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martes, 12 de julio de 2016

ARTÍCULO (Magazine No. 540)


EL INCREÍBLE RELATO DEL APUREÑO QUE APORTÓ SUS MARACAS A LOS ROLLING STONES


Todo comenzó en los llanos venezolanos en 1966. Era una época de agitación a nivel mundial, pero la vida en el Apure rural permanecía básicamente igual. Lo resaltante de ese año fue una marcada escasez de trabajo que había venido creciendo desde el año anterior. El desempleo se sintió mucho en el pueblo de Cunaviche, hogar de Jaime Martínez, un peón amante del joropo y poseedor de una maestría innata para tocar las maracas.

A mitad de año Jaime fue despedido de la hacienda en donde trabajaba regularmente. Sin poder encontrar empleo en Cunaviche, Jaime aceptó el ofrecimiento de un primo para trabajar como obrero en Puerto La Cruz, cargando y descargando mercancía de los barcos que llegaban a la marina. El objeto más preciado que llevó consigo al partir fueron sus maracas.

Jaime tenía 23 años en ese entonces, y siempre había sido una persona de espíritu aventurero. Nada lo ataba, ya que sus padres habían muerto años antes y no tenía hermanos o novia. Fue así que llegó a tomar una decisión que lo cambiaría todo.

Después de trabajar algunos meses en el puerto a cambio de un sueldo mísero, un buen día Jaime se fue como polizón en un barco que iba a Europa. Llevaba algo de comida, tres mudas de ropa y sus maracas. A mitad de viaje fue descubierto, pero la tripulación lo ayudó y le dio algo de comida que él pagaba con trabajo.


Un par de semanas después Jaime desembarcó en un Londres invernal, sin saber más de dos palabras en inglés. Pasó días de hambre y frío, arrepentido de su intempestiva decisión, pero de algún modo sobrevivió. Dormía en parques, barría callejones de restaurantes a cambio de algunas sobras y a veces tocaba las maracas por unas monedas.

Una noche, en medio de una nevada que lo forzó a salir de la calle en busca de refugio, Jaime logró entrar en un viejo teatro y se ocultó en un polvoriento ático lleno de muebles viejos, atriles e instrumentos rotos. Convirtió ese sitio en su hogar, pensándolo abandonado. Por dos semanas nadie entró al recinto.

Ocurrió que una noche Jaime se despertó por un escándalo, un sonido de estática, una batería y voces que discutían a gritos. Una música empezó a sonar, algo que Jaime nunca había escuchado y que no podía poner siquiera en palabras. Sentía la vibración en el piso, las paredes y después en su pecho y su cabeza. Era Rock & Roll.

Eran los Rolling Stones ensayando el material que eventualmente se transformaría en el álbum Beggar´s Banquet. La canción que sonaba era “Simpathy for the devil” (Simpatía por el diablo).

Jaime estaba un poco alucinado. No podía entender lo que oía, pero la música era demasiado rítmica, era una vaina casi primitiva. Le provocaba bailar, aplaudir al ritmo de la canción. En un acto reflejo, buscó las maracas y comenzó a tocar acompañando la canción. La acústica del teatro llevaba el sonido de las maracas hasta el escenario. Un Mick Jagger enfurecido paró una y otra vez el ensayo hasta que todos se dieron cuenta de que el sonido extraño venía del ático.

Dos asistentes subieron y se encontraron con un asustado Jaime, lo convencieron de bajar hasta el escenario con las maracas. Keith Richards y Bill Wyman sabían algo de español, así que Jaime pudo hacerse entender un poco. Obviamente el hombre era un indigente en situación ilegal y sin manera alguna de regresar a su país.

El más impresionado del clan era Jagger. Estaba fascinado con las maracas y le pidió a Jaime que las tocaras una y otra vez. Así fue que este hombre llanero entró en la historia del Rock. Jagger y Richards sentían que a Simpathy for the devil le faltaba algo y que habían encontrado en las maracas la pieza faltante.


