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miércoles, 17 de junio de 2020

ARTÍCULO (Magazine No. 616)


'SI QUIERES EMBRIAGUEZ, ¡ACEPTA TAMBIÉN LA RESACA!': UN PEQUEÑO TEXTO DE HERMANN HESSE


La diversidad y la contradicción es inherente a nuestra condición humana, y he aquí el misterio y la grandeza de la propia vida.
En nuestro día a día no solemos dar cabida a la contradicción o, dicho de otra manera, estamos más o menos habituados a inclinarnos por una sola de las muchas facetas que tiene la vida.

En el budismo proclama que el ser humano acostumbra a su mente a pensar la realidad únicamente desde la dualidad de los opuestos: blanco o negro, bueno o malo, verdad o mentira, etc., cuando lo cierto es que la vida en el mundo está hecha de muchos más matices que esos dos extremos.

El filósofo Vladimir Jankélévitch plantea esta situación: si un comando nazi llega a mi casa preguntando por una persona que se esconde en mi armario, ¿cuál es mi obligación moral? ¿mentir o decir la verdad? Si miento, la persona se salva; decir la verdad, en cambio, equivale para ella a una sentencia de muerte.

Como vemos, este ejemplo hipotético muestra ya que experimentar la vida desde la severidad de ciertas dualidades va, de hecho, en contra de la existencia en sí. Al respecto podríamos citar también un pasaje de ¿Tener o ser?, de Erich Fromm, en donde el psicólogo plantea que si lo propio de la vida son el cambio, la transformación y el desarrollo, el apego a ese tipo de conceptos ideales al final va en contra del flujo natural de la existencia es decir, no le permite a la persona desplegar su existencia con la soltura que la vida requiere.


Pintura de Hermann Hesse


En ese sentido, compartimos ahora un elocuente apunte de Hermann Hesse, uno de los escritores en lengua alemana más destacados del siglo XX. En buena medida, la gran aceptación que tuvo Hesse tanto en su tiempo como en épocas posteriores se explica por el talento que tuvo para tocar algunas de las preguntas esenciales del ser humano en relación con el problema de la existencia, preguntas que, por otro lado, todos tarde o temprano nos hacemos. ¿Qué es la vida? ¿Por qué estamos vivos? ¿Cuál es el propósito de la existencia? ¿La vida humana tiene sentido? Si tiene sentido, ¿éste es intrínseco, o es necesario inventarlo o improvisarlo? Si la vida no tiene sentido, ¿es posible asignarle arbitrariamente alguno?

Bajo el prisma de la literatura, Hesse elaboró estas preguntas sirviéndose de personajes atravesados además por otras preocupaciones muy propias de su tiempo: la crisis de la sociedad europea de entreguerras, el derrumbe de modelos como el gobierno imperial o la familia patriarcal-burguesa, la imposición ya inevitable de los valores de las sociedades industriales y mecanizadas, entre otros.


Hesse publicó, además, varios apuntes que nada tenían que ver con la ficción y que se publicaron todos juntos en el libro publicado en español como El caminante pero que, vale la pena mencionarlo, originalmente en alemán tiene como título Wanderung, una palabra que incluso en inglés conserva la raíz que alude no tanto a una caminata sino más bien al vagabundeo, esto es, al caminar sin rumbo fijo y sin otra intención más que encontrar cierta inesperada correspondencia entre un paseo y el errar de la conciencia.

En relación con la dualidad de la que hablábamos, en El caminante Hesse incluyó un apunte que lleva por subtítulo “Tiempo lluvioso” y el cual podría caracterizarse como una elaboración en torno a su propio malestar. De algún modo Hesse captó ahí un momento de inconformidad consigo mismo o con el mundo y el cual, por lo que se lee, estuvo motivado justamente por el afán de vivir la vida bajo nociones sumamente rígidas, como si la existencia tuviera que ser necesariamente de cierta forma y ajustarse a ciertos parámetros.

Con todo, Hesse entiende y resuelve su malestar de una forma prodigiosa y, al mismo tiempo, sensata, pues se da cuenta de que su mejor alternativa es simplemente abrazar la diversidad propia de la vida, contradictoria quizá, incomprensible por momentos, pero después de todo inseparable de la experiencia que tenemos de ella. Escribe Hesse:

"Sé por qué es así. No es el vino que bebí ayer, ni que haya dormido en una mala cama, ni tampoco el tiempo lluvioso. Han aparecido unos demonios y han desafinado una por una todas las cuerdas de mi ser. Ha vuelto el temor, el miedo de las pesadillas infantiles, de los cuentos, del destino de los colegiales. El temor, el acoso de lo inalterable, la melancolía, el tedio. ¡Qué insulso es el mundo! ¡Qué horrible tener que levantarse mañana, volver a comer, volver a vivir! ¿Por qué hemos de vivir? ¿Por qué es el hombre tan tímido y bonachón? ¿Por qué no yacemos desde hace tiempo en el mar?

Ni siquiera ha crecido la hierba. No se puede ser vagabundo y artista y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia moral. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar! ¡Cuánto has mentido! ¡Cuántas miles de veces, incluso en tus libros y poesías, has fingido ser el armonioso y sabio, el feliz, el iluminado! ¡Lo mismo han fingido ser los héroes al atacar en la guerra, mientras las entrañas temblaban! ¡Dios mío, qué simiesco y fanfarrón es el hombre, sobre todo el artista, sobre todo el poeta, sobre todo yo!"

Como podemos observar, la solución que Hesse encontró ante las “contrariedades” de la vida es en última instancia sencilla: la entrega de lleno y sin reservas a todo lo que se nos presenta, sin conceptos de por medio, sin expectativas, sin ideas previas que tengan como propósito apresar la vastedad de significantes de la existencia pero quizá, por encima de todo, sin la pretensión de querer controlar lo incontrolable.

