio y lo extraño.


Otra polaridad a tener en cuenta en esta imaginería arquetípica de lo vegetal es la que contrapone unas veces a la raíz con las ramas, y, en otras, con el tronco (la “Raíz del Caos”, el “Tronco del Vacío”). Un texto taoísta dice que el Tao es su propio tronco y su propia raíz. Ya el Tao Te King nos dice que

“Y Tao es el Fundamento Primordial, Eterno e Infinito de cada persona y del mundo material entero. La vía que nos une con este Fundamento se llama raíz.”

De ahí que “Los seres abundan y pululan / y cada uno regresa a su raíz” (Tao Te King), y “Hay la existencia: / Designa los diez mil seres exuberantes y copiosos / Troncos y tallos, ramas y hojas, verdeantes y tupidos, deslumbrantes y coloreados” (Zhuang Zi). Como en las polaridades arquetípicas ya estudiadas, también existe una correspondencia entre raíz y ramas (o tronco). Por eso el Huainan Zi nos dice: “Raíz y rama se responden mutuamente”.

Tengamos presente que el “trabajo interior” y su imaginería alquímica tiene como finalidad el despertar a la consciencia cósmica, pero siempre a través de un proceso de autorrealización, de individuación.

Una paideia no nihilista debe dar énfasis a los procesos de individuación sobre los planteamientos masificadores y colectivistas propios de nuestro ser moderno y de las ideologías que lo jalonan. El proceso de individuación, cuya cúspide –según Jung- es el Self –el “sí mismo”- es al mismo tiempo el umbral de acceso a la “conciencia cósmica”; la autorrealización –el conócete a ti mismo- y el Ánima Mundi son dos caras de la misma moneda, dos vías complementarias del camino que constituye nuestra vida.

La educación ecológica y bioética sólo puede darse, en los términos que aquí tratamos, dentro de una paideia que privilegie los procesos de individuación, y por ende, las “experiencias trascendentes”, la vivencia de lo numinoso que es posible alcanzar a través de la meditación y prácticas de Qi Gong.

Las experiencias místicas y los insight (revelación, despertar), parten de una intimidad con los numinoso, con la sacralidad inherente a nuestra existencia. Lo sacro es lo radicalmente otro, y las prácticas internas sólo nos re-velan que esa otredad es constitutiva de nuestro ser. Somos una especial y muy particular forma de manifestarse el misterio inefable de ser.

María Antonieta es una artista de Zhan Zhuang porque logra de-velarse profundamente como ser en las prácticas de esta forma de Qi Gong. Tan es así, que puede observarse un aura cuando practica una de las posturas Zhan Zhuang.

Para Walter Benjamin, el aura es “un entretejido muy especial de espacio y tiempo: aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar”. Para la obra de arte creación de la naturaleza o creación humana, el aura es un indicativo de su intimidad con lo sagrado (con la otredad más extrema), con la poiesis del ente como A-letheia (alumbramiento), es decir, con el des-ocultamiento de la verdad del ente, con la manifestación plena de su más radical singularidad, cuyo relieve emerge refulgente sobre el abismo de la nada.

Esa sensación de que cada cosa del mundo, cada ámbito y cada momento son únicos e irrepetibles, de que “todo está lleno de dioses”, como dijera Tales de Mileto, la teníamos cuando éramos niños, y luego se perdió en la socialización, que hoy día no puede estar desligada de las leyes abstractas de la equivalencia de los productos reproducidos en masa, lo cual posibilita su consumo infinito. El aura es un indicativo de la revelación de una singularidad extrema y auténtica, lo cual, por ende, tiene que estar ligado a la revelación de algo más

En las artes interiores como el Zhan Zhuang, la individuación va acompañada del cultivo pleno de la integridad. La verdad del ser del ente que re-vela el artista no puede estar divorciada de la autenticidad, de la honestidad. ¿No son la inautenticidad, la deshonestidad, las grandes tentaciones a vencer por todo artista?

Vivimos en tiempos oscuros, donde poderosas fuerzas tenebrosas pugnan por apoderarse del alma de los hombres. En tiempos de tinieblas es cuando más necesitamos ser realmente íntegros en nuestra conducta ética. A esa integridad firmemente enraizada la han llamado el “poder de uno”.

El “poder de uno” se caracteriza por una fortaleza interior que se manifiesta en el auto respeto, en la entereza de carácter y coraje de bien, pero también en la compasión y amor hacía uno mismo y el resto de las criaturas convocadas junto con nosotros a la existencia. Todo ello tiene por fundamento la asunción plena de nuestra mortalidad. Tengamos en cuenta que todos los discursos manipuladores son falsos –desde la publicidad hasta las logorreas totalitarias- porque esconden a conveniencia el carácter temporal y perecedero de todo lo que acontece en el mundo. Tras estas prácticas siempre hay finalidades colectivistas, donde lo público y político es expuesto en una constante e interesada confusión entre bios y zoe.