La banda le dio a Jaime techo, comida y ropa. Después fue llevado al estudio de grabación, y las maracas que oímos en la introducción de Simpathy son tocadas por él. En los créditos del álbum se le dio una versión inglesa de su nombre: James Martins.

Un mes después de esa noche en el teatro, Jaime Martínez estaba camino a Venezuela, a su pueblo, Cunaviche. Los Stones arreglaron los detalles de su vuelta y le dieron una buena cantidad de dinero, suficiente como para que Jaime pudiera buscar una casa propia y montar su negocio.

Las maracas se convirtieron en uno de los instrumentos preferidos de Jagger, quien aprendió a tocarlas de Jaime.

Ahora, la próxima vez que escuches “Simpathy for the devil” recuerda con orgullo que esas maracas que suenan las toca un venezolano… un llanero.






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No. 539: “La taberna de Kafka: el apocalipsis de las abajea” (William Ospina) http://robertochikung.blogspot.com/2016/07/articulos-magazine-no-539.html


SECCIÓN QUINCENAL (Magazine No. 540)


V I D E O S   D E   L A   Q U I N C E N A

COMO NO TODO ES TAI CHI:

COLABORACIONES:

  • “Kathia Buniatishvili – Claude Debussy: Clair de lune” (Cortesía de Moshe Calzadilla) 


  • “¡INCREIBLE! La carretera más peligrosa del mundo - ¿te atreves a conducir por aquí?” (Cortesía de Lucía Pellegrino) 


  • “The Monk and the Fly” (Corto de animación / Cortesía de Hernani Jiménez) 



MÚSICA: MAMBO: DÁMASO PÉREZ PRADO (1916-1989)

Cuba ha dado al mundo una inmensa cantidad de excelentes músicos. Uno de los más conocidos es sin duda el pianista, arreglista y compositor, Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo.

Pérez Prado no inventó el mambo. Sus creadores fueron los cubanos Israel López “Cachao” y su hermano Orestes, allá por los años treinta. Este ritmo es un desarrolló del danzón y el son montuno tal como lo interpretaba Arsenio Rodríguez. No obstante, Pérez Prado es considerado el mayor difusor internacional del género y el músico a quien más se identifica con el mismo.

Parte de su éxito radicó en haberse mudado a México en 1948, en plena época dorada del cine de esa nación, industria que enseguida fusionó al mambo de Pérez Prado con las vedettes rumberas, como María Antonieta Pons. Uno de los filmes de la Pons se titula, justamente, La reina del Mambo.

Otra de las razones es que Pérez Prado transfiguró el combo de Arsenio Rodríguez y la Orquesta Típica, como la Casino de la Playa, en una big band, al estilo del jazzista Stan Kenton, músico a quien admiraba.

El mambo tendría influencia en el nacimiento del Rock and Roll, el chachachá, el jazz latino, y, por consiguiente, en el género salsa de finales de los sesenta en adelante. Cuando Pérez Prado editó un disco de 78 revoluciones, con el mambo No. 5 en una cara, y Qué rico el mambo, en la otra, en el año 1949, se desató lo que se llamó la mambomanía, que llegaría a radicarse en los clubs de baile latinos de New York, como el célebre Palladium, donde gozó del favor de personalidades del jet set internacional y de artistas de Hollywood, como Marlon Brando, entre muchos otros. La mambomanía llegó incluso a países como Alemania y Japón. En este último país, la demanda por escuchar mambo fue tal, que la empresa Sony tuvo que desarrollar el primer radio transistor de baterías, en amplitud modulada, para satisfacer las necesidades del público. La fiebre del mambo duraría hasta finales de la década de los cincuenta. Aún después del fin del boom del mambo, Pérez Prado siguió cosechando éxitos, como el Mambo del Taconazo, a finales de los años sesenta.

En 1970 Pérez Prado adquirió la nacionalidad mexicana, falleciendo en Ciudad de México a causa de un paro cardiaco.

De Dámaso Pérez Prado traemos tres de sus más famosas composiciones: Que rico el mambo; Mambo No. 5; y Patricia.

  • Que rico el mambo (1949). 


  • Mambo No. 5 (1949). 


  • Patricia (1958). 





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