En este sentido, para retomar una de las imágenes en el texto de Hesse, cabría preguntarse: ¿cómo podríamos nosotros, simples seres humanos, contener esta tormenta que es la vida? Y, por otro lado, ¿por qué querríamos hacerlo?

Como nota final vale la pena mencionar que El caminante fue publicado en español por la extinta editorial Bruguera, en su colección “El libro amigo”, en la década de los años 70 del siglo pasado, y reeditado algunas veces en los años posteriores. No obstante, desde entonces ninguna otra casa ha retomado dichos textos en nuestra lengua.
Pijama Surf




ARTÍCULOS (ÍNDICE)

martes, 6 de marzo de 2018

ARTÍCULO (Magazine No. 590)


HERMANN HESSE, SOBRE LA MODERACIÓN Y LOS PEQUEÑOS PLACERES DE LA VIDA


Una actitud prudente hacia los placeres de la vida puede llevarte a disfrutar mucho más tu existencia.

El mundo en que vivimos, compulsivo, urgente, inundado por el tiempo, a veces nos aleja inadvertidamente de las fuentes más hermosas y sencillas de gozo. Es común culpar al trabajo, la vida moderna o las nuevas tecnologías por nuestra frecuente insatisfacción, pero éstos son solamente un síntoma de algo más, de la ausencia de una capacidad fácilmente recuperable, tan simple como hermosa.

Para el escritor Hermann Hesse (1877-1962), la premura, la necesidad de estar ocupados y de vivir en un estado de productividad compulsiva —de hacer, en vez de simplemente ser— son el drama crucial de la existencia moderna. Pero el alemán tiene una respuesta que, si bien podría parecernos obvia y sencilla, implica un entendimiento superior, capaz de modificar nuestra relación con el mundo.

En su visionario ensayo “Sobre los pequeños placeres” de 1905, el premio Nobel de Literatura comienza por describir el problema real, “Mucha gente vive hoy en un estupor aburrido y falto de amor”, y prosigue apuntando a nuestra fuente más frecuente de insatisfacción “Pero el atribuir una enorme importancia a cada hora y cada minuto, la prisa como el objetivo último de la vida es, sin duda, el enemigo más peligroso de la felicidad”. La compulsión de buscar el placer solamente genera más insatisfacción, una que paradójicamente tiene que ser saciada constantemente.

La solución que propone Hesse es, sin embargo, refrescante y sencilla:

Solamente me gustaría recuperar una vieja y tal vez anticuada fórmula privada: el placer moderado es doblemente placentero. ¡Y jamás debemos olvidarnos de los pequeños placeres!

Según el escritor, la moderación requiere una gran valentía, al menos ante las sociedades en las que vivimos y frente a las personas que nos rodean. De manera simple, nos plantea un ejercicio: ¿qué pasaría si un hombre acostumbrado a ver exhibiciones de arte enteras, llenas de espectaculares piezas, pasara 1 hora o más observando una sola obra maestra, y decidiera “contentarse con eso por el día”? Sin duda, acierta Hesse, ese hombre aprendería algo de ello.

Finalmente, el escritor asegura que la habilidad de disfrutar los pequeños placeres de la vida está íntimamente conectada con el hábito de la moderación, una capacidad que originalmente todos tenemos pero que ha sido disminuida por el torbellino la vida moderna. Esa moderación es, de acuerdo con este visionario ensayo, fuente de amor, alegría y poesía en nuestras atareadas vidas. Con respecto a los grandes placeres, Hesse recomienda guardarlos para las vacaciones o los momentos realmente apropiados.

El ensayo “Sobre los pequeños placeres” es una breve y hermosa invitación a hacer eso que Hesse define como abrir los ojos al mundo, pues, sin duda alguna, aprender a disfrutar en pequeñas dosis permite una sensación más duradera de plenitud y satisfacción. Esos pequeños placeres, que como inadvertidas fuentes de luz brillan alrededor de nosotros y que varían según cada persona, ostentan la respuesta. Y los pequeños sacrificios que implica la moderación no pueden sino valer la pena.

Para terminar su ensayo, Hesse hace esta pequeña y discretamente iluminada recomendación:

Sólo pruébalo una vez —un árbol, o al menos una porción considerable de cielo, que puede verse desde cualquier lugar. Ni siquiera tiene que ser un cielo azul; de alguna u otra manera la luz del Sol siempre se hace sentir. Acostúmbrate a ver un momento el cielo cada mañana, y de pronto serás consciente del aire que te rodea, el olor de la frescura de la mañana que se te concede entre el sueño y el trabajo. Encontrarás todos los días que el tejado de cada casa tiene su propia apariencia y su propia luz. Pon atención y pasarás el resto del día con una satisfacción reminiscente y un sentimiento de coexistencia con la naturaleza. Gradualmente y sin esfuerzo, el ojo se entrena a sí mismo para poder transmitir numerosos y pequeños placeres, a contemplar la naturaleza y las calles de la ciudad, a apreciar la inagotable diversión de la vida cotidiana. Esto es, para el ojo entrenado artísticamente, solamente el inicio del viaje; lo principal es el comienzo, el acto de abrir los ojos.

Y es verdad, ¿por qué habríamos de estar dispuestos a perdernos de un pequeño pedazo de cielo, de la belleza en la barda de un jardín cubierta de ramas, de la galanura de un perro, de un grupo de niños o de un rostro hermoso, del sonido de nuestra propia voz, de un trozo de fruta o de una melodía que alguien canta en la distancia?

Abril 09, 2017
 Por María González de León
Faenaaleph 
http://www.faena.com/aleph/es/articles/hermann-hesse-sobre-la-moderacion-y-los-pequenos-placeres-de-la-vida/