“El poder de uno”

En la película de Steven Spielberg Puente de espías (EEUU, 2015), el agente soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) cuenta a su abogado estadounidense, James B. Donovan (Tom Hanks), que cuando era pequeño iba a su casa un hombre que le recordaba al propio Donovan. Su padre le dijo que observara con cuidado a ese hombre, ya que tenía muchas cosas que enseñarle. Durante mucho tiempo el niño no observó nada especialmente relevante en aquel señor, hasta que una vez

“[…] nuestra casa fue invadida por guardias partisanos. Docenas de ellos. Mi padre fue golpeado. Mi madre fue golpeada. Y este hombre, el amigo de mi padre, fue golpeado. Y vi a este hombre. Cada vez que era golpeado, volvía a ponerse de pie. Cuanto más duro lo golpeaban los soldados, él se volvía a parar. Creo que por eso se detuvo la golpiza y lo dejaron vivir. ‘Stoikiy mujik’. Quiere decir algo así como ‘Hombre de pie’. Hombre de pie.”

Puente de espías: Abel y Donovan

Hombre de pie: Como el estudiante chino que detuvo al tanque con su sola presencia inerme en la Plaza Tiananmen en 1989; como Ailer González, disidente cubana que meditó sentada en posición de loto en medio de una calle mientras decenas de “pioneros” cubanos marchaban amenazadoramente a su alrededor, azuzados por esbirros oficiales (Documental gusano); como la señora María José, que detuvo una tanqueta de la Guardia Nacional en las manifestaciones antigubernamentales de este año en Venezuela. Hombres y mujeres de pie…

Estos momentos icónicos antes reseñados muestran a simples seres humanos que hacen de su propia indefensión y desamparo, un punto de apoyo formidable contra las formas más violentas y coercitivas que adoptan los dispositivos de dominación en nuestro orbe contemporáneo.

“Hombre de pie” es también un buen nombre para el practicante de Zhan Zhuang. Esto no viene por una ligera asociación, el “poder de uno” también proviene del poder de la quietud. La actriz Amy Adams declaró en una entrevista que el silencio sólo se puede aprender escuchando. Sólo desde la profunda quietud podemos escucharnos a nosotros mismos, hasta que del silencio basal surja la intención prístina que manifieste lo que es apropiado hacer en cada circunstancia.

“Al oído del árbol
donde un ave susurre,
donde Orfeo sea una lira, una guitarra
y la sangre trasiegue sus infinitos cantos […]”
Eugenio Montejo. “Arqueologías”. Terredad.

Estética y ética no pueden ser separados para el buscador sincero de la autenticidad. En el cuento de Isak Dinessen El festín de Babette, la chef refiere las palabras que le dijera el cantante de ópera Achille Papin: “A través del mundo se propaga un grito largo que brota del corazón del artista: ¡dejad que lo haga lo mejor que me sea posible!”

Ese grito sólo puede ser proferido por un mortal, por un “hombre de pie”, que ha escuchado la voz del destino surgiendo de las profundidades abismales del silencio. Ha escuchado la llamada del ser. Si la más alta misión del hombre sobre la tierra es la custodia del ser, la primera y originaria forma de esta guardianía es la de dar testimonio de sí mismo y ser testigo de los avatares del ser en nuestra propia existencia finita. De modo que la forma más elevada de esa misión, se encuentra en la re-velación de la verdad del ser del ente: en el arte.

“El poeta nombra lo sagrado” (Heidegger). En el arte, el artista dona a los demás hombres el más preciado de los regalos, el sentido, en cuyo horizonte es posible el habitar sobre la tierra y el erigir un mundo. En el Zhan Zhuang, nuestra “realidad de verdad” (traducción de David García Bacca del término Dasein), ese ser yecto -arrojado al mundo-, cobra sentido como un estar erguidos entre la tierra y el cielo, descansando en la gravedad y sostenidos por el ámbito que nos circunda, postura que hace posible un symphatos genuino con el mundo vegetal, el reino que posibilita la vida toda en nuestro planeta, y, por ende, el reino viviente de la generosidad por antonomasia.

“Cuidar” también significa “terapia” (therapeia), de manera que el fungir como guardián del ser tiene su fundamento y condición de posibilidad en el cuidado de uno mismo, en la cura de sí. Recordemos que lo que preguntaba Sócrates a los habitantes de Atenas era si se estaban cuidando bien a sí mismos, si no se estaban distrayendo y descuidándose. Zhan Zhuang pudiera describirse entonces como la “práctica del cuidado de uno mismo que se cultiva estando de pie como un árbol”. El árbol representa siempre un magnífico arquetipo de guardianía, del amparo y cobijo que puede brindar la naturaleza.

“El árbol monta guardia, con sus ramas poderosas extendidas hacia el viento. Sus raíces están firmes bajo tierra, el tronco sereno. El árbol se mantiene firme y es un lugar de refugio.” (Lam Kam Chuen. Ob. Cit.)

“Guardan madera para barcos
y cuartetos de cuerda,
sin embargo cuanto saben de música
o de viajes
es el paso del viento.
  
Otros en cambio llevan por el mundo
un verdor errante
como el bosque de Macbeth
y aunque nos cubran de follajes
tienen vetas amargas, nudosas,
nunca darán una guitarra.”
Eugenio Montejo. “Los otros árboles”. Terredad.

La artista del Zhan Zhuang –María Antonieta- recuerda al “Artista del hambre” de Kafka, pero también al “árbol inútil” de Zhuang Zi. Refiere el maestro que Hui Tzu le dijo que tenía un árbol grande pero inútil, del cual no se podía sacar madera ni leña, por lo nudoso del tronco y lo retorcido de las ramas. Y luego le dijo que sus enseñanzas eran igualmente grandes e inútiles. Zhuang Zi respondió:

“¿Has observado alguna vez al gato salvaje? Agazapado, vigilando a su presa, salta en ésta y aquella dirección, arriba y abajo, y finalmente aterriza en la trampa.
Pero ¿has visto al yak? Enorme como una nube de tormenta, firme en su poderío. ¿Qué es grande? Desde luego. ¡No puede cazar ratones!
Igual ocurre con tu gran árbol. ¿Inútil? Entonces plántalo en las tierras áridas. En solitario.
Pasea apaciblemente por debajo, descansa bajo su sombra; ningún hacha ni decreto preparan su fin. Nadie lo cortará jamás.
¿Inútil? ¡Eres tú el que debería preocuparse!”

“El arte es inútil” declaró Oscar Wilde, intentando resguardarlo del utilitarismo ramplón que campeaba en su tiempo. Zhuang Zi da un paso más allá, haciéndonos entender la importancia de lo inútil, de su utilidad superior, que en el caso del arte en general, y del Zhan Zhuang en particular, algo hemos dilucidado en este escrito.

El Zhan Zhuang puede parecer, junto con la meditación sentados, como la practica más absurda e inútil, cuando la alquimia del arte justamente es la de hacer de lo más gratuito y falto de utilidad práctica, la nuez de sentido de nuestro estar en el mundo, erguidos sobre la nada.

Como dice el Tao Te King, “un gran árbol crece de un arbolito; una torre de nueve pisos empieza a construirse con un puñado de tierra; un viaje de mil li comienza con un paso.” ***** Ya nuestra María Antonieta es ese árbol grande. Yo sólo le sugerí como dar el primer paso, y ella sola ha recorrido las mil y una millas restantes. Alegría del pedagogo sincero: que la alumna supere al maestro.

En El festín de Babette, Papin le escribe a Philippa –una soprano fabulosa que por compromisos con su Padre, un reconocido Deán y profeta protestante, rechaza el ser cantante de ópera:

“Mientras escribo esto, siento que la tumba no es el final. Sin duda oiré otra vez su voz en el Paraíso. Allí cantará, sin temores ni escrúpulos, como Dios quiso que cantara. Allí será la gran artista que Dios quiso que fuera. ¡Ah, cómo embelesará a los ángeles!”

Yo no tengo que escribirle una carta semejante a María Antonieta. Celebró en vida su toque de gracia –su particular forma de agradecer- al permanecer suspendida entre el Cielo y la Tierra en sus prácticas de Zhan Zhuang. Ella ya es aquí y ahora la gran artista que el ser (el misterio) quiso que fuera. ¡Ah, cómo nos embelesa al estar allí, magníficamente erguida, de pie como un árbol!

“El otoño ha venido y se ha vuelto,
 nos ha arrastrado en su despojo hacia el vacío,
 hasta vernos desnudas las manos,
 pero ellos tras su paso se renuevan
 y siguen elevándose
 mecidos al verdor de sus deseos.”

Eugenio Montejo. “Los árboles de mi edad” Terredad.



Roberto Chacón

Notas:
*Eso se ha comprobado en las diferentes guerras, donde los soldados de un país invadido combaten con mayor tenacidad y hasta desesperación cuando el frente de batalla se encuentra cerca de sus hogares y terruños.
**Las “ideologías” se caracterizan por proponer sustitutos modernos del “cielo trascendente” cristiano: el futuro de la utopía, el reino del hombre nuevo, el paraíso bio-tecnológico, etc.
***El Tercer Reich fue el primer gran ensayo histórico de una sociedad regida por el biopoder.
****La biopolítica concomitante con el biopoder (que a su vez hereda la confiscación de la creación política de las personas realizada por las grandes instituciones y los partidos políticos en el siglo XIX) fundamenta exclusivamente al hombre político moderno como sujeto de derecho, pero una alternativa bioética es concebir al hombre político esencialmente como sujeto ético, sujeto de libertad y transformación.
*****Li: Antigua medida de longitud china, que varió mucho a lo largo del tiempo, pero que la mayor parte de su historia equivalía más o menos al tercio de una milla.



martes, 20 de junio de 2017

TAI CHI SOUL Roberto Chacón (Magazine No. 578)

UNA ARTISTA DEL ZHAN ZHUANG (II)

“De pie, solo e inmutable
Uno puede observar todos los misterios,
Presentes en cada momento y que siguen incesantemente:
Esta es la puerta a las maravillas indescriptibles.”
Lao Tsé (Lao Zi)
Tao Té Ching (Dào Dé Jing)

“Pero los más sentimentales no son verdes,
ni siquiera son árboles
sino hombres […]”
Eugenio Montejo
“Los otros árboles”
Terredad


El arquetipo de las prácticas posturales Zhan Zhuang es la ejercitación de “Abrazar el árbol”. Cuando comencé a ir al Parque del Este caraqueño, a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, recuerdo que muy temprano, en los lugares más solitarios del parque, podías ver a personas de origen chino practicando la postura de Abrazar el Árbol, colocando sus brazos alrededor de un árbol relativamente joven, de manera que estos no tocaran su tronco al rodearlo. El observar ese tipo de prácticas me impresionó mucho e influyó decisivamente en mi posterior interés y dedicación al Zhan Zhuang.


Por esas cosas del destino, mi amiga María Antonieta tuvo sus primeras y únicas dificultades con el Zhan Zhuang al comenzar a ejercitarse con la postura del árbol. Con la posición Wuchi (Wuji) o de “vacío” no tuvo el menor problema, y menos aún con la de “Sostener la barriga”, que es como abrazar el árbol pero con los brazos frente al abdomen. Pero cuando llegó a la postura de Abrazar el Árbol empezó a tener molestias en los omóplatos. En aquel entonces simplemente le dije que la dejará de practicar. Pasó un año antes que le recomendara volver a ejercitarla, pero que sólo durara haciéndola un tiempo prudencial, que apenas sintiera que la postura le cansaba dejara de hacerla.

Un buen día María Antonieta anunció que sus problemas con la postura del árbol habían terminado. Linda Myoki Lehrhaupt narra, en su libro Tai Chi: Un camino de sabiduría para el crecimiento personal, las dificultades que tuvo para practicar correctamente la posición Wuchi, los cuales terminaron cuando pudo asentarse en su propio centro y simplemente reposar sobre éste. De modo semejante sucedió con María Antonieta y la Postura del Árbol, la cual ha pasado a ser con el tiempo su ejercitación de Zhan Zhuang preferida.


A veces, uno se queda en el umbral de la “puerta de las maravillas indescriptibles” porque no está, sencillamente, preparado para traspasarla y conocer el “otro lado”. Se debe entonces perseverar y esperar el momento propicio. El Zhan Zhuang, como todo arte, es exigente, y, como señala Camus, “no hay arte allí donde no hay nada que vencer”. En mi práctica de “Abrazar el Árbol” no encontré un obstáculo físico específico como le pasó a María Antonieta, pero existen resistencias de otro tipo, que sólo una práctica cotidiana, como la gota de agua que horada la roca, logra ir desanudando –desnudando.

“En un primer nivel, si la postura estática y el Taiji se hacen correctamente, se eliminan los bloqueos que existen en la estructura corporal, y de esa forma puede llegar a unificarse. Ocurre algo similar a nivel psicológico una vez que el objetivo no es sólo buscar un desbloqueo físico, sino vaciar la mente. Cuando la mente está tranquila tu percepción del mundo y de la gente que te rodea, cambia.” (Entrevista a Sam Tam y Jan Diepersloot por Teresa Rodríguez. Revista Tai Chi Chuan No. 6 Invierno 2005)

Si la dificultad inicial de la posición de abrazar el árbol es básicamente mantener la postura correcta e ir aumentando progresivamente el tiempo de ejercitación, los obstáculos que van apareciendo más adelante en el camino del practicante son de otro orden. Yo diría, generalizando, que se trata de una resistencia a un proceso de transformación que quizá se acerque demasiado a -inventando un neologismo- la “dendrantropía” (“dendrontropismo”), es decir, a la transformación del humano en árbol. Así como existe la teriantropía (teriomorfismo), la transformación de un hombre en animal, también existe la del hombre en árbol, y como tal aparece en muchas creencias antiguas y mitologías. “Déndron” es la palabra griega antigua para “árbol”, y “antropos” significa “hombre”.

Los dos cuerpos de creencias más antiguos son el animismo y el chamanismo, los cuales muchas veces se han presentado -históricamente hablando- superpuestos o yuxtapuestos. En ambas creencias, el árbol aparece como un elemento de suma importancia. En el chamanismo,* uno de los componentes importantes de su cosmovisión es el “árbol de mundo”, que funge de Axis Mundi, permitiendo el viaje del chamán tanto al inframundo, a visitar el alma de los muertos, como al cielo, para comunicarse con el “Señor del Mundo”. Es un árbol, como señala Mircea Eliade, que vive y que hace vivir.


En el complejo cultural animista, los espíritus de los árboles llegan a tomar tal importancia que pasan a formar parte de los tótems tribales. Asimismo, cada nacimiento está regido por un animal y también por un árbol u otro vegetal. Cuando se trataba de un árbol, al morir la persona en cuestión, se le quemaba con madera de ese árbol, o se le colocaba en las ramas, para que lo devoraran las aves carroñeras, o se hacía una canoa con el tronco y se le enviaba por un río corriente abajo. También solía ser enterrado el difunto entre sus raíces.

Una de las culturas antiguas a la que más se asocia con el animismo arbóreo es la de los celtas. Aunque, según Robert Graves, todo el mundo antiguo neolítico, europeo y mediterráneo, adorador de la Diosa Blanca o Diosa Madre, sustentaba un conjunto de creencias que giraban en torno a calendarios lunares y calendarios de árboles.**

Gastón Bachelard afirma que los bosques sagrados existieron antes que los dioses, y podemos decir también que antes del bosque sagrado existió el árbol sagrado. Un árbol sagrado en particular siempre es investido como tal por ser receptáculo de un espíritu o fenómeno no perteneciente al mundo ordinario.

Desarrollándose simbólicamente a partir de las matrices animistas y chamánicas encontramos el “árbol cósmico”, el árbol que es el pilar central del mundo, como el fresno Yggdrassill de la mitología germánica. También el “árbol de la vida”, principio vital de regeneración de la vida toda, como el “Soma” védico o el árbol de la diosa griega arcaica Rhea. Y, finalmente, el “árbol del conocimiento”, del cual el bíblico “árbol de la ciencia del bien y del mal” representa una variante.


Algunos afirman que el alma se haya entreverada en el todo. Posiblemente por este motivo es por el que Tales pensó que todo estaba lleno de dioses.”

Esta afirmación de Aristóteles sobre Tales de Mileto, ya nos señala las pervivencias animistas en una religión de tipo politeísta, conformada por panteones de dioses y diosas, como lo era la griega de la época clásica.

La mitología guaraní muestra el paso de una concepción chamánico-animista del árbol sagrado a su representación como deidad. Ñamandú, el dios principal de esa mitología, se crea a sí mismo siguiendo una pauta vegetal: sus pies son raíces, sus miembros ramas, y su cabeza la copa, irguiéndose finalmente como un árbol.

En la mitología griega encontramos la asociación de los dioses con determinados árboles: Zeus y el roble, Poseidón y el fresno, Hades y el mirto, Hera con el manzano (también el peral y el sauce), Atenea y el olivo, Apolo y el laurel (también la palma, el tamarindo y el olivo), Dionisos y la vid (también la higuera, el pino y la hiedra), Perséfone con el álamo (también el sauce), por nombrar las más conocidas.

Entre las deidades menores, las Dríades son las ninfas de los robles en particular y de los árboles en general. Eran muy longevas pero no inmortales. Provenían del “Árbol de las Hespérides” ubicado en el jardín homónimo, que daba manzanas de oro, y otorgaba la inmortalidad a quien las consumiera. Las hemadríades son también ninfas de los árboles, pero están relacionadas con uno en particular, y desaparecen cuando éste muere.


En la mitología greco-latina encontramos numerosas metamorfosis de deidades menores y mortales en vegetales en general, y árboles en particular. En primer lugar, esas transformaciones se producen como una manera de evadir un gran peligro, de modo que la quietud y la otredad extrema de lo vegetal ofrecen una “línea de fuga”, como la llamaría el filósofo Gilles Deleuze, ante la amenaza de violencia o de dominación. De esa índole es la transformación de Dafne en laurel, al ser perseguida por Apolo; Lauke transformada en álamo de plata, al ser acosada por Hades; Filira transformada en sauce, por temor al padre de su hijo Quirón, Cronos; y Siringa, transformada en cañaveral para poder huir de Pan.

Otras metamorfosis ocurren por sublimación, digámoslo así: Karia, transformada en nogal por Dionisos, al morir de pena ante el fallecimiento de sus hermanas; Filemón transformado al morir en roble por Zeus, e igualmente Baucis en tilo por Hermes. Jacinto, al morir, fue transformado en flor por Apolo y lo mismo hizo con Acanta, a quien transformó en hierba solar. Pitis fue transformada en pino por Gea, al ser asesinada por el celoso Bóreas (o Pan, en otra versión del mito).

 Apolo y Dafne

En ambos casos, la transformación en vegetal no es un castigo sino una vía de escape al seno del mundo natural y/o un camino de inmortalidad, en el sentido de participación en el principio vital germinativo de lo vegetal, de la “natura naturante” (Natura Naturans), la actividad auto-causante de la naturaleza.

El Zhan Zhang ofrece al buscador, la experiencia-raíz que colma de sentido esa conexión pluridimensional, pero radicalmente existencial, con la natura naturante. Pero digámoslo de entrada, es una experiencia primordialmente “microcósmica”, que comienza en la austeridad de nuestra condición erguida, con sus limitaciones y especificidades humanas, signadas por nuestra mortalidad.

En otras palabras, la especial “dendrantropía” que agencia el Zhan Zhuang tiene que ver, en tanto trabajo interno, con una relación simpática y alquímica (que abre procesos de transmutación) con el “árbol microcósmico”, con el “árbol de nuestra vida” y con el “árbol del auto conocimiento”. Solo así se puede llegar a ser una especie de “Árbol de las Herpérides” taoísta, donde los espíritus y las deidades que se manifiestan habitan primeramente nuestros órganos y entrañas, y cada región de nuestro cuerpo.

La ejercitación Zhan Zhuang revela al practicante algo esencial de nuestra condición que la ciencia ficción, la NASA y Roscosmos no tomaron en cuenta durante mucho tiempo: nuestro diseño gravitatorio.***

Cuando algo se me cae desde la ventana,
Aunque sea lo más menudo,
¡Cómo se precipita la ley de gravedad,
Fuerte cual el viento del mar,
Sobre cada brizna, sobre cada baya,
Y las conduce al corazón del mundo!
Cada cosa está vigilada
Por un hada pronta a volar:
Tal cada piedra, y cada flor
Y cada niño por la noche.
Solamente nosotros, henchidos de soberbia,
Nos urge abandonar estas correspondencias,
Para ir al vano espacio de alguna libertad,
En lugar de entregarnos a las fuerzas prudentes
Y de elevarnos como un árbol.
En vez de acomodarnos, dóciles y tranquilos
A las rutas amplísimas,
Nos enlazamos de muchas maneras,
Y el que se aparta de los círculos
Queda indeciblemente solo.
Debe aprender entonces, de las cosas,
A empezar nuevamente como un niño.
Pues ellas que pendían del corazón de Dios
De Él nunca se alejaron.
El que osó superar
En el vuelo a los pájaros,
Otra vez una cosa debe saber: ¡caer!
Pacientemente descansar
En la gravedad.
R. M. Rilke

Todo ente terráqueo está signado por el principio de individuación y por su diseño gravitatorio. Es decir, existen como entidades unitarias condicionados por el espacio-tiempo. El diseño gravitatorio establece un “centro de gravedad” (unificador) para todo ente. De modo que para hundirse hasta el “corazón del mundo” como dice el verso de Rilke, a la vez hay que dejarse caer sobre nuestro propio centro de gravedad (Dan Tien o Hara). Si algo hay que aprender de los árboles, es que para poder erguirse hay que dejarse caer, desde su propio centro, hacia el corazón del mundo: “Pacientemente descansar / en la gravedad”.

“Descansar”, en chino se escribe así: , un hombre recostado de un árbol, o un hombre en intimidad con el árbol, compartiendo su esencia. Llama la atención que el ideograma no señale un hombre acostado o sentado, o recostado de una pared o de una piedra. Se trata de un hombre erguido que descansa sobre sí mismo tal como lo hace un árbol.

Esta alquimia que se cultiva en el Zhan Zhuang es esencialmente poética (poiesis: hacer existir, traer a la existencia), tomando en cuenta que siempre la alquimia superior es la poesía. En un famoso verso del poeta chino Wang Wei (el “Buda poeta” / 701-761), de la dinastía Tang, analizado por François Cheng en su libro La escritura poética china, se describe desde el interior del árbol el florecimiento de la magnolia, habitándolo.




Escribe Cheng:

“El verso se traduce: ‘En la punta de las ramas, flores de magnolia’. […] Al leer los ideogramas según su orden, tiene uno en efecto la impresión de asistir al proceso de expansión de un árbol que florece: primer ideograma, un árbol desnudo; segundo ideograma, algo nace en la punta de las ramas; tercer ideograma, brota un capullo, pues es la clave hierba u hoja; cuarto ideograma, estallido del capullo; quinto ideograma, un flor en su plenitud. Pero detrás de lo mostrado (aspecto visual) y de lo denotado (sentido normal), asoma además en los ideogramas, para el lector que conoce la lengua, una idea sutilmente velada, la del hombre que se introduce espiritualmente en el árbol y participa de su metamorfosis. El tercer carácter , un árbol que retoña, contiene también el elemento ‘hombre’ , que contiene a su vez el elemento ‘homo’. Así, el árbol de los dos primeros ideogramas está habitado, a partir del tercero, por la presencia del hombre. El cuarto carácter contiene el elemento ‘rostro’ (el capullo se abre en forma de rostro), que contiene el elemento ‘boca’ (‘ello habla’): la eclosión de la flor es la eclosión de la palabra. Por último, el quinto ideograma la flor en su plenitud, contiene el elemento ‘transformación’: el hombre que participa de la transformación universal.”****

La más relevante transformación cíclica de la naturaleza esta signada por la sucesión de las estaciones, que se expresa en el tiempo (clima, temperatura) y en la vegetación, sobre todo en los árboles. De ahí los calendarios de árboles sagrados neolíticos. El hombre moderno ha perdido la percepción de los cambios estacionales, que influyen decididamente en su humor y estado de ánimo. Pero, según la Medicina Tradicional China, ese “impedimento” no lo salva de sufrir trastornos de salud que provienen de su falta de adaptación a los cambios de la temperatura y el tiempo, y, también, del temperamento.

Las cuatro estaciones. Antonio Vivaldi.

En su libro, El camino de la energía, Lam Kam Chuen expone como el árbol se adapta a cada estación, sufriendo para ello una mutación. El árbol entonces funge como arquetipo mutacional para los seres erguidos entre la tierra y el cielo, el cual puede ser alcanzado íntimamente –dejándonos habitar por él- gracias al Zhan Zhuang.*****

EL ÁRBOL EN INVIERNO
“Esta es la época de la regeneración oculta. […] El árbol está inmóvil. Se alza solo y tranquilo. […] El árbol está silencioso en la oscuridad como una piedra: como un pilar en el patio de un templo vacío. […] Un caminante podría preguntarse si el árbol vivirá en primavera. Pero por debajo del suelo la tierra es cálida. El peso de todo el árbol desciende a las raíces, que son indiferentes al suelo helado, crecen hacia el centro de la tierra.”

ÁRBOL EN FLOR
[Primavera]
“[…] El árbol permanece inmóvil, pero está cambiando. […] Las crecidas raíces del árbol se extienden en la tierra, llenas de incontables cambios en su mundo oscuro y húmedo. […] En el interior de su poderoso tronco, la vida se estremece y despierta. Inmenso y solitario, el árbol está dando a luz.”

EL ÁRBOL EN LA COSECHA
[Verano]
“[…] Es la época de dar fruto. El árbol se ha transformado. […] La tierra da sus productos, como una ofrenda. […] Inmóvil, el árbol ha permanecido solitario, rodeado únicamente por el universo. Ha realizado su trabajo en silencio. Ahora todas sus fibras almacenan la esencia que tan profundamente ha destilado de la luz solar y el aire.”

Lam Kam Chuen no escribió un texto específico sobre el árbol en el otoño, quizá porque, al menos de una manera inversa, está estación sea para el árbol, como otra primavera.

“El otoño es una segunda primavera, cuando cada hoja es una flor.” (Albert Camus)


Wang Wei expresa una idea similar en su poema “Noche otoñal en la montaña”:

La lluvia sacude la cañada
en la fresca noche
en que a través del brillo lunar
y el manantial surgiente entre los bambúes
caminan alegremente las lavanderas.
Los sampanes hacen resbalar
las flores de loto mientras
que una fragancia primaveral
inunda todo el lugar, tanto
que los viajeros quieren quedarse allí
equivocando la temporada.”

No obstante, el árbol en primavera comienza a retoñar y florece, dando paso a la producción de frutos y semillas del verano, donde el árbol alcanza su máxima exuberancia. En cambio, el otoño implica para el árbol el despojamiento de las hojas y la actividad exterior, para favorecer el recogimiento interior, y el descenso hacia ese “corazón del mundo” protector, hundiéndose hacia la fragua del centro y la protección del cálido subsuelo, necesaria para poder sobrevivir al largo descanso invernal, y su cielo oscuro y helado.

Ese cambio lo insinúa el maestro Lam Kam Chuen al final de un texto titulado “Estar de pie como un árbol”:

“El viento aumenta y las nubes de tormenta amenazan lluvia. […] Ahora la lluvia y el viento se apoderan del cielo. Los árboles, igual que tú, no tienen ningún deseo de escapar. Como tú, están preparados para notar los más profundos cambios de la tierra.”

El gran filósofo francés Jaques Derrida escribió un libro hermoso e inquietante titulado El animal que luego estoy si(gui)endo. En éste ofrece al discurrir deconstructivo los textos claves que han forjado, desde Descartes hasta Heidegger y Levinas, la separación jerárquica entre hombre y animal, abriéndonos a la incertidumbre sobre nuestra condición en relación con las otras formas de vida en nuestro planeta. Ese libro, tomado de una serie de conferencias, quedó parcialmente inconcluso. Derrida, el “ángel deconstructor”, murió en el 2004. De modo que es tarea nuestra continuar esa obra, llevar a cabo una indagación que pudiéramos titular El vegetal que luego estoy si(nti)endo.

Ha pasado mucho tiempo desde aquellos experimentos donde por primera vez se tuvo evidencia que las plantas sentían en una gama perceptiva bastante amplia. En los años sesenta del pasado siglo, Cleve Backster realizó los primeros experimentos rigurosamente científicos colocando un polígrafo para detectar las reacciones de las plantas ante diversos estímulos.

Hoy día, la ecóloga Mónica Gagliano de la Universidad de Australia Occidental, ha seguido realizando experimentos con aparatos mucho más sofisticados que el polígrafo. En estos experimentos, así como los realizados por otros especialistas, pudo comprobarse que las plantas tienen una especie de sentido del oído por el cual guían sus raíces hacia fuentes de agua. También tienen memoria y capacidad de relacionar los diferentes estímulos del ambiente. Entre otras capacidades detectadas, los vegetales pueden “ver” a otras plantas gracias a sensores infrarrojos, “huelen” a sus vecinos y enemigos, pueden comunicarse con otras plantas, toman decisiones respecto a sus posibilidades con respecto al ambiente circundante, “recuerdan” condiciones climáticas pasadas y ataques de herbívoros, y utilizan a los animales con fines defensivos y de procreación. Ya no hay duda de que las plantas tienen inteligencia y que las llamadas superiores tienen más inteligencia que algunos animales primitivos. El principal problema de estas investigaciones es que abre campos de estudio inéditos, donde por ahora se utilizan términos y conceptos “zoocéntricos”, que no dejan de entorpecer, más que favorecer, los campos de estudio nacientes.******

En su famosa serie documental, La vida privada de las plantas (BBC / 1995), David Attenborough ya destacaba como el movimiento, en múltiples modos, es inherente a la vida de las plantas, tanto para diseminarse y viajar, crecer, buscar luz, agua y nutrientes, y para defenderse. Así mismo, mostraba las diversas estrategias reproductivas de las plantas, las cuales involucran a un gran número de animales tanto para la dispersión de semillas como para la polinización. Y, en general, aunque la competencia también forma parte de su mundo, las plantas prefieren la colaboración y alianza con otras plantas y animales, al combate para sobrevivir.

Nosotros los humanos consideramos al mundo vegetal apenas por encima del de las cosas y los minerales. Pero es ese orbe olvidado e ignorado el que ha hecho habitable la Tierra para todos los seres vivos, al punto que la evolución zoológica y la hominización son impensables sin las plantas.

“Desde que llegamos a este planeta como una especie, los hemos derribado, desenterrado, quemado y envenenado, hoy lo hacemos a mayor escala que nunca. Nuestro peligro ... Ni nosotros ni ningún otro animal podremos sobrevivir sin ellos ... Ahora ha llegado el momento de acariciar nuestra herencia verde, no de saquearla, porque sin ella, ciertamente moriremos”.
David Attenborough, al cierre de la serie

El Zhan Zhuang conforma una vía interior de comunión con el universo de las plantas en general, y con los árboles en particular, pues posibilita el establecimiento de una participación armónica con el mundo vegetal, siempre y cuando se logre contactar en la práctica aquello de ese orbe viviente que forma parte esencial de nuestra propia existencia.


Para Gaston Bachelard, la alquimia fundamental de las plantas, y la alquimia superior de la poesía se fertilizan e imbrican en el ánima del hombre. Destaca como una verdad del ánima un dístico alquimista que dice: “Ven y ruega conmigo, hermana mía, / Para encontrar la vegetal permanencia”. El ánima sería el principio de la ensoñación del ser (donde el hombre es un ser por imaginar), de un ser que aspira a la tranquilidad, el reposo y la continuidad. Jung definió al ánima como “arquetipo de la vida”.

Bachelard pregunta, al hablar del ánima: “si en nosotros no existiera un ser femenino, ¿cómo descansaríamos?” De ahí que inscriba todos nuestros ensueños, especialmente los poéticos, bajo el signo del ánima. “El ánima, principio de nuestro reposo, es la naturaleza que se basta a sí misma”.

El ánima (yin) no es la contraparte especular, simétrica, del ánimus (yang). Posee una primacía fundamental, fundacional. El ánima “se profundiza y reina descendiendo hacia la gruta del ser. Descendiendo, descendiendo siempre se descubre la ontología de los valores del ánima”.******* Son obvias las resonancias de estas ideas sobre el ánima, con la teoría de Robert Graves de que la poesía está ligada esencialmente al culto de la Diosa Blanca neolítica (de la cual las musas no son sino personificaciones posteriores) y al lenguaje mágico utilizado en sus rituales, que muchas veces hace referencia a los calendarios de árboles sagrados.

De ahí que tome un especial sentido en esta indagación el mito de Pan y Syrinx (Siringa). Pan, el dios de la naturaleza salvaje, se enamora de la ninfa Syrinx. Ella huye espantada, pero acorralada por aquel, pide ayuda a sus hermanas las ninfas de los ríos, quienes la transforman en un cañaveral. Pan alcanza a abrazar las cañas mecidas por el viento, y el sonido que estas producían le agradó de tal manera que construyó con las cañas la flauta siringa o “flauta de Pan”.


En las imágenes de este mito podemos ver como la poderosa y avasallante fuerza vital de la naturaleza se conecta por obra del amor, con los aspectos más vegetales, fértiles y germinativos del ánima en reposo, de la cual brota fecunda la poiesis artística, el “arte de las musas” (música), único camino para trasmutar el destino, abriéndolo a sus posibilidades más hermosas y sorprendentes.


Syrinx, para flauta sola. Claude Debussy. Imágenes de Ryan Larkin.

También una artista del Zhan Zhuang es musical a su manera: como una cuerda tendida y afinada entre el Cielo y la Tierra, corda que vibra por resonancia con la música de las esferas, cuyas notas armoniosas descienden a lo profundo de la gruta del reposo ser y se elevan desde ahí en busca del infinito recóndito.


Roberto Chacón

(Continuará…)

Notas:
*El chamanismo se caracteriza por específicas técnicas de éxtasis (trance) que permiten al chamán -como mediador que es- viajar y comunicarse con espíritus de la naturaleza, almas de difuntos, demonios y “señores del mundo”. Ver al respecto El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, de Mircea Eliade.

**Un desarrollo mito-ficcional del animismo arbóreo son los Ents de J. R. R. Tolkien, los “pastores de árboles” que habitan la Tierra del Medio.

***Hoy día sabemos que el primer impedimento para la exploración espacial, que supone largos viajes, es nuestro diseño gravitatorio, que se descompensa alarmantemente en condiciones de gravedad cero.

****Cursivas nuestras. El elemento “homo” es sólo la parte inferior del ideograma ren: “hombre”.

*****Ver especialmente el Capítulo 9: “Ciclos de la vida”. Lam Kam Chuen recomienda la práctica del Zhan Zhuang desde la niñez hasta la ancianidad. El Zhan Zhuang constituye un “camino”.



*******Todas las citas de Bachelard están tomadas de su libro La poética de la ensoñación. Capítulo: “Ensoñaciones sobre la ensoñación. Animus-anima.